El Castillo-Palacio de Mesones de Isuela

Situación. Detalle del “Croquis del Pueblo de Mesones en Aragón, distrito de Calatayud”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Ar.F-T.a-C.4-166).

Publicado en: 2022, Castillos de Aragón, n º 43, Zaragoza, 2022, pp. 5-19

José F. Casabona Sebastián, Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

En Mesones de Isuela se encuentra uno de los castillos-palacio góticos más singulares de Aragón. Aunque en el edificio se reutilizaron numerosas estructuras previas, el grueso de la obra se realizó principalmente entre 1363 y 1382, en tiempos de D. Lope Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza. Posteriormente, los Ximénez de Urrea continuarían con las obras, siguiendo en muchos casos el mismo diseño constructivo. Progresivamente, ya dentro partir de su integración en el Condado de Aranda (creado en 1488), el Castillo de Mesones quedó relegado a un segundo plano, en favor de otras residencias señoriales. Aun así, el edificio fue objeto de diversas transformaciones, unas vinculadas a la conversión de la capilla castral en ermita abierta periódicamente al culto; y otras asociadas a su efímera adecuación militar, durante la Primera Guerra Carlista, momento en el que incluso se planteó la destrucción del edificio.

La fortaleza se sitúa en la margen izquierda del río Isuela (fig. 1), en su curso medio. Ocupa la cumbre aplanada de un cerro situado en el extremo Suroriental de la Peña de las Solanas, pequeña sierrecilla que sirve de interfluvio entre el río Isuela y el Barranco de Andacón, y de la que queda separada por el Collado del Castillo. A los pies de este cerro se sitúa el casco urbano de Mesones, que desciende escalonadamente por la ladera hasta los primeros campos de labor.

El presente estudio se centra en la caracterización de las sucesivas fases constructivas del edificio. Además de la bibliografía[1] y los trabajos arqueológicos previos[2], se toma como punto de partida el estudio estratigráfico de los paramentos del edificio[3], el análisis documental (textual y gráfico)[4], el estudio heráldico[5] y la existencia de una hipotética representación barroca del castillo[6], realizados dentro del Plan Director de este edificio[7], revisando y desarrollando algunos aspectos abordados en el mismo y en otros trabajos asociados (Ibáñez, J., Casabona, J.F. & Saéz, R., en prensa).

 

Un edificio complejo (fig. 2 y 3).

El conjunto presenta tres grandes fases u horizontes constructivos, bien definidos tanto desde el punto de vista constructivo como funcional. Se puede diferenciar un primer momento (fase Castillo I), anterior a D. Lope Fernández de Luna, del que se dispone de muy limitada información, con una posible función tanto militar como residencial. El segundo horizonte (fase Castillo II) se corresponde con D. Lope Fernández de Luna y con los Ximénez de Urrea, momento en el que el edificio adquiere su carácter palacial, aunque sin menoscabo de sus evidentes capacidades defensivas; comprende el grueso de las construcciones conservadas. En la tercera y última etapa (fase Ermita), la función más relevante es la religiosa, aunque eventualmente se le vuelve a otorgar la militar.

Cada una de estas fases, puede presentar distintas subfases. Por ello, pese a la engañosa apariencia de simplicidad y unidad de criterio, el edificio es de una complejidad constructiva, que va más allá del proyecto unitario con el que se erigió el castillo-palacio gótico.

 

El “Castillo I”

Incluimos en este apartado todas las construcciones y evidencias detectadas que son anteriores a la fase "Castillo II", no pudiéndose precisar, con la información disponible, si corresponden a uno o varios momentos constructivos. Todas estas estructuras tienen en común su existencia previa al castillo-palacio gótico, aunque, en realidad, podrían ser de cronologías distintas e incluso pertenecer a edificios bien diferenciados; en el futuro, con más información arqueológica, se podrán establecer, si procede, varias fases o subfases bien definidas.

La información histórica conocida disponible es también bastante restringida. La fortaleza de Mesones parece estar asentada sobre un antiguo emplazamiento andalusí (como lo corroboran los materiales recuperados en la actuación dirigida por J. L. Cebolla en 2005), conquistado en tiempos del rey Alfonso I. En 1128, este monarca donó dos yugadas de tierra en esta población a Pedro Ortiz, autorizándole a levantar sus casas (Lacarra, 1982, doc. 155). En los años 70 del siglo XII, Mesones pertenecía a Sancha de Abiego, que lo donó a la Orden del Temple (1175). Unos años después, la localidad volvió a manos reales (García Marco y Motis Dolader, 2001). En 1266 pertenecía al señorío laico de los Alcalá[8], por permuta con Luceni, si bien en 1289 los moros de Mesones seguían siendo vasallos del Temple y pagaban sus rentas a la encomienda de Calatayud (Sans i Travé, 2002); tras la disolución de la orden, la aljama mora pasará a depender de los sanjuanistas. Pocos años después, en 1315, ya se documenta en Mesones la existencia de posesiones de los Ximénez de Urrea.

Dentro de las estructuras conservadas de este “Castillo I” (fig. 4), podemos diferenciar dos grupos perfectamente definidos, en función de si se encuentran integradas dentro del actual edificio o si no tienen nada que ver con éste. La diferencia no es baladí, ya que, en el primero de los casos, se puede asegurar que dichas estructuras se encontraban en relativo buen estado cuando se acometió la construcción gótica, formando parte del edificio anterior; por el contrario, desconocemos en qué estado se conservaban las estructuras que no fueron integradas en el nuevo edificio, no pudiéndose determinar si estaban ya amortizadas o si, aun encontrándose en buen estado, se descartó su incorporación por no ajustarse al esquema previsto, demoliéndose para reutilizar sus materiales.

 

El “Castillo I”: estructuras reutilizadas en la fábrica del “Castillo II”.

