Las campañas de Alfonso I

Cubierta del Evangelario de la reina de Aragón Felicia de Roucy, esposa de Sancho Ramírez y madre de Alfonso I. Fechado entre el 1070 y el 1085. (créditos Wikimedia Commons)

Publicado en: Historia de la Guerra, n º 25, Zaragoza, 2021,  pp-5-18

ARCATUR

 

Alfonso I fue uno de los monarcas del Reino de Aragón más destacados de toda la Edad Media, gracias a sus numerosos logros militares: “Et llamanlo don Alfonso el Batallero, porque en Espanna non fue nunqua tan buen caballero que en XXIX batallas vencio” (Crónica de los Estados Peninsulares)

Desde su ascenso al trono, prosiguió con la expansión de Aragón a costa de los estados hispanomusulmanes, impulsada inicialmente por su padre Sancho Ramírez y continuada por su hermano Pedro I. Bajo estas premisas, daba comienzo una frenética carrera militar, que ya no se detendría por espacio de más de 30 años, hasta su fallecimiento en 1134.

A la muerte de Pedro I, la frontera con el reino islámico de Zaragoza contaba, como posiciones avanzadas en el Bajo Cinca, con los enclaves de Alcolea, Albalate de Cinca, Ontiñena, Zaidín y Velilla de Cinca. Entre los ríos Alcanadre y Flumen las fortalezas sobre las que descansaba la defensa de Huesca eran las de Sariñena, Piracés, Almuniente y Robres.

En la parte oriental del Reino de Aragón, a la plaza andalusí de Ejea se oponían, formando una primera línea avanzada, las estratégicas plazas de Biel, Luesia y Uncastillo. Ya en el Reino de Pamplona, las posiciones erigidas frente a los dominios musulmanes eran las de Santacara, Caparroso y Gallipienzo. En torno a la confluencia de los ríos Arga, Aragón y Ebro, los enclaves sobre los que descansaba la defensa de la frontera eran Funes, Peralta, Arlas y Falces. Además de todas las plazas anteriores, el Reino de Aragón contaba con algunas posiciones más avanzadas y que se erigían como islas dentro del territorio musulmán, caso de El Castellar y Juslibol cerca de Zaragoza, así como Arguedas, el Pueyo de Sancho y Milagro, enclaves que rodeaban Tudela.

Tomando este punto de partida, las líneas estratégicas de intervención de Alfonso I durante todo su reinado serían dos. La primera de ellas tenía como objetivo la frontera Este del Reino, buscando la conquista de Lérida, además de la de Tortosa, con el objeto de conseguir una salida al mar para el territorio aragonés. La segunda de sus líneas maestras gravitaba en torno al valle del Ebro. En este frente el principal objetivo a conquistar era Zaragoza, principal enclave andalusí de la región y cabeza de un reino regido primero por los últimos monarcas hudíes y después por los almorávides.

 

Primeras campañas del Reinado.

            de sus dos líneas maestras, Alfonso I se inclinó en primera instancia por la segunda. Para apoderarse de la capital del Ebro era necesario previamente conquistar las plazas que le prestaban cobertura y, especialmente, las de las Cinco Villas, que cerraban el acceso hasta ella por el Oeste. No era recomendable dejar plazas sarracenas de la entidad de Ejea, Tauste o Sádaba a retaguardia, antes de proseguir hacia el Sur y el Este.

            Las campañas iniciales destinadas a su conquista fueron largas y estuvieron plagadas de dificultades de diversa índole, llegando incluso a peligrar la vida del monarca. La conquista de Ejea debió tener lugar entre el otoño de 1105 y el mes de noviembre de 1106. Mayor dificultad entraña, saber cuándo se produjo la de Tauste, pudiendo precisarse únicamente que se realizó durante los cuatro primeros años del reinado de Alfonso I. También debió ser tomada Sádaba en estos compases iniciales del reinado.

Pronto pasaría a adquirir protagonismo también el segundo de los frentes, el de la frontera leridana. Sin embargo, en este escenario la situación se tornaba mucho más complicada, dada la entidad de las plazas a tomar y el choque de intereses en la región con el conde de Barcelona, además de con el rey de Castilla. Una de las principales plazas fuertes de este territorio era Balaguer. Alfonso I acudió en ayuda de Pedro Ansúrez, conde de Carrión, para tratar de recuperarla de manos almorávides. Su asedio se prolongó desde el verano de 1105, hasta la conquista definitiva de su zuda en los primeros meses de 1106. A lo largo de este año el rey aragonés se apoderó además de una serie de castillos en las proximidades de Lérida, aunque se desconoce de cuáles se trata.

También en 1107 el grueso de las operaciones militares aragonesas se concentró sobre esta frontera oriental, saldándose la campaña con la conquista de Tamarite, plaza que proporcionaba cobertura a Lérida y cuya captura resultaba fundamental a la hora de controlar el acceso al valle del Segre. A esta trascendental captura le siguió la de San Esteban de Litera, acaecida ese mismo año o a comienzos del siguiente. 

 

La Batalla de Valtierra, cambia de manos la Taifa Zaragozana.

Con Alfonso I en territorio castellanoleonés, tratando de sofocar las primeras revueltas que habían estallado tras su matrimonio con Urraca I de León, el equilibrio de poderes en el valle del Ebro estaba a punto de sufrir un vuelco radical. Al-Mustain II de Zaragoza llevaba ya varias décadas tratando de mantener la independencia de su taifa, tanto respecto a los reinos cristianos como frente a los almorávides; en esos momentos era ya la única taifa peninsular que no había sido incorporada al emirato almorávide, gobernado por Yúsuf ibn Tasufín, aunque, de facto, se encontraba bajo su órbita.  

Buscando recuperar parte del descrédito ocasionado por la pérdida de significativas plazas durante los últimos años a manos del Batallador, Al-Mustain II decidió lanzar una razia contra el territorio cristiano del Norte. Lo hizo, tras ser jurado su hijo Abd al-Malik como sucesor al trono. La campaña dio comienzo en enero de 1110 y tuvo como objetivo los dominios navarros de Alfonso I. Con el rey aragonés lejos, el momento resultaba el más idóneo. Tras rebasar la plaza musulmana de Tudela, la fuerza expedicionaria musulmana atacó una fortaleza desconocida, que los autores apuntan quizás fuera Artajona u Olite (Navarra) o Arnedo (La Rioja).

El ataque resultó exitoso y, tras apoderarse de los arrabales, los sitiadores forzaron a su población a capitular. Una vez completado el objetivo de la campaña, las fuerzas musulmanas iniciaron el camino de regreso a Zaragoza. Sin embargo, cuando el ejército andalusí ya estaba de retorno, fue atacado por la caballería cristiana de la frontera. El combate entre ambos contingentes tuvo lugar el día 24 de enero de 1110 en las proximidades de Valtierra, cayendo abatido el propio Al-Mustain II en él.

Tras la inesperada muerte de su padre, Abd al-Malik se dirigió sin pérdida de tiempo hacia Zaragoza, donde fue reconocido como nuevo soberano. Sin embargo, a pesar de la rápida proclamación, el fallecimiento abría una crisis sucesoria de amplio calado. Muchos zaragozanos empezaron a ver a los almorávides como los únicos capaces de frenar el avance cristiano. Este partido pro-almorávide sería el que le abrió las puertas de la ciudad al gobernador de Valencia, Ibn al-Havy, el 31 de mayo de 1110 y que forzó la huida de Abd al-Malik, que se refugió en el Castillo de Rueda de Jalón.

