
Detalle del Plano de Fortanete (1981) en el que se ha redibujado el Castillo de Fortaner (líneas moradas). Fuente: ICEARAGÓN.
Publicado en: Castillos de Aragón, 47, Zaragoza, 2024, 21-28
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad
El castrum vocatur Fortaner está encaramado en un pequeño espolón, que sobresale al pie del imponente cerro del Frontón. Sus estructuras se extienden desde la cumbre aplanada (a 1.407 m.s.n.m.) hasta las últimas casas del Barrio Alto del casco urbano de Fortanete (a 1.365 m.s.n.m.), salvando un desnivel de más de 40 m. Además de dominar visualmente buena parte del valle más ancho del Maestrazgo Turolense, durante el medievo controlaba un importante nudo de comunicaciones dentro de este territorio, caracterizado por una sucesión de sierras que solo se podían atravesar, no sin cierta dificultad, por un limitado número de puertos de montaña. A los pies del Castillo, confluían los principales caminos que articulaban el Maestrazgo occidental y unían esta comarca con la Sierra de Gúdar, las tierras altas de Mosqueruela, el valle del Alfambra y la ciudad de Teruel[1].
Las estructuras visibles en superficie.
Lo primero que sorprende en la fortaleza, es su peculiar planta triangular, a la que ya nos referiremos con más detalle en siguientes apartados (figs. 1ª y 2ª). En su vértice septentrional, sobre la cumbre del cerro, se encuentra un primer grupo de construcciones[2], que conforman un edificio con forma de “L” (fig. 3ª). Es el resultado de la agregación de tres bloques constructivos, realizados en distintos momentos. La parte más antigua se corresponde con una potente torre (fig. 3ª, A), de unos 9 m. de lado por unos 4 m. de altura conservada. Su base está formada por una fábrica de sillares irregulares, algunos de ellos con apariencia de haber sido reutilizados, que se alterna con piedras de mediano tamaño (fig. 4ª); en las esquinas aún se conservan sillares mejor tallados y de grandes dimensiones; por encima de la base, hay un recrecimiento con mampostería más irregular y de menor tamaño. Sus gruesos muros están perforados por varias aspilleras adinteladas, delimitadas por piedras escuadradas; actualmente están semienterradas por los rellenos generados por los derrumbes, presentes tanto en el interior, como en el límite exterior de la construcción. También se detecta la traza de una ventana, posteriormente tapiada.
En la parte Noroccidental se agregó un segundo bloque (fig. 3ª, B), de unos 5 por 8 m., que se comunicaba con el anterior a través de un vano del que tan solo subsiste un hueco informe. Sus paramentos interior y exterior estaban forrados por sillería de buena calidad, que ha sido arrancada en su mayor parte, dejando al descubierto el núcleo de cal y canto (fig. 4ª); los muros de este espacio agregado se encuentran perforados por un interesante conjunto de aspilleras, algunas en ángulo, delimitadas con sillería de buena calidad, con derrame interior, y cubierta con arco ligeramente apuntado (fig. 5ª).
De la ampliación Nororiental (fig. 3ª, C) casi no se conserva nada en superficie, al haberse arrancado los sillares o mampuestos de ambos paramentos del muro, dejando al descubierto su núcleo de cal y canto. Se trataba de una estructura de planta ligeramente trapezoidal, de unos 7 m. de lado. En el resto de la cumbre y en la parte superior de la ladera se detectan otras estructuras, destacando un muro perimetral, bien conservado en la parte septentrional, formado por una fábrica de mampostería de hiladas regularizadas, trabada con mortero de cal.
