El “Castillo” de El Castellar, la fortaleza equívoca

Vista aérea del casco urbano de El Castellar, presidido por el Cerro del Castillo (Pedro Julve / Archivo Qualcina).

Publicado en: Verde Teruel, n º 57, Teruel, 2022, pp. 56-61

Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

En la parte más alta del casco urbano de El Castellar, se yergue un sólido edificio de sillería. Ocupa el extremo septentrional del alargado Cerro del Castillo, que domina el caserío. En la mayor parte de las guías y de la información turística sobre este municipio, se indica que se trata del antiguo castillo.

La atribución se encuentra muy asentada, incluso entre los propios habitantes del municipio; pero este edificio no es el Castillo, sino la antigua Iglesia, que durante cuatro centurias ejerció las funciones de parroquial.

 

Unos orígenes marcados por las confusiones.

La confusión entre la antigua iglesia y el castillo no es la única equivocación, ni la más grave, que nos podemos encontrar cuando se trata de recabar información histórica sobre este municipio. Un error muy ampliamente difundido, es el de confundir El Castellar con otro enclave homónimo situado muy cerca del río Ebro, aguas arriba de Zaragoza, que fue fortificado por el rey Sancho Ramírez el año 1091; el objetivo de este monarca era el de hostigar la capital de la taifa islámica de Sarakusta. Obviamente, El Castellar turolense, situado a cuatro jornadas a caballo de Zaragoza, nada tiene que ver con dicha fortaleza.

En verdad, sabemos muy poco sobre los orígenes de El Castellar turolense. La aldea cristiana se situó junto a las ruinas de un antiguo enclave fortificado andalusí, de una cierta entidad. Pero, tras la conquista aragonesa de este abrupto territorio, su creación debió demorarse varias décadas. Las primeras referencias fiables a El Castellar datan del último cuarto del siglo XIII. Con anterioridad, existe la referencia a una aldea situada en el alfoz de la Villa de Teruel, conocida como Agucinto de Castello, con la que podría identificarse; su repoblación fue autorizada por el rey Jaime I el 29-11-1257, que encomendó esta misión a Domingo Escolar de Teruel.

Sea como fuere, desde sus orígenes, El Castellar aparece ligado a la Villa de Teruel, formando parte de su Comunidad de Aldeas. El núcleo de población primigenio debió ocupar la mayor parte de la cumbre del Cerro del Castillo, así como la parte alta de sus laderas (el “Barrio Alto”), una posición más fácilmente defendible en caso de peligro.

En el monedaje de 1342 tenía 110 vecinos fiscales, una cifra muy elevada que podría equivaler a no menos de 275 habitantes, cinco veces más de los existentes actualmente. La Peste Negra, la Guerra de los Dos Pedros y la profunda crisis económica subsiguiente redujo drásticamente la población hasta los 65 vecinos fiscales (más de 160 habitantes), en el monedaje de 1385. Durante la centuria siguiente la población prácticamente se estancó, y en 1495 tenía 37 fuegos (en torno a 185 habitantes).

 

La antigua Iglesia de El Castellar.

Durante aproximadamente tres siglos y medio, el edificio que se suele confundir con el Castillo, ejerció las funciones de iglesia parroquial, Sin duda, durante todo ese periodo fue la construcción más relevante del municipio.

El templo tiene una perfecta orientación canónica, con cabecera al Este y pies al Oeste. Su planta absidial nos retrotrae a la tradición románica; en ese sentido, llama la atención la calidad de su fábrica de sillería, trabada con mortero de cal, que es muy superior a la habitual en las escasas iglesias de repoblación conservadas en la provincia. Poseía una sola nave y cubierta a doble vertiente. La portada, con arco de medio punto, se encuentra en el muro meridional, mientras que en el occidental, en la zona de los pies, se abría una aspillera. En su interior, un arco triunfal debía marcar la separación entre el ábside y el resto de la nave, conservándose bancos tallados en la roca junto a los muros laterales. La parte principal de este edificio debió construirse en la segunda mitad del siglo XIII o a principios del XIV. En las Rationes de 1280, la iglesia de El Castellar tributaba al Arciprestazgo de Teruel.

En un momento posterior, posiblemente en las últimas décadas del siglo XIV o ya en el XV, el edificio se recreció, utilizando una sillería más tosca. En la fachada septentrional se dispuso una fila de cuatro aspilleras, otorgándole una apreciable función defensiva. Para explicar el motivo de la incorporación de este tipo de elementos, es necesario tener en cuenta el contexto en el que se produjo este recrecimiento; durante la segunda mitad del siglo XIV se produjo la terrible Guerra de los Dos Pedros, que supuso la invasión castellana de buena parte del Sur de Aragón; y gran parte del siglo XV estuvo marcado por la inestabilidad y los conflictos dinásticos, con frecuentes ataques e incursiones por todo el territorio. Además, a lo largo de todo ese periodo ya no debía quedar casi ni rastro de la vetusta fortificación islámica que dio nombre al municipio; y la iglesia debía ser, con diferencia, el edificio más sólido del núcleo de población; el único con una cierta capacidad defensiva si las cosas iban mal dadas, y era necesario refugiarse en algún sitio.

