Cutanda, la batalla olvidada

Vista aérea de Cutanda con el castillo en primer término.

Publicado en: 2023, Castillos de Aragón, n º 38, Zaragoza, 2019, pp. 28-44

Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

Pocas batallas han resultado tan trascendentes para el devenir de la Historia y, a la vez, tan olvidadas, como lo ha sido la de Cutanda. Pero, pongámonos en antecedentes para baremar la trascendencia de este acontecimiento histórico que hizo cambiar el curso del proceso reconquistador en el Reino de Aragón.

Nos encontramos en el reinado de Alfonso I, el soberano que habría de proporcionar un impulso al proceso reconquistador aragonés como ningún monarca lo había hecho hasta entonces. De ahí el sobrenombre con el que pasó a la posteridad: “El Batallador”. Si hacemos caso a lo afirmado en la Crónica de San Juan de la Peña “non ovo tan buen caballero que veynte nueve batallas venció”. La cita anterior supone toda una declaración de intenciones y refleja a la perfección la vocación militar que presidió la vida de este soberano desde que se produjo su ascensión al trono.

Tan pronto fue nombrado rey en 1104, al suceder a su hermano Pedro I, su prioridad máxima fue incrementar los territorios que había recibido de él por medio de la adquisición de nuevos dominios a costa de los vecinos musulmanes. Sus líneas de actuación se centraron en dos frentes principalmente. El primero de ellos lo constituyeron los territorios orientales del Reino de Aragón, a la búsqueda de lograr la ansiada salida al mar a la altura de Tortosa. Una de sus grandes metas vitales era poder apoderarse de una plaza costera en el Mediterráneo que le permitiera embarcar con destino a Tierra Santa. El segundo de los frentes sobre los que habría de concentrar sus esfuerzos era en el avance hacia el Sur, con las miras puestas en la conquista de Zaragoza, preciada ciudad que controlaba el valle medio del Ebro y principal obstáculo que se interponía en la expansión aragonesa.

Tras los numerosos avatares derivados de su matrimonio con la reina Urraca de Castilla, que le obligaron a prestar atención durante muchos años de forma exclusiva a la cuestión castellana y que quedan al margen del contenido de esta ponencia, por fin en 1118 Alfonso I estuvo en condiciones de poder acometer el ansiado ataque sobre Zaragoza. De forma previa ya se había apoderado de todas las plazas que le prestaban cobertura a la capital del Ebro. Tras varios meses de asedio, en el mes de diciembre de ese año sus defensores aceptaban capitular. La captura de Zaragoza, consideraba la plaza musulmana más importante de todo el Norte peninsular, supuso un antes y un después para el Reino de Aragón. Hasta ese momento sus dominios quedaban reducidos a la actual provincia de Huesca y al territorio de las Cinco Villas, siendo incapaz de progresar más hacia el Sur. Pero, con la reciente conquista el equilibrio de fuerzas en la región había cambiado radicalmente.

La caída de Zaragoza arrastró consigo la de muchas otras plazas de su entorno más inmediato, que aceptaron capitular ante la imposibilidad de poder hacer frente al ejército aragonés. Pero, también se rindieron algunas tan sumamente alejadas de la capital del Ebro como Alcalá de la Selva o Gúdar, enclaves ambos ubicados en las serranías turolenses orientales. La victoria cristiana había provocado el desmoronamiento de la frontera musulmana al Sur del Ebro, precipitando la capitulación de numerosas plazas dependientes de ella. Sólo algunas de las grandes urbes, caso de Calatayud, se mantuvieron firmes en su propósito de resistir al ejército de Alfonso I.

Precisamente, el soberano aragonés no tardaría en poner sus miras sobre este último objetivo, iniciando el asedio de Calatayud durante la primavera del año 1120. Contra todo pronóstico, la reacción almorávide tras la pérdida de Zaragoza se demoró mucho en el tiempo, más allá de un año desde que la capital del Ebro pasara a manos cristianas. No fue hasta el invierno de 1119-1120 cuando los almorávides organizaron una contraofensiva de entidad destinada a tratar de recuperar el terreno perdido en el Norte. Fue entonces cuando Alí ibn Yusuf, el segundo emir almorávide, ordenó a su hermano Ibrahim ibn Yusuf, que ostentaba el cargo de gobernador de Sevilla, la reunión de un poderoso ejército.

El objetivo de la fuerza que se aprestó era la de tratar de revertir la situación en el Nordeste peninsular, cuyo deterioro parecía imparable desde la caída de Zaragoza en poder cristiano. Si bien la capital del Ebro había actuado como un tapón frente al expansionismo aragonés, tras su caída los acontecimientos se estaban precipitando a pasos agigantados. Ninguna urbe de la región tenía la suficiente entidad como para poder contener a Alfonso I, que no había dejado de proseguir con sus conquistas durante el último año. La llegada de un ejército almorávide desde el Sur parecía la única opción capaz de salvar la situación, pues en el Norte los musulmanes carecían de suficientes efectivos como para hacer frente a las fuerzas aragonesas.

Además de las tropas reunidas en Sevilla, durante el camino de la fuerza expedicionaria almorávide hacia el Norte se le fueron sumando contingentes militares de diversas procedencias, como Granada, Murcia, Valencia, Lérida y Molina de Aragón. Numerosos voluntarios acudieron también a la llamada de la guerra santa, hasta completar un total de 5.000 jinetes y cerca de 10.000 infantes, según Ibn Idari.

Con la información de que disponemos actualmente no es posible afirmar con rotundidad si la fuerza expedicionaria almorávide tenía como objetivo la recuperación de Zaragoza o ya bien buscaba un enfrentamiento campal con el ejército de Alfonso I, que en ese preciso momento se encontraba sitiando la plaza de Calatayud. Lo más probable es que el principal destino del ejército reunido fuera la capital del Ebro, cuya reciente ocupación y abundante población islámica quizás podría facilitar la reocupación almorávide. Sin embargo, la verdadera amenaza en ese momento era el ejército de maniobra aragonés, por lo que tampoco resulta descartable que el objetivo fuera su neutralización. Eliminadas las fuerzas cristianas capaces de socorrer a las plazas fuertes recién tomadas, su conquista habría resultado sumamente fácil.

Ya fuera de una forma o de otra, y probablemente nunca lo sepamos, Alfonso I optó por no esperar al ejército almorávide acampado ante los muros de Calatayud y levantó el asedio para salir al encuentro de las tropas que avanzaban desde el Sur. Ambas fuerzas terminarían tomando contacto en Cutanda el 17 de junio de 1120, saldándose el choque con una clara victoria cristiana en la que el ejército musulmán resultó casi totalmente destruido. Las consecuencias de la jornada de Cutanda no se harían esperar. La principal de ellas fue la salvación de Zaragoza de ser reconquistada de nuevo por los musulmanes, lo que permitió consolidar la conquista efectuada poco más de un año antes.

