
Ródenas se sitúa en un llano, al pie del gran afloramiento rocoso de piedra rodeno en el que se encuentra el Castillo.
Publicado en: La magia de viajar por Aragón, n º 148, Zaragoza, 2024, 68-77
Javier Ibáñez, Rubén Sáez & José F. Casabona
La villa de Ródenas se encuentra en un estrecho y largo altiplano, situado por encima de los 1.350 m.s.n.m., que se extiende desde Pozondón a Tordesilos (Guadalajara). Su singular patrimonio arquitectónico se caracteriza por el uso casi exclusivo del “rodeno”, lo cual le imprime una fuerte personalidad.
El rodeno es la piedra más emblemática de las que afloran en la Sierra de Albarracín. Se formó hace casi 250 millones de años, fruto de la acumulación de los sedimentos procedentes de la erosión de un antiguo macizo montañoso, originada en unas condiciones climáticas muy áridas. Su peculiar color rosáceo y sus excelentes cualidades constructivas han favorecido su uso en todo tipo de edificaciones, en ocasiones como elemento decorativo transportado a sitios muy alejados de las canteras.
En comparación con la caliza mesozoica dominante en otros municipios cercanos, el rodeno es una piedra menos pesada, mucho más fácil de labrar y capaz de proporcionar bloques más grandes. No todo el rodeno es de igual calidad; el mejor es el que tiene el grano más fino, compacto y bien cementado. El que contiene pequeños cantos o se disgrega fácilmente es menos apreciado.
El Castillo de Ródenas / Arrodenas.
Las raíces del pueblo se encuentran en los peñascos rojizos situados al Norte del casco urbano, en el Castillo de Ródenas o Arrodenas, una atalaya milenaria.
El origen de esta fortificación podría remontarse a la primera mitad del siglo X. Tras la fragmentación del Califato de Córdoba, pasó a desempeñar un importante papel dentro del reino taifa de Albarracín. El geógrafo hispanomusulmán al-Idrisi (1099-1165) lo menciona como un hisn o castillo rural andalusí situado a medio camino entre Medinaceli y Albarracín. En 1142 el enclave aparece citado en el Fuero de Daroca en la delimitación del alfoz de esta villa; también aparece en la Bula de Adriano IV que confirma los límites del obispado de Zaragoza (1158), como una de las poblaciones más relevantes. Pocos años después, se convertiría en la principal fortaleza del flanco septentrional del señorío de Albarracín, en manos de los Azagra. Tras la conquista aragonesa (1284), momento en que fue incendiado y luego reparado, el Castillo mantendrá su importancia estratégica por su proximidad a la frontera castellana. En 1610 el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña lo utilizó como hito de referencia en sus mediciones, aunque en ese momento ya debía estar en franco declive. A pesar de que no se conservan muchas estructuras, destaca la presencia de varios paramentos de sillería realizados con piedra rodeno, vinculados con la fortaleza califal.
En el entorno del Castillo y en algunos afloramientos rocosos cercanos al casco urbano, se conserva una veintena de conjuntos de grabados rupestres, tallados en el rodeno. Se trata de un microcosmos singular, formado por cientos de figuras; muchas son símbolos religiosos, especialmente cruces y calvarios, pero también hay serpentiformes, representaciones antropomorfas, canalillos, cazoletas, inscripciones y multitud de símbolos indeterminados. Los conjuntos se formaron por proceso acumulativo, detectándose algunos elementos que pueden atribuirse a épocas ibérica y andalusí, junto con otros bajomedievales y de Edad Moderna y Contemporánea.
Casas y palacios de rodeno.
La utilización de piedra rodeno de buena calidad facilitó la realización de sillares de apreciable tamaño y buena talla utilizados en jambas y esquinas, así como el uso de grandes dinteles monolíticos o de arcos de medio punto con grandes y cuidadas dovelas. El resto de los paramentos se realizaba con mampostería, en algunos casos cuidadosamente “paredada” y en otros encofrada junto con abundante mortero de cal y/o yeso. El resultado eran edificios en los que se combinaban el rojo del rodeno presente en los elementos más destacados de la fachada (vanos y esquinas), con el blanco de las juntas o de los revestimientos, o con la desordenada amalgama de ambos colores en los muros encofrados.