Dentro del “Castillo II” se incorporaron cinco estructuras, que se ajustaban a la traza prevista para el nuevo edificio y que se encontraban bien conservadas (y posiblemente en uso):

  1. Lienzo situado entre los torreones Noroeste y central Norte del “Castillo II”. Se trata de una estructura de mampostería de hiladas regularizadas, con mampuestos careados y rejuntado con mortero de cal, y con presencia de sillares integrados en su parte más Noroccidental; estos sillares podrían estar en función del inicio de una esquina o giro en el muro, con el que también podrían estar vinculadas algunas de las estructuras talladas del grupo “f”. Su integración en la fábrica del “Castillo II” queda marcada por sendas juntas verticales, que reflejan el mal encaje de las hiladas de sillares de la última fábrica con las hiladas de la anterior; también por una junta horizontal, definida por el cambio de materiales (mampostería frente al recrecimiento de sillería).
  2. Lienzo situado entre los torreones central Norte y Noreste del “Castillo II”. Es de mampostería de hiladas regularizadas, con mampuestos careados y rejuntado de mortero de cal. Al igual que la estructura "a" (con la que está alineada), presenta sillares integrados en esa misma fábrica, en la parte más Noroccidental; y como en el caso anterior, dichos sillares podrían marcar el inicio de una esquina o giro en el muro, con el que también podrían estar vinculadas algunas de las estructuras talladas, del grupo “g”. La integración en la fábrica del “Castillo II” queda también marcada por sendas juntas verticales y por una junta horizontal.
  3. Lienzo situado entre los torreones Noreste y Sureste del “Castillo II”. Se corresponde con una fábrica de mampostería de hiladas regularizadas, trabada con calcina y realizada con la ayuda de un cofre. Comprende la práctica totalidad de la base del lienzo occidental y una parte significativa de su alzado, con dos juntas de fábrica verticales junto a los dos torreones, y una tercera horizontal.
  4. Paramento que sustenta la galería situada entre los torreones central Sur y “del homenaje” del “Castillo II” (fig. 5). Se trata de una fábrica de mampostería más irregular que las observadas en las fachadas septentrional y oriental y limitada en su parte más occidental por unas piedras mejor escuadradas. La junta Oeste entre esta estructura y la fábrica del “Castillo II” se solucionó regularizando la primera con abundante mortero de cal y alguna piedra menor, sin que exista trabazón entre ambas fábricas; más difusos son los límites de la parte superior, ya que la fábrica de sillería del “Castillo II” sustituye parcialmente al muro antiguo, encontrándose todo coronado por un pretil de sillería de este último momento. Este paramento fue rejuntado en una de las fases de restauración realizada hace unos años, enmascarando la relación existente entre las distintas fábricas; esta circunstancia, sumada a la distancia de observación y a la “rugosidad” del paramento (atribuible a las irregularidades del escarpe al que se adosa), dificulta el estudio de esta estructura. Es posible incluso que algunas partes hayan sido rehechas en las últimas décadas, lo que explicaría las diferencias observadas respecto a las fotografías antiguas (Archivo Coyne y Archivo José Galiay, ambos en AHPZ), en las que se aprecia algún "escalonamiento" y dos fábricas bien diferenciadas en la base, que casi no se intuyen en la actualidad.
  5. Estructura turriforme situada en el interior del actual edificio, junto al torreón central Sur del “Castillo II”, en la zona en la que estaba previsto el cierre de la subfase II.A, a la que nos referiremos más adelante; al no completarse este cierre, la estructura se mantuvo. En la actualidad se encuentra mal conservada, con una altura máxima de 190 cm. Está realizada mediante encofrado de piedra y calcina, apreciándose la impronta de las tablas del cofre en su paramento interior. Ésta es una de las estructuras que figura representada en el retablo del Crucifijo de la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles (fig. 6), al que nos hemos referido en la nota 6, apareciendo como una altura de un alzado considerable, perforada por abundantes vanos, con un remate de almenas coronado con una cubierta cilíndrica, debiendo ser tomada con la correspondiente cautela.

El “Castillo I”: estructuras descartadas durante la construcción del “Castillo II”.

Junto a la fachada Nororiental del “Castillo II” se conservan los restos de dos estructuras que no se reutilizaron, al no ajustarse a la traza prevista para el nuevo edificio, no pudiéndose establecer con seguridad si se encontraban en uso en el momento de construir este nuevo edificio:

  1. Restos de varias estructuras talladas en la cantera rocosa, situadas junto a la torre Noroeste, cerca del lienzo y del torreón Noroccidental. Parecen corresponderse con zanjas de cimentación de muros amortizados, cuyos mampuestos pudieron reutilizarse en el relleno de las fábricas del “Castillo II”. Hay que destacar que la parte más occidental de la estructura “a” del “Castillo I”, acabada en sillares que parecen apuntar a una posible esquina o giro, coincide con una zanja poco profunda, y que parece acabar en otra entalladura de mayor desarrollo, correspondiente a otro giro ligeramente oblicuo respecto a la estructura “a” del Castillo I, pudiendo pertenecer todas estas evidencias a una misma construcción.
  2. Estructuras talladas en la cantera rocosa, situadas junto al torreón central Norte. En una de ellas (zanja 1) se conservan restos de fábrica de piedra trabada con cal, a modo de cimentación, que sustentan un bloque irregular de piedra de carácter casi ciclópeo. Esta estructura gira formando un ángulo obtuso (zanja 2).

El Castillo-Palacio gótico (“Castillo II”).

A diferencia del “Castillo I” para esta nueva fase se dispone de muchas más fuentes documentales, y los nuevos hallazgos permiten ampliar el nivel de conocimiento.

La confluencia de una serie de coyunturas históricas es la que posibilita la construcción de un edificio tan singular. En primer lugar, hay que tener presente la condición de los propietarios del señorío, los Fernández de Luna, de la rama de Luceni, familia especialmente vinculada a la monarquía y que había demostrado la fidelidad a la misma con su sangre[9].

