La muralla de Teruel a finales de la Edad Media. Una ciudad artillada

Torreón Sur de San Esteban.

Publicado en: Castillos de Aragón, n º 40, Zaragoza, 2020, pp. 31-44

Javier Ibáñez, Rubén Sáez & José F. Casabona

 

La muralla de Teruel ya ha sido objeto de diversas aproximaciones bibliográficas, que fundamentalmente se han centrado en el largo periodo de reconstrucción tras la Guerra de los Dos Pedros, momento para el que se dispone de abundante documentación histórica; también las referencias a puertas y torres han sido objeto de diversos estudios. Sin embargo, un aspecto que no ha suscitado suficiente interés entre los investigadores ha sido el del proceso de adaptación tardomedieval, con la decidida incorporación de la artillería de pólvora.

 

De los orígenes hasta la Guerra de los Dos Pedros.

Teruel se asentó sobre las ruinas de un antiguo enclave andalusí, cuyos restos se concentran en el actual barrio de la Judería. Existen discrepancias acerca de si era el Tirwal citado por ibn Hayyan y al-Udri, o si éste último se asentaba en el yacimiento de Villavieja, sobre el tramo final del río Alfambra. De una forma u otra, la posición fue tomada por los aragoneses en un momento no precisado entre el 19 de diciembre de 1168 (Pacto de Sangüesa) y el 1 de mayo de1169 (inicio de las últimas treguas con ibn Mardanis). Tras las treguas de 1169, el enclave pudo quedar prácticamente despoblado y desguarnecido.

Pero, la conquista almohade de Valencia en agosto de 1171, supuso un brusco cambio geoestratégico. Alfonso II se vio obligado a reforzar la frontera meridional del Reino, instalando en Teruel una guarnición al mando de un tenente (1 de octubre de 1171). Quizás inicialmente se reutilizaron las antiguas fortificaciones andalusíes, cuyo carácter desconocemos. Sin embargo, esta medida resultaba insuficiente, por lo que Alfonso II fundó la villa de Teruel (1 de octubre de 1177), que debía asumir el papel de principal plaza fuerte de realengo en la frontera. Y para ello, tenía que contar con un sólido recinto defensivo. La fortificación de una muela de dos kilómetros de perímetro fue un proceso que debió demorarse durante varios años.

Fue el barrio de la Judería el emplazamiento más antiguo de la nueva villa. En este punto, el más elevado y fácil de defender de la muela, se construyeron las primeras estructuras defensivas, origen de lo que posteriormente se conoció como el Castillo Menor o de los Judíos. Y a su amparo se instalarían los primeros contingentes repobladores, posiblemente protegidos por una cerca de reducidas dimensiones. Además del Castillo Menor, durante el proceso de construcción de la muralla pudieron existir otras estructuras defensivas dispersas por el perímetro de la muela, para asegurar su control. Éste pudo ser también el germen del Castillo Mayor, que desempeñó las funciones de alcázar real hasta la Guerra de los Dos Pedros.

Teniendo en cuenta la relación de la muralla con la trama urbana, se debió establecer de forma simultánea el trazado de los principales ejes viarios y la definición de algunas de las principales estructuras del recinto fortificado, como son los portales y las torres que los guarnecían. El trazado de la muralla de repoblación debió ser muy similar al del recinto fortificado bajomedieval, aunque empleaba diferentes técnicas constructivas y sus torres eran muy diferentes.

Las estructuras identificadas de esta primera muralla están realizadas con zócalo de mampostería trabada con mortero, recrecida con una fábrica de tapial, posiblemente calicostrado. La elección de estos materiales y técnicas permitirían una rápida ejecución y una gran economía de medios. Las torres de este primigenio recinto serían de planta semicircular, siendo su mejor exponente conservado la Torre Sur de San Esteban. También pertenecerían en origen a esta tipología la torre localizada en las excavaciones del entorno del Portal de San Miguel, la Torre Norte de San Esteban (“forrada” exteriormente de mampostería en las últimas décadas del siglo XIV o en el XV), la Torre de la Unión (representada con planta semicircular en el Plano de la ciudad de Teruel copiado en 1811).

