La muralla de Teruel en los principios de la ingeniería militar moderna

Torre de la Unión.

Publicado en: Aragón. Turístico y monumental, n º 389, Zaragoza, 2020, pp. 22-28

José F. Casabona, E. Javier Ibáñez, Rubén Sáez

 

Antecedentes.

La villa de Teruel se asentó sobre las ruinas de un antiguo enclave andalusí, cuyos restos se concentran en el barrio de la Judería. No existe acuerdo sobre si los mismos corresponden al Tirwal citado por ibn Hayyan y al-Udri, o si éste se asentaba en el yacimiento de Villavieja, sobre el tramo final del río Alfambra. Lo cierto es que, tras la conquista almohade de Valencia en agosto de 1171, Alfonso II se vio en la necesidad de reforzar de forma perentoria la frontera meridional del Reino, instalando en Teruel una guarnición al mando de un tenente (1-10-1171). Al menos en un primer momento, es posible que se reutilizasen las antiguas fortificaciones andalusíes, sea cual fuere el emplazamiento original de Tirwal.

En ese contexto, Alfonso II fundó la villa de Teruel (1-10-1177) “para exaltación de la Santa Cristiandad y para la destrucción de los enemigos de la Cruz de Cristo” (Fuero de Teruel), otorgándole un amplio territorio y unos ventajosos fueros. La nueva villa debía sustituir, como principal plaza fuerte de realengo en la frontera, a Daroca, situada a dos largas jornadas de viaje. Y para ello, tenía que contar con un sólido recinto defensivo, siendo ésta una de sus principales prioridades.

 

Las primeras murallas y su evolución.

El trazado de la muralla de repoblación debió ser muy similar al del recinto fortificado bajomedieval, según se desprende de los restos conservados y de la propia configuración topográfica del enclave. Sin embargo, su estructura era muy distinta, tanto por las técnicas constructivas empleadas, como por el diseño de sus torres: es una muralla con zócalo de mampostería y alzado en tapial posiblemente calicostrado. Las torres eran de planta semicircular como la Torre Sur de San Esteban, o la localizada en las excavaciones junto al Portal de San Miguel.

En este recinto primigenio ya se abrían los tres principales portales de la ciudad: el de Zaragoza, que comunicaba con el camino que se dirigía a esa ciudad por el valle del Alfambra; se construyó en 1185 y es el único citado en el Fuero de Teruel; el Portal de Guadalaviar, documentado en 1196; y el Portal de Valencia, citado desde 1241. También debía existir el Portal de Daroca (aunque las primeras referencias documentales disponibles son ya más tardías) y el Postigo (mencionado en 1221).

Durante seis décadas, la villa de Teruel desempeñó el papel de cabeza de la frontera frente al enemigo andalusí. Pero, la conquista de Valencia (1238), alejó la frontera sarracena, relajándose sin duda el mantenimiento del recinto.

A principios del siglo XIV, las murallas debían estar sumamente deterioradas, existiendo referencias al derrumbe de algún tramo. A la falta de labores de mantenimiento, se le sumaban multitud de aprovechamientos espurios y acciones lesivas, como el apeo de forjados sobre la muralla y la colocación de desagües y letrinas, que corroían los paramentos. En 1322, Jaime II ordenó rellenar todas aquellas bodegas excavadas por los judíos que afectasen a la muralla y sus torres.

Las recurrentes tensiones bélicas con Castilla y los problemas internos generados por la Unión, fueron los principales factores que activaron la reconstrucción del maltratado sistema defensivo turolense. Ya en 1283, Pedro III demandó 20.000 sueldos jaqueses al Concejo de Teruel para el arreglo de sus murallas y de otras fortificaciones de frontera.

Sin duda va a ser la invasión castellana, en el marco de la Guerra de los Dos Pedros, la que propicie las intervenciones arquitectónicas de mayor calado, tanto las previas, como las que se acometen tras la ocupación castellana.

