Castellote. La última fortaleza templaria del sur de Aragón

Vista aérea del núcleo medieval del castillo, antes del inicio de los trabajos. A la izquierda, entre la torre y la sala, se define el recinto de la umbría y un aljibe excavado bajo la torre. (Fotografía: Pedro Julve - Qualcina).

Publicado en: Aragón es otra Historia, n º 7, Zaragoza, 2023, pp. 39-41

Javier Ibáñez, Rubén Sáez & José F. Casabona

 

Situado en la parte alta de un crestón rocoso en la Sierra de los Caballos, el castillo de Castellote se mimetiza con la roca sobre la que se asienta; solo el color blanco de los sillares, con el que fue construida su poderosa mole, contrasta ligeramente con el gris del peñasco sobre las que se apoya.

Aunque hoy en día el castillo se sitúa alejado del casco urbano, esto no siempre fue así. En los primeros momentos de la ocupación aragonesa del territorio debió existió un continuo poblacional, al situarse la aldea primigenia de Castellote en las laderas ubicadas a los pies del castillo. Hay restos de ella en la subida a la fortaleza, destacando la iglesia de San Pedro. También existieron numerosas torres y construcciones en ambas vertientes, alguna de las cuales ha podido ser estudiada arqueológicamente.

Con la información disponible, resulta difícil datar con precisión el origen del castillo. A diferencia de lo que sucede con otras poblaciones del entorno, no se puede precisar si en este emplazamiento existía una fortaleza andalusí previa. Sin embargo, sí que existen referencias documentales y arqueológicas a la existencia de otro “Castellote el Viejo”, que pudo ser el antecedente del actual. Y sabemos que, tras un primer periodo confuso que se prolonga entre mediados y finales del siglo XII, la posesión de Castellote gravitó entre el control de la nobleza laica y el de la Orden del Santo Redentor. En última instancia, en 1196 terminó pasando de forma definitiva a poder de la Orden del Temple. 

Fueron los templarios los que construyeron la parte principal del castillo, entre finales del siglo XII y las primeras décadas del XIII. A pesar de las importantes reformas sufridas durante la Primera Guerra Carlista, sumadas al brutal bombardeo a que fue sometido el enclave por parte del ejército isabelino, resulta fácil diferenciar las fases constructivas iniciales. Éstas se caracterizan por el empleo de sillares de caliza blanca, muy bien escuadrados y aparejados.

A este primer momento pertenece la robusta Torre del Homenaje, de planta cuadrada y que resalta por encima del conjunto. Tras la Primera Guerra Carlista perdió parte de su altura, al ser volada para que no pudiera volver a ser reutilizada por las tropas carlistas. Todavía en su planta inferior se conservan los arranques de la bóveda que la cubría.

El otro elemento destacable dentro del conjunto es la gran sala que se levanta sobre las rocas de la vertiente norte. Cuenta con ventanas abocinadas y arcos diafragma, además de presentar un cuerpo oriental anexo. Este último espacio podría corresponderse con la capilla, que encontramos citada en la documentación bajo la advocación de Santa María del Castillo. A este primer momento también pertenecería el aljibe excavado en la roca, así como el propio recinto.

A la fortaleza se accedía a través de dos puertas. La primera estaba orientada hacia la población de Castellote y a ella se llegaba tras recorrer una larga e inclinada rampa de subida. Como protección adicional, este acceso contaba con un pequeño foso avanzado, cerrándose la puerta mediante una gran tranca deslizante. La entrada de la parte trasera del castillo comunicaba con el camino de Seno y contaba con la protección otorgada por la Torre del Homenaje.

Gracias a la documentación histórica y a los trabajos arqueológicos, tenemos constancia de que entre la iglesia de San Pedro y el castillo había alguna torre más, hoy desaparecida. También en la parte de la umbría existía un pequeño recinto con otro aljibe, donde se emplazaba un cementerio. Durante el largo periodo de ocupación del castillo se fueron añadiendo construcciones para ir adecuando la fortaleza a las nuevas necesidades.

El conjunto templario existente en un primer momento resultaba muy similar a los de Monzón (Huesca) y Gardeny (Lérida). Disponemos de un inventario de 1285, en el que se describe de forma detallada el equipamiento militar guardado en el arsenal del castillo. Éste incluía ocho cotas de malla, cinco camisolas, seis calzas de hierro, tres perpuntes, ballestas de diverso tipo, ocho cascos de hierro, treinta y un escudos, etc. Se trata de un equipamiento cuantioso y que no solo estaría pensado para la defensa de la fortaleza, sino también para el lanzamiento de operaciones ofensivas. El elevado número de piezas acumuladas permitiría armar, tanto a los caballeros de la Orden, como a las tropas de las poblaciones de Las Cuevas y Castellote, obligadas a servir a sus señores en determinadas operaciones militares.