En el citado plano de 1811 aparece otra algo más al Norte de la Torre de San Esteban, a la altura de Ronda de Ambeles nº 16. Y en el Plan du Séminaire de Teruel avec les travaux defensive éxécutés en 1811 se representa, entre las estructuras preexistentes, una torre semicircular en el espacio actualmente ocupado por la Biblioteca Pública. En cuanto a los lienzos conservados, destaca el contiguo a la Torre de la Bombardera por su parte meridional, parcialmente demolido a principios del siglo XVIII. No obstante, se conservan en otros puntos restos de la muralla de tapial, enmascarada por haber sido revestida con otras fábricas durante la Baja Edad Media.

En este recinto primigenio ya se abrían los tres principales portales de la ciudad: el de Zaragoza (el único citado en el Fuero de Teruel y construido en 1185), el de Guadalaviar (documentado en 1196) y el Portal de Valencia (citado desde 1241). También debía existir el Portal de Daroca (aunque las primeras referencias documentales disponibles son ya más tardías) y el Postigo (mencionado en 1221).

Con la conquista de Valencia (1238), y el alejamiento de la frontera, se relajaron las medidas defensivas, surgiendo el barrio extramuros del Arrabal. En ese contexto, algunas rentas concejiles asignadas a la muralla se desviaron frecuentemente para fines distintos a su mantenimiento, lo que provocó conflictos con las aldeas de Teruel, que debían asumir, en virtud del Fuero, las "necessitates murorum et portarum cum advenerint". Las desavenencias supusieron interminables retrasos en la realización de las obras de conservación.

En algunos casos, el problema del mantenimiento se solucionó cediendo en uso algunas de las estructuras, como una estancia en la torre-puerta del Castillo Menor, entregada a perpetuidad por Pedro III al judío Moisés Avenrodrich en 1281, con la condición de que realizase los correspondientes trabajos de conservación.

A principios del siglo XIV, las murallas debían estar sumamente deterioradas, como consecuencia de la falta de labores de mantenimiento y otras acciones lesivas, como el apeo de forjados sobre la muralla y la colocación de desagües y letrinas, que corroían los paramentos. En 1322, Jaime II ordenó rellenar todas aquellas bodegas excavadas por los judíos que afectasen a la muralla y sus torres. La Comunidad de Aldeas denunció en reiteradas ocasiones esta situación, indicando que se habían realizado “cavas de bodegas et otras cavas, forado finiestras et baticambras et consintiendo que estercoleros sean fechos et contiguos de los dichos muros et cargando sobre ellos” (1348, AMT, perg. 60).

Las recurrentes tensiones bélicas con Castilla y los problemas internos generados por la Unión, fueron los principales factores que activaron la reconstrucción del maltratado sistema defensivo turolense a mediados del siglo XIV. En el marco del conflicto nobiliario de la Unión, se renovó el Portal de Zaragoza (1347), documentándose nuevamente obras en el recinto al año siguiente. En 1349, Pedro IV estableció una cuota fija anual de 2.000 sueldos jaqueses a pagar por la Comunidad y otros 500 por el Concejo de Teruel. Pero unos años después, el inicio de la Guerra con Castilla, obligó a imponer cuantías mayores y recurrir a otros fondos extraordinarios (primicias, rentas generadas por las salinas de Arcos, aportaciones de las aljamas de judíos y mudéjares, venta de bienes confiscados, etc.)

En marzo de 1357, Pedro IV ordenó a Martín Martínez de Marcilla y a Miguel Pérez Sardonín, encargados de supervisar las obras de fortificación de la parte meridional del Reino, que, en el caso de que se temiera un ataque castellano, evacuasen a Teruel a los vecinos de las aldeas que no se pudieran defender y que éstos colaborasen en las obras de fortificación de la ciudad.

Tres meses después (junio de 1357) encomienda a Blasco Fernández de Heredia y a Jimeno Pérez de Uncastillo, comisionados para las obras defensivas de Teruel y sus aldeas, la supervisión de la refortificación de la ciudad, ordenándoles “reparar los muros e torres de la dita ciudat, fendo verdescas (estructuras lígneas, frecuentemente cadalsos) et poniendo barrieras et obrando continuamente en aquellos como en otra manera fer todas aquellas provisiones que a vos e a ellos parexera seer buenas e necessarias”. Ordena que las obras se terminen antes de la llegada del invierno, otorgándoles la posibilidad de imponer severas penas a los que las entorpecieran (incluida la mutilación y la ejecución).