Un paseo por el casco urbano nos permitirá ver buenos ejemplos de lo indicado. Posiblemente, la casona más conocida sea la ubicada en la Plaza de la Iglesia nº 3, con portada de grandes y bien talladas dovelas y ventanas con dinteles y jambas monolíticos. Pero la más relevante es la Casa del Olmo, situada en el camino a la antigua parroquial y enfrente de los palomares turriformes.
La Casa del Olmo, los palomares turriformes y los Martínez Rubio.
La Casa del Olmo fue la principal morada de los Martínez Rubio, uno de los linajes más destacados de la Comunidad de Albarracín; algunos de sus miembros ostentaron importantes cargos (virrey de Cerdeña, Sicilia y Nápoles, arzobispo de Palermo). La parte más antigua del edificio podría datar de las primeras décadas del siglo XVI e integra una gran portada con arco de medio punto con grandes dovelas, cuya clave fue picada para encajar el escudo de armas familiar; en él aparece un castillo, la “tau” (que se repite sobre la cimera), un león rampante y tres fajas, acompañados de la divisa “In hoc signo vincit” (“con este signo vencerás”); este escudo también está presente en la capilla de su patronazgo, en la iglesia parroquial. Haciendo ángulo recto con la fachada, en una ampliación de la casa se instaló una segunda portada, también con arco de medio punto, que podría corresponder de la época en la que el edificio fue dividido entre dos hermanos, también en el siglo XVI. Las fachadas se completan con una serie de ventanas, además de una aspillera y dos troneras que protegen las entradas.
En la amplia cerrada situada enfrente de la casa hay un monumental palomar turriforme que ya existía en 1522; en la cerrada contigua hay otro, no menos interesante, pero peor conservado. Ambos están realizados con mampostería encofrada, con grandes sillares en las esquinas y en las puertas, que se cubren con dinteles monolíticos. El más cercano a la Casa del Olmo tiene una cubierta de una sola agua, partida en dos alturas y rematada con seis “pináculos”, los dos frontales sobre canes que sobresalen de la fachada. El acceso de las palomas se realizaba por la infinidad de huecos abiertos en los muros o por el espacio existente entre los dos niveles de cubierta. Estas estructuras tienen muchos puntos en común con las masías torreadas de los siglos XVI-XVII, sucesoras de las masías fortificadas bajomedievales.
Además, los Martínez Rubio promovieron la construcción de una capilla dedicada a Santa Marina en 1431, en la iglesia vieja. Al levantarse la nueva parroquial, erigieron otra capilla con la misma advocación (1582).
Sin embargo, la intensidad del juego cromático, entre el rojo del rodeno y el blanco del mortero, alcanza su máximo exponente en la Casa de los Julianes, edificio de finales del siglo XVII. Su fachada muestra una cuidada composición, presidida por una gran portada con arco de medio punto, flanqueada por bancos corridos con reposabrazos y dos grandes ventanales cerrados con una buena labor de forja; en la primera planta se abren cuatro grandes balcones y, sobre éstos, otras cuatro ventanas con alféizar moldurado. Todos los vanos tienen jambas con grandes bloques de piedra y, salvo la puerta, dinteles monolíticos. La fachada está rematada con una cornisa pétrea moldurada. No podemos dejar de fijarnos en el magnífico eje situado a la izquierda de la portada, en el que se superpone, sin solución de continuidad, una sucesión de vanos (aspillera, balcón y dos ventanas) y la cornisa, tallados en rodeno, que contrastan con el blanco del mortero circundante
También debió ser espectacular la desaparecida casona de la que procede la monumental portada con grandes dovelas, recuperada como acceso al parque infantil; perteneció también a los Julianes, siendo posteriormente utilizada como posada.
