La Fuensanta de Villel

El templo visto desde el Sureste.

Publicado en: Verde Teruel, 64, Teruel, 2024, 46-55

Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

Las sorprendentes claves del principal santuario del Sur de Teruel

La Fuensanta de Villel constituye el principal centro devocional del Suroeste de la provincia de Teruel. Durante casi ocho siglos, ha atraído cada año a miles de personas en sus múltiples romerías organizadas desde casi una veintena de localidades, algunas situadas a más de 8 horas de distancia andando. Su área de influencia se superponía a distintas circunscripciones políticas (varios señoríos y dos comunidades de aldeas) y eclesiásticas (dos diócesis y la Orden de San Juan). A la complejidad que ello suponía para gestionar el Santuario, se le sumaban las inevitables tensiones existentes entre la religiosidad “oficial” y la “popular”, esta última con prácticas no siempre bien vistas por la jerarquía eclesiástica y con la inevitable componente lúdico-festiva asociada a las romerías.

 

Unas raíces muy profundas.

“Entre dos encrespadas montañas, casi enteramente formadas y coronadas por peñas informes, y vestidas de matorrales y árboles silvestres, media un barranco profundo que (…) apenas goza (…) del sol sino pocas horas al día en sus mayores angosturas”. Así se describe la ubicación del Santuario en la Historia de Nuestra Señora de la Fuen-Santa, escrita en 1802 por un “Anónimo devoto”, posiblemente Juan Villarroya, presbítero de Villel.

Los espacios sagrados tienden a pervivir, pasando de una cultura a otra. En Aragón tenemos buenos ejemplos, como la Seo, epicentro religioso de la ciudad de Zaragoza desde su fundación, hace más de dos mil años. Muy cerca de la Fuensanta está Peñalba (Villastar), un nemeton o santuario céltico al aire libre, lugar de encuentro entre dioses y hombres en el medio natural, sin las barreras impuestas por los edificios. Desconocemos su origen (posiblemente fuera un espacio sagrado todavía más antiguo), pero sabemos que su mayor apogeo está asociado a la etapa celtíbero-romana, momento en el que acudían gentes de ciudades situadas a dos jornadas de viaje; las manifestaciones culturales pervivieron durante la Antigüedad Tardía, llegando hasta la Baja Edad Media, con la presencia incluso de alguna cruz de Malta grabada en la roca.

No parece casual el hecho de que, prácticamente, se solapen en el espacio los santuarios de la Fuensanta y Peñalba, epicentros religiosos de un mismo territorio. La magnífica conexión visual entre la Capilla de la Aparecida (origen de la Fuensanta) y Peñalba, parece corroborarlo. De hecho, el paulatino auge del primero, coincide con el inicio del lento declive de las manifestaciones culturales del segundo.

 

El milagro fundacional de la Fuensanta.

La narración más antigua conservada de la aparición de la Virgen es la de Fray Roque Alberto Faci (1739). Un pastor que tenía el brazo lisiado vio “una noche, que resplandecía en esa Montaña una grande luz, dio vuelta con su ganado hasta este Lugar, y llegando a la peña, turbado por el resplandor, cayó en tierra”. La Virgen le dijo que anunciara en la Villa que quería que en ese sitio se levantase un templo en su honor. Como los de Villel no creyeron al pastor, en una segunda aparición le curó el brazo, lo que motivó una procesión al lugar, donde hallaron una imagen de la Virgen. Ésta fue trasladada a la iglesia parroquial; pero la imagen desapareció y retornó al mismo emplazamiento; y así en sucesivas ocasiones. Finalmente, los de Villel “determinaron hacer una devota Hermita en la Montaña”, descubriendo en la procesión “una fuente de azeyte, que manava de una peña viva en la parte inferior del valle; y edificaron el Templo suntuoso, y fue colocada allí la S. Imagen, conservando en la Montaña la S. Hermita (de la Aparecida)”.

 

¿Un santuario de origen templario?

Desde 1196, cuando heredó las antiguas posesiones de Monte Gaudio, hasta la definitiva disolución de la Orden, Villel fue un señorío del Temple. Faci (1739) indica que la aparición tuvo lugar el 5 de septiembre de 1238, lo que implica el origen templario del santuario. Sin embargo, la información en la que se basa este autor procedía de una “relación” en la que se recopilaba información de fuentes que ya habían desaparecido en ese tiempo: una historia redactada por Pedro Gil en 1644 y los textos procedentes de unas “tablas antiguas”. Desgraciadamente, no se conserva ninguna referencia documental que corrobore estos datos, a lo que se suma el hecho de que tampoco se hayan realizado intervenciones arqueológicas que permitan estudiar las fases más antiguas del complejo.

