El castillo de Albarracín VT

Publicado en: 2017, Verde Teruel, n º 44, Teruel, pp. 50-53

Antonio Hernández Pardos y Jesús Gerardo Franco Calvo

 

Cualquiera de los visitantes que acuden a la población de Albarracín queda impresionado por el entorno físico en el que se sitúa el casco antiguo de esta localidad, en lo alto de un peñasco rocoso protegido por el cañón que el río Guadalaviar ha ido excavando en las duras calizas jurásicas.  Allí donde no existían defensas naturales, se levantó una poderosa y elevada muralla, a ambos lados del torreón del Andador, que constituye uno de las imágenes icónicas del pueblo.  Sin embargo, el castillo pasa casi desapercibido, posiblemente debido a la ausencia de estructuras defensivas prominentes, que llamen la atención desde el exterior.  La razón que explica esta reducida monumentalidad, si se compara con otras fortalezas urbanas como Alcañiz, Alcalá de la Selva o Mora de Rubielos, hay que buscarla justamente en las defensas naturales y el recinto amurallado con el que contó Albarracín durante gran parte de la Edad Media. 

El castillo está situado sobre una meseta rocosa de planta ligeramente triangular que emerge de la muela en forma de media luna delimitada por el cauce del río.  Ocupa toda la cima, con una superficie de 0,36 Ha, y queda perfectamente delimitado por un escarpe vertical que imposibilita el acceso, excepto por el lado NE, donde se ubica el único paso de entrada.  Como inmueble histórico que es, ocupado durante unos cuantos años y sometido a continuas transformaciones, el aspecto actual responde a su dilatada historia, cuya última etapa corresponde con la excavación arqueológica y restauración realizada en dos fases, 1992-1996 y 2004-2006.

Las fortalezas son, ante todo, espacios de poder, construcciones que exigían un importante esfuerzo financiero y de mano de obra, que sólo podían disponer los grupos sociales dominantes en cada período.  Eran levantadas para servir a la clase dirigente del momento, como residencia y espacio de protección, pero, al mismo tiempo, la propia existencia de recintos fortificados lograba comunicar y ejercer el poder sobre el resto de la población.  Los trabajos arqueológicos desarrollados han permitido recuperar un voluminoso y variado conjunto de elementos constructivos y objetos que demuestran la sofisticación de las sociedades medievales.  El recinto del castillo es gestionado por la Fundación Santa María de Albarracín, y una selección de las piezas puede ser contemplada en los Museos de Teruel y Albarracín.

La historia de la localidad de Albarracín parece iniciarse hacia el siglo X, cuando el clan de ascendencia beréber de los Banu Razin –de donde procede dicho topónimo- se han consolidado como uno de los gobernantes de la Marca Media (el valle del Ebro y sierras limítrofes), apareciendo citado en el año 955 Merwan b. Hudail b. Razin como qaid o jefe militar del territorio del Alto Jiloca. A partir de aquí, el devenir de la ciudad y de su fortaleza quedó claramente vinculado con el de aquel linaje, sobre todo a partir de inicios del siglo XI, con la insurrección de los poderes regionales frente al debilitado califato omeya de Córdoba. Con la disolución del estado cordobés, el clan de los Banu Razin  pasa a convertirse en la dinastía de emires de la taifa de Santamariyyat al-Sarq, es decir, Santa María de Oriente, desde el año 1012/1013 (403 de la héjira) hasta el 1104. La nueva dinastía necesitaba una medina o capital, y una alcazaba como sede de su soberanía, y para ello van a elegir este estratégico emplazamiento situado junto al Guadalaviar.

Por ello, es en el primer tercio del siglo XI cuando se construyó la alcazaba de Albarracín, el primitivo castillo, un recinto fortificado que acogió, además,  la residencia familiar y los espacios de prestigio propios de un espacio palatino.  Gracias a la investigación arqueológica, hoy día se puede observar una buen parte de las construcciones con las que se dotó.  Si bien su recinto amurallado no tuvo que ser muy llamativo, en su interior se construyeron dos conjuntos residenciales que sobresalen por su arquitectura.  En la zona mas elevada del castillo, con vistas al interior de la población y a la antigua mezquita –actual catedral-, se erigió una gran vivienda con cuatro alas en torno a un patio central, que ocupaba una superficie en planta de 300 m2.  Albergó la residencia principal, y contaba con un pequeño hamman dotado de una sala caliente de vapor, que pone en evidencia el carácter ritual que acompañaba la vida diaria del soberano de la taifa de Albarracín.  Este edificio quedaba precedida por el E de un amplio espacio abierto a modo de explanada o jardín, y todo ello, envuelto en un anillo de edificaciones.

En cambio, en el lado sur, y con vistas al exterior, se erigió un complejo palatino distinto, formado por tres viviendas y un gran almacén o alhóndiga.  En el caso de las casas,  todas organizadas en torno a un patio central, sobresale una de ellas, por sus dimensiones y porque su patio tenía un pórtico con tres arcos.  Constituye un extraordinario ejemplo de arquitectura palatina del siglo XI, y demuestra que, a pesar de sus reducidas dimensiones –menos de 1/4 de la provincia de Teruel-, la taifa de Albarracín supo emular a los grandes centros de poder peninsulares, como Sevilla y Zaragoza.