Además de las casonas solariegas, tenemos multitud de buenos ejemplos de arquitectura con piedra rodeno repartidos por doquier, como el Antiguo Horno (C/ Centro nº 1), lugar en el que se encuentra el Centro de Interpretación de “Los Secretos del Rodeno”; también en la calle Centro, los edificios situados en el nº 3 (con grandes dinteles pétreos en puerta y ventanas), nº 5 (portalón con arco rebajado y hornacina para una imagen religiosa), nº 11 (portal con ménsulas) y nº 29 (casona olvidada con gran dintel pétreo en puerta y esquinas de sillería). En calle Cisterna, el nº 13 (monumental dintel doble, inscripción “AÑO 1780” y el anagrama de la Virgen María) y nº 17 (caserón con excelente talla del rodeno en la portada con arco de medio punto y en los sillares de las esquinas). En calle Arrabal el nº 2 (casita con arco adintelado y pila o “pica” labrada en un bloque de rodeno) y nº 3 (arco de medio punto con esquinas molduradas). Y en calle Mayor nº 26 (puerta con gran dintel coronado por una ventana no menos destacada) y calle Amargura nº 19 (ventana adintelada cerrada con rejería).
Una destacada arquitectura religiosa.
Los edificios religiosos de Ródenas también están construidos con rodeno. A los restos de la antigua iglesia se accede por el camino que pasa delante de la Casa del Olmo. Era un templo gótico de una sola nave con cuatro tramos, con capillas laterales entre los contrafuertes. Tras la construcción de la nueva parroquial, fue transformado en la ermita de Santa Catalina, manteniéndose el cementerio anexo, que acabó invadiendo todo el recinto. En la actualidad se conservan dos de las tres capillas abiertas entre los contrafuertes en el lado del Evangelio; ambas se encuentran cubiertas con bóveda de crucería y se abren a la nave mediante arco, uno de medio punto (capilla de San Juan Bautista) y otro apuntado. También se conserva la cabecera, de testero recto, y el muro perimetral del recinto. Futuras intervenciones arqueológicas podrían sacar a la luz nuevas estructuras. De este templo provienen, entre otros, el retablo de San Juan Bautista (fechado hacia 1430) y una tabla de Santa Catalina (segunda mitad del siglo XV) atribuida al Maestro de la Florida, ambas piezas conservadas en la nueva parroquial.
La iglesia nueva, bajo la advocación de Santa Catalina, es un edificio gótico-renacentista, declarado Bien de Interés Cultural. El obispo de Albarracín ordenó su construcción en 1558 en el emplazamiento que ya se había adquirido a tal efecto, al considerar que el templo anterior se había quedado pequeño y estaba alejado del caserío. Pero las obras tardaron casi un cuarto de siglo en iniciarse, encomendándose a Alonso de Barrio Dajo. Y no debieron terminarse hasta 1592, aunque en 1589 se celebró la primera misa. Es un edificio de una sola nave de cuatro tramos, con capillas entre los contrafuertes. La cabecera es poligonal y está flanqueada por dos sacristías, trascendiendo al exterior en forma de testero recto. Tiene un singular púlpito de hierro y un coro alto a los pies. Tanto la cabecera como la nave se cubren con bóvedas de crucería estrellada, que también sustentan el coro; en las capillas laterales se alterna un amplio repertorio de cubiertas, todas ellas realizadas con piedra rodeno: cúpula de casetones, cúpula avenerada, bóveda de arista con lunetos y casetones y bóveda de medio punto con casetones. Además de los retablos procedentes de la iglesia vieja, el templo cuenta con interesantes dotaciones de los siglos XVI al XVIII.
Mucho más sobrio es el edificio por el exterior, con fábrica de mampostería y sillares en las esquinas, y cubierta a cuatro aguas con alero de ladrillo y teja; destaca la portada renacentista bajo cobijo y la torre campanario de tres cuerpos a los pies, dos de planta cuadrada y el superior octogonal.
Fuera del casco urbano, la Ermita de los Poyales es el centro devocional de Ródenas y del vecino municipio de Villar del Salz. Construida en el siglo XVI, el emplazamiento elegido coincidió con una antigua necrópolis ibérica. Se trata de un pequeño edificio de cabecera pentagonal de una nave de dos tramos más cabecera poligonal. Está realizado con fábrica de mampostería encofrada de rodeno, en la que se reaprovecharon posibles piedras talladas de una construcción anterior; en las esquinas y vanos se incorporan sillares de apreciable tamaño y muy buena talla. La portada tiene un dintel monolítico, en el que se ha tallado un arco rebajado y la inscripción “AÑO 1581”; los dos vanos restantes son una ventana abocinada abierta en el presbiterio y una ventana de culto en los pies. La cubierta se sustenta mediante arcos diafragma, uno de ellos reforzado con una columna. La Virgen de los Poyales, talla del siglo XVI, se guarda en la parroquial.