Desde este vértice, parten tres muros[3]. Dos de ellos (el occidental y el “central”), forman parte de la traza más antigua, mientras que el muro oriental corresponde a una ampliación. El muro occidental (fig. 2ª, 2) es el mejor conservado; está realizado con mampostería de hiladas regularizadas, trabadas con mortero de cal, aunque en algunos tramos sólo se conserva una fábrica de cronología posterior, de mampostería de mala calidad, sin mortero. La parte antigua está perforada por numerosas aspilleras con poco derrame (fig. 6ª). También se conservan abundantes mechinales, lo que indica la existencia de edificios adosados al paramento interior del muro; éstos se dispondrían de forma escalonada, observándose en algún caso incluso recrecimientos. Al final de esta estructura se encuentran los restos de un torreón de planta rectangular (fig. 2ª, 3), de unos 8 por 6 m., que reforzaba la defensa del vértice Suroccidental del conjunto; sus muros se encuentran muy deteriorados, al haberse arrancado buena parte del revestimiento de los paramentos, conservando el núcleo de cal y canto.
Tanto el muro “central” como el oriental se encuentran mucho peor conservados[4]. El muro “central” (fig. 2ª, 4) debía tener unas características similares al occidental; pero la mayor parte de la fábrica visible en superficie se corresponde con una fase tardía, de mampostería sin mortero de cal; en su extremo meridional también debió existir un torreón (fig. 2ª, 5), sobre el que pivotaría la defensa del ángulo Suroriental hasta la ampliación del conjunto; sus restos, identificados en el Vuelo Americano, serie B (1956, fig. 7ª), se encuentran actualmente mimetizados entre las casas del Barrio Alto. El muro oriental (fig. 2ª, 6), que se corresponde con la ampliación, descansa en algunos puntos sobre grandes bloques de piedra y posee una factura peor que los otros dos.
Por último, no es visible en superficie la mayor parte del muro que cerraba el flanco meridional (fig. 2ª, 7), enmascarado (cuando no destruido) por las primeras casas del casco urbano. A diferencia de los anteriores, debía presentar una traza curva, siguiendo las curvas de nivel de la ladera
En cuanto al espacio delimitado por todas estas estructuras, presenta una importante pendiente; está abancalado, generalmente con terrazas con ribazo de tierra; pero también hay algún muro de mampostería, en algunos casos aparentemente asociado al recinto y a las construcciones que antaño ocuparon este espacio.
Una primera cuestión: un conjunto de grandes dimensiones.
A falta de un detallado estudio documental y arqueológico, hay algunas características del Castillo de Fortaner difíciles de explicar. Una de ellas es su gran extensión; incluyendo la ampliación oriental y las partes bajas ocupadas actualmente por el caserío, el conjunto supera los 18.000 m2 de superficie, duplicando incluso el tamaño de los grandes castillos conventuales de la provincia.
Evidentemente, esta característica responde a que no solo se concibió para la defensa de un enclave geoestratégico. La opción más probable es que, al igual que en el caso del Castillo de Cedrillas y otras muchas fortificaciones de la provincia, el conjunto también albergara el caserío de la aldea, lo que permitiría asimilar los muros que descienden por la ladera con el recinto amurallado del caserío medieval.
Aunque la posición pudo ser conquistada en tiempos de Alfonso II de Aragón, fue Pedro II el que donó el “castrum meum, quod vocatur Fortaner” a la Orden de San Juan (1202). En esos momentos, aún formaba parte de la primera línea defensiva de la frontera Suroriental del reino, como lo demuestra que en los límites del territorio asociado se tomasen como referencia las vertientes de las aguas, salvo “hacia la tierra de los sarracenos, que tenga por términos cuanto los freires pudieran ocupar o ensanchar”. En estas circunstancias, no parece muy verosímil asociar un recinto tan extenso con las gentes potencialmente asentadas junto al mismo, en las fases tempranas de este primer castillo.