En las nuevas construcciones realizadas durante este periodo, predominan las fábricas de mampostería encofrada con mortero de yeso. Además de muy abundante y barato, el yeso permitía construir obras sólidas y resistentes de forma muy rápida. No obstante, en muchos casos, la intervención realizada se limitó a forrar y reponer las partes perdidas del tapial de tierra con un encofrado de yeso, práctica bien documentada en algunos puntos, como en el Castillo Menor.

En ese momento también debieron empezar a sustituirse algunas de las antiguas torres semicirculares por otras de planta cuadrada. Durante esta nueva etapa constructiva, el recinto fue ganando en complejidad. Se generalizó la presencia de antemurales y barbacanas, que debían ser escasos en las fases más antiguas de la muralla y que ya habían sido objeto de una importante renovación en 1258. De esta forma, se articula un sistema de defensas avanzadas, que se concentrará en los sectores más sensibles del recinto, especialmente en los accesos a la villa.

Las intervenciones debieron ser especialmente significativas en los portales. También se amplió la nómina de éstos, abriéndose el Portal Nuevo en el flanco oriental del recinto, documentado ya desde 1309.

Posiblemente, la construcción más relevante del conjunto fortificado fuera el Castillo Mayor, situado en el actual Convento de Santa Clara. En él se alojaba el rey en sus frecuentes estancias en Teruel. También residían allí los oficiales reales y albergaba, tanto la prisión del justicia sobrejuntero, como la cárcel de mudéjares y judíos.

 

De la guerra de los Dos Pedros a finales de la Edad Media.

La Guerra de los Dos Pedros marcó el devenir de la ciudad de Teruel, y de su recinto amurallado, durante la Baja Edad Media. El 25 de abril 1363 el ejército castellano daba comienzo al asedio de la ciudad, cuya conquista se producía poco después, el 3 de mayo, tras un intenso bombardeo.

Teruel permaneció en poder de Castilla por espacio de tres años, hasta el 5 de abril de 1366, cuando la guarnición castellana evacuó de forma definitiva la plaza. En esta retirada, las fuerzas de ocupación se llevaron consigo todo lo que pudieron, procediendo a dejar, según la Crónica de los Jueces, la ciudad desfecha y destruida. Los daños sufridos por Teruel debieron resultar de consideración, siendo especialmente afectado el recinto amurallado. Estas destrucciones solían ser habituales cuando se evacuaba una plaza, con el fin de reducir al mínimo sus capacidades defensivas, de modo que en el futuro no estuviera en condiciones de ofrecer resistencia en caso de un nuevo asedio.

Se tiene constancia de que se demolió el Castillo Mayor, el Portal de Zaragoza y la Torre Fermosa (campanario de la Iglesia de San Juan). Arqueológicamente también se atestigua la demolición del Castillo Menor. A tenor de todas las destrucciones obradas, se puede afirmar que la ciudad perdió los principales reductos defensivos con que contaba.

A causa del lamentable estado en el que quedaron las murallas de la Ciudad, Pedro IV se vio obligado a ordenar que se realizaran las intervenciones pertinentes para que la dita Ciudat sea mas deffensable en caso de necessidat de guerra. Dentro de este amplio programa constructivo se incluía la refortificación completa de la ciudad, así como la construcción de un sistema de aljibes que asegurase el suministro de agua para su población. Aunque el factor abastecimiento no había tenido influencia en el asedio castellano de 1363, dado que la rendición se produjo en cuestión de días, sí que se había detectado este problema. De ahí que se adoptaran medidas para tratar de paliarlo.

La organización y supervisión de las obras a realizar en Teruel le fueron encomendadas a Juan Fernández de Heredia, por entonces Castellán de Amposta, siendo financiadas con los montazgos y herbajes de Liria y de Valencia, así como con la aportación de 10.000 sueldos jaqueses cargados a las primicias. No fue hasta el 15-6-1374 cuando el rey de Aragón aprobó finalmente las disposiciones establecidas por Juan Fernández de Heredia. Se hizo replegar muyta piedra, arena, raiola e algez, materiales con los que se debían construir muros feytos de argamassa continuos a los muros que agora son en la dita Ciudat. Éstos debían tener X palmos en grosaria o mas (1,92 m.), de obra durable, tan altos como los existentes y con sus correspondientes escaleras.