Por otro lado, la derrota del ejército en quien habían cifrado sus posibilidades de socorro, también provocó la rápida caída de todos los enclaves que seguían resistiendo en los valles del Jalón y del Jiloca. Plazas de la entidad de Calatayud se rendía en cuestión de días. Si hacemos caso al cronista Jerónimo Zurita, la toma de esta urbe se produjo el día 24 de junio, tan sólo una semana después de la derrota almorávide en los campos cutandinos. Quizás cuando las autoridades calatayubíes tuvieron confirmación cierta de la derrota de la fuerza expedicionaria enviada desde el Sur, y que constituía la única oportunidad efectiva de recibir socorros, aceptaran abrir negociaciones y capitular frente al Batallador. 

Mayores dificultades plantea dilucidar cuándo se produjo la conquista de Daroca. Algunas fuentes hablan de una conquista inmediata justo después de la de Calatayud y como consecuencia también de la batalla de Cutanda. No obstante, la información disponible al respecto es todavía más parca a la hora de abordar esta cuestión, pues hasta 1122 no está plenamente documentada su presencia en poder cristiano. Así pues, la conquista debió producirse entre el verano del 1120 y junio de 1122.

Tras la ocupación de Daroca las tropas de Alfonso I debieron seguir avanzando por el valle del Jiloca hacia el Sur, llegando en su avance hasta Monreal y Singra. Precisamente, en la primera de estas localidades El Batallador fundaba la Militia Christi de Monreal, orden militar a la que le sería asignada la defensa del espacio fronterizo del Sur del Reino y cuya creación tendría una enorme trascendencia. Gracias a estos últimos avances se daba un paso de gigante en la apertura de la ruta en dirección a Levante.

Pero, lo que resultaba más importante a nivel geopolítico, es que el triunfo de Cutanda marcaría el comienzo del declive del poder almorávide en la Península, que hasta ese momento había contado por victorias la inmensa mayoría de las campañas militares que había lanzado contra los dominios cristianos, y especialmente contra el Reino de Castilla. Esto le permitiría al Batallador realizar una expedición por territorio andaluz durante los años 1125 y 1126 y en las sus tropas incluso llegaron a acampar ante los muros de la ciudad de Granada. Tras unos meses operando por territorio enemigo regresó de nuevo a Aragón llevando consigo varios miles de hombres con los que repoblar los últimos territorios conquistados. Así pues, la trascendencia de la batalla de Cutanda parece incuestionable para entender el devenir del Reino de Aragón.

Actualmente se está trabajando con el horizonte “Cutanda 2020”, año en que se conmemorará el 900 aniversario de la batalla, y para el que se ya se ha diseñado un amplio programa de actos. Desde la Asociación Batalla de Cutanda se está trabajando en diferentes líneas de actuación, todas ellas complementarias. 

  • Localización y estudio de los restos generados por la batalla.
  • Excavación arqueológica, restauración y puesta en valor del Castillo de Cutanda.
  • Creación del Centro de Interpretación de la Batalla de Cutanda y de la Reconquista aragonesa.
  • Consolidación de la recreación anual de la batalla y realización de un macroevento recreacionista el año 2020, de forma similar al que ya se realizara en su día para conmemorar el 800 aniversario de la batalla de Las Navas de Tolosa.

El primero de los aspectos en los que se está trabajando es en la localización del campo de batalla. Para tratar de acercarnos al conocimiento de este enfrentamiento disponemos de dos vías que resultan complementarias: las fuentes históricas y los restos arqueológicos.

En cuanto a las fuentes históricas, contamos tanto con fuentes cristianas como con musulmanas, lo que nos permite acercarnos a este acontecimiento desde los dos puntos de vista, desde el de los vencedores y desde el de los vencidos. Sin embargo, todas ellas resultan excesivamente parcas a la hora de relatar lo sucedido.

Las fuentes cristianas medievales que mencionan la batalla de Cutanda son cronológicamente las siguientes:

  • Chronique de Saint-Maixent (finalizada hacia 1141). Esta crónica cuenta cómo el rey de Aragón Alfonso I fue auxiliado por el conde Guillermo de Poitiers en el enfrentamiento. Señala también que en la batalla fue derrotado Ibrahim ibn Yusuf y otros cuatro reyes musulmanes, muriendo 15.000 musulmanes y siendo capturados numerosos prisioneros y 2.000 camellos, además de otras bestias “sin número”. También recoge que a raíz del enfrentamiento se sometieron al rey aragonés un gran número de castillos.
  • Manuscrito del Fuero General de Navarra (entre 1205 y 1209). Únicamente cita la batalla.
  • Anales Toledanos I (anterior a 1219). Únicamente cita la batalla.
  • Annales Compostellani (escritos antes de 1248). Menciona la destrucción de un gran número de castillos moros y la conquista del castillo de Cutanda. El año en que señala que aconteció la batalla es el de 1118.
  • Crónica de los Estados peninsulares (hacia 1305). Esta fuente señala que Guillermo de Poitiers participó en el enfrentamiento con un contingente de 600 soldados a caballo. Refiere también que en la batalla murió el hijo de Amiramamolín y un gran número de moros. Y en este manuscrito es donde se refiere por primera vez la expresión “y por esto se dice peor fue lo de Cutanda”.
  • Crónica de San Juan de la Peña (1369-1372). Aporta una información idéntica a la anterior, por lo que procedería de esa fuente previa o ambas de otra común.

En cuanto a las fuentes musulmanas, proporcionan una información diferente y que en muchos aspectos resulta complementaria respecto a la proporcionada por los textos cristianos.

  • El Bayan, de Ibn Idari. Este autor señala que el ejército almorávide agrupaba contingentes militares procedentes de Lérida, Granada, Murcia, Molina y de otras tierras cercanas, así como voluntarios de todo al-Andalus. El mando de esta fuerza, que agrupaba unos 5.000 jinetes y cerca de 10.000 infantes, lo ostentaba Ibrahim ibn Yusuf. Según Ibn Idari Alfonso I recibió la ayuda de Imad al-Dawla, al que los almorávides habían destronado en 1110 del reino de Zaragoza. Esto le permitió reunir al soberano aragonés un ejército de 12.000 jinetes y gran cantidad de infantes, lo que por tanto le otorgaba superioridad numérica. Esta cifra, manifiestamente hinchada, es utilizada para tratar de justificar la derrota.
  • Muyam al-Buldan (entre 1225 y 1229) de Yaqut al-Hamawi. Menciona la batalla, indicando que en ella murió el cadí Abu Ali al Hasayn.
  • Al-Athir. Es un cronista oriental que nunca visitó la Península Ibérica, por lo que sitúa de forma imprecisa la ubicación de Cutanda. La localiza cerca de Murcia y señala que en la batalla murió Abu Abd Allah al-Farra.
  • Al-Maqqari (1590-1631). A pesar de su lejanía en el tiempo con los hechos narrados, pudo tener acceso a numerosas fuentes hoy desaparecidas Indica que en la batalla murieron cerca de 20.000 voluntarios musulmanes, pero nadie del ejército regular islámico. Sí que señala la muerte de Abu Ali al-Sadafi y Abu Abd Allah al-Farra.