Un siglo después, en la carta de franquicias dada por los sanjuanistas en 1302, se hace referencia a una antigua carta de población, otorgada por la Orden del Hospital, que se había “perdido”, no mencionándose las circunstancias de dicha desaparición, ni citándose a personas que la hubieran conocido; de hecho, Mª Teresa Iranzo[5] duda de la existencia real de dicha carta de población. Pero, aún en el caso de que existiera, ésta debió otorgarse mucho antes de esa referencia, unos años o pocas décadas después de pasar a manos de los sanjuanistas, momento para el que la superficie indicada seguiría siendo excesiva.
Durante la segunda mitad del siglo XIII, Fortanete fue creciendo, hasta alcanzar una considerable pujanza. Es a partir de este momento cuando se multiplican las referencias documentales a este enclave; y es en ese contexto cuando se concede la citada carta de franquicias de 1302. En el monedaje de 1397, pese a la grave crisis de mediados del siglo XIV (peste negra, invasión castellana, declive económico), Fortanete contaba con 209 “vecinos fiscales”, cifra que podría equivaler a más de 500 habitantes; y aunque una parte de ellos viviría en las masías del término, el número de personas residentes en la villa superaría con creces el actual (209 habitantes en 2022). Es, precisamente en esa etapa, cuando cobra todo el sentido la existencia de un recinto amurallado tan amplio.
Una segunda cuestión: una peculiar traza singular.
La traza geométrica del Castillo de Fortaner resulta bastante extraña, especialmente si se tiene en cuenta que no se desarrolla en un espacio llano, sino que se superpone a la ladera de un cerro en una ladera con casi el 28 % de pendiente. Los muros occidental y “central”, que definen el recinto más antiguo, son dos laterales rectilíneos de 152,5 y 151 m. de longitud, respectivamente; el ángulo entre ambos muros es de 74º. El tercer muro (meridional) no era rectilíneo, sino que parecía ajustarse aproximadamente a las curvas de nivel del terreno, lo que le confiere al conjunto una forma más próxima a una porción de una circunferencia, que a un triángulo perfecto; en todo caso, la distancia entre los extremos meridionales de los muros occidental y “central” es de unos 182,50 m.
Un hecho importante a destacar, es que la traza resultante no aprovechaba bien las posibilidades defensivas de la topografía. Se renunció a la ventaja que ofrecía un recinto adaptado a las curvas de nivel (como el que pudo existir en la etapa más antigua), permitiéndose que la cota del interior y el exterior del recinto fuera similar en dos de sus tres flancos. Además, para conferirle esa geometría fue necesario renunciar a una parte de la cumbre, que quedaba fuera del espacio delimitado, dejando espacios difíciles de batir desde la fortificación (los situados al pie del escarpe de la parte de la cumbre excluida), así como una pequeña explanada delante de las defensas, de la que podría beneficiarse el atacante; esta extraordinaria anomalía se subsanó al ampliar el recinto con el muro oriental.
Pero no todo eran desventajas en esta traza; además de su aparente perfección geométrica (que sería fácilmente perceptible a cualquier observador que viera la posición desde una cierta distancia), la orientación del “vértice” de la cumbre hacia el Norte convierte al espacio delimitado en una “solana perfecta”, quedando fuera de los límites del espacio establecido todos aquellos sectores de la ladera con menor insolación. En este sentido, la traza sería muy favorable para situar un núcleo de población (una vez salvado el problema de la pendiente), en uno de los territorios más fríos de la provincia.
Primeras hipótesis de trabajo.