Las labores de fortificación se concentraron sobre los espacios más afectados por las destrucciones provocadas por los castellanos. Los restos existentes se adaptaron a las nuevas necesidades. En el caso del Portal de Zaragoza (1379) se ampliaron los torreones que lo flanqueaban, incorporándose en la nueva fábrica lo que quedaba de los anteriores.

En medio de estas obras también pudo tener lugar la construcción del último de los portales de la muralla: el de San Miguel, citado en un documento de finales del siglo XIV. En el citado documento se mencionan una serie de intervenciones, que parecen asociadas a su construcción (preparación de caleras, traslado de piedra y ripio, apertura de cimientos…). También se indica el derribo de una torre, que podría corresponderse con un torreón semicircular sustituido por uno de planta cuadrada.

Tras la destrucción del Castillo Mayor, completamente arrasado por los castellanos, Pedro IV decidió donarlo a la Orden de las Claras para que pudiera instalarse allí el Convento de Santa Catalina (1367). Eso obligó al traslado de la residencia al antiguo Castillo Menor, que a partir de entonces se convertirá en el Alcázar Real. Al haber sido este edificio también destruido por los castellanos en su retirada, fue necesario erigir un nuevo edificio para cumplir este cometido.  

Durante todo este proceso de renovación muchas de las estructuras, originariamente de tapial o de encofrado de mortero de yeso y piedra, debieron ser sustituidas por mampostería de piedra careada e hiladas regularizadas, con sillería en vanos y esquinas forrando el núcleo de calicanto. En muchos casos las obras acometidas debieron consistir en la reparación de estructuras antiguas y su revestimiento exterior con la mampostería descrita. Quizás, éste pudo ser el caso de la Torre Norte de San Esteban. Estas intervenciones permitían reducir los costes, al mismo tiempo que otorgaban una mayor robustez a la estructura original, además de darle una apariencia de mayor homogeneidad y resistencia al conjunto.

Durante esta fase final del ciclo de obras debió construirse la Torre de la Bombardera, que permitió la incorporación de la artillería de pólvora por primera vez en el recinto defensivo.

En un primer momento la previsión era que las obras de las murallas, los aljibes y el Alcázar Real se prolongasen por espacio de 15 años. Sin embargo, se trataba de unos trabajos de tan considerable envergadura, que, cumplido el plazo en 1389, todavía restaba mucho trabajo por hacer. De ahí que este año Juan I se viera obligado a conceder una prórroga de 20 años, con el disfrute de los mismos ingresos. Apenas dos años después, en 1391, el mismo monarca concedió un nuevo privilegio de 20 años, lo que implicaba prolongar las obras hasta 1411. No se tiene constancia de que se ampliase durante más tiempo el plazo de tiempo otorgado, aunque tampoco se puede descartar. Eso explicaría que en 1423 aún se estuvieran liquidando cuentas con el bayle. Estas cuatro décadas documentadas de dotación presupuestaria extraordinaria permitieron renovar buena parte del recinto.

Los conflictos existentes durante el siglo XV propiciaron que no se descuidaran las labores de mantenimiento de la muralla. Las disputas entre Ciudad y Comunidad de aldeas, así como las luchas internas dentro de Teruel, añadieron también inestabilidad a la situación. No se pueden olvidar las tensiones entre los oficiales reales y los turolenses. La situación llegó hasta tal punto que, en 1450, Alfonso V envió a Martín de Lanuza a sitiar Teruel.

El último conflicto de esa centuria que afectó a la Ciudad fue el derivado de la resistencia al contrafuero que suponía la implantación del Santo Oficio. A fin de imponer su autoridad, el 14 de diciembre de 1484 Fernando II nombró capitán de Teruel a Juan Garcés de Marcilla, noble afincado en la propia urbe, que no dudó en sitiar la Ciudad. El 31 de enero de 1485 el Concejo ordenó cerrar la Puerta Nueva y la Puerta del Postigo a piedra y algez. Apenas dos meses después, las autoridades concejiles tuvieron que ceder, dejando entrar a la Inquisición y a Garcés de Marcilla. Este episodio terminó en 1486, tras un Auto de Fe, con nueve ejecuciones.