La posición de uno de los miembros de la familia, D. Lope Fernández de Luna (fig. 7), arzobispo de Zaragoza, en el complejo momento de la Guerra de los Dos Pedros, facilitó la disponibilidad de fondos por parte del prelado. En la medida que procedían de las primicias de la diócesis, D. Lope pudo desviar en favor de sus propias obras (de la Mitra[10] o personales), partidas destinadas a la fortificación del Reino.

De este modo cuando el Rey Pedro IV y D. Lope acuerdan en 1363 la asignación de las primicias para la reparación de las fortificaciones de la frontera de Aragón pro refectione seu reparatione murorum et vallorum civitatum, villarum caesaraugutae locorum frontariarum regni aragoni ac tortificando et furniendo easdem civitatis, villas castra et loca (ACA, Primitiarum, año 1363  fl. 44v. y ss), el arzobispo retiene la considerable cantidad de cincuenta mil sueldos, recibideros en cada un anyo, para obrar e fornir los castillos de Cutanda, Mesones y el Poyo e otros suyos sitiados en frontera.

Resulta evidente que este desvío de fondos responde a los intereses particulares de D. Lope, que consigue así importantes recursos económicos para sus proyectos constructivos, desviando la atención con la referencia genérica a la frontera, o la extraña inclusión del Castillo de El Poyo (El Poyo del Cid).

De cualquier manera, parece evidente que es el principio de la preparación de recursos económicos para las obras que se desarrollarán en años sucesivos, y que sin duda se ejecutaron también en Cutanda (Casabona et al., 2021a, pp. 50-53).

Es a finales del siglo XIV (Serrano y Sanz, 1916) cuando existen nuevas menciones concretas a las obras en el propio castillo. Así el tesorero del arzobispo, fr. Martín de Alpartir, entregaba 2.000 sueldos para la obra del Castillo de Mesones, al sobrestante de la obra Domingo de Sádava (25-1-1379). El 23 de septiembre de 1379, será Loppe Sanchez de Sevilla, alcaide del castillo, quien recibe “cincientos florines de oro de Aragón” para las obras del castillo, también entregadas por Alpartir.  Este Lope Sanchez podría ser uno de los azulejeros sevillanos que trabajan para D. Lope en las obras de la parroquieta de La Seo.  El cargo de alcaide en favor de un personaje tan atípico, puede ser una forma de pago de servicios, por las obras zaragozanas o, quizás, por la participación en las de Mesones. A la hora de interpretarlo, no ayuda la falta de preocupación del arzobispo por diferenciar la gestión episcopal, de la de su patrimonio personal

A la muerte de D. Lope en 1382, el castillo fue heredado por su hermana Dña. Toda Pérez de Luna, lo que sin duda supuso una reducción de recursos. Ésta, a su vez, lo transmitió en 1386 al hijo de su hermana Lope Ximénez de Urrea, pasando así a pertenecer a otra casa noble[11] (fig. 8).

Sin embargo este cambio, no implicó el abandono del castillo, que sin duda era una de las más relevantes fortificaciones de la zona y dotada de excelentes condiciones residenciales. Las obras continuaron, tal y como veremos; y se sabe con certeza que los nuevos señores residieron en el castillo, pues el propio Lope, vizconde de Rueda (+1403) realizó su testamento en el castillo (1402); y desde la misma localidad se dataron documentos de la gestión general del señorío de los Urrea[12].

El “Castillo II” engloba la mayor parte de las estructuras que han subsistido hasta nuestros días. Posee un carácter eminentemente residencial, que queda patente tanto en su articulación espacial (grandes salones con marcado carácter representativo o dormitorios y estancias privadas de índole señorial), como en muchos elementos arquitectónicos (cubiertas de madera decoradas, grandes ventanales, etc.).

La amplitud de la cumbre del cerro permitió la construcción de un edificio que, pese a sus dimensiones, no parece mediatizado por la topografía del terreno, salvo en lo que respecta a su orientación general. Visto en su conjunto, puede considerarse como una “unidad compositiva", no exenta de “cambios de criterio” dentro de la ejecución material del edificio[13] y que presenta dos grandes subfases constructivas (II.A y II.B), en las que se mantiene el diseño general previo; a éstas hay que sumarle un conjunto de estructuras o intervenciones (grupo II.C) que, desde el punto de vista estratigráfico, son posteriores a la subfase más antigua (II.A), pero que no se encuentran en contacto con la siguiente subfase (II.B); por ello, algunas de estas estructuras podrían corresponder a esta última fase, mientras que otras podrían vincularse a subfases menores intermedias o posteriores, no diferenciadas en este esquema general.

 

El “Castillo II”, subfase II.A: el bloque occidental.

Esta primera subfase del castillo-palacio gótico fue realizada por D. Lope Fernández de Luna, como lo corrobora reiteradamente la heráldica. Tal y como se ha indicado anteriormente, las obras se iniciaron en los años 60 del siglo XIV, prolongándose después de la Guerra de los Dos Pedros.

Se corresponde con el grueso de las fábricas conservadas de la parte occidental del edificio (incluidos los dos torreones centrales), considerada actualmente como la zona palacial. Se trata de un edificio de planta ligeramente rectangular (relación ±5/4, fig. 9), de 40,1 x 31,7 m. (52 x 41 varas), articulado por un patio central, con una torre circular en cada esquina.

La torre Suroccidental, conocida como la "torre del homenaje", es la de mayor diámetro (17 m. en planta baja), aunque conserva una menor altura que la Noroccidental[14]. En el interior posee planta cuadrada, ocupada por el dormitorio señorial o las estancias privadas, con un monumental arco, una chimenea y un posible oratorio.