Como se puede apreciar a tenor de la información aportada por las fuentes anteriores, existe una enorme disparidad entre ellas, especialmente en lo que se refiere al número de combatientes. Según Ibn Idari los efectivos que acompañaban al soberano aragonés ascendían a 12.000 jinetes. No obstante, esta cifra se encuentra claramente sobredimensionada, siendo como mucho los efectivos participantes una cuarta parte de ese número. Una primera aproximación al número de participantes la proporciona el dato de que el conde Guillermo de Poitiers, uno de los mayores potentados que acompañaban a Alfonso I, marchara acompañado únicamente por 600 jinetes. Además de las tropas montadas, acompañarían al Batallador un número indeterminado de infantes difícil de precisar.

Lo que sí que parece claro es que los almorávides gozaban de una clara superioridad numérica, probablemente de entre 3 a 1 o incluso 5 a 1. Esa disparidad de fuerzas fue la que pudo llevar a Alfonso I a tratar de utilizar alguna estratagema para derrotar al enemigo, pues en condiciones normales habría tenido muchas dificultades para hacerlo. Una importante incógnita que quedaba por resolver es si el enfrentamiento, acecido el 17 de junio de 1120, fue una batalla campal al uso o por el contrario un ataque por sorpresa sobre el campamento musulmán, buscando impedir que los almorávides dispusieran de tiempo para poder formar sus líneas.

Ya fuera de un modo o de otro, todas las fuentes, tanto las musulmanas como las cristianas, coinciden en señalar la victoria del Batallador y las cuantiosas bajas sufridas por el ejército almorávide. Según la Chronique de Saint-Maixent éstas alcanzarían las 15.000, número que incrementa hasta las 20.000 al-Maqqari. Con independencia del grado de exageración de ambas fuentes, lo que sí es seguro es que el ejército musulmán quedó casi completamente destruido. En la batalla también perecieron importantes personajes, como Abu Ali al-Sadafi, Abu Abd Allah al-Farra y Abu Ali al Hasayn.

Dada la escasez de información aportada por las fuentes, acerca de la localización exacta del lugar de la batalla o de cómo se produjo el enfrentamiento, el equipo investigador del proyecto tomó la decisión de tratar de localizar el escenario de la batalla, de cara a obtener una mayor información para conocer qué fue lo que sucedió aquel 17 de junio de 1120. Para ello, dieron comienzo los trabajos arqueológicos destinados a obtener información que ayudara a complementar lo afirmado por las fuentes documentales, proceso que se iba a topar con numerosas dificultades.

La identificación arqueológica de cualquier campo de batalla medieval resulta una tarea sumamente complicada, dadas las peculiares características que lo rodean, así como del propio proceso de su creación como registro arqueológico. En primer lugar, hay que señalar que se trata de un acontecimiento de especial intensidad, pero, al mismo tiempo, de muy corta duración. Las batallas suelen ser muy breves. Lo más normal es que duren unas pocas horas y, sólo en casos extremos, se prolongan a lo largo de varios días. Por ese motivo, y a diferencia de lo que sucede con los asentamientos utilizados durante décadas o siglos por los seres humanos, también son limitadas las huellas materiales que dejan en el paisaje.

Las evidencias de un campo de batalla se reducen, en la mayor parte de las ocasiones, al hallazgo de concentraciones de material militar de diferente consideración. Especialmente abundantes pueden resultar los proyectiles arrojados por los combatientes (puntas de flecha), así como otro tipo de armas que resultaran rotas a causa del propio combate. A ellos podrían sumarse otros elementos susceptibles de perderse en medio de la refriega, como pinjantes de caballo o elementos de adorno personal. La dispersión de todas estas evidencias puede llegar a permitir la reconstrucción de las posiciones de partida de cada una de los ejércitos, así como las distintas fases del encuentro. Rastreando las diferentes piezas se puede conocer dónde estaba cada contingente militar, cómo se produjo su avance y cuáles fueron los puntos clave donde se decidió el enfrentamiento.

Un segundo grupo de evidencias que deja un enfrentamiento armado medieval son los campamentos utilizados como base por los ejércitos contendientes. Los restos dejados por estas instalaciones de carácter temporal también resultan muy parcos, dado su escaso tiempo de ocupación. Únicamente en el caso de campamentos estables, o cuando se operaba por territorio enemigo, se construían sistemas defensivos de cierta complejidad dotados de fosos, empalizadas y se ejecutaban otras obras de consideración con el fin de proteger a sus ocupantes. Por el contrario, los campamentos de tránsito o de marcha sólo eran ocupados durante una o como máximo unas pocas noches y no contaban con ninguna obra defensiva dotada de una mínima entidad. De ahí que las evidencias que pudieran dejar sobre el paisaje resulten muy reducidas. Se limitarían a un nivel de ocupación de muy poca entidad, sobre el cual se hallarían los restos dejados durante su estancia. Éstos, básicamente, consistirían en algún recipiente roto, restos de huesos de los animales consumidos, alguna piqueta de tienda perdida y poco más.

Sólo si el campamento fue precipitadamente abandonado y/o saqueado, las evidencias se multiplican. En el espacio donde se erigía se concentrarán los restos que no pudieron llevarse consigo los vencidos en su fuga y también los materiales desestimados por los triunfadores. Lo más habitual era que los vencedores, a la hora de proceder al saqueo de un campamento, tan sólo se llevaran consigo los objetos de valor. Los recipientes cerámicos, salvo alguna pieza que destacara por su especial factura, carecían de él, por lo que serían abandonados sobre el propio terreno. Y hay que tener en cuenta que éstos serían especialmente numerosos, pues los ejércitos en tránsito llevaban consigo numerosas piezas destinadas al transporte, cocinado y consumo de líquidos y alimentos. Estas piezas resultan especialmente perdurables en el tiempo, por lo que constituirían las evidencias más abundantes. También sería posible el hallazgo, en el caso de contaran con ellas, de las piquetas metálicas de las tiendas donde se alojaron los soldados.

Así pues, el registro arqueológico de un campamento saqueado consistiría hoy en día, en el mejor de los casos, en un horizonte indiferenciado de cerámicas dispersas a lo largo de un amplio espacio de terreno, más o menos el que ocupara en su momento el campamento. Y también hay que tener en cuenta que esa dispersión se vería incrementada durante el propio proceso de saqueo, así como por los posteriores procesos erosivos y sedimentarios. En el caso del campo de batalla de Cutanda, a ello habría que sumarles los procesos de movimientos de tierras derivados de la puesta en cultivo de los campos donde pudo estar instalado el campamento.

La última de las evidencias susceptibles de proporcionar un campo de batalla son los restos humanos de los combatientes caídos en él. Pero, hay que tener en cuenta que también aquí son numerosas las opciones que pueden darse. En primer lugar, los muertos pudieron ser abandonados en el campo de batalla para que fueran devorados por los animales. Existe la constancia histórica, si hacemos caso a los autores romanos Silio Itálico y Elanio, de que pueblos como los celtíberos dejaban a los caídos en combate al aire libre para que los devoraran los buitres. Sin embargo, la decisión de dejar miles de cadáveres sin enterrar implicaba asumir un importante riesgo de epidemia.