Las intervenciones acometidas sobre la muralla fueron significativas durante todo el siglo XV, existiendo tanto obras de mantenimiento (como la reparación del antipecho del Portal de Guadalaviar en 1422-23, las documentadas en un cuaderno de cuentas 1438-39 o las referidas al año 1499 al Portal de Zaragoza, todas ellas de cierta entidad) o las pequeñas reformas (como la apertura de sayeteras en la tapia junto a la Torre Redonda en 1428). Por otro lado, también hubo obras que supusieron la construcción completa de grandes estructuras.

En la mayor parte de las ocasiones, estas obras de envergadura fueron motivadas por el mal estado de conservación o el hundimiento de estructuras, como el caso de la Torre de la Sisa (iniciada en 1453). Este tipo de incidentes debió ser frecuente, como lo demuestra el derrumbe de un trozo grand de la muralla costa la torre de Pasqual Marquo, cerca del Portal Nuevo, tan sólo un año después. O también, por ejemplo, el desplome de la Torre de San Redentor.

En un momento no precisado de esta centuria se debió proceder a la construcción de la Puerta de San Francisco, que daba acceso a la barbacana existente delante del Portal de Guadalaviar y que aparece citada en 1484. La presencia de esta estructura respondería a un proceso de monumentalización de este acceso. Quizás se pueda asociar al mismo la colocación de bajorrelieves en la muralla contigua al Portal de Guadalaviar, posiblemente vinculada con las obras ordenadas por el Concejo en 1478 en un lienzo anexo.

Otro tanto debió suceder en el entorno del Portal de Zaragoza. En 1450 y 1469 se renovaron los retablos de su capilla u hornacinas. Y en 1483 se documenta la existencia de un vallado al que se adosan, o se sitúan muy próximas, varias casas. Incluso se autorizó la incorporación a una de ellas de un tramo de dicho muro, a cambio de un incremento en el censo y, posiblemente, para asegurar que se realizasen las correspondientes obras de mantenimiento. Dicho vallado debía coincidir con la antigua barbacana, rodeando el Passeador. Y también debía contar con la correspondiente puerta, que permitiera cerrar este recinto externo.

Las mejoras en las entradas a la urbe fueron extensivas también a los caminos de acceso a los portales; sirva como ejemplo el uso de vinagre y leña para hacer fuego para quebrantar las penyas que estaban en el camino de la cuesta de la Puerta de Daroca en 1445. En cuanto a la financiación de los gastos de las obras, se mantuvo la fórmula establecida antes de la Guerra de los Dos Pedros, por la cual la Comunidad de Aldeas aportaba 2.000 sueldos y el Concejo 500. A estas limitadas cantidades se le sumarían otras asignaciones menores.

 

LA MURALLA BAJOMEDIEVAL: NUEVAS CAPACIDADES DEFENSIVAS.

El siglo XV fue una centuria de profundos cambios en el campo de la poliorcética, pues la artillería de pólvora comienza a convertirse en un elemento clave, tanto para las operaciones de expugnación de los recintos amurallados, como también para su protección. Dada la posición geoestratégica de Teruel, estas innovaciones llegaron de forma relativamente temprana, documentándose en las primeras décadas del siglo XV la incorporación piezas de artillería en su sistema defensivo, por delante incluso de otras importantes poblaciones de la Corona de Aragón.

Con anterioridad a 1422, la ciudad contaba con una bombarda grande vieja, cuyo soporte de madera se encontraba deteriorado. De esta pieza se desconoce desde cuando estaba en servicio o cuál era su procedencia, aunque a tenor de su descripción como de gran tamaño, lo más probable es que estuviera destinada a formar parte de los trenes de batir que se utilizaban para la expugnación de plazas fuertes; por tanto, no sería una pieza adecuada como artillería defensiva, no documentándose la existencia de ningún lugar adecuado para su instalación.

En 1422 se inició el proceso de adquisición de diez bombardas pequeñas, que culminó al año siguiente. Estas piezas sí que eran adecuadas para desempeñar funciones defensivas.

Este conjunto artillero resultaba de consideración para la época y estaba destinado a su ubicación en el sistema defensivo, que había sido objeto de un importante proceso de renovación durante el medio siglo precedente. Hay que tener en cuenta que, al tratarse de piezas de pequeño calibre, su destino, necesariamente, era la ubicación en las defensas. 