Las restantes torres son más pequeñas (12 m. de diámetro) y tienen planta interior hexagonal. La Noroccidental es la de mayor altura del conjunto, pero su parte superior es fruto de un recrecimiento incorporado en el grupo de estructuras II-c, perteneciendo a la época de los Ximenez de Urrea, como queda patente en el escudo de la clave; a la subfase II.A pertenece un arco de medio punto que cruza la sala (como en la “torre del homenaje”, aunque de menor luz) y un denso conjunto de mechinales asociados a una compleja armadura de madera. En el plano elaborado por Manuel Ubiña en 1838 (AGMM Z-02-16), este torreón es nominado como el de la “Sala Dorada”; y en la sección (fig. 10) que realiza del edificio se representa una armadura de madera, con un forjado de vigas encajadas en los mechinales indicados, que también descansan sobre unas ménsulas dispuestas encima del arco y que sobresalen a ambos lados del mismo. Esta configuración correspondería a la de una cubierta de tipo mudéjar, pero que, a diferencia de la conservada con motivos figurados en la capilla (subfase II.B), debía estar dorada, justificando el nombre con el que se conocía la sala[15]. El uso del dorado como elemento de prestigio no es extraño en las estructuras palaciales, como en el castillo episcopal de Valderrobres, según se desprende de la referencia a la “cambra dorada”, en la descripción de 1532 (Casabona et al., 2021b, 87). En cuanto a las otras dos torres, carecemos de información, habiendo desaparecido su parte superior[16].

Las torres estaban unidas por potentes lienzos de muralla, a los que se adosaban las salas que definían el patio central. En el ala occidental se encuentra una gran sala, de porte señorial y representativo, con chimenea, y cuya cubierta (actualmente desaparecida) se sustentaba mediante tres arcos diafragma de medio punto. En ella se abría una puerta al exterior, situada en la fachada a considerable altura. Para acceder a la misma desde el exterior, debía contar con una estructura lígnea, sustentada en ménsulas y algún mechinal, y fácilmente desmontable en los momentos de peligro. En el muro del patio, se abría una ventana gótica de tres vanos, separados por parteluces, desafortunadamente transformada en puerta.

En el ala meridional hay otra sala noble, más pequeña que la anterior, con chimenea y una cubierta sustentada mediante tres arcos diafragma; está comunicada con las estancias privadas de la torre del homenaje y tenía una ventana (actualmente transformada en ventana), originariamente geminada con arcos de tracería trilobulada y parteluz, abierta a la galería.

En el ala septentrional se encuentran distintas estancias de servicio, como la cocina, y, por debajo de éstas, el aljibe y contiguo a éste, dos estancias abovedadas destinadas a caballerizas. Por último, el ala oriental nunca llegó a cerrarse, como lo demuestra la pervivencia de parte de la estructura turriforme "e" del “Castillo I”.

En el centro de esta parte del edificio se encontraba el patio, que articulaba espacialmente el conjunto. La presencia de pilastras adosadas a los muros perimetrales indica que estaba prevista la construcción de una galería cubierta, que no debió llegar a completarse.

En ausencia de un cierre por la parte oriental, debieron mantenerse como límite de la fortaleza las estructuras del “Castillo I”, tanto las que se integraron posteriormente en el edificio de la subfase II.B, como otras que pudieran desempeñar esta función y que fueron desmontadas en esa última etapa.

Todas estas construcciones se realizaron con una sillería de excelente calidad. De forma simultánea a su construcción, se dejó una serie de "encuentros" correspondientes a estructuras previstas para fases posteriores, parte de las cuales no llegaron a ejecutarse.

Un elemento característico de esta subfase (y ausente en la II.B), son las altas y estrechas aspilleras (fig. 11) distribuidas en un número considerable por las torres Noroeste (3 que se pueden adscribir a esta fase), centro-Norte (3) y por los muros que las unen (4 en Nororiental y 1 el Noroccidental); el flanco Suroccidental no las requiere y no serían operativas, al existir una amplia terraza delante del mismo. Estos estrechos vanos, que aportan muy escasa luz a las estancias en las que se abren, otorgan un mayor carácter militar a esta subfase, acorde con el momento en el que se construyó (una fase muy avanzada de la Guerra de los Dos Pedros). La ausencia de estas aspilleras en la “torre del homenaje” y en la centro-Sur, pese a formar parte claramente de esta fase[17], podría ser indicativo de que éstas fueron las últimas estructuras construida dentro de esta subfase, y que en el momento de su erección ya se había decidido cambiar este tipo de vano por el que iba a predominar en la subfase siguiente.

Esta nueva fortaleza diferirá sensiblemente de la tradición poliorcética que otorgaba primacía al binomio torre-recinto, con una torre que dominaba sobre el conjunto. En su lugar, se aplicó lo que se ha dado en denominar el tipo “Felipe Augusto”, de planta regular, en el que el recinto adquiere un mayor protagonismo del que tenía en el modelo anterior.

 

El “Castillo II”, subfase II.B: el bloque oriental.

La segunda subfase del castillo-palacio gótico, que se corresponde con la parte oriental del mismo, también debió desarrollarse mayoritariamente durante el señorío de D. Lope Fernández de Luna (que fallece a principios de 1382), como lo demuestran los también abundantes motivos heráldicos. No obstante, debe tenerse en cuenta que Dña. Toda Pérez de Luna, su hermana y heredera, tenía unas armas semejantes; el castillo-palacio estuvo en manos de Dña. Toda hasta que se lo cede a su sobrino, hijo de su hermana Dña. María, en 1386, por lo que la continuación de las obras hasta ese año sería compatible con la incorporación de motivos heráldicos iguales a los utilizados por D. Lope.

Las juntas de fábrica respecto a la subfase II.b corroboran la existencia de una interrupción en las obras, que no necesariamente tuvo por qué ser muy prolongada. En todo caso, se aprecia un mantenimiento general del proyecto en la nueva subfase, aunque con ciertos cambios y matices, como la ya mencionada ausencia de aspilleras altas y estrechas[18] y su sustitución por unas ventanas sensiblemente más anchas y con mejores acabados; lo que refleja una cierta pérdida de la componente militar del edificio en favor de su corte palacial.

El esquema general del edificio es similar al de la parte occidental (fig. 12), salvo por la ausencia de una torre de mayor tamaño que las demás. Las dos torres “centrales” ejercen como nexo de unión entre ambas partes. La traza y dimensiones de las dos nuevas torres del flanco más oriental son similares a la de la esquina Noroccidental, con planta circular al exterior y hexagonal al interior.