Cuando el soberano aragonés fue informado de lo sucedido, abandonó inmediatamente tierras castellanas para regresar al valle del Ebro, donde abrió negociaciones con el depuesto Abd al-Malik. Ya en julio tuvieron lugar los primeros choques entre las tropas del Batallador y la guarnición almorávide de Zaragoza. En medio de estas continuas escaramuzas, se produjo una batalla de mayor consideración en la que perdió la vida Abu Yahyà, el hijo de Ibn al-Havy. Solo la llegada del gobernador de Murcia, Abud Abd Allah Muhammad ibn Aisa, al frente de un considerable contingente militar en socorro de los sitiados, pudo forzar la retirada de Alfonso I.

 

La conquista de Zaragoza (1118).

Desde que Zaragoza había pasado a manos almorávides. el equilibrio de poderes regional había dado un vuelco radical, pues los recursos del gobernador almorávide de Zaragoza le permitían organizar ofensivas contra los territorios cristianos del Norte. La razia lanzada el año 1112 sería una de las más intensas, hasta el punto de que plazas como Barbastro, Monzón o Huesca resistieron a duras penas. La ofensiva estuvo a punto de provocar el colapso de buena parte de la frontera aragonesa.

De nuevo, al tener que afrontar problemas en Castilla, Alfonso I tardaría todavía algunos años en estar en condiciones de intervenir en el valle del Ebro. Sólo cuando la situación lo permitió, pudo retomar las operaciones militares contra los almorávides, con la vista puesta ahora en la conquista de Zaragoza. Alfonso I era consciente de la limitación de su ejército, tanto en medios humanos como en equipos de asedio. Una de las personas más capacitadas de todo el continente en este último campo era Gastón IV de Bearn, veterano de la Primera Cruzada.

Como paso previo antes de abordar el asedio de Zaragoza, era necesario conquistar de la comarca de Tudela, todavía en poder musulmán, con el fin de asegurar ese flanco de ataque. En este sector los sarracenos habían recuperado durante los últimos años algunas de las plazas fronterizas, como Fitero, Corella, Murchante, Cascante, Monteagudo y Cintruénigo. Todas ellas debieron ser reconquistadas de nuevo ese año 1117.

En un momento imposible de precisar, Alfonso I se debió desplazar hasta Bearn para estrechar relaciones con Gastón IV. La campaña de Zaragoza contó con el apoyo papal, que otorgó a la empresa el carácter de Cruzada. Esta consideración, sumada a la capacidad de convocatoria de Gastón, empujó a muchos nobles occitanos a participar en la expedición. La convocatoria fue un éxito, siendo numerosos los magnates que aceptaron participar en la empresa. Entre ellos, destacaba el hijo del vizconde de Labourd; Bernardo Atón, vizconde de Carcasonne; Gastón de Bearn y su hermano Céntulo de Bigorra; Bernardo, conde de Comminges; Pedro, vizconde de Gavarret; Guy de Lons, obispo de Lescar; Auger, vizconde de Miramont; Arnaldo de Lavedán, etc.

Alfonso I también movilizó todos los recursos del Reino, siendo unos cuarenta los nobles laicos, tanto navarros como aragoneses, que habrían de participar en la empresa. A ellos se sumaron varios obispos, como Guillermo de Pamplona, Esteban de Huesca y Ramón de Barbastro.

Tal y como estaba previsto, durante la primavera del año 1118 Alfonso I convocó a todas las tropas que debían participar en la campaña de conquista de la capital del Ebro. Las huestes ultrapirenaicas atravesaron los Pirineos a lo largo del mes de abril, eligiendo como punto de encuentro la laguna de Ayerbe. El contingente debió ser de cierta entidad, exagerando ampliamente sus cifras los autores musulmanes; Al-Mimyari habla de 50.000 jinetes, mientras que otros se refieren a los recién llegados como “multitudes de langosta u hormigas”.

Desde allí, los cruzados partieron hacia el Sur en dirección a Zaragoza siguiendo tres rutas de aproximación distintas. La primera de las columnas se apoderó durante su marcha de Almudévar. Un segundo grupo tomaría la ruta de Piracés, Sariñena y Robres, mientras que el tercero seguía el curso del río Gállego por Gurrea y Zuera. Pronto las tres columnas volverían a concentrarse ante los muros de Zaragoza.

El asedio de Zaragoza quedó formalizado el día 22 de mayo, aunque algunas fuentes musulmanas, como Ibn Idari, retrasan la fecha de inicio al 24. Las primeras operaciones sobre la ciudad debieron consistir en la instalación de puestos fortificados en torno a los muros, para intentar bloquear la plaza. Otras unidades se harían con el control de las huertas próximas a la ciudad y ocho días después era tomado el barrio de Altabás. También debió ser capturado con facilidad el muro de tapial que protegía los barrios ubicados extramuros de la medina. Tras estas conquistas, únicamente quedaba extramuros en poder de los almorávides el Castillo de La Aljafería.

Tras estos primeros éxitos, los caudillos francos enviaron emisarios a Alfonso I para informarle de los avances logrados. Sin pérdida de tiempo, el soberano aragonés se puso en marcha hacia Zaragoza con su ejército.  Los defensores zaragozanos trataron de contrarrestar estas operaciones iniciales con la realización de una salida contra las posiciones de sitio, pero la operación fracasó, produciéndose numerosas bajas en el bando almorávide. Una vez retornaron a la ciudad los supervivientes del choque, se procedió al cierre de las puertas.

Alfonso I debió llegar a Zaragoza hacia el 7 de junio, organizando el ataque sobre La Aljafería, que cayó en manos cristianas tan sólo cuatro jornadas después, desconociéndose los medios utilizados en el ataque y su desarrollo.

Cuando la noticia de la pérdida de La Aljafería llegó a Granada, su gobernador Abd Allah ibn Mazdali ordenó la movilización de un ejército destinado a socorrer Zaragoza, en el que también se integraron contingentes cordobeses. Pero, el ejército de socorro no se encaminó directamente hacia Zaragoza, al carecer de suficientes efectivos como para levantar el asedio; dirigió sus pasos hacia Tarazona, con el objeto de aislar a las tropas de sitio de sus bases logísticas de retaguardia. Con el fin de interceptar a las fuerzas de socorro venidas desde el Sur, Alfonso I envió un considerable contingente armado, que fue derrotado. Una vez logrado este estratégico triunfo, el ejército de maniobra musulmán se encaminó hacia Tudela.

A medida que se iba prolongando el asedio, muchos de los soldados ultrapirenaicos optaron por volverse a su patria, permaneciendo únicamente en el campamento de sitio los condes y los vizcondes. A pesar de esta significativa merma numérica, los soldados con los que contaba Alfonso I eran suficientes para llevar las operaciones de asedio a buen puerto. Para apoyar las operaciones de sitio, fueron construidas dos torres móviles, algunos arietes y 20 manjaniqs o piezas de artillería de calibre medio para arrojar piedras. El artífice de todos estos ingenios sería el experimentado Gastón de Bearn. Pero, estos equipos no fueron capaces de romper la férrea defensa.

Alfonso I se vio obligado a mantener la estrategia de bloqueo y a esperar que la ciudad se rindiera por hambre. En vista de la persistencia de los sitiadores, Mazdali decidió socorrer la plaza con su ejército de socorro. Tras dejar en Tudela a las tropas cordobesas y los equipos pesados, con sus mejores soldados se encaminó hacia Zaragoza. Gracias a su sorpresiva maniobra consiguió romper las líneas de bloqueo durante la segunda quincena de septiembre. Sin embargo, si bien la presencia del recién llegado elevó los ánimos de los sitiados en un primer momento, su muerte, acaecida entre el 18 de octubre y el 16 de noviembre, provocó que su moral se viniera de nuevo abajo.