El contexto histórico y la presencia de ciertas disparidades entre las estructuras conservadas en la cumbre y el resto del recinto triangular, sugieren un desarrollo más complejo de esta fortaleza del que inicialmente podría suponerse. Creemos que la torre de planta cuadrada podría corresponderse con el castillo donado por Alfonso II a la Orden de San Juan; en torno a él, sobre la cumbre aplanada, se asentaría el Fortanete primigenio (fig. 8ª), creado en los años siguientes y protegido por un primer recinto amurallado (fig. 9ª); allí se debió construir la iglesia de Santa María (que figura en las Rationes de 1280), en cuyo portegado se reunía el concejo. Conforme se fue incrementando el número de habitantes, éstos se fueron instalando en la parte superior de la ladera meridional del cerro, al amparo de la fortaleza, pero fuera de ésta. Lógicamente, se dispondría en la zona de mayor insolación, huyendo de las laderas Norte, Este y Oeste
En 1302, cuando se vio la necesidad de “regularizar” el tema de la carta de población (perdida o inexistente), Fortanete ya debía estar formado por un caserío considerable, Pese a la crisis de mediados de dicha centuria, este núcleo seguía manteniendo un número de pobladores considerable. Es en este contexto, o poco antes, cuando debió existir la necesidad de crear un extenso recinto amurallado, siendo objeto de una ampliación (posiblemente poco tiempo después), de forma que incluso podría cumplir la función de refugio de los ganados en caso de peligro. Dado que se prima la traza geométrica y con una mejor insolación por encima de consideraciones poliorcéticas, creemos más factible que la construcción de este recinto se acometiera en fechas más próximas a 1302 que a la Guerra de los Dos Pedros (fig. 10ª).
La importancia otorgada a la geometría en este diseño no es un caso anómalo; basta recordar el auge del urbanismo ortogonal durante buena parte del siglo XIII, parejo al desarrollo de técnicas de agrimensura que servían de necesario soporte. No podemos dejar de mencionar a Arnau de Vilanova (c.1240 – c.1311), que desarrolló sus trabajos en la Corona de Aragón y cuyos conocimientos se perpetuaron gracias a La Siensia de destrar y la Siensa d’atermenar, obra escrita por Bertrand Boysset (c.1355 - c.1416) a partir de un trabajo previo de Arnau. También es significativo que Ramón Beltrán[6], en su estudio sobre el urbanismo de los núcleos de población aragoneses durante la Edad Media, presente un modelo teórico de “villa de señorío”, con alto contenido simbólico, que recuerda de forma muy clara al del Castillo de Fortanete, aunque con una componente menos geométrica
En el caso en el que nos encontramos, resulta lógico suponer qué tanto en la elaboración de la traza a partir de la configuración topográfica del asentamiento, como en su plasmación sobre el terreno, participaron una o varias personas con conocimientos en agrimensura.
Las medidas de los laterales conservados de la parte antigua del recinto triangular se ajustan bien a una longitud de 200 varas turolenses (153,6 m), con un margen de error máximo del 1,8 %, bastante escaso si tenemos en cuenta la orografía del terreno (con una pendiente media de casi el 28 %). Dado que el lateral meridional no era recto, sino que se ajustaba, al menos en parte, a las curvas de nivel, la traza resultante del recinto se parecería más que a un triángulo isósceles, a una porción de círculo o “sector circular”, en la que los radios se corresponderían con los muros conservados y el arco con el muro meridional. En ese sentido, hay que destacar que el ángulo formado por los dos muros conservados (74º) no difiere en exceso al de 1/5 parte de circunferencia (72º), lo que podría indicarnos cual fue la traza teórica de la que se partió para realizar el recinto: un sector circular equivalente a 1/5 parte de una circunferencia de 200 varas de radio, cuyo “vértice” (formado por los dos muros conservados) estuviera orientado hacia el Norte, definiendo una amplia e inmejorable solana.
Epílogo: el Castillo de Fortaner durante las Guerras Carlistas.