Pero, la adquisición de estas piezas, con el considerable desembolso económico que suponía su compra, tan sólo tenía sentido si se disponía de estructuras defensivas específicamente diseñadas para instalarlas. Si bien era factible su colocación “a barbeta” sobre adarves y las torres, su rendimiento en este caso resultaba escaso, al no poder disparar los cañones bajomedievales por debajo de la horizontal. Esto provocaba que, si se optaba por esta opción, dejaran considerables puntos muertos a sus pies, no pudiendo aportar prácticamente nada a la defensa.

Por lo tanto, si se quería optimizar el rendimiento de las piezas se debían disponer en posiciones defensivas creadas específicamente para ellas y que reunieran una serie de condiciones para su instalación de forma adecuada. Aunque las torres erigidas de forma previa podían ser reformadas para la instalación de piezas, por medio de la apertura de cañoneras en sus muros, sus diseños no eran los óptimos si se quería conseguir extraer de las piezas de artillería su máximo rendimiento. De ahí que, normalmente, se optara por la construcción de torres de nueva planta si se quería optimizar su empleo y que resultaran verdaderamente resolutivas.

De entre todas las construcciones documentadas en la muralla de Teruel, únicamente dos reúnen los requisitos necesarios para la instalación de las piezas de artillería. La primera de ellas es el Torreón de Ambeles, construido más de medio siglo después de que la ciudad adquiriera las diez bombardas pequeñas. Y la segunda es la Torre de la Bombardera, construida en las primeras décadas del siglo XV, y que presenta cuatro troneras. Con total seguridad, a esta última estructura debían ir destinadas estas piezas de nueva adquisición.

En ambos casos se trataría de piezas de pequeño o mediano calibre (bombardetas, pasavolantes, ribadoquines, medios ribadoquines o falconetes). Con la construcción de ambas torres y la adquisición de las piezas para equiparlas se cerraría un ciclo de renovación de la muralla, que dio comienzo tras la Guerra de los Dos Pedros y que se prolongó hasta finales del siglo XV y en el que Teruel entró en la era de la artillería de pólvora.

 

La Torre de la Bombardera.

La Torre de Bombardera es una bestorre de planta poligonal y considerable altura. La mayor parte de su estructura está realizada con una fábrica de mampostería regularizada, con sillares en las esquinas; está rematada con un cuerpo de tapial de piedra y mortero de yeso, de menor entidad y, posiblemente, de cronología posterior. Todo el conjunto fue considerablemente alterado, al ser forrada de piedra su estructura en la restauración de Posguerra.

En cuanto al espacio destinado a la instalación de piezas de artillería, que es el que nos interesa en este apartado, en la primera planta se abrían cuatro troneras. Todas ellas quedaron enmascaradas durante la rehabilitación anteriormente mencionada. Una de ellas se localiza en el muro frontal, dos en los chaflanes y la cuarta en el lateral meridional. Resulta interesante que únicamente sea esa primera planta la que presenta troneras para el disparo, siendo la que se halla a una cota más baja y que, por tanto, permitía batir de forma efectiva a cualquier enemigo que se aproximara a ella. La instalación de piezas en los pisos superiores no hubiera poseído tanta efectividad, aunque habría permitido batir al enemigo en un campo de tiros corto y de tiros largos. Pero, si no se disponía de una dotación artillera de consideración, como para poder equipar todos los pisos, el óptimo era ese primero.

Desde las cuatro troneras era posible batir un sector de 180º, desde el entorno del Alcázar Real y el Portal de Zaragoza, hasta las alturas próximas a las Ollerías del Calvario, incluyendo la totalidad del barrio del Arrabal. La torre también poseía cinco aspilleras, aunque de uso no artillero, en su cuerpo superior.

 

El Torreón de Ambeles.

La construcción del Torreón de Ambeles, concluido en los años 80 del siglo XV, supuso el broche de oro a una centuria en la que se edificaron la mayor parte de las estructuras de la muralla que han subsistido hasta nuestros días. El Torreón de Ambeles es una estructura singular dentro del recinto amurallado turolense. Anexo al Alcázar Real, esta torre artillera debe su actual nombre a la familia Ambel, a la que pertenecía en 1724, pudiéndose identificar con la Torre Nueva, que sustituyó en el emplazamiento a la Torre de la Sisa.