Con la llegada del otoño el hambre se hizo más acusado en ambos campos, pero especialmente en el interior de la ciudad. La rendición de Zaragoza sólo se produjo cuando se agotaron todos los víveres y parte de la población ya había muerto de hambre. Fue entonces cuando sus habitantes abrieron negociaciones con el soberano aragonés, comprometiéndose a entregar la ciudad al ejército cristiano si no eran socorridos en un plazo prefijado. El 3 de diciembre el cadí de Zaragoza Tabit ibn Abd Allah escribió una carta a Tamin ibn Yusuf, gobernador de Granada, informándole de este extremo y de lo perentoria que resultaba su situación.

Algunas fuentes señalan que a comienzos de diciembre un ejército almorávide dirigido por Tamin ibn Yusuf se aproximó a las inmediaciones de la plaza sitiada. Sin embargo, se retiraría de nuevo hacia el Sur sin combatir, al carecer de suficientes efectivos como para presentar batalla. Por contra, la Chronique de Saint-Maixent afirma que Alfonso I sí que se vio obligado a combatir contra un ejército de socorro, al que venció en batalla campal. Una última versión diferente es la aportada por el Rawd al-Quirtas, que indica que el ejército almorávide llegó cuando la ciudad ya había sido tomada.

En todo caso, Zaragoza se rendía oficialmente al Batallador el 11 de diciembre de 1118 y siete días más tarde el soberano hacía su entrada en la ciudad. La capitulación se concertó con unas condiciones muy favorables para la población zaragozana. Por medio del tratado de rendición se acordaba que sus habitantes pudieran seguir viviendo en la ciudad, pagando los mismos impuestos que pagaban previamente, teniendo derecho a mantener sus propiedades rurales y a practicar su religión, además de poder ser juzgados por sus propias leyes. Con ello, el soberano aragonés trataba de evitar que la ciudad quedara completamente despoblada. Por el contrario, aquellos que optaran por abandonarla podrían hacerlo libremente. Serían muchos los habitantes que optaron por quedarse en sus hogares. No obstante, algunos autores, como al-Kardabus, mencionan que fueron 50.000 personas las que partieron hacia territorio musulmán, cifra claramente exagerada.

La conquista de Zaragoza, considerada la capital del valle del Ebro, supuso la apertura para los cristianos de una de las zonas musulmanas más densamente pobladas de todo el territorio peninsular. Tras la caída de la ciudad, la supervivencia de los enclaves próximos se tornó muy complicada, especialmente la de los situados aguas arriba del Ebro hasta Tudela, al quedar completamente aislados. Tampoco resultaba mucho más halagüeña la situación de las plazas situadas en las orillas de los ríos Queiles, Jalón y Huerva.

Si bien hubo enclaves que optaron por resistir, caso de Tudela, Tarazona, Borja o Calatayud, otros prefirieron colaborar con Alfonso I y llegar a acuerdos negociados con él. Fueron muchas las plazas que se entregaron, como Fuentes de Ebro, Alfajarín o Pina de Ebro en dirección Este. Tampoco escaparon a la conquista los lugares del valle del río Alhama en La Rioja, cuyo principal enclave era Cervera del Río Alhama, así como Tudején y Castillón, fortalezas navarras hoy en ruinas. A lo largo de ese exitoso año también cambiaron de manos Novillas, Magallón, Alberite de San Juan, Alagón o Épila y la estratégica plaza de Belchite. E incluso enclaves tan alejados como Morella, Pitarque, Galve o Alcalá de la Selva, plazas situadas en las actuales provincias de Castellón y de Teruel, y que debían de depender de Zaragoza.

Después de la conquista de Zaragoza, el siguiente objetivo de El Batallador fue Tudela. A pesar de contar como guarnición con parte de las tropas que habían acompañado a Mazdali desde el Sur, sus posibilidades de resistencia eran limitadas. Aislada, y sin posibilidad de ser socorrida, capituló a finales de febrero de 1119. Lo hizo bajo unas condiciones muy similares a las aplicadas a los pobladores de Zaragoza. Los pasos de Tudela debieron ser seguidos por otros muchos enclaves de la Baja Rioja. En la línea del Ebro debió ocurrir algo similar con Cadreita y Valtierra, además de Castejón, Murillo de las Limas, Fontellas, Cabanillas y Fustiñana.

Durante los meses inmediatamente posteriores pasó a manos aragonesas toda la dehesa del Moncayo, con Ágreda y Tarazona a la cabeza. En la campaña de Tarazona también debieron ser tomados los castillos que mediaban entre esta plaza y Tudela, como Urzante, Cascante, Pedriz, Lor, Ablitas, Tulebras o Barillas entre otros. Tauste pudo cambiar también de manos en este momento, aunque las primeras referencias a tenentes en esta plaza datan de 1121. En el valle del Huecha sí que ya eran aragonesas en 1121 Novillas, Cortes, Mallén, Fréscano y Magallón.

No existe acuerdo en cuanto a la conquista de Borja, que estaba en manos de Abd al-Malik, vasallo de Alfonso I, que pudo efectuarse, posiblemente por capitulación acordada, en 1122 o 1124.

 

El otro gran hito del Reinado, la Batalla de Cutanda (1120).

En la primavera de 1120 Alfonso I puso sus miras sobre Calatayud y Daroca. En las operaciones sobre Calatayud debió participar el depuesto Abd al-Malik, así como contingentes ultrapirenaicos al mando de Gastón IV de Bearn, Céntulo de Bigorra, el conde Bernardo de Comminges y el obispo Guido de Lescar. El rey aragonés también contó con la ayuda de Guillermo IX, duque de Aquitania y conde de Poitou, el principal señor feudal del Midi francés. Acudió acompañado por 600 soldados de caballería, así como por sus vasallos de Saintonge, Lemosín, Turena, Gascuña, Labourd y del valle de Soule.

La reacción almorávide, tras la pérdida de Zaragoza, se demoró en el tiempo. No fue hasta el invierno de 1119-1120 cuando el emir Ali ibn Yusuf ordenó reunir un ejército para su envió al valle del Ebro. Estaba al mando de Ibrahim ibn Yusuf ibn Tasfin, hermano del emir y gobernador de Sevilla. Se movilizaron contingentes de Granada, dirigidos por Abu Muhammad ibn Timagmar al-Lamtun, y de Murcia, mandados por Abu Ya’qub Yintan, hijo del emir Ali. En su camino hacia el Norte, se les fueron sumando otras fuerzas fronterizas, como las tropas leridanas de Ibn Zarada o las del señor de Molina Azzun ibn Galdun.

La vía de aproximación del ejército almorávide, en su último tramo, se efectuó a través de la depresión del Alfambra, atravesando Tirwal (Teruel), Alfambra y Pancrudo como principales hitos. El Batallador, que se encontraba sitiando Calatayud, decidió interceptarlo. El lugar elegido fue Cutanda, punto por el que obligatoriamente la fuerza expedicionaria musulmana tenía que pasar, y la fecha el 17 de junio de 1120.