En las nuevas construcciones realizadas durante este periodo, predominan las fábricas de mampostería encofrada con mortero de yeso. Este último material se había incorporado masivamente en la arquitectura turolense durante el siglo XIII, gracias a los numerosos aljezares instalados al Sureste de la villa; además de muy abundante y barato, el yeso permitía construir obras sólidas y resistentes de forma muy rápida. No obstante, en muchos casos, la intervención realizada se limitó a forrar y reponer las partes perdidas del tapial de tierra con un encofrado de yeso. En ese momento también debieron empezar a sustituirse algunas de las antiguas torres semicirculares por otras de planta cuadrada.

Durante esta nueva etapa constructiva, el recinto fue ganando en complejidad. Se generalizó la presencia de antemurales y barbacanas, que debían ser escasos en las fases más antiguas de la muralla y que ya habían sido objeto de una importante fase de reparación y renovación en 1258. De esta forma, se articula un sistema de defensas avanzadas, que se concentrará en los sectores más sensibles del recinto, especialmente en las zonas de acceso a la villa.

Las intervenciones debieron ser especialmente significativas en las puertas. Las nuevas obras se veían reforzadas por la presencia de tres grandes torres-campanario (Salvador, San Martín y Fermosa) sobre los propios viales, ejerciendo una simbólica función de monumentales portales interiores, además de servir de atalayas.

Posiblemente, la construcción más relevante del conjunto fortificado fuera el Castillo Mayor, situado en el actual Convento de Santa Clara. En él se alojaba el rey en sus frecuentes estancias en Teruel. También residían allí los oficiales reales y albergaba, tanto la prisión del justicia sobrejuntero, como la cárcel de mudéjares y judíos. El frecuente paso de los sucesivos monarcas por la villa y las funciones asignadas al edificio debieron favorecer su renovación y buen mantenimiento.

El 25 de abril de 1363 el ejército castellano inició el asedio de la ciudad, que cayó en manos de Pedro el Cruel el 3 de mayo, tras un intenso bombardeo. Casi tres años después, el 5 de abril de 1366, los castellanos evacuaron Teruel, llevándose todo lo que pudieron y asolando lo demás, dejando la Ciudad desfecha y destruida (Crónica de los Jueces). El arrasamiento debió ser especialmente intenso en el recinto amurallado, a fin de neutralizar las capacidades defensivas de la villa. A partir de la documentación, sabemos que se demolió el Castillo Mayor, el Portal de Zaragoza y la Torre Fermosa (campanario de la Iglesia de San Juan, contiguo al Portal de Valencia), mientras que arqueológicamente se atestigua también la demolición del Castillo Menor.

 

De la Guerra de los Dos Pedros a finales de la Edad Media.

El lamentable estado en el que se encontraban las murallas de la Ciudad obligó a Pedro IV a ordenar una serie de intervenciones para que la dita Ciudat sea mas deffensable en caso de necessidat de guerra. Este amplio programa constructivo, que incluía tanto la refortificación completa de la Ciudad como la construcción de un sistema de aljibes que asegurase el suministro de agua (fundamental para resistir un asedio), fue encomendado a Juan Fernández de Heredia, por entonces Castellán de Amposta. Y recibió una cuantiosa dotación económica, financiándose a cargo de los montazgos y herbajes de Liria y Valencia y de 10.000 sueldos jaqueses cargados a las primicias.

El 15-6-1374, el rey aprobó las disposiciones establecidas por Juan Fernández de Heredia, que hizo replegar muyta piedra, arena, raiola e algez, materiales con los que se debían construir muros feytos de argamassa continuos a los muros que agora son en la dita Ciudat. Éstos debían tener X palmos en grosaria o mas (1,93 m.), de obra durable,tan altos como los existentes y con sus correspondientes escaleras. La presencia de ladrillos obedece a la fábrica del Aljibe Somero, no detectándose su presencia en la muralla.

Las labores de fortificación emprendidas por Fernández de Heredia tomaron como punto de partida los lienzos conservados de la muralla, adaptando las nuevas estructuras a algunas de sus características. Esto sucedió en el Portal de Zaragoza (1379), en el que, entre otras obras, se ampliaron los torreones que lo flanqueaban, incorporando en la nueva fábrica lo que quedaba de los anteriores.