En la torre Nororiental se instaló la capilla del Castillo, cubierta con una armadura de madera de limas moamares, decorada con pinturas góticas de ángeles portando velas, posiblemente vinculados a su advocación (Nuestra Señora de los Ángeles). Por debajo de ésta hay una estancia cubierta con bóveda de crucería, que pudo diseñarse como cripta para D. Lope y/o Dña. Toda, como se desprende del escudo de la clave de la cúpula. Este modelo de cripta, situada en una torre y debajo de la capilla castral, se repetirá en otros castillos-palacio aragoneses, como el de Mora de Rubielos, ya del siglo XV, perteneciente a los Fernández de Heredia. Por su parte, el cercano Castillo de Illueca también albergó los restos de D. Pedro Martínez de Luna (el “antipapa” Benedicto XIII), en una capilla situada en una torre, aunque en unas circunstancias muy distintas (originalmente, había sido enterrado en el Castillo de Peñíscola).

Los dos torreones levantados tampoco debieron alcanzar la altura prevista, quedando también otras muchas estructuras inacabadas. Aunque se completaron las fachadas de los muros perimetrales (integrando muchas construcciones del “Castillo I”), no se terminó el paramento interior de la planta superior del lienzo oriental, quedando al descubierto el alma del muro.

Tampoco llegaron a realizarse las estructuras interiores que debían delimitar el patio, aunque sí se efectuaron las "entregas" de las mismas en las estructuras construidas. Gracias a ellas, sabemos que en el ala meridional estaba prevista la construcción de una sala que iba a contar con arcos diafragma para sustentar su cubierta y que podría tener muchos puntos en común con las salas occidental y meridional de la subfase anterior.

Junto a la torre Nororiental se construyó un monumental aljibe (fig. 13), conocido como "las mazmorras". Se adosó al muro "b" del “Castillo I”, engrosándolo con un paramento de sillería; aun así, la humedad trascendió hasta el paramento exterior, degradando visiblemente el mortero de juntas y rejuntados, lo que indica que el aljibe estuvo en uso (o, al menos, con un importante volumen de agua) durante un prolongado periodo de tiempo. Esta estructura estaba formada por dos amplios vasos de sillería, cubiertos por sendas bóvedas de cañón de grandes lajas, y comunicados a través de cuatro vanos rematados con arco apuntado.

 

El “Castillo II”, estructuras II.C.

Con posterioridad a la subfase II.B se construyen una serie de estructuras encuadradas dentro del “Castillo II”, pero que son de menor entidad que las dos subfases anteriores y cuya concreción cronológica resulta más complicada Las dos más destacadas son el recrecimiento de la torre Noroccidental y la galería o “solana de los señores”[19].

La torre Noroccidental, perteneciente a la subfase II.A, fue recrecida en tiempos de los Ximénez de Urrea, tal y como queda patente en el escudo de la clave de la bóveda del recrecimiento. Data de un momento no precisado de finales del siglo XIV a las últimas décadas del siglo XV. La junta horizontal queda aún más resaltada por una apreciable variación cromática en los sillares, posiblemente por un cambio de cantera o de veta rocosa dentro de la misma. Curiosamente, en esa subfase se recuperan las estrechas y alargadas aspilleras de la subfase II.A, ya sea por mantener la tipología de los vanos existentes en la torre o por la permanente actividad bélica del siglo XV. Esta torre, en la que se encontraba la “Sala Dorada”, es la única que alcanzó la altura prevista, como lo demuestran los modillones destinados a sustentar el remate de almenas[20].

De la “solana de los señores” únicamente se conservan testimonios fotográficos (fig. 14) y planimétricos. Con este nombre se conocía la galería cubierta existente en el flanco meridional de la parte occidental de la fortaleza. Aunque dicho espacio está actualmente descubierto, en varias fotografías antiguas se documenta la existencia de los arranques de ambos extremos de una galería de arcos, uno junto al torreón central Sur (que también aparece representado en el alzado realizado por Ubiña en 1838) y otro junto al matacán anexo a la torre del homenaje; dicha estructura discurriría sobre el pretil de sillería y debía ser de ladrillo; este material es de uso abundante en la arquitectura monumental de la zona, pero está prácticamente ausente en la fábrica vista del Castillo. A falta de más información, podría datarse en un momento final de la Baja Edad Media o, con mayor probabilidad, del siglo XVI, correspondiéndose con la última construcción de la que tenemos constancia del “Castillo II”. Esta estructura guarda un cierto paralelismo con otras galerías de castillos-palacio, como el de La Aljafería (Zaragoza).

 

La fase “Ermita”.

Tras la creación del Condado de Aranda, el Castillo de Mesones debió ir quedando paulatinamente relegado a un segundo plano. Aunque no desapareció su función residencial, ésta ya no debió estar asociada tanto a los Ximénez de Urrea, como a sus representantes y administradores.

Durante las últimas décadas del siglo XVII, se producirá una importante transformación que supondrá una ruptura respecto al “Castillo II”, tanto constructiva y conceptual, como de diseño y función: la transformación de la antigua capilla castral, de carácter privado y acceso restringido, en la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, abierta periódicamente al culto y con acceso al común de los habitantes de Mesones de Isuela.

Este cambio se produce en un contexto de declive, tanto de la función militar del edificio (cuya recuperación se llegó a replantear, de forma puntual, durante la Primera Guerra Carlista), como de la estrictamente palacial (lo que no implica un cese absoluto del uso residencial). Dicho declive llevó aparejada la retirada y reutilización de materiales procedentes del edificio, ya fuera para las nuevas construcciones realizadas en su interior (como los sillares empleados en la ermita) o para uso personal de los vecinos[21].

A nivel constructivo, comprende un conjunto de estructuras situadas en el ángulo Noreste de la parte oriental del edificio, con una subfase principal y varias secundarias.

 

La Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles (subfase III.A).