Para complicar aún más la situación, la imagen de la Virgen de la Fuensanta desapareció durante la Guerra Civil. Por suerte, contamos con la excelente fotografía de la imagen realizada por Juan Cabre para su Catálogo artístico-monumental de la provincia de Teruel (1909-10). Gracias a ella, sabemos que dicha pieza podría datar de la primera mitad del siglo XIII o de fechas algo posteriores de esa misma centuria, lo que refuerza la hipótesis de la creación del Santuario durante la etapa templaria de Villel.

 

La referencia documental más antigua y el eclipse de 1333.

Según recoge una de las Crónicas de los Jueces de Teruel, en la judicatura de Domingo Pérez de Villel “fueron en proçesión a la Fuent Santa et escurezio el sol”. Dicha judicatura se prolongó de abril de 1333 a marzo de 1334, siendo la referencia documental más antigua al Santuario. Faci (1739) cita una inscripción del Templo antiguo, que adelanta dos años dicha procesión: “Año M.CCC.XXXI, vino la Ciudad de Teruel a visitar a N. Señora”; esta discordancia podría obedecer a que dicha inscripción se colocó bastantes años después, en todo caso no antes de 1347, momento de la primera concesión del título de ciudad a Teruel.

En todo caso, hay que destacar la relevancia otorgada a esta procesión por los autores de las Crónicas de los Jueces, siendo, junto con un eclipse y la pérdida de Gibraltar (conquistado por los benimerines), los únicos acontecimientos recogidos en esa anualidad. El hecho de que en la versión citada de la Crónica aparezcan reseñados juntos la procesión y el eclipse, no implica necesariamente una simultaneidad entre ambos acontecimientos. Pero tampoco puede descartarse su proximidad temporal; al menos desde el siglo XVIII, gran parte de las romerías tendían a concentrarse en el mes de mayo; y el eclipse se produjo el 14 de mayo de 1333, con un oscurecimiento del sol próximo al 90 % a las 3 de la tarde. ¿Se produjo el eclipse en torno a las fechas en las que se realizó dicha procesión?; ¿contribuyó a la relevancia otorgada a esta visita? La parquedad de las fuentes documentales conservadas no permite hacer ninguna valoración.

 

El Santuario y los sanjuanistas.

La Orden militar de San Juan le otorgó una gran importancia a la Fuensanta, otorgándole el rango de priorato. Según el Anónimo devoto (1802), este priorato se creó en 1568, aunque ya desde 1519 se documenta la existencia de un sacerdote viviendo en el Santuario. El prior era designado por los sanjuanistas y se encargaba del culto y la administración; residía en la Fuensanta, donde ocasionalmente también pudo haber algún otro religioso y personal de servicio.

El priorato lo ejercieron algunos personajes ilustres, como Gerónimo Molina Aragonés (1638-1698), natural de Fortanete, que posteriormente fue inquisidor en Barcelona y obispo de Malta y Lérida.

El priorato desapareció a consecuencia de las desamortizaciones, siendo Miguel Garzarán el último prior (hasta 1835). Aunque durante algunos años más se mantuvo un sacerdote en la Fuensanta, la plaza se amortizó a raíz del Concordato de 1851. Desde ese momento, el mantenimiento del Santuario pasó a depender de un ermitaño y su familia (que residían en los casalicios anexos).

 

La imagen de la Virgen y la Sagrada Fuente: milagros, romerías y exvotos.

El interior del templo cuenta con dos focos de atracción bien definidos. Por una parte, están las imágenes de la Virgen: la Aparecida, que fue destruida durante la Guerra Civil; y la imagen vestidera, que ahora preside el templo, que recuerda a las realizadas en el siglo XVIII en otros santuarios para sustituir a las originales en las procesiones. Ya hemos indicado que de la Aparecida se conserva una fotografía realizada por Cabré (1909-10); este arqueólogo señala que “es de madera de pino sobredorada de forma hierática, de pliegues rectos caídos hacia abajo; el Niño se ve sentado sobre la rodilla izquierda de la Virgen el cual bendice con la mano derecha, mientras que con la otra sostiene un libro. Pomo odorífero se deduce debió llevar en la mano derecha la Virgen”. También se refiere a otros valiosos objetos de culto de plata y esmaltes de los siglos XV a XVIII, igualmente desaparecidos.