En este contexto, pudo construirse el último de los portales turolenses, el de San Miguel, citado en un documento que podría datar de las últimas décadas del siglo XIV. Este acceso mejoró la comunicación de la Ciudad con su entorno y, en especial, con los importantes conjuntos alfareros existentes en la zona de La Nevera y en el área del Convento de la Merced. En el citado documento se mencionan una serie de intervenciones, que parecen asociadas a su construcción (preparación de caleras, traslado de piedra y ripio, apertura de cimientos…). También se indica el derribo de una torre, que podría corresponderse con el torreón semicircular situado en la parte septentrional del portal, en cuyo emplazamiento se construyó un nuevo torreón de planta cuadrada.

Tras el definitivo abandono del Castillo Mayor, arrasado por los castellanos y donado por los reyes a la Orden de las Claras para la instalación del Convento de Santa Catalina (1367), la residencia real se trasladó al antiguo Castillo Menor (desde entonces Alcázar Real). Éste también había sido destruido durante la guerra con Castilla, por lo que fue necesario erigir un nuevo edificio.

En la parte meridional de la Ciudad pudo construirse otra fortificación defensiva de entidad, que Bartolomé Leonardo de Argensola atribuye al Rey de Castilla D. Pedro el Cruel. Este edificio fue reconstruido en 1572 por orden de Francisco de Aragón, para albergar el Fuerte.

En el curso de todas estas obras, se debieron sustituir numerosas estructuras de tapial o de encofrado de piedra y yeso por nuevas fábricas de mampostería de piedra careada e hiladas regularizadas, con sillería en vanos y esquinas y núcleo de calicanto. Aunque en no pocos casos este proceso pudo limitarse a una reparación de estructuras antiguas y un posterior revestimiento exterior con la mampostería descrita; éste pudo ser el caso de la Torre Norte de San Esteban, al que ya nos hemos referido anteriormente; estas intervenciones reducían los costes, otorgaban una mayor robustez a la estructura original y daban una apariencia de mayor homogeneidad y resistencia al conjunto.

En la fase final de este ciclo de obras debió construirse la Torre de la Bombardera, que permitió la incorporación de la artillería de pólvora

Inicialmente, se había previsto que las obras de las murallas, los aljibes y el Alcázar Real se prolongasen por espacio de 15 años. Pero en 1389, Juan I tuvo que conceder una prórroga de 20 años, con el disfrute de los mismos ingresos. Apenas dos años después, en 1391, el mismo monarca concedió un nuevo privilegio de 20 años, lo que implicaba prolongarlas hasta 1411. No tenemos constancia de que se ampliase durante más tiempo, aunque tampoco se puede descartar, lo que explicaría que en 1423 aún se liquidaran cuentas con el bayle. En todo caso, las casi cuatro décadas documentadas de dotación presupuestaria extraordinaria, supusieron un importante ciclo constructivo que permitió la renovación de gran parte del recinto.

Si durante los años 70 del siglo XIV, la permanente tensión con Castilla favoreció la refortificación de la ciudad, los frecuentes conflictos existentes durante buena parte del siglo XV propiciaron que no se descuidaran las labores de mantenimiento de la muralla; continuará el peligro castellano, los enfrentamientos entre la Ciudad y la Comunidad, los enfrentamientos internos y las tensiones con la Corona.

En 1462, en el contexto de las disputas vinculadas con los partidarios del fallecido Príncipe de Viana, tropas castellanas volvieron a invadir el territorio; aunque no llegaron a atacar Teruel, sí lo hicieron con otros enclaves de su Comunidad, como Rubielos, Sarrión, Albentosa y Cedrillas, resistiendo La Puebla de Valverde gracias a la ayuda turolense. El último conflicto de esa centuria que afectó a la Ciudad fue el derivado de la resistencia al contrafuero que suponía la implantación del Santo Oficio. A través de la documentación real se trasluce también el peligro de los turcos (especialmente tras la toma de Otranto -1480- en la Italia aragonesa), que pudieran apoyar a los moriscos valencianos, circunstancia que sitúa a Teruel en un punto clave de la geoestrategia de la monarquía aragonesa