Entre 1680 y 1692, se erigió la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles (fig. 15), a expensas de la Cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles y del presbítero coadjutor Manuel Gascón y Álvarez.

Reutilizó la antigua capilla del Castillo, que pasó a desempeñar las funciones de presbiterio. Se abrió el lateral occidental, construyendo un arco triunfal, cuyo intradós y jambas se decoraron con labores de yeso pintadas y con lienzos clavados sobre el paramento y con pintura mural en los fondos; en dicho vano se instaló una cancela de columnillas de madera policromada, destinada a separar el presbiterio del resto del templo.

A esta estructura se adosó la nave del nuevo templo, un edificio rectangular cuyo eje está girado 45º respecto a la orientación principal del Castillo. Se levantó con una fábrica de mampostería, con sillares en la fachada, en la parte de los laterales más próxima a ésta y en las esquinas. Consta de tres tramos divididos con arcos diafragma, que sustentan una cubierta de bóveda de cañón y lunetos, con claves decoradas con hojarasca y rosetón central. Cada arco descansa sobre una pilastra adosada con capiteles de orden corintio, con una gran cornisa de orden clásico con molduras, friso de esgrafiados y dentículos. Cada tramo se iluminaba con un óculo, cuyo alabastro ha sido sustituido en algunos casos por lienzos clavados con figuras de franciscanos. En el muro de los pies se abrió otro óculo, que quedó finalmente cegado por la construcción del coro alto.

 

Ampliaciones y reformas de la Ermita (subfases III.B).

Con posterioridad a la erección del edificio principal, en 1720 se “blanqueó de yesso mate, pintó y adornó lo fabricado”, intervención realizada a expensas del coadjutor Juan Antonio Álvarez, sobrino del que erigió el templo. En ese contexto, se crearon una serie de espacios y estructuras que completan la Ermita:

- Contrafuertes exteriores de los arcos fajones, posteriores a la fábrica de la nave, pero anteriores a la capilla del lado de la Epístola y a la sacristía.

- Capilla lateral en el lado del Evangelio, con un retablo con una talla de Cristo crucificado, con la representación del Castillo (vid. nota 6).

- La sacristía en el lado de la Epístola, entre los contrafuertes y la muralla. En ella se abrió un acceso a la cripta (estancia inferior de la torre Noroeste).

- Atrio situado a los pies; sobre sus características históricas existe disparidad en las fuentes de información. En la detallada cartografía de Manuel Ubiña (fig. 16), realizada en 1839 (AGMM Z-02-16), es muy simple, tiene poco desarrollo y es más estrecho que la fachada, con dos pilares que sustentan un tejadillo que vierte aguas hacia el Oeste; sobre dicha estructura, el frontón definido por la cubierta se encuentra ocupado por un arco de medio punto. Las fuentes más recientes ofrecen una información contradictoria en la anchura y entidad de dicha estructura[22]. En la actualidad, la estructura se encuentra aparentemente muy reformada. Se trata de una construcción con fábrica de ladrillo y tejado a triple vertiente, que tapa parcialmente el óculo abierto en la fachada de la ermita, descansando sobre dos pilares; en su parte superior alberga el coro alto adosado, que se abre al interior del templo mediante un arco de medio punto, que rompe el muro de los pies. La escalera de acceso al coro, que perfora los contrafuertes del segundo y tercer tramo.

Como función subsidiaria a la ermita, la “torre del homenaje” pasó a albergar la campana, siendo conocida en 1839 como el Torreón de la Campana (AGMM Z-02-16).

Reformas proyectadas para refortificar el Castillo de Mesones en 1839 (fig. 17).

En el contexto de la Primera Guerra Carlista, se diseñó la refortificación del Castillo de Mesones. El proyecto[23] fue elaborado en 1839 por Manuel Ubiña Sánchez (1793-1853), por entonces teniente coronel de ingenieros e infantería, que fue el responsable de múltiples proyectos militares, tanto en Aragón[24] y en otras zonas de la España peninsular, como en Cuba o Méjico.

Dada la solidez del edificio y las estructuras conservadas, las intervenciones propuestas eran bastante sencillas: la excavación de un foso con puente levadizo, situado cerca de la puerta de entrada a la fortaleza; y la construcción de un “pequeño cuerpo de guardia”, ubicado también junto a la puerta de entrada, pero ya en el interior del Castillo. En cuanto a las funciones que proponía otorgar a cada espacio, pensaba dedicar las distintas estancias de la parte occidental como alojamientos (para la tropa), indicando que no estaban concluidos (que les faltaba la cubierta). Sobre los grandes aljibes de la parte oriental indica que son “subterráneos abovedados que pueden servir para almacenes”. También se refiere a otras estructuras como el aljibe (de la parte occidental), las caballerizas, la ermita o la “puerta alta actualmente tabicada” (la que comunica directamente la sala del ala Oeste de la parte occidental con el exterior).

 

Algunas Conclusiones (fig. 18).

De esta primera revisión de las fuentes documentales existentes (tanto gráficas como escritas) y del análisis de los restos conservados se desprenden, como ya hemos visto, algunas conclusiones de carácter cronológico.

Por una parte, es indiscutible la existencia de un asentamiento previo de carácter islámico, fenómeno generalizado en las fortificaciones de la zona. A ésta le sucede una fortificación cristiana, que sin duda sería puesta en estado de defensa durante la Guerra de los Dos Pedros. Es a partir de aquí cuando, gracias al desvío de importantes fondos realizado por D. Lope Fernández de Luna en 1363, se manifiesta la voluntad de éste de realizar una construcción de gran envergadura y calidad (fig. 19); características que están presentes en todas las obras que promueve este arzobispo; y que, dado el origen de los fondos, pone en cuestión el concepto de “mecenazgo”, al menos tal y como hoy lo concebimos.

La concentración de referencias en torno a 1379, nos llevan a pensar en que las obras se encontraban en un momento avanzado.  Sólo alguien con los recursos de D. Lope podía acometer al mismo tiempo su sepulcro (Pere Moragues, 1376-1379), las obras de la capilla de San Miguel y la propia reconstrucción del palacio episcopal.