Por último, la Ermita de San Ginés, que ya aparece documentada en 1522, se encuentra en la cumbre del monte homónimo, en el límite entre Ródenas y Peracense. Hay noticias de la Ermita Santa Quiteria, documentada desde finales del siglo XVI, pero que en 1804 estaba ya en ruinas. Y también hay algún peirón de sillería de rodeno.
La arquitectura del agua.
No menos singulares son las estructuras vinculadas con el agua, construidas también con piedra rodeno. Aunque hay varias lagunillas o “navajos”, por las proximidades de la villa no discurre ningún curso de agua permanente. De ahí la importancia que pudo tener la famosa Cisterna de Ródenas, declarada Bien de Interés Cultural). Se ubica en la periferia del casco urbano, asentada directamente sobre un afloramiento rocoso de rodeno. El vaso del aljibe está excavado en la roca y cubierto por una bóveda rebajada, que en el exterior transciende en forma de grandes losas escalonadas. En el centro de la cubierta hay una torrecilla de sillería, de planta circular al exterior y hexagonal al interior, con una abertura cuadrangular que permitía la extracción de agua. En el frente presenta un muro de sillería perforado por el vano de acceso, cubierto con dintel monolítico y jambas ligeramente abocinadas; tiene una moldura que facilitaría la instalación de una puerta de cierre de madera.
El aljibe se abastece mediante una red de pequeños canales picados en la roca, que aprovechan el declive natural del afloramiento rocoso. En la parte septentrional hay un pequeño vaso de decantación, a partir del cual el agua entra en el interior de la cisterna.
En 1558 se documenta una fuente, que debía ser la que estaba adosada a la fachada principal del edificio de Plaza de la Iglesia nº 3. En 1944 se construyó una nueva fuente de buena sillería de piedra rodeno, contigua a las Antiguas Escuelas (actual Ayuntamiento).
Otro elemento interesante es el singular Lavadero del Navajo, formado por un conjunto de pilas o “picas” monolíticas, talladas en grandes bloques de rodeno. A diferencia de otros lavaderos, que tenían pilas comunales y entrada permanente de agua, las “picas” de Ródenas eran de uso individual y el agua debía extraerse manualmente de un pozo-cisterna de dos brocales. Algunas casas del pueblo aún conservan estas “picas”, que con frecuencia se situaban en el exterior, junto a la puerta de entrada.
Ródenas, un lugar de leyenda.
No son pocas las leyendas y tradiciones que toman como escenario los sugerentes peñascos de piedra rojiza del rodeno.
La tradición más antigua y famosa es la recogida por el rey Alfonso X el Sabio en una de sus Cántigas de Santa María (escritas entre 1270 y 1262), conocida como el Milagro de Ródenas. Cuenta cómo la mujer del alcaide del Castillo de “Roenas d’Alvarrazín” cayó de una alta peña cuando bajaba a una fuente a buscar agua, librándose de una muerte segura al invocar a la Virgen.
La leyenda de la Moricantada cuenta la desdichada historia de la hija de un rico cristiano, cortejada por el príncipe moro de Albarracín. El padre desconfiaba del derrochador y mujeriego príncipe, por lo que se opuso al matrimonio; tras el fallecimiento del progenitor, la madre consintió, dando al príncipe la elevada dote que exigía para el matrimonio. Pero una vez casados, el príncipe encerró a la chica en una atalaya cercana al Castillo, exigiendo más dinero a su suegra. Al final, la chica murió de pena en su encierro. Su madre maldijo al príncipe, que pronto cayó en desgracia, y escondió el resto del tesoro. Dicen que, los días de viento, aún se pueden oír en la Atalaya los sollozos de la Moricantada; y que el tesoro escondido aún no ha sido hallado.
Otra leyenda que tiene como escenario el Castillo nos cuenta el intento de asalto por parte de una banda de renegados; la fortaleza sólo albergaba mujeres y niños, que ante la desesperada situación, rogaron a una vieja sanadora que les ayudara. Cuando los asaltantes estaban a punto de tomar el Castillo, ésta les lanzó un hechizo que los convirtió en “chifarras” (chicharras), condenadas a cantar su eterno soniquete como castigo por sus perversas intenciones.
Pero la nómina de leyendas de Ródenas y el paisaje del rodeno es mucho más amplia, por lo que se recomienda la visita al centro de interpretación dedicado a Los secretos del rodeno, en el antiguo horno.