Las intervenciones en la muralla durante el siglo XV fueron continuas, distinguiéndose las pequeñas obras de adecuación y mantenimiento, de aquellas que van a cambiar las capacidades defensivas de la misma, a través de nuevas infraestructuras, estas últimas fueron motivadas por su mal estado o su hundimiento, como la Torre de la Sisa (iniciada en 1453); e un trozo grand de la muralla costa la torre de Pasqual Marquo, cerca del Portal Nuevo, tan sólo un año después; la necesidad de encargar a Mahomat Belvis el cierre de la Puerta Nueva y de la Puerta de Daroca, en 1470; o el desplome de la Torre de San Redentor. También, en un momento no precisado de esta centuria debió construirse la Puerta de San Francisco, que daba acceso a la barbacana existente delante del Portal de Guadalaviar.

Otro tanto sucedió en el entorno del Portal de Zaragoza. En 1450 y 1469 se renovaron los retablos de su capilla u hornacinas. Y en 1483 se documenta la existencia de un vallado al que se adosan, o se sitúan muy próximas, varias casas (las de Joan de Yuanes, Martín López…); incluso se autorizó la incorporación a una de ellas de un tramo de dicho muro, a cambio de un incremento en el censo y, posiblemente, para asegurar que se realizasen las correspondientes obras de mantenimiento. Dicho vallado debía coincidir con la antigua barbacana, rodeando el Passeador. Y también debía contar con la correspondiente puerta, que permitiera cerrar este recinto externo.

Las mejoras en las entradas a la urbe fueron extensivas también a los caminos de acceso a los portales; sirva como ejemplo el uso de vinagre y leña para hacer fuego para quebrantar las penyas que estaban en el camino de la cuesta de la Puerta de Daroca en 1445.

 

La adecuación de la muralla para el uso de la artillería de pólvora. El Torreón de Ambeles y la participación de Ramiro López.

El auge de la artillería de pólvora durante el siglo XV, propició que la Ciudad la incorporara dentro de sus sistemas defensivos. En 1423 se hizo efectiva la compra de diez bombardas pequeñas, que se sumarán a la bombarda grande vieja, con la que ya contaban. En esas mismas fechas, se encargaron los montajes de madera para las once piezas, realizados por el carpintero local Jayme Giner. Años después, durante la visita de los Reyes Católicos a Teruel en 1482, también se cita un pasavolante, entre otros artefactos de pólvora, utilizados para festejar el evento.

Este conjunto artillero, cuyo número total de piezas desconocemos, estaba destinado a completar el sistema defensivo de la Ciudad, que había sido objeto de un importante proceso de renovación durante el medio siglo precedente Su adquisición no tendría sentido si no se disponía de estructuras específicamente diseñadas para instalar este tipo de piezas, siendo poco probable su colocación “a barbeta” sobre adarves y torres, debido a su escasa efectividad, al no poder disparar los cañones bajomedievales por debajo de la horizontal.

De todas las construcciones documentadas de la muralla, sólo dos reúnen condiciones artilleras: el Torreón de Ambeles, construido más de medio siglo después de la adquisición de estas armas; y la Torre de la Bombardera, dotada de cuatro troneras diseñadas para albergar piezas de pequeño o mediano calibre (bombardetas, pasavolantes, ribadoquines, medios ribadoquines o falconetes). Es a esta última estructura a la que se debió destinar una parte importante de la nueva dotación artillera (al menos cuatro piezas); lo que implicaría su construcción en la parte final del ciclo de renovación de la muralla, iniciado tras la Guerra de los Dos Pedros y que se prolongó, como mínimo, hasta 1411.