A partir de inicios del siglo XII, la crisis política de al-Andalus y el avance del reino de Aragón debieron provocar la  perdida demográfica en Albarracín, aunque su interés estratégico como plaza defensiva se mantiene por parte de los aragoneses en su expansión hacia el Levante y la salida al mar.  Sin embargo, otro señor feudal, el navarro Pedro Ruiz de Azagra se adueñó del territorio de Albarracín hacia 1170, provocando una fuerte conflictividad con el señor Molina y el rey de Aragón, quien decidió fundar Teruel para asentar su expansión.  La arqueología ha demostrado como la antigua alcazaba fue reocupada a partir de finales del siglo XII por una población ajena al uso social que tenían las viviendas palatinas, coincidiendo con la nueva etapa histórica de Albarracín.  Los nuevos ocupantes del castillo, pertenecientes al grupo social caballeresco de los Azagra, fueron sometiendo al castillo a sucesivos cambios de poca entidad –lo que demuestra la escasa capacidad económica que tenían-, que, sin embargo, eliminaron los elementos decorativos islámicos.  Más llamativos son los ajuares cerámicos aportados por esta población, recuperados en las excavaciones arqueológicas. 

En el segundo tercio del siglo XIII, el señorío de Albarracín pasó vía matrimonio a manos de la familia Lara, que desarrolló una política hostil hacia el rey Pedro III de Aragón.  Este conflicto desembocó en la llamada guerra de Albarracín, que se consumó con un ataque y asedio a la ciudad por parte de las tropas aragonesas en 1284, que finalizó con la rendición de Albarracín y el fin del señorío.  Los efectos físicos del asedio debieron ser cuantiosos, y, según relata el cronista Jerónimo de Zurita, el rey Pedro III, tras procurar la repoblación de la villa, mandó reparar el castillo y fortificar las torres y muros.  Es a partir del reinado de Jaime II cuando hay que situar la reconstrucción del sistema defensivo de la ciudad, que vino a sustituir y ampliar el erigido en la primera mitad del siglo XI.

Teniendo en cuenta la posición estratégica de Albarracín en la frontera con Castilla, las obras en el recinto amurallado continuaron en el contexto de la Guerra de los Pedros.  Estas obras, de enorme envergadura, supusieron la reconstrucción de la muralla del castillo, para lo cual fueron desmantelados muchos de los viejos muros con el fin de reaprovechar su piedra.  A partir de este momento, el castillo queda convertido en alcázar feudal al servicio del monarca, al cual se destinará a una guarnición militar encomendada a un alcaide, que ya en 1285 contaba con un total de 20 escuderos, además de caballos y criados.  Para alojar y dar servicio a esta población militar se erigen nuevos edificios aptos para estos usos, como los recintos descubiertos en la zona alta y junto a la muralla sur, que nada tienen que ver con la arquitectura de prestigio que caracterizó el siglo XI.  El castillo se mantuvo en uso, aunque su papel fue decayendo a lo largo del siglo XV. 

Esta pérdida de utilidad trajo consigo la decadencia física del inmueble, y quizás su abandono.  Así lo expusieron en 1557 los procuradores de Albarracín, que denunciaron ante el rey Felipe II al conde de Fuentes, alcaide del castillo, por no repararlo “el cual está muy mal parado y a punto de derrumbarse si no se pone rápido remedio”.  Sabemos que poco después un albañil local, Joan López, realizó obras en la fortaleza “en el comerdocillo que está junto a la cocina, la escalerilla que sube al piso superior situado sobre la cocina, una puerta para la escalera nueva de piedra, y una capilla”. Arqueológicamente se ha constatado esta última fase constructiva, limitada a reparaciones interiores en la residencia principal.

A esta época pertenece la única descripción que conocemos de la fortaleza, realizada por Baltasar Cristóbal Novella en 1581: es de gran edificio y acomodada habitación, muy torreado assi hazia la parte de la ciudad como de todo su ámbito, tiene su barbacana y tres puertas y una plaza dentro del harto copiosa y dos muy buenos algibes en los quales el agua pluvial se recoge y se guarda para el servicio de dicha casa.  Este aspecto es el que debieron conocer las tropas reales de Felipe II que ocuparon este castillo en 1586, un contingente formado por más de doscientos hombres capitaneados por Alonso Zamoguera.  Esta ocupación militar formó parte de la respuesta de la Corona al conflicto con el reino de Aragón, cuyo máximo exponente fueron las alteraciones de las comunidades de Teruel y Albarracín de 1590 y 1591.  Una vez sometidos los insurgentes e impuesta la autoridad del rey, el castillo de Albarracín parece que quedó abandonado definitivamente.

Tras este período, el castillo comienza un progresivo deterioro, acelerado por el expolio de los materiales constructivos –rejas, puertas, tejas, maderos, piedras, losas, etc.-, constatado arqueológicamente.  El interior del castillo, transformado en un erial a consecuencia de la ruina generalizada, será completamente aterrazado para destinarse al cultivo a partir de finales del siglo XIX, cuando pasa a manos privadas.

Esta trayectoria de declive va a cambiar radicalmente a inicios del siglo XXI, con la excavación arqueológica y la restauración del monumento, que se ha convertido en la actualidad en uno de los puntos de interés histórico de Albarracín.  Constituye, además, uno de los más interesantes castillos de Aragón, al haber albergado una residencia palatina de época andalusí, testimonio casi único junto con la Aljafería de Zaragoza, lo que permite diferenciarlo de la mayoría de fortificaciones medievales aragonesas.

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