Una segunda posibilidad era la cremación de los cadáveres. Sin embargo, esta opción también resulta poco creíble, dada la extraordinaria cantidad de combustible (ramas, matorral y madera) que se necesitaría para la quema de varios miles de cuerpos. Y, en el caso de lograr quemarlos, esto habría generado manchas de fuego y carbones de grandes dimensiones, no siendo en ninguno de los casos la cremación completa, lo que dejaría numerosos fragmentos de huesos.

La tercera, y que creemos opción más probable, es la de que se procediera al entierro de los caídos en el enfrentamiento para evitar posibles epidemias y, al mismo tiempo, ahorrarse el tener que proceder a la acumulación de grandes cantidades de material inflamable. Para la excavación de las trincheras donde arrojar los muertos se utilizaría como mano de obra a los propios prisioneros musulmanes capturados. Y, dadas las circunstancias, los enterramientos no se producirían a gran profundidad. Por otro lado, sería muy diferente el tratamiento dado a los caídos de ambos bandos. Así, los soldados musulmanes serían enterrados en fosas comunes y despojados de todo objeto de valor que portaran. Por el contrario, los cristianos serían enterrados en tumbas individuales casi con toda seguridad, de forma más cuidadosa y es probable que lo hicieran acompañados de algún ajuar funerario que variaría en función de la categoría social del fallecido.

Tal y como está documentado en otros enfrentamientos similares, tanto los posibles procesos de inhumación o de incineración, en el caso de haberse dado este último supuesto, se efectuarían a escasa distancia del lugar donde se produjo su muerte. Resulta muy poco probable que los cadáveres fueran desplazados más allá de unas decenas metros, dado el enorme trabajo que ello habría supuesto. Por lo tanto, su presencia resulta indicadora de la cercanía del lugar donde se produjo una batalla.

En los tres supuestos contemplados para el tratamiento de los cadáveres, anteriormente apuntados, sería posible la conservación de evidencias arqueológicas de los combatientes fallecidos. Éstas serán de mayor entidad y presentarán un mejor estado de conservación en el caso de los enterramientos, debido a los limitados “procesos deposicionales” que actúan durante la formación de los depósitos arqueológicos. El hecho de su protección con un nivel de tierra aumentaría las posibilidades de conservación.

Más difícil es que subsistan restos significativos en los dos otros dos supuestos. Tanto en el caso del abandono de los cuerpos como en el de su cremación, el depósito inicial quedaría muy expuesto y se iniciaría una rápida degradación por agentes biológicos y meteorológicos, de forma que, de conservarse, los restos serían muy escasos y fragmentados.

A ello hay que sumar que los restos arqueológicos que pueden sobrevivir hasta nuestros días también se encuentran limitados por la intensidad de los llamados “procesos postdeposicionales”, que son los que afectan al depósito arqueológico una vez que ya se ha formado. Éstos pueden ser múltiples, siendo los más acusados la erosión, la construcción de aterrazamientos, el desarrollo de labores agrícolas o la acción de raíces de las plantas. En el caso de Cutanda se está trabajando en un espacio enormemente antropizado y que dista muchísimo del aspecto que tendría este paisaje en el momento de la batalla.  

En el supuesto más favorable, los enterramientos estarían intactos, caso de no haber sufrido remoción alguna durante las labores agrícolas, por hallarse a una mayor profundidad. Por otro lado, si los cadáveres fueron abandonados a la intemperie únicamente tendríamos, en el mejor de los casos, un tenue nivel de huesos dispersos e inconexos en muy mal estado de conservación, por haber quedado a la intemperie durante un prolongado periodo de tiempo. En el caso de la cremación las evidencias no serían mucho mayores y podría quedar patente en un nivel de cenizas y la presencia de parte de los huesos parcialmente calcinados.

A la escasez de evidencias que puede dejar un campo de batalla para su localización, se suma el hecho de que las fuentes históricas rara vez proporcionan información con el suficiente detalle como para poder permitir la ubicación exacta del lugar en el que se produjo. Por ejemplo, en el caso de la batalla de Cutanda, que es el que nos ocupa, las fuentes contemporáneas a los hechos señalan únicamente que tuvo lugar en Cutanda, enclave que terminaría dando nombre al enfrentamiento.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la actual Cutanda (barrio pedáneo de Calamocha), poco tiene que ver con la Cutanda de principios del siglo XII en cuanto a extensión. En aquel momento era un iqlim o, lo que es lo mismo, un distrito rural musulmán. Las dimensiones de esta demarcación pudieron oscilar, aproximadamente, entre los 150 y los 300 kilómetros cuadrados. Las fuentes no especifican si el enfrentamiento tuvo lugar junto al castillo que era la cabecera principal de esa demarcación o en algún otro punto dentro del territorio dependiente de ella. Esto complica de forma considerable las dificultades de la investigación, al extenderse el espacio de la posible búsqueda a muchos kilómetros.

Desde hace ya varios años un equipo interdisciplinar está investigando la batalla de Cutanda, con el fin de tratar de localizar el lugar exacto donde se produjo el enfrentamiento de aquel 17 de junio de 1120 y tratar de desentrañar cómo sucedió. Para ello se ha recurrido, en primer lugar, a las estrategias convencionales utilizadas en el campo de la Arqueología, principalmente a la prospección intensiva y a la realización de sondeos arqueológicos. Sin embargo, dada la enorme extensión sobre la que está siendo necesario trabajar, y que es de varios cientos de hectáreas, también se están aplicando nuevas tecnologías que permitan localizar posibles evidencias. En este sentido, el proyecto Batalla de Cutanda está suponiendo un completo ensayo de tecnologías de vanguardia aplicadas al campo de la Arqueología.

Entre los recursos puestos en marcha destaca la prospección geofísica, con distintos tipos de magnetómetros, gradiómetros y georradar. Algunos de los más avanzados equipos existentes en la actualidad para teledetección han sido desplegados sobre el terreno por el Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros nº 12 de Zaragoza. También se han empleado cámaras de alta resolución y multiespectrales montadas en drones y capaces de detectar variaciones de temperatura y humedad no visibles para el ojo humano. Y, por último, la tecnología LIDAR, con el objeto de detectar micro-indicios en el relieve que puedan estar relacionados con este episodio bélico. El contraste de las evidencias proporcionadas por todas estas novedosas tecnologías no está ayudando a tratar de desentrañar lo que se encuentra en el subsuelo.

Otra línea de trabajo seguida para la búsqueda del campo de batalla es la vinculada con la red de caminos existente a principios del siglo XII y que pudo condicionar el lugar donde se produjo el enfrentamiento. Tanta importancia como la propia identificación del campo de batalla la tiene reconstruir el camino seguido por los ejércitos durante su aproximación al escenario donde habría de tener lugar el enfrentamiento. Cuestiones de diferente índole, como logísticas u organizativas, pueden resultar decisivas a la hora de determinar el lugar donde se produce una batalla. De ahí que la identificación de la red de caminos existente en este preciso momento quizás sea capaz de arrojar luz sobre el lugar exacto donde ésta tuvo lugar.