La Bombardera es una bestorre de planta poligonal y considerable altura. La mayor parte de su estructura está realizada con una fábrica de mampostería regularizada, con sillares en las esquinas; está rematada con un cuerpo de tapial de piedra y mortero de yeso, de menor entidad y, posiblemente, de cronología posterior, irreversiblemente alterado al ser forrado de piedra en la restauración de Posguerra. En su primera planta, se abrían cuatro troneras, también enmascaradas en esa misma rehabilitación; una se localiza en el muro frontal, dos en los chaflanes y la cuarta en el lateral meridional. Desde ellas se batía un sector de 180º, desde el entorno del Alcázar Real y el Portal de Zaragoza, hasta las alturas próximas a las Ollerías del Calvario, incluyendo la totalidad el Arrabal. También poseía cinco aspilleras, de uso no artillero, en su cuerpo superior. La gran altura de la torre le permitía ejercer la función de vigía de un sector del entorno de la Ciudad en el que no existía otra estructura que pudiera desempeñar ese cometido.

Por su parte, el Torreón de Ambeles, contaba con seis troneras en su planta intermedia. Desde estas seis posiciones de tiro, se batía un sector de 250º, que iba desde el entorno de la Torre de la Bombardera al Portal Nuevo, incluido el Monte del Castillo de los Alcaldes y la totalidad del Arrabal.

Entre ambas, podrían batir con fuego cruzado la explanada situada delante del Portal de Zaragoza y el Arrabal, así como los conjuntos alfareros y buena parte de las alturas situadas al Este de la Ciudad, con un alcance máximo que podría superar el kilómetro, aunque el efectivo rondaría los 400 metros. De esta forma, se protegía el principal y más expuesto portal de la Ciudad; la disposición de las torres, avanzada respecto al resto de la muralla, permitiría realizar fuego de flanqueo, además de apoyarse mutuamente en caso de ataque sobre una de ellas. Dada la topografía circundante, la colocación de piezas en otras posiciones sería poco eficaz, debido a las características de la artillería de pólvora bajomedieval.

El plan de defensa de Teruel durante la Primera Guerra Carlista repitió un patrón similar al del siglo XV. Para refortificar la Ciudad, se proyectó la construcción de 51 posiciones de tiro, aunque Teruel nunca contó con una dotación artillera tal.

Una de las zonas que va a recibir una especial atención en este nuevo periodo es el Alcazar Real, ubicado en el solar ocupado por el antiguo Castillo Menor, en el área de la judería, una vez que el Castillo Mayor había sido abandonado tras la guerra con Castilla.  El Castillo Menor había sido destruido, tal y como ha quedado demostrado a través de las intervenciones arqueológicas, siendo rehecho nuevamente con un carácter más residencial. En relación con la presencia de Alfonso V, se documentan obras en 1427, y en la década de los 80 del mismo siglo se completaría el conjunto con la construcción del Torreón de Ambeles. De los restos del palacio, queda el recuerdo de sus techumbres emigradas y el propio torreón, pieza singular de la muralla turolense, cuyo valor supera el marco local.

Anexa al Alcázar Real, esta torre artillera debe su actual nombre a la familia a Ambel, a la que pertenecía en 1724, desconociéndose el topónimo original. Su planta tiene forma de estrella, formada por dos cuadrados de 9,00 m. (35 pies) girados 45º entre sí, a los que se suman otros dos cuadrados de menor tamaño (8,20 m., 32 pies) girados 45º entre sí y 22,5º respecto a los anteriores. El resultado es una figura compleja, con forma de estrella de 8 puntas en su base, a las que se suman otras 8 puntas de menores dimensiones a partir de la planta intermedia. En el centro de la estructura hay un círculo de 4,45 m. de diámetro (23 palmos), que sirve de sala, al que se le suma un segundo círculo de menores dimensiones (1,5 m., 6 pies), destinado a albergar una escalera de caracol. Si a este esquema, le agregamos la también estructura estrelliforme interior, derivada de la apertura de troneras, el resultado final es de una geometría muy elaborada, sin parangón en el resto del recinto; no se puede obviar el parecido formal con algunas propuestas, de larga tradición, pero reformuladas poco tiempo antes, como las recogidas en el Trattato d'architettura de Filarete (c. 1461-64), referidas a la traza de una ciudad ideal (Sforzinda); o cierta similitud con algunas estructuras del Sur de Italia, como la Torre del Beverello de Castel Nuovo, relacionadas con la monarquía aragonesa.