Posee planta con forma de estrella, formada por dos cuadrados de 9,00 m. (35 pies) girados 45º entre sí, a los que se suman otros dos cuadrados de menor tamaño (8,20 m., 32 pies) girados 45º entre sí y 22,5º respecto a los anteriores. El resultado es una figura compleja, con forma de estrella de 8 puntas en su base, a las que se suman otras 8 puntas de menores dimensiones a partir de la planta intermedia. En el centro de la estructura hay un círculo de 4,45 m. de diámetro (23 palmos), que sirve de sala, al que se le suma un segundo círculo de menores dimensiones (1,5 m., 6 pies), destinado a albergar una escalera de caracol. Si a este esquema, le agregamos la también estructura estrelliforme interior, derivada de la apertura de troneras, el resultado final es de una geometría muy elaborada, sin parangón en el resto del recinto.

El edificio, al que se accedía por su parte superior (dado que la puerta actual es de factura reciente), consta de tres alturas. Tanto la planta inferior como la superior carecen de vanos abiertos al exterior. En la planta intermedia se abrían las troneras que permitían el uso artillero del edificio; en el extremo de cada punta de la “estrella interior” había una tronera para una pieza de pequeño calibre, y una especie de matacán sustentando por dos ménsulas, que protegía la base de la torre y aseguraba la ventilación necesaria de un espacio en el que se concentraban varias piezas de artillería. La separación entre plantas se efectuaba con bóvedas hemiesféricas de ladrillo.

Su fábrica es de cuidada sillería, con una anchura máxima de los muros de 4 m. en los vértices de la estrella. En cuanto a su cronología, se tiene constancia de que contó con azulejos similares a los existentes en el salón de plenos de la nueva Casa Consistorial (1483). Este edificio, posiblemente inconcluso, fue realizado bajo las órdenes de Remiro López, afamado ingeniero que desempeñó diversos cargos en la Ciudad y que entre 1475-1480 estuvo construyendo la Torre Nueva.

Desde el punto de vista artillero, el Torreón de Ambeles presenta seis troneras en su planta intermedia, de nuevo la más idónea para su instalación, al evitar dejar ángulos muertos a sus pies. Resulta curioso que la cifra de piezas, obtenida de la suma de las que podían ser instaladas en la Torre de la Bombardera y el Torreón de Ambeles sea de 10, precisamente el número de piezas que adquirió la ciudad en 1422-23. Pero, hay que tener en cuenta que esta última torre fue edificada seis décadas después de la adquisición de estas piezas por las autoridades de Teruel, por lo que desconocemos el emplazamiento original que tendrían las seis que posteriormente se pudieron instalar en el Torreón de Ambeles.  Por otra parte, a través de la documentación histórica sabemos que la ciudad contaba con más recursos artilleros, como el pasavolante utilizado durante la visita de los Reyes Católicos. Lo cierto es que la nómina de armas de fuego incluso pudo ser mayor

Desde las seis posiciones de tiro del Torreón de Ambeles, era posible batir un sector de 250º, que iba desde el entorno de la Torre de la Bombardera hasta el Portal Nuevo, incluido el Monte del Castillo de los Alcaldes y la totalidad del Arrabal. Así pues, Ambeles y Bombardera se prestaban apoyo mutuo, pudiendo batir con un efectivo fuego cruzado toda la explanada que se situaba por delante del Portal de Zaragoza y el Arrabal, así como los conjuntos alfareros y buena parte de las alturas situadas al Este de la Ciudad. Hay que tener en cuenta que este sector de las murallas resultaba el más vulnerable de todo el recinto amurallado, habiendo sido el lugar sobre el que se había concentrado la ofensiva durante el asedio castellano de 1363. Y, curiosamente, también sería el tramo del perímetro amurallado elegido para desencadenar su ataque los ejércitos carlistas durante la Tercera Guerra Carlista.

 

La defensa artillera de Teruel.

Desde el punto de vista poliorcético, uno de los primeros aspectos que sorprenden a simple vista es que en todo el perímetro de la muralla de Teruel tan sólo se conserven esas dos torres habilitadas para poder disponer piezas de artillería en su interior. Ambas se localizan en el mismo sector, aunque a cierta distancia. En el lienzo que media entre ellas se localizan otras torres, aunque ninguna de ellas estuvo jamás adaptada para albergar artillería.