También es evidente que, tras heredar el Castillo, los Ximénez de Urrea lo utilizarán como residencia; y aunque a partir de 1393 adquieren Épila y Rueda, seguirán residiendo en Mesones, completando también algunas dependencias, como es el caso de la torre Noroeste.

Si bien la familia irá basculando progresivamente hacia áreas mejor comunicadas (Épila), el castillo mantendrá un innegable valor estratégico en el convulso siglo XV, con las luchas civiles a la muerte de Martín el Humano, los conflictos con Castilla y los problemas sucesorios del Príncipe de Viana, donde los Urrea tendrán un papel destacado.  Será después cuando empiece la decadencia del Castillo, que en el siglo XIX todavía presentaba evidentes capacidades defensivas.

 

BIBLIOGRAFÍA.

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  1. AA. (1995-2005): “Excavaciones arqueológicas en el castillo de Mesones de Isuela” Arqueología Aragonesa. Gobierno de Aragón.

VV. AA. (2013): El sepulcro de Lope Ximénez de Urrea, Vizconde de Rueda y Virrey de Sicilia (J. Criado, coord.), Zaragoza, Institución Fernando el Católico, Zaragoza.

 

[1] Son muy abundantes las referencias bibliográficas al edificio, aunque se echa en falta un estudio sistemático del conjunto. Ya a principios del siglo XX, Serrano y Sanz (1916, pp. 405-421) se refiere a la realización de obras de importancia bajo el dominio de D. Lope Fernández de Luna, aunque habrá que esperar cuatro décadas para el primer análisis detallado de la fortaleza (Abbad, 1957, pp. 390-92) y de las pinturas de su capilla (Gascón de Gotor, 1957). También hay que destacar las siempre atinadas referencias de Cristóbal Guitart (1979, pp. 131-134) y la monografía de Martínez Prades (1983), que incluye también un estudio de las marcas de cantero, recoge las referencias documentales publicadas de la bibliografía anterior.

[2] Hasta la fecha se han realizado dos intervenciones arqueológicas (expedientes 042/2005 y 253/2017), dirigidas por José Luis Cebolla Berlanga, además de un estudio de georadar a cargo de Lluis Marí i Sala en 2002.

[3] Que nos permite establecer la secuencia relativa de las obras.

[4] Consulta selectiva de fondos de distintas tipologías y archivos, con resultados desiguales:

- Archivo de la Corona de Aragón (ACA): se localizó un documento que permite datar con mayor precisión la construcción del castillo-palacio gótico y conocer la procedencia de los recursos empleados y las intenciones de D. Lope Fernández de Luna.

- Archivo Histórico Provincial de Zaragoza (AHPZ): Expediente posesorio del siglo XIX que aporta importante información sobre el último periodo del castillo, su expolio y vicisitudes jurídicas. El fondo relativo a las casas de Híjar-Aranda es abundante.

- Centro Geográfico del Ejército (CGE) y Archivo General Militar de Madrid (AGMM): distintas versiones del Croquis del Pueblo de Mesones en Aragón, distrito de Calatayud y del Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones, todas ellas de Manuel de Ubiña, 19-8-1839.

- Otros archivos consultados: Histórico Nacional (AHN) y Diocesano de Zaragoza (ADZ).

- Como complemento a las anteriores fuentes, se efectuó una recopilación de noticias de prensa de los años 20 y 30 del siglo XX.

[5] Que corrobora la atribución de gran parte del edificio a Don Lope Fernández de Luna (sin descartar su continuación por Doña Toda, su hermana, pues los escudo aparecen sin timbre episcopal), a la par que ha permitido ampliar la duración de las obras, gracias a la presencia de las armas de los Ximénez de Urrea, pertenecientes a los herederos del arzobispo (clave de la cúpula del torreón Noroeste).

[6] Se conserva en la antigua capilla castral, actual Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles del Castillo de Mesones. Se trata de una vista de Jerusalén, inspirada en la fortaleza, que se encuentra incorporada en el retablo del Crucifijo (siglo XVIII). En ella, además de las estructuras conservadas, se representan elementos que no han subsistido hasta nuestros días, como el recrecimiento y coronación de varias torres. Aunque, a grandes rasgos, las partes conservadas están bien representadas en el retablo, la presencia de ciertas discordancias nos obliga a ser prudentes a la hora de valorar la información que proporciona sobre los elementos no conservados. Algunos de los remates pudieron ser inventados por el autor, al estar la estructura incompleta y/o no conservarse ya en ese momento parte de la misma.

[7] Este Plan Director ha sido promovido por la Dirección General de Cultura y Patrimonio del Departamento de Educación, Cultura y Deporte (Gobierno de Aragón). Ha sido realizado por un equipo interdisciplinar dirigido por el arquitecto Pablo de la Cal Nicolás y formado por (en orden alfabético): José A. Alfaro Lera (arquitecto), José F. Casabona Sebastián (historiador del Arte y arqueólogo), David Cerezo Zanuel (arquitecto y arquitecto técnico), José J. Corzán Serrano (arquitecto y arquitecto técnico), Javier Hernando Labella (arquitecto y arquitecto técnico), Javier Ibáñez González (doctor en Historia y arqueólogo), Carlos Labarta Aizpún (doctor arquitecto), Sergio Latre Palacios (arquitecto y arquitecto técnico), Mercedes Núñez (restauradora), Gabriel Oliván Bascones (arquitecto) y Encarna Ripollés Adelantado (restauradora).

[8] AHPZ P/4-42-27. El Nobiliario de Aragón de Pedro Garcés de Cariñena, manuscrito que contiene anotaciones de Zurita y Blancas, al tratar de los Luna de Luceni, ya incluye a los Alcalá dentro de la genealogía de esta rama. Del manuscrito de Garcés de Cariñena hay edición de I. Ubieto Artur, (Anubar, 1983)

[9] Garcés de Cariñena señala que tanto el hermano como el padre de D. Lope Fernández de Luna, murieron como consecuencia de operaciones militares al servicio la monarquía. 