El edificio, al que se accedía por su parte superior (la puerta actual es de factura reciente), consta de tres alturas. Tanto la planta inferior como la superior carecen de vanos abiertos al exterior. En la planta intermedia se abrían las troneras que permitían el uso artillero del edificio; en el extremo de cada punta de la “estrella interior” había una tronera para una pieza de pequeño calibre, y una especie de matacán sustentando por dos ménsulas, que protegía la base de la torre. La separación entre plantas se efectuaba con bóvedas hemiesféricas de ladrillo.

Su fábrica es de cuidada sillería, con una anchura máxima de los muros de 4 m. en los vértices de la estrella. En cuanto a su cronología, se tiene constancia de que contó con azulejos similares a los existentes en el salón de plenos de la nueva Casa Consistorial (1483).

Junto a la cronología la autoría de la torre, que probablemente quedó inconclusa, ha sido una incógnita y la bibliografía, a pesar de la publicación del arquitecto restaurador Antonio Almagro, no le ha prestado suficiente atención.

A partir de la documentación conservada, debió realizarse bajo las órdenes de Remiro López, afamado ingeniero que desempeñó diversos cargos en la Ciudad y que entre 1475-1480 estuvo construyendo la Torre Nueva, obra que podría identificarse como el Torreón de Ambeles y que habría sido iniciada por el cantero vasco Rodrigo de Marquina.  

Este ingeniero militar es considerado como uno de los más relevantes de su época, diseñando distintas fortificaciones en el Real de Santa Fe, la Alhambra de Granada, Colliure (Rosellón), Perpiñán (Rosellón) y, su obra más conocida, el castillo de Salses (Salses-le-Château, en el Rosellón). No obstante, hasta los recientes trabajos de F. Cobos y J.J. de Castro, así como el francés R. Quatrefagues, no se han clarificado algunos aspectos de su bibliografía, muchas veces confundida con la del madrileño Francisco Ramírez.

Ramiro es bien conocido en las fuentes documentales turolenses de estas fechas, muchas de ellas publicadas, si bien, no siempre se le ha identificado con este singular maestro.

Además de las obras de la Torre Nueva, fue nombrado por el Concejo como técnico para valorar el estado de la muralla (23-2-1475), haciendo especial hincapié en la valía del elegido, destacando que no se podía encontrar otro mejor:

…es necesario dipputar tal persona quidesto e por la visita tenga cargo, e como no se pueda trovar millor que a maestre Remiro Loppez, qui tiene cargo de obrar la torre nueva, qui de present se faze cerqua la muralla de piedra picada, el qual por tal que venga a qontinuar la dita obra, dipputamos e elegimos por visitador de las ditas murallas e torres por tiempo de vintanyos del present computaderos, a contar el qualsia tenido visitar dos vezes en el anyo e fazer relación a los Regidores de la Ciudad, a do esta lo mal parado e fazer adobar o reparar, por lo qual en satisffacion de su treballo e por estipendio, durant el dito tiempo lo fazen y dan por franquo de pecha o compartiment quel ni sus bienes no sian tenido de pagar durante los ditosvint anyos…

Cuatro años después (13-9-1479), sigue trabajando en una torre, manifestándose preocupado por la proximidad de los fríos:

Mestre Remiro, obrero de villa fizo relación como la torre que de presente obra, de cal y canto,quedando en elpunto que con las friores sin duda tomara mucho damnage, que consella quepara poner la en seguro será necesario se obras ema s adelante, a lo menos cinquo filadas pues hay piedra preparada, assi de la borda como de la picada, que han tajado bien cc piedra se valen a dos reyales e fan dc s e de la borda ay d quintales que se deven comprar a ii dineros quintal e fan cc L s.