La imagen era la principal protagonista de la romería, a la que acudían anualmente las localidades de Villel, Aldehuela, Bezas, El Campillo, Cascante del Río, Castralvo, Caudé, Cubla, Jabaloyas, Libros, Rubiales, Teruel, Tramacastiel, Valacloche, Villaspesa, Villastar, Cella y Gea de Albarracín, estas dos últimas situadas a más de 8 horas andando del Santuario. Una vez allí, a los romeros se les repartía “la caridad” (pan bendecido y vino) y podían descansar y alojarse en el casalicio anexo.

A la intercesión de la Virgen, materializada en estas imágenes, se le atribuyen multitud de curaciones (heridas, lepra, tumores, distintos tipos de fiebres…), el socorro frente a riesgos vitales (accidentes, guerras, agresiones, cautiverio, riadas…) e incluso ”el beneficio de verse libre de la posesión corporal de los espíritus malignos” (Anónimo devoto, 1802). También fue objeto de numerosas rogativas frente a la sequía, como la realizada desde Cella en 1556. Excepcionalmente, la Virgen se trasladó en procesión hasta la iglesia de Villel, para pedir su favor frente a grandes sequías (1680, 1729 y 1782), plagas de langosta (1756), epidemias (1749) o guerras (1808).

La batalla de la Fuensanta (12 de noviembre de 1810).

Villel fue escenario de dos enfrentamientos durante la Guerra de Independencia, siendo el acaecido el 12-10-1810 uno de los más destacados en la provincia de Teruel.

Tras ser derrotadas en la segunda batalla de Albentosa (31-10-1810), las fuerzas españolas del general Villacampa se replegaron sobre Villel, donde se reorganizaron, hasta conseguir reunirse en torno a 3.000 hombres. El general polaco Józef Chlopicki, el vencedor en Albentosa, partió desde Teruel en su persecución el 11 de noviembre con 7 batallones de infantería y 400 jinetes. Villacampa había desplegado a sus tropas aprovechando la presencia del río Turia y la existencia de unos escarpes inaccesibles en torno al Santuario de la Fuensanta.

El ala izquierda española, apoyada en los peñascos sobre el barranco de la ermita, detrás de la huerta y casa del Santuario, estaba formada por el Regimiento de Cariñena. El de Soria ocupaba el centro de la montaña de la Aparecida, en su solana. Y el ala derecha la cubría el de la Princesa. A retaguardia, en segunda línea se encontraban situados los batallones de Molina y Cazadores de Palafox. El objetivo de este despliegue era impedir que la caballería francesa pudiera operar.

Fue a las 9 de la mañana cuando las primeras fuerzas galas aparecieron en las eras de Villel. La infantería formó en dos líneas en toda la extensión de la llanura, mientras que los escuadrones de lanceros polacos se apostaban a la derecha, tras las tapias de un viñedo. Tras ello, Chlopicki ordenó iniciar el ataque. Sendas columnas intentaron desbordar las alas españolas por sus flancos. Pero, los atacantes fueron recibidos con un intenso fuego de fusilería. Los defensores aprovecharon sus posiciones dominantes, que no podían ser cercadas ni flanqueadas. Una columna española llegó incluso a amenazar a la izquierda francesa, que se vio en apuros para contener la acometida.

Las fuerzas francesas consiguieron ser repelidas por espacio de dos horas, hasta que por fin lograron alcanzar las posiciones españolas y forzar la retirada de los hombres de Villacampa. Las fuentes españolas y las galas difieren en este punto, pues las primeras hablan de repliegue ordenado y las segundas de huida desordenada y caos. Tras la retirada española, los franceses saquearon el Santuario de la Fuensanta con total impunidad.

En cuanto al balance de bajas en el choque, el contingente español sufrió 21 muertos y 94 heridos. Mayor discrepancia encontramos en las pérdidas francesas. Si hacemos caso a Tomás Collado, los franceses tuvieron 800 entre muertos y heridos. El mariscal galo Suchet las reduce a tan sólo 130.