Tradicionalmente, las comunicaciones entre Teruel (lugar en el que confluyen los caminos del Levante y del Sur Peninsular) y Zaragoza, han discurrido por el Alto y Medio Jiloca para luego ascender a Campo Romanos y, desde allí, descender al Campo de Cariñena. Las campañas de Abderramán III contra los tuyibíes corroboran que éste era el camino utilizado en el primer tercio del siglo X.

Sin embargo, Cutanda queda al margen del trazado de esta vía. Se localiza junto al barranco de la Cerradilla, en la margen derecha del río Pancrudo, a más de 2 horas de distancia andando de este camino tradicional que unía Teruel y Zaragoza. Por lo tanto, no se trata de un lugar de paso dentro de esa ruta. Y, por otro lado, esta localidad tampoco se encuentra próxima al camino que se dirigía a Calatayud, de donde, si hacemos caso a las fuentes, partió el ejército de Alfonso I que combatió en los campos cutandinos.

Esta aparente discordancia entre la red viaria “tradicional” y la ubicación de Cutanda, ya sembró dudas en algunos autores acerca del marco en el que se produjo la batalla, empezando a barajarse la posibilidad de que el choque no se produjera en las proximidades de la localidad de Cutanda sino en otro lugar más cercano a esos caminos tradicionales. Y quizás se le otorgara ese nombre por la pertenencia del espacio donde se produjo a ese iqlim o incluso por ser el enclave de cierta relevancia más próximo.

Tomando como referencia este punto de partida, todavía era mucho lo que quedaba por hacer para tratar de arrojar luz sobre esta cuestión. El geógrafo al-Idrisi (1100-1165/66) refiere explícitamente en su obra que el camino entre Valencia y Zaragoza pasaba por Cutanda, lo que zanja la citada discordancia, pero introduce un nuevo elemento a tener en cuenta. Y es el hecho de que antes de que antes de tener lugar la batalla se hubiera podido producir un importante cambio en la red de caminos con respecto a la existente en tiempos de Abderramán III. Este factor no resultaba menor, habida cuenta de que el trazado de las vías de comunicación tiende a permanecer estable a lo largo del tiempo. Únicamente suelen sufrir pequeñas variaciones y ajustes destinados a facilitar un tránsito más cómodo por las mismas. Las modificaciones sustanciales en la red viaria suelen responder a importantes cambios demográficos, geopolíticos, económicos y/o medioambientales o a la construcción de importantes infraestructuras, como pueden ser puentes o vados.

Y ello nos lleva a pensar ¿qué motivos pueden explicar este significativo cambio?. A nuestro juicio, pudo obedecer a la concatenación de varios factores, algunos de índole geopolítica y otros de carácter ambiental. Es posible que ya durante el propio Califato existiera un camino que, partiendo del camino entre Zaragoza y Valencia a la altura de Campo Romanos, se adentrara por los altiplanos y las serranías turolenses hasta alcanzar la costa castellonense, comunicando esta zona directamente con la capital del Ebro, sin pasar por Sagunto. La existencia de ese camino se hizo especialmente patente tras el descubrimiento del puente andalusí de Linares de Mora, estructura ligada a un vial de entidad. Dicho camino debía de partir desde la zona de Cuencabuena con dirección a Cutanda, Pancrudo y Alfambra, desde donde ascendería por el Portichuelo de la Escorihuela para dirigirse a Alcalá de la Selva, Linares de Mora, Puertomingalvo, San Juan de Peñagolosa y Vistabella del Maestrazgo.

A partir de la disgregación política del Califato el camino pudo adquirir una mayor relevancia, al ser una alternativa muy válida a las comunicaciones entre el valle medio del Ebro y la costa Levantina. Es probable que adquiriera una especial trascendencia durante el reinado de al-Muqtadir en la taifa de Zaragoza, dada la enorme proyección de este monarca hacia el Sistema Ibérico y la costa levantina. Ésta quedó plasmada en la anexión de la taifa de Tortosa y en sus intentos de controlar la de Valencia. En ese contexto, el camino permitía comunicar directamente Zaragoza con la costa castellonense, evitando el tránsito por la zona de Teruel, controlada por la taifa de Albarracín.

El dominio zaragozano sobre una parte significativa de ese camino se mantuvo durante toda la dinastía hudí e incluso durante el efímero periodo de control almorávide. Así lo demuestra la capitulación de una plaza tan alejada de Zaragoza como Alcalá de la Selva cuando el rey Alfonso I el Batallador se apoderó de la capital del Ebro. Y además de Alcalá, también pasaron a poder cristiano de forma simultánea otras posiciones como Galve, Jarque, Pitarque y Morella. Esto quizás podría reflejar la existencia de otros ejes viarios poco conocidos, sobre los que se sustentaría el dominio zaragozano de este territorio tan alejado de su centro de poder.

Junto a las cuestiones geopolíticas que pudieron condicionar el auge de este camino, también es posible que se dieran una serie de problemas medioambientales en el Alto Jiloca que llevarían al declive de la ruta que lo atravesaba. Uno de los más importantes pudo estar en relación con el encharcamiento de buena parte de la cabecera del Alto Jiloca (lagunas del Cañizar) por la surgencia de la Fuente de Cella, de la que mana una media de 2,4 m3/seg. Se desconoce con precisión el origen de este manantial, pero sí que es posterior a la construcción del Acueducto romano del siglo I d. C. que une Albarracín con Cella. En caso contrario, habría carecido de sentido semejante obra de ingeniería. Y, por otro lado, anterior a 1195, fecha en la que se documenta la existencia de la Acequia Madre en el documento de donación de las granjas de Villar del Salz por Alfonso II al Monasterio de Piedra. La ausencia de sistemas de drenaje en una cuenca que, por entonces, debía ser prácticamente endorreica, pudo ocasionar problemas a las redes de comunicación que discurrieran por ese territorio.

Pero, si el camino del Alto Jiloca no pudo ser practicable para el ejército almorávide a causa de toda esta serie de problemas. ¿Cuál pudo ser la ruta seguida por las tropas musulmanas y con la suficiente entidad como para ser capaz de sustituirlo? La respuesta ya la aportaron hace más de un cuarto de siglo tanto Antonio Ubieto Arteta como Antonio Gargallo Moya: la clave se encontraba en lo que llamaremos a partir de este momento “Camino del Alfambra”.

La única solución viable para hacer frente a los problemas surgidos en el Alto Jiloca pasaba por aprovechar algunas de las rutas ya existentes. A tan sólo 30 kilómetros de distancia de Teruel, ascendiendo por el valle del Alfambra, se encontraba el ya mencionado camino que unía Zaragoza con la costa castellonense y que confluía en Campo Romanos con el antiguo trazado entre Zaragoza y Valencia. De ahí que sólo fuera necesario acomodar su sector inicial para su utilización. Según nuestras estimaciones, la elección del nuevo vial tan sólo suponía alargar el trayecto poco más de 3 horas con respecto al camino del Alto Jiloca, lo que es apenas un 5% en el cómputo global entre Valencia y Zaragoza, algo fácilmente asumible dadas las circunstancias.