No tenemos constancia de que el Castillo de Fortaner se viera finalmente involucrado en ninguno de los conflictos bélicos que asolaron el territorio durante la Baja Edad Media. Sin embargo, la estratégica ubicación con que contaba Fortanete como puerta de entrada al corazón del Maestrazgo, provocó que durante las Guerras Carlistas ocupara un papel destacado. Al estallido de la Primera Guerra Carlista, la población se mantuvo fiel a la Reina, lo que le ocasionaría no pocos problemas. La accidentada orografía y sus cerrados pinares, hicieron de su territorio un lugar propicio como refugio carlista. Cabecillas, de la talla de Carnicer, Quílez, El Serrador, Montañés, Forcadell o Cabrera, visitaron en numerosas ocasiones la localidad para exigir raciones con las que avituallar a sus tropas. Las columnas isabelinas, que operaban con base en Teruel, tendrían muchas dificultades para proteger a las poblaciones leales.
En las inmediaciones de Fortanete tuvo lugar una destacada batalla en agosto de 1836. Tras la derrota de Albaida (25 de julio), el carlista Quílez se refugió en Valdelinares. En su persecución, el general isabelino Soria se dirigió a Villarroya, pensando que el enemigo tomaría el camino de Villarluengo o Fortanete. Sabiendo que el 4 de agosto Quílez se dirigiría a esta última población, Soria se le adelantó. Sus hombres llegaron a Fortanete a las 9 de la mañana, poco antes de que por el camino de Valdelinares descendiera el dirigente carlista con sus tropas y bagajes. El general Soria ordenó a los cazadores ocupar el Castillo de Fortanete y un cerro próximo. Mientras, la caballería y 3 batallones de infantería cargaban contra los carlistas, que tomaron posiciones en un risco. Allí recibieron varias cargas, siendo atacados por el flanco derecho por los cazadores, hasta provocar su retirada en dirección a Cantavieja. En el choque, Quílez sufrió 80 muertos y 150 heridos, perdiendo sus 4 mejores compañías de granaderos y cazadores. El día siguiente Ramón Cabrera atacó Villarluengo, viéndose obligado a retirarse sin lograr su objetivo.
Fortanete volvería a adquirir protagonismo en julio de 1837 con motivo de la Expedición Real. La comitiva recorrió tierras catalanas, valencianas y aragonesas, antes de encaminarse hacia Madrid. El grueso de las tropas de don Carlos se establecieron en Cantavieja, La Iglesuela y Mirambel. El general liberal Espartero trató, junto con el general Oráa, de interceptar la expedición carlista. Para ello se presentó en Fortanete el 30 de julio. Aunque forzó el repliegue de las avanzadillas carlistas, no podría impedir el avance del gran ejército carlista hacia Madrid.
En el otoño de 1839, O’Donnell estableció en Fortanete su cuartel general para atacar los últimos baluartes carlistas del Maestrazgo. Pero, el mal tiempo y la falta de avituallamientos impidieron la operación. A ese momento corresponde el Croquis de las inmediaciones de Fortanete (1-11-1839), realizado por Francisco de Alemany y Gil de Bernabé, por entonces joven capitán de ingenieros, y que llegó a mariscal de campo durante la Tercera Guerra Carlista. En dicho croquis se refleja la traza parcial del Castillo y del muro y torre de la fortificación antigua (fig. 12ª).
En abril de 1840 fue el marqués de las Amarillas quien ocupó Fortanete con 5 batallones de infantería, 2 escuadrones de caballería y una batería de montaña. La localidad fue fortificada y en ella se establecieron los almacenes de retaguardia para el sitio de Cantavieja.
Durante la Segunda Guerra Carlista, el infante don Alfonso, hermano del pretendiente Carlos VII, fue nombrado jefe del ejército carlista del Maestrazgo. El 28 de junio de 1874 desde Fortanete le ordenó a Marco de Bello atacar Teruel, operación que terminó en derrota. Todavía en una casa de Fortanete se conserva una sala llamada “de la Infanta” por alojarse allí la infanta Doña María de las Nieves de Braganza.
Tras estos episodios bélicos, el castillo se sumió en la ruina, acompañada de un proceso de reutilización de los materiales, que le ha llevado a presentar la apariencia que actualmente tiene.