Pero, a diferencia de otros centros devocionales de la provincia, en el interior del templo había un segundo punto de atención, al que también atribuyen multitud de curaciones: la “Fuente Santa, sobrenatural y prodigiosa (…) de distinta calidad que las fuentes inmediatas” (Anónimo devoto, 1802). La excepcionalidad de la surgencia no radica tanto en su presencia (hay numerosas fuentes en el entorno), ni en su aforo (siempre escaso), sino en la atribución de su patrocinio mariano y el líquido que manaba: una especie de “azeyte que mana de la peña”, que doscientos años después “se convirtió en una especie de licor, o agua muy suave” (Faci, 1739). Cuentan que este líquido era muy utilizado para la sanción de los ciegos, aunque también se aplicaba sobre cualquier otra parte del cuerpo enferma; e incluso que se empleaba para alimentar las lámparas del templo. Esta fuente aún permanece en el interior del edificio; se encuentra enmarcada por una estructura “a semejanza de retablo (…). En medio del primer cuerpo hay un nicho, y dentro está la Fuente Santa y prodigiosa con un sumidero subterráneo cerca de ella; es de jaspe labrado ese primer cuerpo” (Anónimo devoto, 1802). En esta estructura, que presenta múltiples daños, constan sendas fechas (1795 y 1796) correspondientes a su construcción. También se mantiene un bonito reclinatorio o plataforma situada en el frente, con azulejos hexagonales que representan un cubo en perspectiva isométrica. No se conserva la parte superior de la fuente, realizada en “madera estucada y pintada a imitación de jaspe” con “una lápida sepulcral en su medio con una inscripción latina, formada de los antiguos monumentos”; sobre ésta había “una bella estatua de la fama invocando su clarín” y una larga inscripción en latín y en castellano. En su lugar, actualmente hay un paño de azulejos con los gozos y una imagen de la Virgen.

Como muestra de gratitud a los favores concedidos, muchos fieles depositaban exvotos; normalmente eran figuras de cera de la parte sanada, cirios, trenzas, cuadros, joyas, objetos de culto, calzado, bordados, trajes, mortajas, etc. Esta entrega solía ir acompañada de limosnas u otro tipo de sacrificios (subir descalzo al Santuario o a la Aparecida, abstinencia, etc.). Pese a que en algunos casos pueden parecer un poco tétricas, cada una de estas piezas esconde una historia de angustia, que concluye con un final feliz atribuido a la Fuensanta. Pese a las sucesivas destrucciones, aún se conservan una pequeña colección en el Santuario.

 

La organización de un santuario complejo.

La organización de la Fuensanta no es, tan aparentemente simple como a primera vista podría parecer. No se trata de un emplazamiento puntual, sino de un “paisaje sagrado”, integrado (como mínimo), por las construcciones del Santuario, la Capilla de la Aparecida y el entorno que los envuelve (incluida la senda que los une) y por el camino procesional desde Villel, jalonado también con otros hitos secundarios. Su complejidad es aún mayor si se tiene en cuenta que la sacralidad no solo comprende unos espacios, sino que además se extiende en el tiempo (calendario litúrgico).

En lo alto de un risco se encuentra la Capilla de la Aparecida, primer escenario de la presencia mariana y lugar donde la imagen retornaba cada vez que se la intentaba depositar en la parroquial de Villel. Aunque la distancia desde el Santuario no es muy grande, el desnivel es apreciable (150 m) y obliga a dar un rodeo, por lo que subir hasta allí cuesta en torno a media hora. Se trata de una sencilla construcción, con un pórtico con dos pilares; en el interior hay un altar, con una representación en azulejería moderna de la Virgen y la Fuente Santa, que está coronada por una cornisa y un emblema mariano realizados en 1798. Este emplazamiento del paisaje sagrado, agreste y montano, parece el contrapunto al Santuario, situado en el fondo del barranco y asociado a una fuente. De haberse erigido aquí el núcleo devocional, necesariamente se hubiera parecido más a los santuarios rupestres del Alto Aragón que al conjunto actual.