No sabemos si Alfonso I levantó completamente el asedio de Calatayud o dejó tropas para la custodia de las obras de sitio. Lo más probable es el segundo supuesto, partiendo acompañado por los jinetes únicamente, dada la rapidez con la que tenía que desplazarse. Las fuentes musulmanas indican que el soberano aragonés marchó hacia Cutanda acompañado por 12.000 soldados de caballería y un número todavía mayor de infantes, cifras notablemente exageradas. Las fuentes cristianas reseñan que el conde Guillermo de Aquitania aportó a la campaña 600 jinetes y un número similar o algo superior debía ser el contingente de caballería que servía a las órdenes del Batallador. Así pues, contaría con tan sólo entre 1.200 y 1.500 soldados a caballo.

En cuanto a los efectivos almorávides, los autores musulmanes indican que eran 5.000 jinetes y 10.000 infantes, aunque también señalan que hubo 20.000 bajas. Lo que sí parece claro es que los almorávides gozaban de una clara superioridad numérica. Es posible que Alfonso I aprovechase el factor sorpresa y/o consiguiera llevar al ejército sarraceno a un espacio especialmente favorable para una carga de caballería.

Se desconoce cómo se desarrolló el enfrentamiento acaecido el 17 de junio. Pero sea como fuere, lo que sí se puede afirmar con rotundidad es que el ejército cristiano fue un claro vencedor. Al Maqqari menciona que en la batalla perecieron 20.000 voluntarios musulmanes, cifra exagerada. También se refiere al fallecimiento del jeque Abu Ali al-Sadafi y de su compañero Abu Bakr ibn al-Arabi ibn al-Farra. La Chronique de Saint-Maixent refiere que cayeron abatidos 15.000 soldados musulmanes y que fueron capturados numerosos prisioneros, así como 2.000 camellos y otras bestias “sin número”. Los supervivientes del ejército almorávide, tras su derrota, huyeron en dirección a Valencia.  

La principal consecuencia de la derrota del ejército almorávide en la batalla de Cutanda, además de la salvación de Zaragoza, fue el inicio del declive almorávide y la captura de los valles del Jalón y del Jiloca. Si hacemos caso a Zurita, Calatayud era tomada el día 24 de junio, tan sólo una semana después de la batalla y quizás, tras llegar la noticia de la derrota de la expedición almorávide. A lo largo del valle del río Jalón, y siguiendo de nuevo a Zurita, también sería tomada Bubierca, Alhama y más al Oeste Ariza. Estas plazas resultaban de suma importancia para los intereses de Alfonso I en territorio castellano, al permitir la comunicación entre Calatayud y Soria.

Mayor dificultad entraña dilucidar cuándo se produjo la conquista de Daroca. Algunas fuentes hablan de una conquista inmediata. No obstante, la información resulta todavía más parca a la hora de abordar esta cuestión, pues hasta 1122 no está bien documentada que estuviera en manos aragonesas. Así pues, la conquista debió producirse entre el verano del 1120 y junio de 1122. Tras la ocupación de Daroca, las tropas de Alfonso I debieron seguir avanzando por el valle del Jiloca hacia el Sur, llegando en su avance hasta Monreal y Singra, paso clave para la apertura de la ruta desde Zaragoza hacia Levante.

 

Múltiples frentes que atender.

Tras un pequeño paréntesis en territorio castellano, Alfonso I se desplazó hacia la frontera oriental de sus dominios. De nuevo en esta ocasión volvió a chocar con los intereses del conde de Barcelona, Ramón Berenguer III. La derrota sarracena cosechada en Cutanda, en la que participó un contingente almorávide leridano, debió empujar al gobernador de Lérida a firmar un acuerdo con el conde de Barcelona, con el fin de garantizarse la protección frente al Batallador. De este modo, el dirigente almorávide se convertía en vasallo del conde barcelonés, lo que alteraba el equilibrio de fuerzas y de poderes en la región.

En abril de 1122, Alfonso I partió hacia territorio leridano. La situación era compleja; el conde de Barcelona era el centro de una amplia red de alianzas, pues mantenía acuerdos con los condes de Urgel y de Ampurias, así como con Guillermo IX, duque de Aquitania, que dos años antes había colaborado con Alfonso I en la campaña de Cutanda; en estas circunstancias, resultaba difícil que El Batallador tejiera nuevas alianzas.

En febrero de 1123, Alfonso I combatía contra los almorávides en el complicado frente de Barbastro-Monzón-Fraga y Lérida, el flanco más expuesto de sus dominios. En el entorno de Fraga, El Batallador construyó un castillo llamado Hagón, enclave difícil de localizar hoy en día. Se desconoce lo sucedido en esta campaña; algunas fuentes indican que las tropas aragonesas combatieron contra los musulmanes y los derrotaron; sin embargo, la poderosa coalición creada en torno al conde de Barcelona, terminó forzando a Alfonso I a levantar su campo y a abandonar el territorio leridano. 

La situación dio un vuelco radial cuando los almorávides lanzaron una ofensiva sobre este sector y derrotaron a Ramón Berenguer III en la batalla de Corbins (1124). Tras este episodio quedaban anulados los acuerdos establecidos entre el gobernador de Lérida y el conde de Barcelona, iniciando los musulmanes una considerable ofensiva en ese sector.

 

La fundación de la Orden de Belchite y de la Militia Christi de Monreal.

Tras la estratégica victoria lograda en Cutanda, una de las máximas prioridades del soberano aragonés era abrirse paso hasta Levante, lo que le permitiría marchar a Tierra Santa. Pero antes, necesitaba dejar bien asegurada su retaguardia. Entre febrero y mayo de 1122 Alfonso I fundó la Cofradía militar de Belchite, que sería una especie de proto-orden militar, a semejanza de los modelos surgidos en Tierra Santa.

Belchite era una de las plazas más expuestas frente a un hipotético ataque almorávide, como plaza avanzada que prestaba cobertura a Zaragoza, por lo que El Batallador decidió crear dicha institución para asegurar su salvaguarda. A pesar de las concesiones realizadas a esta institución, nunca fue considerable el número de sus integrantes.

Poco tiempo después, en una fecha indeterminada entre 1124 y 1128, Alfonso I fundó en Monreal del Campo la Militia Christi o Militia Dei, ésta sí a semejanza de las órdenes militares creadas en Tierra Santa. Con su instauración El Batallador pretendía que Monreal se convirtiera en una posición geoestratégica clave dentro de la ruta que unía Zaragoza con Valencia. La Cofradía de Belchite y la Militia Christi de Monreal fueron pioneras en la institucionalización de la idea de Cruzada en tierras peninsulares.

Pronto los integrantes de la milicia monrealense tendrían la oportunidad de entrar en acción. Tomando como base esta posición, un grupo de sus caballeros partió hacia territorio valenciano para conquistar Peñacadiella (Benicadell), punto estratégico que controlaba las comunicaciones entre Játiva y Alicante. Era el paso previo antes de lanzar su expedición sobre Andalucía.

En la operación, lanzada en el invierno de 1124-1125, debieron tomar parte algunas de sus tropas más escogidas al mando de Rotrou de Perche, Gastón de Bearn y el obispo de Zaragoza Pedro de Librana. También intervinieron en la breve campaña Galindo Sánchez, señor de Belchite, y los caballeros de su cofradía, así como Silvestre de Saint-Calais o Rainaldo de Beileul.