[10] El propio palacio episcopal de Zaragoza, quemado por los mercenarios de Bertrand du Guesclin que luchaban a favor de Aragón (sic), fue reconstruido con fondos primiciales, detrayendo porcentajes de las asignaciones destinadas a la reconstrucción de las diversas parroquias, una vez pasada la guerra. Bajo algunos repintes, también se aprecian las armas de D. Lope en alguno de los forjados.

[11] Garcés de Cariñena (fl. 70v.); en el mismo nobiliario (fl. 49v.) se indica el deseo del arzobispo de que los herederos siguieran utilizando las armas de Luna-Vidaurre, algo que no ocurrió,

[12] Sobre estos aspectos genealógicos de la Casa de Urrea se recogen abundantes referencias documentales en el estudio sobre la sepultura del que fue Virrey de Sicilia (VV. AA., 2013).

[13] Presentes en numerosos “encuentros” que se dejaron para enlazar muros que debían ejecutarse en fases posteriores, pero que finalmente, o no se realizaron, o bien se construyeron en otra posición contigua, pero diferente a la prevista. Estos “cambios de criterio” resultan comprensibles si se tiene en cuenta que se trata de una obra de gran amplitud, ejecutada durante varias décadas en distintas fases.

[14] No obstante, en la representación del retablo del Crucifijo (vid. nota 6), aparece con un coronamiento de almenas sobre el que se alza un cuerpo, actualmente inexistente, cubierto mediante una improbable cúpula.

[15] Resulta sugerente pensar en una cubierta decorada al estilo de la capilla de San Miguel de La Seo de Zaragoza, promovida también por el arzobispo D. Lope.

[16] En el citado retablo del Crucifijo (vid. nota 6), la torre central Norte aparece rematada con una incierta cubierta cónica. Por el contrario, la torre central Sur parece tener un alzado parecido al actual y poseer un remate de almenas, con una apariencia más creíble que la anterior. Los planos de Ubiña de 1838 (AGMM Z-02-16), no proporcionan información relevante al respecto.

[17] La torre centro-Sur presenta clara una junta de fábrica con el paramento que enlaza con la torre Sureste.

[18] Pese a contar con flancos con una exposición similar o superior a la subfase II-A.

[19] Además de estas dos estructuras, hay otras de menor entidad y más difícil datación. Todas ellas se sitúan en la parte occidental del Castillo, siendo posteriores a la subfase II.A. Una característica común a varias de ellas es la utilización de técnicas constructivas, aparejos y/o materiales distintos a las fases "seriadas". Esta circunstancia también podría estar en relación por su situación dentro de zonas "de servicio" del Castillo. En ese sentido, el ejemplo paradigmático es el del muro que separa las salas "A" de la "H", uno de cuyos paramentos es de sillar (el que da a la sala noble "A") y el otro de una combinación de tapial y mampostería (el de la sala de servicio "H").

[20] En 1838, Ubiña (AGMM Z-02-16) representa también el pretil que se alzaba sobre dichos modillones, aunque no los merlones, que ya debían haber desaparecido.

[21] Como se indica en la documentación de 1853 (AHPZ, P/4-042-48). Ese pudo ser el destino de la cubierta de la Sala Dorada (Torreón Noroccidental), que aún se conservaba en 1838, momento en el que fue representada por Ubiña (AGMM Z-02-16).

[22] En los planos realizados por José Manuel Lorente Junquera (entre 1940 y 1960), el atrio tiene poco desarrollo y la misma anchura que la fachada (AHPZ-P-002991-002 y AHPZ-P-002991-002). En los efectuados en 1961 por el Arquitecto Conservador de los Castillos Españoles se representa un atrio de menor anchura que la fachada y de mayor desarrollo que los anteriores, pero, aparentemente, en ruinas,

[23] Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones, elaborado por Manuel Ubiña en 1839. AGMM Z-02-16.

[24] Calatayud, Camarillas, Castillo de Aliaga y villa de Cantavieja.

Figura 2. Planta. Detalle del “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).
Figura 3. Sección A-B-C. Detalle del “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).
Figura 4. Fase “Castillo I”, planta baja.
Figura 5. Paramento que sustenta la galería. Archivo Coyne (AHPZ).
Figuras 6. Identificación de las estructuras de la vista de Jerusalén del retablo del Crucifijo (arriba) en una fotografía aérea (abajo, P. Julve / Archivo Qualcina).
Figura 7. Escudo de Luna-Vidaurre sobre el acceso izquierdo de la sala “A”. Los motivos festoneados que lo encuadran indican una clara jerarquización del conjunto heráldico del castillo.
Figura 8. Escudo de los Urrea. Armorial de Aragón, fol. 246 (AHPZ).
Figura 9. “Castillo II”. Parte occidental o zona palacial, construida en la subfase II.A.
Figura 10. Torre Noroeste y detalle constructivo: arco (1), ménsulas (2), vigas (3) y tablazón y pavimento (4). “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).
Figura 11. Dos aspilleras del muro Nororiental.
Figura 12. “Castillo II”. Parte oriental, construida en la subfase II.B.
Figura 13. Vaso meridional del gran aljibe.
Figura 14. “Castillo II”, subfase C: Detalle de los restos que se conservaban de la galería (Archivo Coyne, AHPZ ).
Figura 15. Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles.
Figura 16. Ermita. Detalle del “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).
Figura 17. Refortificación del Castillo durante la Primera Guerra Carlista. Estructuras preexistentes: “J. Puerta principal. Y. Rampas de la entrada principal”. Obras previstas: “L. Foso y puente levadizo que se proyecta. M. Pequeño cuerpo de guardia que se proyecta”. Detalle del “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).
Figura 18. Síntesis de fases constructivas del edificio actual.
Figura 19. Vista desde el Suroeste. Detalle del “Plano, perfil y vista del Castillo de Mesones”, Manuel Ubiña, 1839 (AGMM, Z-02-16).

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