Plano del casco urbano (numerados según mención en el texto): 1.- GR-24 e inicio ruta circular de subida al Castillo; 2.- Casa del Olmo; 3.- Palomar; 4.- Palomar en ruinas; 5.- Casa de los Julianes; 6.- Antiguo Horno (C. I. Los Secretos del Rodeno); 7.- Iglesia Vieja; 8.- Iglesia de Santa Catalina; 9.- Ermita de los Poyales; 10.- Ermita de San Ginés; 11.- Cisterna; 12.- Lavadero. Las estrellas de color rodeno indican otras construcciones de interés citadas en el texto.

Vista de la cara septentrional de la peña sobre la que se asienta el Castillo, con la villa de Ródenas al fondo. Algunos de los muros del Castillo se diferencian por su color rosáceo más intenso.

Potente muro de la fortaleza andalusí, con sus sillares milenarios sillares desgastados por la erosión.

Vista aérea del Castillo y del asentamiento anexo.

Itinerario circular de acceso al Castillo partiendo del GR-24 y regresando por sendas no señalizadas, pero fácilmente identificables.

Fachada principal del edificio de Plaza de la Iglesia nº 3.

La Casa del Olmo.

Escudo de los Martínez Rubio, situado en la Casa del Olmo.

Monumental palomar situado frente a la Casa del Olmo.

Palomar en ruinas, situado en la cerrada contigua.

Casa de los Julianes, edificio de cuidada composición.

Eje vertical que articula cuatro vanos, en la Casa de los Julianes.

El Antiguo Horno, antes de la instalación del Centro de Interpretación “Los Secretos del Rodeno”.

Portalón de C/ Centro nº 5.

Fachada de C/ Mayor nº 26.

Antigua iglesia, de la que se conserva la cabecera y parte de las capillas del lado del Evangelio: la de San Juan Bautista (derecha) y la de Nuestra Señora del Rosario.

Capilla de Santa Marina de la nueva parroquial, perteneciente a los Martínez Rubio

Altar mayor de la nueva parroquial dedicado a Santa Catalina, con escenas de su vida y martirio. En este templo se conserva un interesante repertorio de retablos procedentes de la vieja parroquial, entre los que destaca el dedicado a San Juan.

La sobria portada renacentista de la Iglesia de Santa Catalina no deja traslucir la riqueza ornamental interior.

Exterior de la Ermita de los Poyales.

Interior de la Ermita de los Poyales, con su peculiar refuerzo del segundo arco.

Situación de la Cisterna, en la parte baja del afloramiento rocoso de rodeno, con canalillos tallados en la cantera.

Cisterna: frontal, tejadillo y brocal en forma de torrecilla.

El singular Lavadero del Navajo.




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