A pesar de tener la consideración de inexpugnable, Peñacadiella debió ser tomada sin excesivas dificultades por la fuerza expedicionaria cristiana. Durante seis semanas las tropas de Alfonso I camparon a sus anchas por territorio valenciano, no consiguiendo que su gobernador almorávide presentara batalla. Tras dejar a 60 soldados como guarnición en Peñacadiella, muchos de ellos cofrades de Belchite, el resto regresó a territorio aragonés. Esta reducida guarnición habría de resistir un intenso asedio durante tres días de agosto, consiguiendo repeler un ejército muy superior numéricamente.

 

La expedición a Al-Ándalus (1125-1126).

Uno de los principales problemas que debió afrontar El Batallador, tras la rápida anexión de territorios extensos y escasamente habitados, era cómo proceder a su repoblación. La clave la encontró Alfonso I en la insatisfacción de buena parte de la población mozárabe que habitaba el territorio musulmán. El fanatismo religioso impuesto por los almorávides había contribuido a soliviantar a este segmento de la población. Las crónicas musulmanas achacan la responsabilidad del lanzamiento de la campaña aragonesa sobre territorio andaluz a los mozárabes de Granada, de la montaña del Darro y de las Alpujarras. Afirman que fueron ellos los que enviaron correos secretos a Alfonso I para incitarle a conquistar este territorio, comprometiéndose a levantar en armas hasta 12.000 hombres si lo intentaba.

Alentado por los mozárabes, el rey aragonés decidió acometer esta arriesgada expedición en 1125. Algunas fuentes indican que Alfonso I consiguió reunir un total de 4.000 caballeros, mientras que otras elevan esta cifra hasta los 5.000 caballeros y 15.000 infantes, cifras claramente exageradas. En la expedición participaron los más destacados magnates del reino, entre los que destacaban Gastón de Bearn, y el conde Bernard de Pallás Iussà, así como los obispos Pedro de Zaragoza, Esteban de Huesca y Ramón de Roda.

El ejército cristiano partió desde Zaragoza hacia Levante a principios de septiembre siguiendo el valle del Jiloca. El 20 de octubre la fuerza expedicionaria ya se hallaba a las puertas de Valencia. El soberano aragonés lanzó algún pequeño ataque contra la plaza, hasta la llegada de los mozárabes que debían guiar sus pasos por el territorio musulmán. Quizás fue en el marco de estas operaciones cuando se tomaron los castillos de Liria y Villamarchante.

En su camino la fuerza expedicionaria se aproximó hasta Alcira, aunque no consiguió tomarla. Denia también intentaría ser asaltada el día 31 de octubre, aunque sin éxito. A continuación, la hueste cristiana prosiguió por el llamado desfiladero de Játiva y Peñacadiella, penetrando en territorio murciano. Su siguiente hito en el camino sería el río Almanzora, ya en Almería, para avanzar hasta Purchena y Tíjola.

El ejército aragonés amagó con asaltar Baza, para el 18 de noviembre terminar emplazando su campamento frente a Guadix. La fuerza expedicionaria cristiana permaneció allí un mes, inexplicable demora que terminó por condicionar la campaña, al hacer que se perdiera buena parte del factor sorpresa.

Se ha discutido mucho acerca del motivo subyacente de la campaña, aunque parece poco probable que se pretendiera crear un principado cristiano en mitad del corazón de al-Ándalus, siendo más realista que fuera una expedición para castigar y debilitar a los almorávides y obtener un importante botín.  

En vista del alcance de la ofensiva cristiana, el emir Ali ibn Yusuf ordenó una movilización general de sus tropas. La leva afectó principalmente a las vecinas regiones de Murcia y Valencia, así como a territorio norteafricano. Estos contingentes se encaminaron a Granada, con el objeto de reforzar las guarniciones de las plazas que rodeaban la capital.

A principios del año 1126 Alfonso I seguía acampado ante Guadix. En vista de la imposibilidad de lograr apoderarse de la plaza, tomó la decisión de levantar su campamento y encaminarse hacia Granada. Sin ningún contingente militar musulmán que le saliera al paso, Alfonso I continuó hasta “al-Mazuqa” y Nívar, enclaves ubicados pocos kilómetros al Norte de la capital granadina. Sin embargo, El Batallador no se atrevió a atacar Granada, plaza que ya se encontraba bien guarnicionada tras el retraso del rey aragonés.

El factor sorpresa se había perdido, por lo que los mozárabes no pudieron abrir las puertas de la ciudad a los recién llegados. Pronto el mal tiempo obligó al ejército cristiano a abandonar el lugar y encaminarse hacia las fértiles tierras del valle del Guadalquivir. A finales de enero la fuerza expedicionaria atravesó Maracena, Pinos Puente y entró en territorio cordobés tras pasar por Alcalá la Real, para proseguir a continuación hacia Luque y Baena, llegando en último extremo a Écija. Desde allí las tropas cristianas giraron hacia el Este para pasar por Cabra y Lucena.

Mientras el rey aragonés saqueaba el Sur de la actual provincia de Córdoba, los almorávides organizaron un ejército, al mando Abu Bakr, el hijo de Ali ibn Yusuf,  para tratar de interceptarlo. Ambas fuerzas terminarían tomando contacto en Arnisol, Arinzol o Aranzuel, quizás el actual Anzur (hoy municipio de Puente Genil) el 10 de marzo. Los almorávides fueron los que tomaron la iniciativa aquella jornada; de madrugada atacaron el campamento cristiano y se apoderaron de algunas de las tiendas del perímetro exterior. Una vez las tropas del Batallador pudieron rehacerse del ataque inicial, hacia el mediodía formaron su frente de batalla.

Gracias a su superioridad en el combate cuerpo a cuerpo, las tropas cristianas lograrían ir ganando terreno a los musulmanes e inclinando, poco a poco, la victoria hacia su lado. Al ponerse el sol, el emir ordenó levantar sus tiendas de la hondonada y trasladarlas hasta una colina un poco más elevada. Sin embargo, esta decisión de levantar el campamento fue interpretada erróneamente por sus tropas como una retirada, por lo que los soldados comenzaron a romper sus líneas. Pronto todo el ejército almorávide era presa del pánico y se encontraba en completa desbandada.

Tras derrotar al ejército musulmán, Alfonso I se encaminó desde Lucena hacia el Sur por el valle de Lecrín, para seguir hasta Vélez-Málaga. Si hacemos caso a las crónicas, allí ordenó la construcción de un pequeño barco y con él pescó un pez, gesto profundamente simbólico. Sin embargo, el repliegue hacia Aragón se antojaba complicado, a causa de la concentración de fuerzas enemigas en la ruta de regreso, sumado al agotamiento y merma numérica de los hombres del Batallador.

Todavía acampó el ejército cristiano durante algunos días cerca de Granada antes de regresar. Allí, sostuvo intensos combates con las fuerzas musulmanas. La llegada de los ejércitos de Mequínez al mando de Abú Hafs ibn Tuzyin, y de Fez, con el emir Inalu al-Lamtuni al frente, trastocó notablemente el equilibrio de fuerzas existente. Por fin, en abril la hueste cristiana inició el retorno a casa. Con el enemigo siempre pisando sus talones, la marcha del Batallador se terminó convirtiendo en una auténtica odisea. Las tropas marcharon a través de Berchules y Alicún en dirección a Guadix. En las proximidades de esta localidad El Batallador sufrirá su primera derrota durante la campaña, enfrentamiento en el que las fuentes señalan que murió un destacado y desconocido capitán cristiano.