Pero, según el Anónimo devoto (1802), los de Villel rogaron a la Virgen que si les permitía “alguna mutación al sitio [de construcción del Santuario] en esta misma fragosa soledad”. Y ésta les concedió un nuevo emplazamiento, marcándolo con la Fuente Santa. Este primer templo se arruinó hacia 1560; de él subsisten algunos restos integrados en la fábrica actual, en la parte posterior, cerca de la cabecera, siendo visibles únicamente en la planta bajocubiertas. El edificio actual presenta múltiples fases constructivas, aunque la principal es de 1561, según la data de la portada. “Está arrimado a una peña cortada con arte, y que sirve de pared bien natural” (Faci, 1739). Se trata de una iglesia de una sola nave de cuatro tramos “capaz y despejada, y de mucha solidez y seguridad” (Anónimo devoto, 1802); está cubierta con bóvedas de crucería estrellada. Originalmente, la cabecera del templo estaba articulada por una capilla central y dos laterales; fue reformada en 1784, momento en el que se incorporaron “tres medallones de medio relieve” coronando los tres arcos de las capillas; en el central y más alto, se representa la Aparición de la Virgen; en el lateral izquierdo, la surgencia de la fuente; y en el de la derecha, una sanación gracias a la fuente. En la capilla principal, que sufrió serios daños durante la Guerra Civil, se encuentra el retablo con el camarín de la Virgen, que estaba flanqueado por otros dos retablos laterales; sustituyendo parcialmente la antigua bóveda de crucería, hay una cúpula ochavada que no llega a trascender al exterior del edificio.

El otro elemento más destacado es la Fuente Santa, a la que ya nos hemos referido anteriormente. En ese mismo muro se instaló hace unos años un mural cerámico dedicado a los pueblos que vienen en romería, ocupando el emplazamiento del antiguo púlpito. La iglesia cuenta con otro retablo, situado frente a la fuente, dedicado actualmente a Santa Teresa (antaño a la Virgen de los Dolores). Y a los pies hay un coro alto, desde donde se tiene una excelente perspectiva del interior del edificio. Bajo el coro se documenta la existencia de algún enterramiento; el uso cementerial es infrecuente en la mayoría de los santuarios turolenses, pero se atestigua también en el de la Virgen de la Vega (Alcalá de la Selva).

El templo cuenta con dos puertas; la del lado de la Epístola, un sencillo arco de medio punto de sillería, tiene en la clave la cruz de Malta y la fecha 1561; lo remata una hornacina (con una imagen reciente de la Virgen) abierta en el pequeño frontal de sillería existente hasta el arco cobijo. La portada de los pies es aún más sencilla, con arco de medio punto protegido bajo un arco de cronología posterior. El suelo del templo se encuentra sobreelevado más de 1,5 m. respecto al exterior del edificio, pese a lo cual ha llegado a inundarse en alguna de las fuertes avenidas del barranco, como la del 23 de agosto de 1887.

Las fachadas están coronadas con un imponente alero en el que se combinan distintos tipos de ladrillos aplantillados. No se tiene constancia de que el templo dispusiese en algún momento de torre o espadaña; las campanas están dispuestas en dos de los arquillos de la galería que corona el bloque constructivo que alberga la capilla principal; en su momento, esta parte de la edificación contaba con una planta intermedia; en ella se abría la puerta del paso aéreo cubierto que cruzaba el barranco, uniendo la casa del prior con el templo. Esta estructura, reconstruida tras la Guerra Civil, está sustentada por dos arcos; el más ancho daba paso al curso del barranco (actualmente colmatado) y el segundo, más estrecho, estaba asociado al camino de personas y caballerías. Este puente, que contaba con tres ventanas, permitiría al prior ir al templo para los rezos asociados a las horas canónicas (especialmente en las nocturnas), sin necesidad de salir al exterior.

Al otro lado del barranco, el casalicio existente hasta la Guerra Civil era mucho más amplio y complejo que el actual, constando de multitud de fases constructivas. Albergaba la casa del prior, la sala de exvotos y la hospedería en la que pasaban la noche los romeros y devotos de lejanas procedencias. En un inventario de 1567, se indica que la casa del prior contaba con una sala con estudio y recámara, cuatro cámaras, cocina, reposte, bodega, almacén y granero. Décadas después, el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña pasó junto al Santuario en su trayecto de Tramacastiel a Villel (10-3-1611), señalando que “hay aposentos y camas y toda la comodidad necesaria para los romeros”. Y hacia 1802, el Anónimo devoto decía que tenía “suficiente capacidad para hospedar a 200 personas”, pudiéndose considerar éste el momento en el que el edificio ya había adquirido su máximo desarrollo.

El conjunto contaba también con una balsa (junto a la cabecera del templo), que regaba un huerto (zona del aparcamiento) mediante “una pequeña canal de madera”, que aparece en alguna de las fotografías antiguas.