Además del equipamiento militar, los templarios de Castellote guardaban abundantes depósitos de alimentos y pertrechos. También bueyes, esclavos y ganados, tanto para la explotación directa de las tierras, como para remitir una parte de los sobrantes a Ultramar. En Tierra Santa, la causa cristiana estaba en ese momento en una situación extremadamente delicada, que terminaría con la pérdida de Acre en 1291. Esta debacle incidiría, de forma decisiva, en la disolución de la Orden del Temple por el Papa.

Frente a las acusaciones de herejía del rey Felipe IV de Francia y la orden de apresamiento del Papa Clemente V, los templarios aragoneses defendieron su inocencia con las armas. Su resistencia se concentró en sus principales fortalezas, que coincidían con las sedes de encomienda. En el Sur de Aragón, Cantavieja y Castellote se convirtieron en los últimos bastiones templarios.

Para organizar su defensa, los freires de Castellote incluso saquearon el territorio próximo, con el fin de incrementar sus provisiones, pues el asedio se presumía largo y duro.  

Las operaciones de sitio sobre Castellote le fueron encomendadas a Bernaldo Tarín, que contó con tropas del Concejo de Teruel y de otras órdenes militares. Cantavieja se rindió el 12 de agosto de 1308; Castellote aguantó hasta el 2 de noviembre, tras nueve meses de asedio. Los ocho freires templarios que habían dirigido la defensa fueron trasladados a La Ginebrosa con una fuerte escolta armada.

Tras la disolución del Temple, el castillo pasó a manos de la Orden de San Juan de Jerusalén, heredera en Aragón de buena parte del patrimonio templario. La información disponible respecto a este periodo resulta escasa. Sin embargo, las limitadas referencias conservadas, junto con la arqueología, confirman que durante la Guerra de los Dos Pedros el castillo de Castellote debía encontrarse en buen estado. D. Juan Fernández de Heredia, encargado de la defensa de esta parte del Reino, y máximo jerarca de los sanjuanistas, no hace referencia al castillo cuando, en 1360, ordena reconstruir la muralla de Castellote, derribando las casas que quedaran fuera de ésta.

Durante el siglo XV, en el marco de los conflictos internos vividos dentro del Reino, el castillo fue ocupado por el Duque de Híjar (1462), partidario del Príncipe de Viana. Éste también ocupó la vecina encomienda de Aliaga, estableciéndose una pintoresca dualidad, que no debió afectar al ejercicio jurisdiccional de los sanjuanistas.

El castillo se mantuvo habitado durante el siglo XV. Pero, paulatinamente, los comendadores se bajaron a residir a la villa, quedando la fortaleza relegada a un segundo plano. No volverá a adquirir protagonismo militar hasta la Primera Guerra Carlista. En este conflicto armado se convirtió en una pieza clave para el control del acceso a las tierras de las Bailías, dominando el camino desde Mas de las Matas.

En 1840, la fortaleza fue asediada por el ejército liberal, que arrojó sobre ella 3.400 proyectiles, además de excavar una mina contra la Torre del Homenaje. Una vez tomado por los atacantes, se procedió al derribo sistemático de las defensas para evitar que pudiera volver a ser usado por los carlistas. Esto provocó que se acelerara su proceso de ruina, que prosiguió de forma ininterrumpida hasta los trabajos de consolidación acometidos en el año 2010.

El castillo desde el pueblo. A la izquierda la parroquial de San Miguel, a la derecha, junto a la rampa de subida la cimentación de la iglesia de San Pedro. La rampa ha perdido los parapetos aspillerados de la Primera Guerra Carlista.
Vista bajo los cortados del barranco del Llovedor.
El núcleo medieval desde los restos del fuerte de San Cristóbal; en primer plano el muro de unión que cerraba el camino de acceso al pueblo y al resto del Maestrazgo, pues no existía el túnel actual.
La sala medieval, una vez restaurado el acceso y las aspilleras carlistas
Aljibe abovedado, excavado en la roca.
Torre del homenaje.
Impactos de artillería en la Torre del homenaje.

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