Tras este desafortunado encuentro, prosiguió la retirada, eligiéndose la ruta que seguía a través del llano de Caravaca, Murcia y el “desfiladero de Játiva”. Todavía habría tiempo para tomar el castillo de esta última localidad en medio de la maniobra de repliegue. Sólo la experiencia y la veteranía de las tropas del Batallador fueron capaces de mantener la cohesión del ejército en medio de tan complicadas circunstancias. A pesar de los numerosos contratiempos que hubo de afrontar la fuerza expedicionaria, pudo regresar a casa casi incólume.

El 23 de junio el ejército cristiano ya estaba de regreso en el valle del Ebro. Volvía cargado con un inmenso botín y acompañado de numerosos mozárabes, que algunas fuentes cifran en más de 10.000. Aunque los últimos enfrentamientos habían empañado un poco el éxito logrado, Alfonso I había sido capaz de permanecer casi por espacio de un año entero en territorio enemigo, devastándolo y campando por él a sus anchas.

 

Nueva expedición contra Valencia: La batalla de Cullera (1129).

Tras la campaña andaluza, Alfonso I puso sus miras sobre Molina, plaza clave por cerrar el acceso al valle del Ebro desde la Meseta. Para llevar adelante su proyecto de conquista, construyó la fortificación de Castilnuevo, a tan sólo cinco kilómetros al Sur de la localidad. Este enclave fue utilizado como posición avanzada en la ofensiva lanzada al año siguiente. Molina era tomada tras quince meses de asedio, desconociéndose si la captura se produjo por la fuerza o por capitulación.

En 1129 Alfonso I tomó la decisión de lanzar un nuevo ataque sobre Valencia, para lo que movilizó un considerable ejército. Para contrarrestar la expedición, el emir Ali ibn Yusuf ordenó reforzar las guarniciones que jalonaban la ruta de avance. Recurrió a contingentes de negros procedentes del territorio norteafricano; la ciudad de Fez pagó 300 de ellos, medida que fue repetida por otras plazas. En apoyo de estas fuerzas se envió también un ejército de socorro al mando del gobernador de Sevilla.

Se desconocen buena parte de los pormenores de la campaña, a causa de la escasez de documentación. No sabemos si el objetivo era la toma de la ciudad o simplemente se trataba de una razia a gran escala destinada a la obtención de botín. En abril, Alfonso I debía hallarse ya en las proximidades de Valencia. A comienzos de mayo se había iniciado el asedio. Las tropas cristianas aprovecharon su posesión de los castillos de Liria y de Villamarchante, como bases de apoyo en la operación. A finales de junio o principios de julio el ejército aragonés partió en dirección a Cullera. Allí tomó contacto con el contingente almorávide reunido para hacer frente a su avance, operando los hombres del Batallador en una clara inferioridad numérica. Alfonso I logró una gran victoria, algunas fuentes indican que perecieron 12.000 sarracenos, capturándose numerosos prisioneros y un abundante botín. Durante el resto del mes de julio y el de agosto, la hueste aragonesa se dedicó a saquear el territorio andalusí, retornando posteriormente a casa.

 

Las últimas campañas del Reinado (1130-1134).

Los primeros meses del año 1130 los dedicó Alfonso I a hacer frente al conflictivo sector de Barbastro-Monzón, donde los almorávides de Fraga y de Lérida mantenían su continua presión. Pero, como había pasado en otras ocasiones previas, las operaciones en ese frente no tendrían la continuidad necesaria como para permitir avances de consideración.

El 24 de mayo de ese año (aunque otras fuentes sitúan el episodio en 1131), encontraron la muerte dos de los principales colaboradores de Alfonso I: el obispo Esteban de Huesca y Gastón de Bearn. Mientras el rey estaba en Gascuña ambos magnates se hallaban combatiendo en el Sureste del Reino de Aragón. Aunque Esteban y Gastón tomaron algunas plazas en el Maestrazgo, perdieron la vida en la empresa a manos de los hombres del gobernador de Valencia. No se sabe si fue en una operación ofensiva o ya bien en la defensa de estas posiciones avanzadas. A consecuencia de este funesto episodio, se perdieron las plazas de Játiva, Cullera y Liria.

Esos complicados años también contemplaron la deserción del bando aragonés del vástago de Abd al-Malik. Éste falleció en 1130, como vasallo de Alfonso I y con su centro de poder en Rueda de Jalón. Sin embargo, las perspectivas de promoción de su dinastía resultaban poco halagüeñas. En vista de ello, su sucesor Say al-Dawla (el Zafadola cristiano) decidió cambiar de bando. A finales de 1131 buscó la protección de Alfonso VII de Castilla. Zafadola recibió tierras entre el Duero y el Tajo, entregándole a cambio al rey castellano el castillo de Rueda.  

En 1132 Alfonso I comenzó a preparar la que estaba destinada a ser la última gran campaña de su reinado. El objetivo estratégico perseguido era el de lograr la ansiada salida al mar del Reino de Aragón por Tortosa. Pero, para ello debía apoderarse previamente de Mequinenza y Fraga.

Buena parte de las operaciones militares de estos dos últimos años de reinado del Batallador resultan confusas. Todo hace pensar que los adalides de la frontera habrían lanzado, ya por iniciativa propia o a petición de Alfonso I, diferentes operaciones de cierta entidad contra posiciones muy adentro del territorio musulmán. En la ruta de Valencia se habían instalado posiciones avanzadas en Barrachina y Gúdar. A finales de ese año ya estaba en poder cristiano Horta de Sant Joan, a 20 kilómetros de Tortosa, enclave que terminaría por constituir la posición más oriental de los dominios de Alfonso I.

De cara a la campaña que se estaba gestando, a fines de 1132 o principios del año siguiente se procedió a la concentración de cuantiosos recursos navales y tropas en Zaragoza. Aparte de los contingentes aragoneses y navarros, también acudieron hasta la Península fuerzas ultrapirenaicas, a cuyo frente se encontraban Céntulo de Bearn y Gassion de Soule.

La narración de los acontecimientos a partir de este punto resulta compleja, pues algunas plazas pudieron ser conquistadas por las fuerzas cristianas y posteriormente perderse y a la inversa. En enero de 1133, la hueste aragonesa ya se encontraba en las inmediaciones de Fraga. Sin embargo, Alfonso I pronto tuvo que regresar a Pamplona, volviendo al frente algunas semanas después. Llegaba el momento de abordar el primer gran objetivo de la campaña: Mequinenza. Esta plaza, que controlaba la confluencia de los ríos Ebro y Segre, contaba con unas poderosas fortificaciones y una importante guarnición.

Si hacemos caso al cronista Orderic Vital, la plaza se negó a aceptar la propuesta de capitulación ofrecida por Alfonso I. A esta negativa a rendirse le siguieron tres semanas de asedio, en las que las tropas cristianas se apoderaron de todas las defensas exteriores de la plaza. Acuciados por el avance de los trabajos de sitio, los almorávides pidieron negociar. Pero, el soberano aragonés se negó a aceptar ningún acuerdo. A mediados de junio, y una vez tomada la plaza por la fuerza, toda su población fue pasada a cuchillo. Resulta poco creíble este extremo, sobre todo considerando el comportamiento del rey aragonés con otras plazas previas, como Zaragoza. También cayeron en poder cristiano las tierras que dependían de Mequinenza, como Nonaspe, Batea y Fayón, La Lode y Algars.

Tras la toma de Mequinenza, en lugar de proseguir en dirección a Tortosa, la fuerza expedicionaria partió hacia el Norte para tratar de conquistar Fraga, plaza imposible de dejar a retaguardia. Gracias a la sorpresiva maniobra y a la ruta elegida, Alfonso I pudo apoderarse de los enclaves de Alminarilla y Hagún. De este modo quedaba formalizado el asedio a mediados de agosto.