Teniendo en cuenta que todas estas piezas eran de tiro tenso, vamos a tratar de analizar qué podrían aportar a la defensa del sector donde se hallaban ambas torres. Para ello hay que tener en cuenta, como primer factor determinante, la topografía de este espacio. Ambas torres se alzan frente a sendos desniveles, lo que haría que cualquier posible atacante que lanzara un ataque frontal contra ellas podría hacerlo a resguardo. Le resultaría fácil aproximarse hasta su base, quedando rápidamente fuera del radio de acción de las piezas defensoras. Por lo tanto, en el fuego a corta distancia no serían útiles, al contar con considerables ángulos muertos a sus pies.

Si la artillería de ambas torres, difícilmente podía repeler un ataque frontal, ¿cuál era su misión? La clave se encuentra en la cobertura que prestaban al Portal de Zaragoza, localizado entre ambas. Tanto la Torre de la Bombardera como el Torreón de Ambeles ocupaban una posición avanzada con respecto a la línea de muralla, lo que les permitiría realizar fuego de flanqueo. Al mismo tiempo, las dos torres podían apoyarse mutuamente en caso de ataque sobre una de ellas. Y el Torreón de Ambeles, además, podría batir todo el lienzo hasta la Torre de San Esteban. Dada la topografía circundante, la colocación de piezas en otras posiciones sería poco eficaz, debido a las características de la artillería de pólvora bajomedieval.

De este modo se conseguía dotar a la muralla de unas prestaciones defensivas aceptables con el mínimo coste, cubriendo con dos torres todo este expuesto frente. Así pues, el diseño de ambas torres y sus posiciones de tiro, quizás respondieran a un meditado diseño y a un planificado proyecto defensivo de carácter global, aunque no coetáneo. Su ubicación y la disposición de sus piezas de artillería estaban pensadas para poder cubrir todo este frente de la muralla con sus disparos. Quizás también influyera en este planteamiento la limitada disponibilidad de piezas de artillería para la defensa, lo que llevaría a optimizar las disponibles.

Cuando Teruel fue ocupado por las tropas de Felipe II, tras las revueltas de 1591, en el antiguo recinto del Santo Redentor se construyó un fuerte artillado que debía contar con 6 medias culebrinas “de la flor de lis”; pero esta fortificación ya no estaba destinada a defender la ciudad, sino para someterla al poder real, tal y como ya habían hecho con la Aljafería zaragozana.  El control de la artillería respaldaba así una nueva forma de poder.

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Teruel bajomedieval. Situación de las principales estructuras: torres de Ambeles (a), San Esteban Norte (c) y Bombardera (m); Alcázar Real -antiguo Castillo Menor-(b); portales Nuevo (d), Postigo (g), Daroca (j), San Miguel (k) y Zaragoza (m); torre-campanario Fermosa (e); Fuerte (f); espacio definido por los portales de San Francisco y Guadalaviar (h); y Convento de Santa Catalina -antiguo Castillo Mayor- (i).
Torre septentrional del Portal de Zaragoza durante la excavación: muralla antigua (a); torre de 1347 (b), torre de 1379 (c): estructuras anexas (d).
Bajorrelieve con cruz latina e iniciales góticas de los cuatro evangelistas, localizado en el tramo de muralla próximo al Portal de Guadalaviar.
Bajorrelieve con la representación de una ballesta con su carcaj, localizado cerca del anterior.
Torreón de la Bombardera, antes de su restauración (Archivo López Segura, I.E.T.).
Torreón de la Bombardera en la actualidad.
Torreón de la Bombardera, antes de su restauración (Archivo López Segura, I.E.T.).
Torreón de Ambeles en la actualidad.
Esquema de la planta del Torreón de Ambeles: (a). Antonio Almagro Gorbea (1981, p. 249, modificado). Traza ideal de Sforzinda. (b). Filarete, Trattado d’architectura. f. 13v. La propuesta de Filarete tiene claros antecedentes en los siglos anteriores, como en Gossouin de Metz (c). Image du Monde, f. 44v, de mediados del siglo XIII.
Planta intermedia del Torreón de Ambeles (Almagro Gorbea, A., 1981, p. 243, modificado).
Espacios batidos por la Torre de la Bombardera (color amarillo), por el Torreón de Ambeles (azul) y por ambas estructuras (verde). Portales de San Miguel (a), Zaragoza (c) y Nuevo (e); torres de la Bombardera (b) y Ambeles -Alcázar Real- (d); Convento de la Merced (f); alfares de la Nevera (g); Barrio del Arrabal (h); Monte del Castillo de los Alcaldes (i).

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