[1] Valga como ejemplo, que en la leyenda del Croquis de las inmediaciones de Fortanete. Levantado y dibujado por el Capitán de Ingenieros Don Francisco de Alemany (Fortanete 1 de Noviembre de 1839), aparecen diferenciados los caminos de: la Cañada [de Benatanduz], carretero de Aliaga, Villarroya [de los Pinares], carretero de Cantavieja, Mosqueruela, Cantavieja [posiblemente más antiguo que el carretero], Cantavieja [posible confusión con el camino de La Iglesuela del Cid], Mirambel, Linares [de Mora] y Allepuz. Y que esta nómina no era exhaustiva, ya que no se recogen algunos otros recogidos por las minutas cartográficas previas al primer mapa 1/50.000, como los caminos de la Sierra, Valdelinares (al menos dos rutas diferenciadas), Pitarque y otros muchos más que desde el casco urbano se dirigen a distintas partidas y masías de este municipio.
[2] Pese al sistemático trabajo de Cristóbal Guitart, esta fortificación no aparece referida en ninguna de sus publicaciones. Pese a tratarse de una estructura muy visible, posiblemente pensó que se trataba de la ermita de Santa Bárbara (situada, en realidad, junto a la carretera dirección Villarroya); esta posible confusión responde a un error cartográfico que se detecta por primera vez en los mapas 1/25.000 del IGN, no estando presente en las anteriores minutas del 1/50.000, de las primeras décadas del siglo XX. De hecho, esta ermita aparece bien posicionada (aunque sin citar advocación) en el Plano de la población de Fortanete de 1918, elaborado por el Instituto Geográfico y Estadístico.
[3] A estos muros sí que se refiere Guitart como una ancha muralla, de tierra entre sendas paredes de piedra, que parece de los tiempos de las guerras carlistas (GUITART, C., 1987, Los castillos turolenses, IET, Teruel, pág.48). La descripción no es correcta (el núcleo de estos muros es de cal y canto; tampoco lo es su datación, como lo demuestra, entre otras cosas, que Francisco de Alemany se refiere a ellos como “fortificación antigua” en 1839.
[4] En el Croquis de las inmediaciones de Fortanete. Levantado y dibujado por el Capitán de Ingenieros Don Francisco de Alemany (Fortanete 1 de Noviembre de 1839) únicamente aparecen el Castillo y el muro y torre de la fortificación antigua, que pueden identificarse con el muro occidental y la torre Suroriental. El hecho de que no figura ni el muro “central”, ni el oriental, es indicativo de que en 1839 ya se encontraban muy deteriorados y carecían de interés militar.
[5] IRANZO, Mª T. (2000), “La carta de franquicias de 1302 de Fortanete (Teruel)”, Aragón en la Edad Media, 16, Zaragoza, pp. 411-424.
[6] BELTRÁN, R. (1992), La forma de la ciudad. Las ciudades de Aragón en la Edad Media, Delegación en Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón, Zaragoza, p. 391.

Ortofotografía vuelo PNOA 2021: 1.- Edificio principal. 2.- Muro occidental. 3.- Torre Suroccidental. 4.- Muro “central”. 5.- Zona en la que se encontraba la torre Suroriental. 6.- Muro Oriental. 7.- Restos del muro meridional.

Fotografía aérea perpendicular del edificio principal: A.- Torre antigua. B.- Bloque Noroccidental. C.- Bloque Nororiental. D.- Muro “central”.

Lateral occidental del edificio principal, en el que se aprecia la antigua torre (derecha) y el bloque Noroccidental (izquierda).

Aspillera semienterrada de la ampliación Noroccidental.

Muro occidental del recinto, perforado por aspilleras y con abundantes huellas de mechinales.

Fotografía aérea del Vuelo Americano (Serie B) de 1956, en el que se identifica mejor la torre Suroriental

Cumbre aplanada, en la que se pudo asentar el Fortanete primigenio.

Edificio principal y restos de la muralla que rodeaba el primer recinto.

Vista aérea del Castillo de Fortaner desde el Sureste.

“Villa de señorío” (BELTRÁN, 1992, 391).




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