Es escasa la información para poder reconstruir las operaciones de sitio. Sí que está documentada la presencia de Alfonso I ante los muros de la plaza durante los meses de septiembre y octubre. Como campamento para las operaciones de expugnación, las tropas del Batallador utilizaron el conocido como Pueyo de Almanarella. Ya desde el comienzo del asedio, una de las prioridades de las tropas sitiadoras pasaría por cortar el abastecimiento de la plaza sitiada.

Las dificultades no tardarían en hacerse patentes. No cabía la posibilidad de asaltar los muros, dada la ausencia de equipos pesados de asedio, por lo que sólo cabía recurrir al bloqueo. Sin embargo, el empleo de esta estrategia requería de mucho tiempo y también permitía que el enemigo pudiera reunir un ejército de socorro con el que prestar ayuda a los sitiados. El 1 de noviembre, Yahya ibn Alí ibn Ganiya, gobernador de Valencia y de Murcia, reunió un ejército con el que socorrer la plaza sitiada. Las fuentes musulmanas hablan de una primera batalla, acaecida a finales de ese año de 1133 o a principios de 1134, en la cual los musulmanes resultarían vencedores. Muy diferente es la versión proporcionada por las fuentes cristianas, que otorgan la victoria al ejército del Batallador. Otras fuentes incluso hablan de que Ganiya fue rechazado por dos ocasiones, en su intento por socorrer a los sitiados.

Con la llegada de la primavera poco a poco se fueron sumando nuevos contingentes al retén dejado durante el invierno para mantener el asedio. Alfonso I incluso hizo trasladar hasta su campamento el Lignum Crucis que había tomado de Sahagún. Ante esta reliquia El Batallador juró no levantar el sitio hasta que la plaza fuera tomada. También hizo que veinte de sus más fieles caballeros prestaran el mismo juramento. A comienzos del verano proseguían las operaciones, habiéndose reducido el número de caballeros que integraban la hueste a tan sólo 500, lo que habla de un cierto estancamiento en las operaciones.

La prolongación del sitio permitió a los almorávides congregar un nuevo ejército con el que tratar de socorrer Fraga. En esta ocasión los musulmanes hicieron un cuantioso esfuerzo, hasta reunir 2.000 jinetes procedentes de Córdoba al mando de Zubayr ben Amr el Lamtuni, además de otros 200 de Lérida dirigidos por Abd Allah ben Iyad y 500 más de Valencia y de Murcia al mando de Ganiya. Junto a ellos marchaban un número indeterminado de peones. Las tropas leridanas iban en vanguardia del despliegue, seguidas de las valencianas y murcianas, cerrando la comitiva el contingente cordobés.  Más difícil resulta cuantificar los efectivos cristianos desplegados ante los muros de Fraga. Según Ibn al-Athir el ejército cristiano lo componían hasta 12.000 caballeros, cifra a todas luces exagerada. Resulta más creíble la cifra de 500 jinetes y un número indeterminado de peones.

Tomando en consideración las fuentes conservadas, vamos a tratar de reconstruir lo que pudo suceder aquel 17 de julio de 1134, cuando el ejército almorávide de socorro y la hueste del Batallador se enfrentaron en las proximidades de Fraga.

La Chronica Adefonsi imperatoris apunta que la iniciativa del choque la protagonizaron los almorávides, al atacar el campamento cristiano por sorpresa al amanecer. Con las primeras luces del día, los puestos avanzados cristianos debieron detectar la aproximación del ejército de socorro musulmán. Informado de ello, Alfonso I ordenaría a sus hombres desplegarse en el campamento para resistir a los recién llegados, ante la imposibilidad de disponer de tiempo para formar sus líneas. El despliegue tendría que efectuarse en medio de una continua lluvia de proyectiles. Sólo a duras penas El Batallador podría sacar a sus hombres del campamento para presentar un frente cohesionado.

Muy diferente es la versión de los hechos proporcionada por Orderic Vital e Ibn al-Athir. Ambos autores señalan que fue Alfonso I fue quien tomó la iniciativa de atacar a los musulmanes, a quien despreciaba profundamente. Siguiendo al primero de estos autores, El Batallador, tan pronto detectó al enemigo, celebró consejo de guerra con sus magnates. En él se decidió lanzar un ataque con todas sus tropas para tratar de apoderarse de los 200 camellos enviados por el enemigo por delante como señuelo.

La versión de Al-Athir es ligeramente diferente. Para este autor musulmán, Alfonso I lanzó una primera oleada de jinetes contra la vanguardia almorávide, a la que siguió un ataque con el resto de sus contingentes de caballería, en la que marchaba el propio monarca. Si hemos de creer esta versión, la vanguardia musulmana habría servido de señuelo para atraer a las fuerzas cristianas. Una vez había conseguido su objetivo, retrocedería de forma precipitada para incitar a las tropas cristianas a perseguirla. Los hombres del Batallador caerían en la trampa, al considerar fácil la victoria. Fue entonces cuando quedaron envueltos por las dos principales unidades almorávides que los estaban esperando.

En función de las diferentes fuentes vamos a tratar de dar una visión coherente de lo que pudo suceder. El ataque musulmán debió ser iniciado por la vanguardia encabezada por Iyad. Contra estas fuerzas Alfonso I debió enviar un primer contingente destinado a tratar de contener su avance y de este modo dar tiempo a que el resto de las tropas pudieran formar y presentar un frente cohesionado. Sin embargo, esta avanzadilla sería incapaz de cumplir el cometido que le había sido asignado, al verse superada numéricamente y quedar envuelta por los atacantes. Rotas sus líneas, los supervivientes de la refriega debieron replegarse sobre el campamento cristiano para tratar de contribuir a su defensa.  

La vanguardia almorávide hostigaría el campamento por medio del lanzamiento de proyectiles arrojadizos sobre él, dificultando que las tropas del Batallador pudieran formar sus líneas. Así pues, en los primeros lances del choque los hombres de Alfonso I mantendrían una actitud defensiva. El ejército cristiano tardaría algún tiempo en conseguir salir, pudiéndolo hacer finalmente con el monarca aragonés a su cabeza. Quizás fuera en este momento cuando los cristianos, ahora con superioridad, iniciaron la persecución de las fuerzas almorávides de vanguardia, que se replegarían sobre los cuerpos principales de su ejército, atrayendo tras ellos a los cristianos.

Según la Crónica de los Reyes de Castilla, al ataque por parte del ejército de socorro almorávide se sumó la salida desde el interior de Fraga de un considerable contingente musulmán. Éste habría conseguido romper las líneas de bloqueo y entrar dentro de los muros para contribuir a su defensa y ayudar a crear la maniobra de pinza. Así, mientras los cristianos combatían de frente con el ejército de socorro, el grueso del ataque llegó desde retaguardia por las tropas acantonadas dentro de la ciudad. Fue, precisamente, en este lance cuando se produjo la captura por los musulmanes del Lignum Crucis y otras valiosas reliquias, así como la del obispo de Lescar.