En la actualidad, el Santuario es un lugar mucho menos concurrido que antaño; y los destrozos sufridos por los sucesivos conflictos bélicos han tendido a mermar sus estructuras y simplificar su imagen. Pero sigue vivo y activo, en gran medida gracias a la devoción mariana, a la Hermandad de la Fuensanta y a que forma parte de las señas de identidad de muchas localidades; en el templo se ofician una treintena de misas al año; y entre los meses de abril y septiembre sigue recibiendo una decena de romerías procedentes de una docena de municipios.

Este singular conjunto y el paisaje que lo rodea merecen una pausada visita. Pese al esfuerzo, recomendamos ascender también a la Capilla de la Aparecida; desde esas alturas, y a la vista del Santuario de Peñalba (Villastar), comprenderemos mejor la configuración de todo este amplio espacio, en el que aún resuenan los ecos de las reiteradas ceremonias y oraciones, realizadas durante milenios en distintos idiomas y con diferentes credos.

La Montaña Escrita o Santuario de Peñalba (Villastar), visto desde la Capilla de la Aparecida.
Monte de la Aparecida; la capilla casi pasa desapercibida entre los peñascos y el arbolado.
Gozos de Ntra. Señora de la Fuente Santa, venerada en su Santuario de la villa de Villel, de la sagrada Religión de S. Juan de Jerusalén (Biblioteca Nacional de España). Impreso posterior a 1770.
Cabecera del templo, rematada con una galería de arquillos; desde fechas muy tempranas, la Fuensanta se convirtió en el principal santuario del Sur de la provincia de Teruel.
El emblema de la Orden de San Juan preside la portada del lado de la Epístola.
Talla de la Virgen de madera sobredorada del Santuario de Nuestra Señora de Fuensanta (Villel, Teruel). Autor: Juan Cabré Aguiló, 1909-10 (Instituto del Patrimonio Cultural de España).
Baldosa del peirón de la Nuestra Señora de la Fuensanta; se encuentra en Caudé, localidad que está a algo más de 6 horas andando del Santuario.
Retrato de N. S. de la Fuen Santa (Universidad de Navarra). Dibujado por Vicente López y grabado por Vicente Capilla en el siglo XIX.
Vista aérea del campo de batalla desde las posiciones españolas.
Fuente Santa, con su hornacina de 1795-96 y los gozos de la Fuen-Santa en azulejería de 1981.
Mapa se situación de la Fuensanta y de distintos hitos asociados: Capilla de la Aparecida (1); Santuario (2); camino que une el Santuario con la Aparecida (3); Castillo de Villel, sede de la encomienda templaria y sanjuanista (4); camino procesional de Villel a la Fuensanta (5); camino de Tramacastiel a la Fuensanta y Villel (6); camino de Jabaloyas y Rubiales a la Fuensanta y Villel (7); la Montaña Escrita o Santuario de Peñalba (8); zona en la que se libró la Batalla de la Fuensanta (9).
Interior de la Capilla de la Aparecida. El azulejo se inspira en el grabado de Vicente López y Vicente Capilla.
El núcleo del Santuario: Templo, con la capilla de la Fuensanta (A), la Fuente Santa (B) y la nave central (C); paso aéreo (D); hospedería (E); antiguas caballerizas (F, actual merendero cubierto); barranco (G, actualmente colmatado); antigua balsa (H); y antiguo huerto (I, aparcamiento).
Frontal de la Capilla de la Virgen, visto desde el coro.
Vista desde el Norte del templo, el puente y la hospedería.
Antigua postal del Santuario antes de la Guerra Civil (edición Vicente María Gabarda - Fototipia Thomas). En ella se aprecia la magnitud del caserío de la hospedería y el paso aéreo original; también el muro de la balsa anexa al templo, la precaria conducción de madera que cruzaba el barranco (que estaba más encajado que en la actualidad) y el huerto.
Capilla de la Aparecida y, en la montaña del fondo, el Santuario de Peñalba (Villastar).
Paso aéreo que cruza el barranco, uniendo el templo y la hospedería.
La Capilla de la Aparecida vista desde el fondo del barranco.
Gozos a Nuestra Señora de la Fuen-Santa. Imprenta Arsenio Perruca – Teruel (1898) (Biblioteca Nacional de España).

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