Este posible cambio en la red viaria tradicional nos llevó a pensar que quizá resultara determinante a la hora de ayudar a dilucidar el lugar donde se produjo la batalla de Cutanda. Pero, para ello se hacía necesario llevar a cabo un estudio detallado de cual pudo ser el nuevo trazado, que quizás habría de resultar determinante en el devenir de los acontecimientos Para dicho estudio combinamos dos metodologías de trabajo que podían aportar información complementaria:

- La prospección arqueológica del hipotético trazado, así como la recomprobación de los yacimientos arqueológicos previamente conocidos en él.

- El estudio de la relación existente entre la red tradicional de caminos y los parcelarios agrícolas. Este tipo de análisis permite descartar los caminos o tramos de los mismos realizados con posterioridad al establecimiento del sistema parcelario y determinar aquellos que son coetáneos o anteriores al mismo.

Hay que señalar que la aplicación exclusiva de esta última metodología no es capaz de identificar por sí misma el itinerario seguido por el ejército almorávide, pero sí que permite una buena aproximación a la red viaria establecida en el momento de organizar el espacio agrícola de los sectores estudiados. Teniendo en cuenta que la organización de la mayor parte del mismo se asocia a la repoblación aragonesa del territorio, la determinación de estos caminos permite una aproximación a la red viaria existente menos de un siglo después de que se produjera la batalla.

Resultaba común el reaprovechamiento de los caminos y de las redes de riego durante el proceso repoblador, siempre que no entraran en contradicción con las nuevas pautas de explotación del territorio. Por ello, es posible que gran parte de las trazas antiguas identificadas existieran ya en el momento del tránsito del ejército almorávide. Otro factor que ha podido contribuir al mantenimiento de la red de caminos hasta fechas recientes es la inercia que genera el hecho de que éstos son los ejes más estables en la definición de los límites de propiedad dentro del mundo rural tradicional, correspondiendo la mayor parte de los cambios a los siglos XIX y XX, siendo éstos fáciles de identificar en la mayor parte de los casos.

De cara a los trabajos desarrollados en torno al camino, ha resultado especialmente relevante la información proporcionada por la cartografía histórica, tanto la catastral como la militar. Por otro lado, también las distintas series disponibles de fotografía aérea, entre la que destacan los conocidos como “Vuelos Americanos” A y B. Todo ello se ha complementado con el correspondiente trabajo de campo, prospectándose de forma extensiva buena parte del territorio y visitando los yacimientos ya conocidos para tratar de corroborar su cronología islámica.

Gracias a la información obtenida ha sido posible elaborar una detallada propuesta sobre el tramo final del hipotético trayecto realizado por el ejército almorávide entre la zona de Teruel y el entorno de Cutanda, lugar donde se detuvo su progresión al librarse la batalla.

La antepenúltima etapa del viaje (hacia el 14 de junio de 1120) debió tener como punto de partida Tirwal (Teruel), fortificación que todavía se discute si se ubicaría en el barrio de la Judería de la actual ciudad o en la cercana partida de Villavieja. Las tropas discurrirían durante toda esta primera parte del camino por la vega del Alfambra, concluyendo esta primera etapa en el castillo de Alfambra, hisn desde el que se controlaba un amplio distrito rural.

La penúltima etapa (15 de junio) partió del Castillo de Alfambra, abandonando el trazado del río para adentrarse por los llanos de Perales y Rillo; en la zona de El Collado (Rillo), penetró en la cuenca del río Pancrudo, concluyendo la jornada de marcha en el Castillo de Pancrudo. La última etapa (16 de junio) discurrió desde esta última posición hasta el Castillo de Cutanda, existiendo varios tramos con trazados alternativos que pudieron ser utilizados. Lo más seguro es que ascendieran por el Puerto Mínguez (Portalrubio) para evitar el Angosto de Villagarda (Torre los Negros-Alpeñés), en el que podían ser fácil presa de una emboscada. El último tramo pudo desarrollarse por el antiguo camino de Barrachina a Cutanda, o bien continuar por el río Pancrudo hasta el Camino del Prado o el del Villarejo. Es posible que, al llegar a Cutanda, se establecieran en lo que resultó ser su último campamento en Las Celadas, campos de secano situados al Sur del casco urbano, a los que nos referiremos poco más adelante.

El camino hallado en los trabajos realizados estaba jalonado por numerosos asentamientos y puntos fortificados, en los que se ha detectado la presencia de materiales arqueológicos que pueden corresponder al momento de la batalla. En su mayor parte, se trataba de un territorio densamente poblado, con apreciables recursos agrícolas y suficiente suministro de agua, hechos de especial relevancia para facilitar el desplazamiento de un ejército de grandes dimensiones y que estaba necesitado de una considerable logística.

Una vez justificada la presencia del ejército almorávide en el entorno de Cutanda, para establecer una hipótesis razonable de cómo se pudo producir la batalla es necesario analizar las tácticas de combate más habituales utilizadas por ambos contendientes, con el objeto de buscar un lugar que se acomode lo máximo a ellas. El ejército cristiano necesitaría de una superficie llana de unas ciertas dimensiones para poder poner en práctica su carga frontal de caballería. Sin embargo, y teniendo en cuenta que operaría en inferioridad numérica, el espacio, en el caso de tener opciones de elegir, debería quedar aquilatado a los efectivos con que contaba.

Por el contrario, los almorávides, dada su superioridad numérica, en caso de tener posibilidad de elección, preferirían un lugar mucho más amplio que les permitiera maniobrar y desbordar a los cristianos por sus flancos. Dado que las fuerzas cristianas fueron las vencedoras en el enfrentamiento, lo más probable es que éste tuviera lugar en un espacio favorable a sus intereses y a sus tácticas de combate. La mayor parte del entorno de Cutanda resulta demasiado accidentado como para efectuar una carga frontal de caballería con ciertas garantías, siendo pocos los espacios que reúnen las condiciones idóneas para que pudieran operar los jinetes. Estas consideraciones nos permiten aquilatar la búsqueda a una serie de espacios que reúnen esas especiales características.

Los trabajos de campo realizados hasta la fecha en el entorno de Cutanda poco a poco han empezado a arrojar algo de luz acerca de este desconocido enfrentamiento. Las prospecciones arqueológicas realizadas en Las Celadas, espacio ubicado al Sur de Cutanda, han resultado sumamente fructíferas. Fruto de ellas han sido hallados varios miles de fragmentos de cerámica islámica dispersos en una superficie de más de 20 ha. A partir de su hallazgo el equipo investigador del proyecto formuló dos grupos de hipótesis con los que tratar de explicar esa abundancia de material cerámico. El primero de ellos se basa en su posible relación con la Batalla de Cutanda, siendo el objeto del segundo la búsqueda de causas ajenas a la misma.