            La clave de la batalla debió encontrarse en la entrada en acción de Zubayr al frente de los 2.000 jinetes cordobeses, que todavía se encontraban frescos por no haber entrado en combate. Este contingente sería el encargado de darle el golpe de gracia a las huestes del Batallador, hasta el punto de que el monarca a duras penas pudo escapar con vida del choque. Orderic Vital habla de que el soberano buscó refugio en una altura, acompañado únicamente por 60 caballeros y rodeado de miles de enemigos. Si hacemos caso a este cronista, este pequeño grupo trató de abrirse paso entre la muchedumbre de almorávides. Tan sólo podrían escapar 10, entre ellos García Ramírez, que sucedería a Alfonso I en el trono de Navarra. Los 50 caballeros restantes murieron combatiendo tratando de proteger la retirada del rey. La Chronica Adefonsi imperatoris señala que murió todo el cuerpo de 60 soldados escogidos que siempre acompañaban como escolta personal a Alfonso I en combate.

Si bien la magnitud de la derrota cristiana dista mucho en función de las diferentes fuentes, lo que es indudable es el hecho de que la debacle cristiana fue muy importante, a tenor de las sensibles pérdidas sufridas. Entre los caídos en combate se hallaban los obispos de Huesca y de Roda, el abad de San Victorián, el conde Céntulo de Bearn o el conde Beltrán. El obispo de Lescar fue hecho prisionero y llevado cautivo a Valencia.

A partir de aquí también se suceden las versiones de lo acaecido a Alfonso I hasta su muerte, que tendría lugar un mes y medio después. Según Ibn al-Athir se retiró a Zaragoza, donde murió de vergüenza y de pena a los 20 días de la derrota. El Nazm al-yuman habla de que llegó a Zaragoza trastornado y desde allí se trasladó a Huesca, donde no tardaría en morir. La Chronica Adefonsi imperatoris dice que fue a San Juan de la Peña y allí murió de tristeza.

Más allá de estas versiones míticas, lo cierto es que el veterano monarca recibió heridas de consideración en la batalla de Fraga, lo que, sumado a su considerable edad, contribuyó a precipitar su final. Aun así, durante las semanas siguientes a la derrota de Fraga, el monarca aragonés mantuvo una intensa actividad. Pero, su salud comenzó a deteriorarse a ritmo vertiginoso a principios del mes de septiembre. El día 4 procedió a renovar su testamento, muriendo tan sólo tres días después, el 7 en la localidad monegrina de Poleñino, entre Sariñena y Grañén. Fue sepultado en el monasterio de Montearagón, cerca de Huesca.

El soberano aragonés falleció sin haber dejado descendencia y enemistado con su hijastro Alfonso VII de Castilla. Ambos motivos, sumados a su atracción por el ideal cruzado, le empujaron a dejar el Reino de Aragón a las tres principales órdenes militares de Oriente: el Temple, el Hospital y el Santo Sepulcro. El Batallador sólo confiaba en ellas para garantizar la defensa del Reino y mantener su integridad territorial.

Sin embargo, la última voluntad del monarca era poco realista, al ir en contra de los intereses de la alta nobleza del Reino, que se apresuró a elegir como monarca a Ramiro II el Monje, hermano del Batallador, que fue sacado del monasterio para ceñirse la corona. Además, concertaron su matrimonio con Inés de Poitiers, casándose posteriormente la hija de ambos, Petronila, con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV.

 

Balance de su Reinado.

Durante el reinado de Alfonso I, Aragón duplicó su extensión por la vía militar. Entre todas sus conquistas destacó la de Zaragoza (1118), capital del valle del Ebro y principal ciudad que había frenado la expansión aragonesa hasta entonces. La posterior derrota del ejército musulmán enviado para tratar de recuperarla en los campos de Cutanda (1120) y su expedición a territorio andaluz de los años 1125-1126 ayudarían a consolidar la posición de fuerza del Batallador. El sino de los almorávides había cambiado y las victoriosas huestes norteafricanas, que durante los últimos años habían mantenido en jaque a Castilla, empezaron a perder terreno de la mano de Alfonso I y sus ejércitos.

Por otro lado, los éxitos aragoneses de su reinado hicieron cambiar el curso de la Reconquista y el equilibrio entre los diferentes reinos peninsulares. Hasta ese momento el Reino de Castilla era quien había logrado una mayor expansión, cuyo máximo exponente era la conquista de Toledo (1085). Aragón tan sólo había podido conquistar Huesca (1096), quedando sus dominios limitados a una estrecha franja de terreno. Pero, todo cambió gracias al impulso de Alfonso I y el Reino de Aragón se convirtió en un poder a tomar en consideración en la Península.

Más allá de las luces de su reinado, también hay algunas sombras. Curiosamente, el soberano que había conseguido tan amplia expansión del Reino, a punto estuvo de provocar su colapso. Tras el fallido matrimonio con Urraca, en ningún momento Alfonso I mostró el más mínimo interés por volver a contraer nupcias y tener un vástago que asegurara la descendencia de su dinastía, prioridad de cualquier soberano. Esto le llevaría a rubricar un testamento de difícil aplicación, con el legado del Reino a las tres instituciones de Tierra Santa: el Temple, el Hospital y el Santo Sepulcro.

Esta circunstancia provocó una profunda crisis política, que tan sólo se pudo solucionar con la salida de su hermano Ramiro del monasterio. Pero, a pesar de conseguirse solventarse el vacío de poder creado, las consecuencias de la decisión de Alfonso I no tardarían en hacerse sentir. Muchas de las plazas avanzadas, por cuya conquista tanto había pugnado El Batallador, retornaron a manos de los almorávides.

Monasterio de San Pedro de Siresa, lugar donde pasó sus primeros años el infante Alfonso. (créditos Wikimedia Commons).
La tenencia de Biel sería heredada por Alfonso a la muerte de su hermano Fernando. (créditos Rubén Sáez).
Retrato idealizado de la reina Urraca de Castilla, que casó con Alfonso I y cuyo matrimonio fue muy desafortunado. Obra de Carlos Múgica y Pérez fechada en 1857. Museo del Prado, Madrid. (créditos Wikimedia Commons).
Artajona (Navarra) se plantea como uno de los posibles objetivos de la campaña lanzada por Al-Mustain II y que precedió a la batalla de Valtierra. (créditos Wikimedia Commons).
Murallas de Zaragoza. (créditos Wikimedia Commons).
Palacio de La Aljafería, principal fortificación ubicada extramuros de Zaragoza. (créditos Wikimedia Commons).
No sólo cayeron en poder cristiano tras la conquista de Zaragoza plazas próximas a ella, sino también algunas tan alejadas como Alcalá de la Selva en la provincia de Teruel. (créditos Archivo Qualcina).
Castillo de Ayyub en Calatayud. (créditos Wikimedia Commons).
Guillermo IX de Aquitania en el Manuscrito 12473 fol. 128. Bibliothèque Nationale de France, París. (créditos Wikimedia Commons).
Las tropas musulmanas defienden el castillo de Cutanda. Recreación de la batalla por parte de la Asociación Batalla de Cutanda. (créditos Tamara López).
El castillo de Cutanda desde la lejanía. (créditos Tamara López).
Estatua de Alfonso I en Calatayud. (créditos Rubén Sáez).
Muralla zirí de Granada, plaza a la que Alfonso I se aproximó en su campaña por territorio andaluz. (créditos Wikimedia Commons).
Castillo de Anzur, a seis kilómetros de Puente Genil (Córdoba), en cuyas inmediaciones tuvo lugar la batalla de Arnisol. (créditos Wikimedia Commons).
Tumba del Batallador. Grabado a partir de un dibujo de Valentín Carderera. Iconografía española, vol. 1, 1855.
Estatua de Alfonso I en Zaragoza. (créditos Javier Ibáñez).
Arriba Signo del rey Alfonso I y abajo dinero acuñado por este soberano. (créditos Wikimedia Commons).

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