El 24 de enero de 1480, Juan d’Alaves y Pedro Blasco, obreros de torres y muros desti anyo, declaraban que a la Ciudad se deven e hay a contar de Dc piedras picadas en raba que han arrancado de obra vieia e puestas en estianyo e estima valer, alzada cada piedra a mas de iii s vi e [tachadura] que valen ii (m) c S- e de [reble?]Iiim quintales que valen Ds que son por todo II M Dc s. Por su parte, en esa misma fecha, los regidores pidieron a Ramiro López, maestro de la Torre Nueva, que declarase el valor de la piedra de la Sisa (que era de la Ciudad), que había colocado dicho año. Dado que la Torre de la Sisa había sido demolida en agosto de 1453 (según referencia anteriormente indicada), la piedra que se estaba arrancando de la obra vieja debía corresponder a la parte construida por Marquina tres décadas y media antes, que evidentemente no debía ajustarse a la traza diseñada por Ramiro López.

Pese a que no hay pruebas concluyentes para identificar la Torre Nueva, los indicios existentes nos permiten apuntar la hipótesis de que podría identificarse con el Torreón de Ambeles, que en enero de 1482 durante la visita de los Reyes Católicos a Teruel, debía estar muy avanzada, formando parte del Alcázar Real, donde éstos se alojarían.

A partir de este momento se inicia la singular carrera fuera del Reino por parte de Ramiro, como parte del ejército destinado a la Guerra de Granada. Allí participará en la fortificación de Santa Fe o en las obras de reforma de las defensas de La Alhambra, sin olvidar su participación en el sitio de Ponferrada (1486), con un reconocido prestigio Fernando el Católico le encargará la que será su trabajo de mayor trascendencia: el castillo de Salses (Salses-le-Château, Rosellón), trabajo en el que no faltan las relaciones con el torreón turolense y que en 1503 superó con éxito el brutal ataque francés. A partir de aquí la obra de Ramiro será conocida por Durero, se supone que por Leonardo Da Vinci y alabada por Vauban.

Ya cerca del final de sus días, pero en la cumbre de su prestigio, debió de estar en 1504, en el apuntalamiento del crucero de la Seo zaragozana, donde aparece citado simplemente como maestro Ramiro, acompañando al valenciano Gabriel Gombau, parte fundamental del equipo de maestros de la Torre del Reloj (La Torre Nueva) que en estas mismas fechas se va a edificar en Zaragoza.

Gombau, valenciano de origen y que ya había trabajado en Teruel con anterioridad (en la Aduana de La Jaquesa, Albentosa), debía conocer muy bien la nueva construcción realizada en la muralla turolense, adosada a la residencia real.

La relación de la planta con la de la torre y la posible implicación de Ramiro López, parece evidente.

Bibliografía:

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Torreón Sur de San Esteban.
Teruel bajomedieval. Situación de las principales estructuras: torres de Ambeles (a), San Esteban Norte (c) y Bombardera (m); Alcázar Real -antiguo Castillo Menor-(b); portales Nuevo (d), Postigo (g), Daroca (j), San Miguel (k) y Zaragoza (m); torre-campanario Fermosa (e); Fuerte (f); espacio definido por los portales de San Francisco y Guadalaviar (h); y Convento de Santa Catalina -antiguo Castillo Mayor- (i).
Torreón de la Bombardera.
Torreón de Ambeles.
Detalle del Torreón de Ambeles.
Espacios batidos por la Torre de la Bombardera (color amarillo), por el Torreón de Ambeles (azul) y por ambas estructuras (verde). Portales de San Miguel (a), Zaragoza (c) y Nuevo (e); torres de la Bombardera (b) y Ambeles -Alcázar Real- (d); Convento de la Merced (f); alfares de la Nevera (g); Barrio del Arrabal (h); Monte del Castillo de los Alcaldes (i).
Esquema de la planta del Torreón de Ambeles: (a). Antonio Almagro Gorbea (1981, p. 249, modificado). Traza ideal de Sforzinda. (b). Filarete, Trattado d’architectura. f. 13v. La propuesta de Filarete tiene claros antecedentes en los siglos anteriores, como en Gossouin de Metz (c). Image du Monde, f. 44v, de mediados del siglo XIII.
Planta intermedia del Torreón de Ambeles (Almagro Gorbea, A., 1981, p. 243, modificado).

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