Con posterioridad se realizaron un total de 104 sondeos arqueológicos, destinados a recomprobar las evidencias marcadas por la prospección geofísica y a tratar de aportar información extra para ayudar a corroborar o descartar los distintos grupos de hipótesis. Los resultados han sido sumamente clarificadores. En las hipótesis alternativas, con las que se trataba de justificar los patrones de dispersión y la abundancia de materiales, se barajaron tres posibilidades:

 - Presencia de un asentamiento de notables dimensiones que hubiera sido arrasado por labores agrícolas. Pese a la densidad de los sondeos arqueológicos realizados, no se ha encontrado ninguna evidencia de la presencia de un asentamiento (construcciones, suelos) o de restos de su desmantelamiento (escombros, materiales reutilizados, etc.). Por todo esto, consideramos esta hipótesis como muy poco probable.

- Desmantelamiento de testares asociados a varios alfares dispersos. Tampoco se han identificado restos de alfares, ni de testares, pese a que estos últimos son especialmente visibles aun cuando se encuentren desmantelados. Además, tampoco se detecta la presencia significativa de cerámicas con alteraciones en su cocción, características de los testares. Es por ello, que esta hipótesis también resulta poco probable.

- Abonado de los campos mediante fiemo doméstico en época andalusí. No se ha conseguido documentar esta práctica en este periodo en ningún territorio cercano. Además, la zona considerada tampoco reúne las características más habituales para este tipo de prácticas (huertos y espacios de cultivo intensivo), por lo que esta explicación es muy poco probable.

Tras quedar descartadas todas las anteriores hipótesis, por ser poco probables, comenzamos a trabajar en la posibilidad de que esa concentración de material cerámico respondiera a un hecho excepcional, como fue la batalla de Cutanda. Pero, ahí también existían diferentes condicionantes para explicar en qué marco se pudo producir esa acumulación de piezas en un espacio tan amplio, barajándose también en este caso diferentes opciones:

- Escenario de una batalla “convencional” en la que se enfrentan dos ejércitos desplegados. Resulta muy complicado pensar que los patrones materiales descritos respondan al emplazamiento donde tuvo lugar la batalla. Hay que tener en cuenta que en los enfrentamientos campales el grueso de la impedimenta quedaba en el campamento y que los soldados llevaban únicamente lo imprescindible para combatir. Tan sólo se trasladaban con la hueste unos pocos recipientes para suministrar agua a la tropa y refrescarla. Tampoco se ha detectado la presencia de armas rotas o amortizadas (puntas de flecha arrojadas), ni restos humanos de las miles de personas que, según las fuentes, fallecieron en el enfrentamiento. Por ello consideramos esta explicación como muy poco probable.

- Escenario de una batalla derivada de una emboscada al ejército almorávide en tránsito, cuando ya se encontraba muy próximo a llegar a Cutanda. El ataque contra una columna en marcha sí que justificaría una enorme dispersión de los recipientes que llevaba consigo. Sin embargo, hay que decir que el tren logístico solía concentrarse en el espacio central del ejército, por lo que sería complicado que alcanzara una dispersión tan elevada. No obstante, para las tropas almorávides habría sido muy fácil transformar una columna de marcha en una columna de combate, dado que Las Celadas cuenta con espacios abiertos donde poder maniobrar. En todo caso, también se deberían haber encontrado numerosos proyectiles arrojados en medio del combate y una cantidad significativa de restos humanos. Por lo cual, consideramos que es una explicación poco probable.

- Las Celadas como campamento del ejército almorávide que se había ubicado al amparo del Castillo de Cutanda. Quizás incluso pudiera ser el escenario principal de la batalla, que podría haber consistido en un ataque del ejército aragonés al ejército almorávide mientras éste se hallaba acampado. En la Edad Media resultaba habitual que, cuando un ejército se encontraba en inferioridad numérica, se recurriera a alguna estratagema para lograr la victoria. Quizás una opción para El Batallador fuese, dada la limitada distancia existente entre Calatayud y Cutanda, llevar a cabo un ataque por sorpresa contra el campamento. En ese caso, bastaría con que las tropas cristianas partieran de Calatayud el día anterior y durante la noche completaran el último tramo del recorrido, para caer al amanecer por sorpresa sobre el campamento almorávide. Esto explicaría la abundancia de material cerámico y la ausencia de restos de armamento, dado que los musulmanes no habrían dispuesto de tiempo para organizar una defensa activa de sus instalaciones. Sin embargo, dado que éste sería el principal escenario del enfrentamiento, seguiría sin explicarse la ausencia de restos humanos, lo que le resta verosimilitud a esta hipótesis.

- Las Celadas como campamento almorávide y que fue saqueado por el ejército aragonés tras la batalla. Ésta habría tenido lugar en un emplazamiento todavía no descubierto, pero no excesivamente alejado de allí. La abundancia de material cerámico quedaría justificada por la presencia del campamento y la ausencia de puntas de flecha y de restos humanos también, ya que no sería un escenario de enfrentamientos intensos, por ser reducido el grupo de soldados a cargo de su defensa. Éstos quizás pudieron huir o rendirse tras el desastroso resultado de la batalla. Es por ello que esta hipótesis es, de todas las consideradas, la más compatible con los restos descubiertos.

Todavía son muchas las incógnitas que quedan por despejar en torno a la batalla de Cutanda. No obstante, de ser acertada esta última hipótesis, los trabajos desarrollados cada vez nos están aproximando más al escenario bélico. Todavía queda por saber si el enfrentamiento fue una batalla campal, en la que el campamento instalado en Las Celadas desempeñó un papel muy secundario o, por el contrario, el grueso de los combates tuvo lugar en el propio campamento. Es por ello que cada vez estamos más cerca de lograr nuestro objetivo: determinar cómo se desarrollaron los acontecimientos de aquel lejano 17 de junio de 1120, que tanta trascendencia tuvieron en el posterior desarrollo del Reino de Aragón.

Junto a la búsqueda del campo de batalla, son muchos más los aspectos en los que se está trabajando en relación con este acontecimiento bélico. El segundo de los frentes abordados es la excavación arqueológica, restauración y puesta en valor del Castillo de Cutanda. Aunque se desconoce el papel que desempeñaría la fortificación en este trascendental enfrentamiento, sin lugar a dudas su presencia en ese momento resultaba de la máxima importancia. La fortaleza se asienta sobre un cerro que domina el arroyo de la Cerradilla, siendo anteriormente ocupado por un poblado celtibérico.

En época islámica, el Castillo era el centro político y militar del iqlim (distrito rural) de Cutanda, dependiente de Zaragoza, según indica al-Udri. Anexa a esta fortificación, en la ladera que desciende hacia la ermita de San Juan había un amplio núcleo de población, posiblemente el más importante de todo el distrito. Para el ejército almorávide, el Castillo era una posición relevante en su camino hacia el valle del Ebro, aunque las circunstancias hicieron que fuera el destino final de la expedición. A falta de que se realicen excavaciones arqueológicas, poco más sabemos de su fase islámica.