La incorporación de estos elementos defensivos no implicó el cambio de función del edificio, que durante dos centurias siguió con su cometido religioso; en ese sentido, podríamos hablar de “iglesia fortificada”, pero nunca de “castillo”.

Junto a la antigua iglesia y, posiblemente, en el interior de la misma, se encontraba el cementerio. Testimonio del mismo es la curiosa colección de lápidas discoidales descubiertas hace casi cuatro décadas, durante las obras de rehabilitación del edificio.

 

El traslado de la iglesia.

El siglo XVI fue muy propicio para El Castellar. La cumbre y las laderas del Cerro del Castillo debieron considerarse como un espacio estrecho e incómodo, produciéndose el paulatino traslado del caserío a su emplazamiento actual (“Barrio Nuevo”); el traslado del núcleo de población desde su posición original hacia zonas más llanas y amplias, fue un hecho habitual en la zona, registrándose en otros municipios cercanos, como Cedrillas, Alcalá de la Selva y Gúdar. Pero en el caso de El Castellar, además se acometieron importantes obras de urbanización, para adecuar mejor el nuevo espacio; se encauzó y cubrió parte del barranco del Cárcavo, construyendo sobre el mismo la Casa Consistorial (hacia 1570) y creando una amplia plaza; este alarde técnico y económico sólo tiene parangón en la zona en el caso de la villa de Mora de Rubielos y, en fechas sensiblemente más tardías, en Rubielos de Mora.

En ese mismo contexto, a finales del siglo XVI o principios del XVII se construyó la nueva iglesia parroquial (el actual templo de San Miguel), de mayor amplitud que la anterior y situada en el interior del nuevo caserío.

Esas fechas fueron de especial apogeo para El Castellar. Cuando en marzo de 1611 el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña paso por sus proximidades, indicó que tenía 110 vecinos, entre 500 y 550 habitantes. Esta cifra, equivalente a diez u once veces la población actual, es sorprendentemente alta; especialmente si la comparamos con 1.200 vecinos (5.400 a 6.000 habitantes) que Labaña indica para la ciudad de Teruel.

En cuanto a la vieja parroquial, ésta pasó a un segundo plano. Inicialmente debió transformarse en ermita de Santa Bárbara. Pero en fechas avanzadas de la Edad Moderna se construyó una nueva ermita en sus proximidades, con un amplio pórtico y siguiendo los modelos habituales para estos edificios en este territorio y momento, que debió sustituir definitivamente al viejo templo medieval.

Es posible que este vetusto edificio volviera a ser utilizado durante la Primera Guerra Carlista, en este caso con función exclusivamente militar, tras lo cual debió quedar aún más maltrecho.

A mediados de los años 80 del siglo pasado, se acometió su rehabilitación con fines residenciales.

El verdadero castillo de El Castellar

El topónimo El Castellar se vincula a la existencia de una antigua posición fortificada andalusí, que debía tener una cierta entidad. Se situaba en la parte central y meridional del Cerro del Castillo, que separa el barranco del Cárcavo del río Castellar. Se encontraba en una posición estratégica, que controlaba uno de los caminos que unía el Altiplano de Cedrillas-Monteagudo con la Depresión de Sarrión, a través de las hoyas de Mora. Este emplazamiento ya había sido ocupado más de dos milenios antes, durante la Edad del Bronce.

Se conservan muy escasos restos visibles de la antigua fortaleza, aunque Cristóbal Guitart indicaba en 1988 que se habían descubierto “los cimientos de largos muros, de piedra, pudiendo así identificarse la planta, muy alargada y estrecha, de longitud superior a los 100 metros”. Entre los restos visibles, destaca un foso excavado en la cantera, que parte en dos el Cerro del Castillo, separando la fortaleza del espacio actualmente ocupado por la antigua iglesia. También hay diversas entalladuras, cazoletas y canalillos tallados en la roca arenisca, cuya cronología resulta difícil de precisar.

La antigua iglesia parroquial sobresale por encima del caserío.
El Castellar es un emplazamiento estratégicamente situado en pleno corazón de la Sierra de Gúdar. El Portillo de Ramiro visto desde la parte alta de la antigua iglesia.
Este edificio de planta absidial fue reformado a mediados de los años 80 del siglo pasado.
La portada del antiguo templo.
Vista Noroeste de la antigua iglesia, en la que se aprecian las dos fases históricas y la asociada a la rehabilitación; el muro septentrional (izquierda) está perforado por cuatro aspilleras y el occidental (derecha) por una.
Estela discoidal aparecida durante la rehabilitación de la antigua iglesia.
Colección de estelas discoidales, situadas en una de las zonas donde pudo instalarse el antiguo cementerio.
La fortaleza andalusí se situaba en la parte central y meridional de la cumbre del Cerro del Castillo. La construcción cilíndrica marca la posición en la que pudo situarse el antiguo castillo.
Restos del antiguo foso, parcialmente colmatado, que parte en dos el Cerro del Castillo.
Una de las múltiples entalladuras, cazoletas y canalillos tallados en la roca arenisca, que se conservan en el Cerro del Castillo.

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