Tras la batalla, la fortaleza quedó al mando de sucesivos tenentes y alcaides, hasta que, a finales del siglo XIII, pasó a manos de la Mitra cesaraugustana. Los arzobispos de Zaragoza erigieron un monumental edificio, parte del cual todavía se puede ver en la actualidad. Desgraciadamente, el Castillo se convirtió en un enclave destacado durante las Guerras Carlistas, resultando seriamente dañada en los sucesivos enfrentamientos, y siendo finalmente demolido.

A pesar de la escasa información de que disponemos acerca del castillo, se puede afirmar que contaba con dos recintos. En el superior destacan los restos más monumentales. Se trata de un edificio de planta cuadrangular y muros de sillería de 2 metros de espesor y de los cuales todavía en la actualidad se conservan 8 de altura. Estaba cubierto mediante bóveda de crucería de excelente factura. Al Norte de esta estructura está el aljibe de planta rectangular, con bóveda de cañón. Del recinto exterior se conservan diversos lienzos en los flancos suroriental y suroccidental, además de evidencias de la rampa de acceso y de al menos un torreón de planta semicircular.

Dada la trascendencia de la batalla de Cutanda ya se está trabajando también en la creación de un Centro de Interpretación destinado a explicar este enfrentamiento y su importancia en la Reconquista aragonesa. Actualmente se dispone de la dotación económica para abordar la primera fase de este ambicioso proyecto. Para ello será habilitado un antiguo almacén de cereal de 300 metros cuadrados propiedad del Ayuntamiento de Calamocha y ubicado a la entrada de la localidad.

Tal y como ha quedado definido en el proyecto de musealización realizado, el centro de interpretación de la Batalla de Cutanda contará con recepción, una sala dedicada a la contextualización general del enfrentamiento, otra dedicada a explicar la batalla en sí, una donde se proyectará el audiovisual de la batalla que se está grabando actualmente. Y por último, habrá un espacio dedicado al complejo proceso de la búsqueda de este escenario bélico. A lo largo de las diferentes estancias, maquetas, además de recreaciones de los soldados de los ejércitos cristianos y almorávide, acercarán al visitante a este trascendental episodio bélico. Además, el centro de interpretación contará con un diaporama sobre el “Camino de los almorávides”, que mostrará el itinerario del ejército musulmán hasta llegar a Cutanda. Por otro lado, también se pretende que el centro de interpretación se convierta en un centro de investigación para la Arqueología relacionada con los campos de batalla medievales.

Un eje clave para dar a conocer la Batalla de Cutanda es la recreación anual que se viene celebrando desde hace cinco años y que ya se ha consolidado como uno de los eventos de recreación de más alto nivel del panorama nacional. La recreación histórica constituye una de las fórmulas más eficaces para contribuir a la divulgación histórica. Gracias a ella es posible acercar al gran público episodios históricos del pasado, de forma amena y divertida. En este sentido, desde el primer momento este aspecto pasó a ocupar un lugar destacado en el Proyecto Batalla de Cutanda.

El primer evento de recreación realizado en la localidad tuvo lugar el 17 de junio de 2015. Aunque con un origen modesto, con el paso de los años se ha convertido en un importante referente a nivel nacional. Desde la organización se trabaja con el horizonte del 2020, año en el que se pretende celebrar una macroevento en el que participen varios centenares de recreadores de varios países, incluidos grupos del Sur de Francia, lugar de procedencia de un relevante grupo de caballeros cristianos que participaron en la Batalla.

Desde el principio se ha considerado prioritario recrear el acontecimiento con el máximo rigor histórico, tanto en el aspecto material (panoplias militares, vestimentas, utillaje cotidiano), como en los personajes históricos participantes y en la secuencia cronológica de los acontecimientos narrados.

Para ello, se han tomado como punto de partida las fuentes existentes sobre este periodo (miniaturas, documentación, restos arqueológicos), con el fin de realizar una detallada reconstrucción. Con ello, se pretende que los participantes y el público asistente tengan una experiencia lo más realista posible sobre este trascendental acontecimiento y su contexto histórico. De cara a garantizar la calidad escénica, periódicamente se organizan talleres temáticos (fabricación de utillaje, vestimenta, cocina medieval, etc.), destinados a estudiar y mejorar los diferentes aspectos de la recreación.

Todos los elementos anteriormente descritos (búsqueda del campo de batalla, intervenciones en el castillo, futuro centro de interpretación y recreación anual del enfrentamiento) están haciendo del Proyecto de Batalla todo un referente tanto en el campo de la investigación como en el de la divulgación histórica. Y el próximo año 2020 se cumplirán 900 años de este trascendental acontecimiento, siendo numerosos los actos que ya se han preparado con motivo de su celebración. El camino no ha hecho más que comenzar a andar.

 

  Bibliografía.

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  • IBÁÑEZ, J, LOSCOS, R. & SÁEZ, R. (inédito), Informe sobre las prospecciones arqueológicas extensivas en el curso medio del río Pancrudo y en las ramblas de su margen derecha.
  • IBÁÑEZ GONZÁLEZ, J. (2018), “El complejo defensivo andalusí de Alfambra”, Al-Arba, XX, pp. 8-10.
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  • IBÁÑEZ GONZÁLEZ, J. & SÁEZ ABAD, R. (en prensa), “El "Camino de los Almorávides". Estudio sobre el itinerario de la expedición de Ibrahim ibn Yusuf (1120): su tránsito por la Comarca del Jiloca”, Xiloca, 47, CEJ.
  • ORTEGA ORTEGA, J. M. (1998), “Sociedad y administración del territorio en el tagr al-‘alà: El ejemplo del iqlim de Qutanda”, Arqueología y territorio medieval, 5, UAJ, pp. 31-54.
  • UBIETO ARTETA, A. (1981), Historia de Aragón I: La formación territorial, Anubar, Zaragoza
Restos monumentales del castillo de Cutanda.
Prospecciones arqueológicas intensiva, en las que colaboraron numerosos habitantes de la localidad.
Prospección geofísica realizadas por soldados del Regimiento de Pontoneros y Especialidades nº 12 de Zaragoza.
Prospección geofísica realizada con georradar en el espacio de Las Celadas.
Ortofotografía de los sondeos arqueológicos realizados en el cerro del Calvario.
“El camino de los almorávides”, ruta seguida por el ejército musulmán desde Teruel hasta Cutanda.
Campos de Las Celadas, al Sur del casco urbano de Cutanda, lugar donde las tropas almorávides acamparon antes de que tuviera lugar la batalla.
Cutanda y su castillo vistos desde el Norte. Créditos: Tamara López.
Recreación virtual del aspecto que tendrá la entrada al futuro Centro de interpretación de la batalla de Cutanda.
Silueta del castillo de Cutanda con el caserío a sus pies.
Recreación de la batalla de Cutanda. Mando almorávide en el castillo. Créditos: Tamara López.
Recreación de la batalla de Cutanda. Infante almorávide en el campamento. Créditos: Tamara López.
Recreación de la batalla de Cutanda. La defensa del castillo. Créditos: Tamara López.
Recreación de la batalla de Cutanda. El combate. Créditos: Tamara López.

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