
Prospecciones arqueológicas intensivas, en las que colaboraron numerosos voluntarios cutandinos.
Publicado en: 2023, Historia de la Guerra, n º 11, Zaragoza, 2019, pp.13-21
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad
La identificación de cualquier campo de batalla medieval resulta una tarea harto complicada, al tratarse del escenario de un acontecimiento de gran intensidad, pero de muy corta duración (normalmente unas pocas horas), y que deja limitadas huellas materiales en el paisaje. Sus evidencias quedan reducidas, en la mayor parte de las ocasiones, al hallazgo de diferentes concentraciones de material militar, especialmente proyectiles arrojados por los combatientes y armas rotas durante el combate, además de otros elementos que pudieran perderse en medio de la refriega. Su dispersión puede llegar a permitir la reconstrucción de las posiciones de partida de cada uno de los ejércitos, así como las distintas fases del encuentro.
Un segundo grupo de evidencias de un enfrentamiento armado medieval son los campamentos de los que partieron los ejércitos contendientes. Los restos dejados por estas instalaciones de carácter temporal también resultan muy parcos. Únicamente en el caso de campamentos estables, o cuando se operaba por territorio enemigo, se construían fosos, empalizadas y se ejecutaban obras de consideración con el fin de proteger a sus ocupantes. Por el contrario, los campamentos de tránsito o de marcha sólo eran ocupados durante una o pocas noches y no contaban con ninguna obra defensiva de una mínima entidad. De ahí que las evidencias que pudieran quedar resulten muy reducidas. Se limitarían a un nivel de ocupación de muy poca entidad, sobre el cual se hallarían los restos dejados durante su estancia (algún recipiente roto, huesos de animales consumidos, etc.).
Sólo si el campamento fue precipitadamente abandonado y/o saqueado, las evidencias se multiplican, concentrándose en el espacio que ocupaba los restos materiales desestimados, destacando (por ser un elemento perdurable en el tiempo), los muy abundantes recipientes cerámicos asociados a un ejército medieval en tránsito, destinados al transporte, cocinado y consumo de líquidos y alimentos; y, en el caso de que contaran con ellas, las piquetas metálicas de las tiendas donde se alojaran los soldados. Hay que tener en cuenta que, a la hora de saquear cualquier campamento, los vencedores sólo se llevaban consigo los objetos de valor; y los recipientes cerámicos carecerían de él, más allá de alguna pieza de lujo de mejor factura. En estas circunstancias, el registro arqueológico que perduraría hasta nuestros días podría tener forma, en el mejor de los casos, de un horizonte indiferenciado de cerámicas dispersas, diseminadas durante el proceso de saqueo y por los posteriores procesos erosivos y sedimentarios.
La última de las evidencias potencialmente perdurable de un campo de batalla son los restos humanos de los combatientes caídos. Siempre es posible que éstos quedaran abandonados en el campo de batalla (se tiene constancia de que algunas culturas, como los celtíberos, los dejaban para que los devoraran los buitres, según testimonios de Silio Itálico y Elanio), aunque ello implicaba asumir un importante riesgo de epidemia. Una segunda posibilidad, es la de la cremación de los cadáveres, opción poco plausible por la extraordinaria cantidad de combustible (ramas, matorral y madera) necesaria para quemar un elevado número de cuerpos. La tercera y más probable opción, es la de enterrarlos, aprovechando para ello a los propios prisioneros; en este caso se daría un tratamiento muy sumario a los vencidos caídos (fosas comunes con cadáveres despojados de objetos de valor) y más respetuoso a los propios (enterramientos individuales o colectivos, de forma más cuidadosa y con posible ajuar funerario).
Tanto los procesos de inhumación, como los de incineración, se efectuarían a escasa distancia del escenario bélico, resultando poco probable un desplazamiento de los cadáveres superior a unas decenas o a muy pocos cientos de metros, por lo que su presencia indica la cercanía del escenario bélico.
En los tres supuestos contemplados podrían conservarse evidencias arqueológicas de los combatientes fallecidos. Éstas serán de mayor entidad y mejor estado de conservación en el caso de los enterramientos, debido a los limitados "procesos deposicionales" (que actúan durante la formación de los depósitos arqueológicos) y a su protección con un nivel de tierra. Sin embargo, tanto en el caso del abandono de los cuerpos, como de su cremación, el depósito inicial se vería potencialmente alterado desde un primer momento, al quedar a la intemperie los restos humanos (que serían devorados por animales y removidos por los agentes meteorológicos), o lo que de ellos quedara (huesos, carbones y cenizas), salvo que tras la incineración se enterrasen los restos.
En todo caso, los restos arqueológicos que pueden sobrevivir hasta nuestros días también se encuentran limitados por la intensidad de los llamados "procesos postdeposicionales", que son los que afectan al depósito arqueológico una vez que ya se ha formado (erosión, construcción de aterrazamientos, labores agrícolas, acción de raíces, etc.). En el supuesto más favorable, los enterramientos estarían intactos, mientras que los cadáveres abandonados formarían un tenue nivel de huesos dispersos, relativamente escasos, inconexos, fracturados o astillados y muy descalcificados, al haber quedado a la intemperie durante un prolongado periodo de tiempo; y la cremación quedaría patente en un nivel de cenizas y parte de los huesos más robustos, parcialmente calcinados.
A la escasez de evidencias que puede dejar un campo de batalla, se suma el hecho de que las fuentes históricas rara vez proporcionan información con el suficiente detalle como para poder permitir la ubicación exacta del lugar en el que se produjo. Sirva como ejemplo el caso que nos ocupa. Las fuentes contemporáneas a los hechos señalan que tuvo lugar en Cutanda, enclave que terminaría dando nombre al enfrentamiento. Sin embargo, no especifican si tuvo lugar junto al castillo cabecera principal de ese iqlim (distrito rural musulmán) o en algún otro punto del territorio dependiente de él. Hay que tener en cuenta que las dimensiones de esta demarcación pudieron oscilar, aproximadamente, entre los 150 y los 300 kilómetros cuadrados, lo que complica de forma considerable las dificultades de la investigación.
Pero, vamos a contextualizar en primer lugar la batalla de Cutanda, que a la postre terminaría resultando trascendental para el devenir de la Reconquista y del Reino de Aragón en la Edad Media. Alfonso I de Aragón sería el soberano que un mayor impulso habría de dar al proceso de expansión del Reino, haciendo honor a su sobrenombre “El Batallador”. Si hacemos caso a la Crónica de San Juan de la Peña “non ovo tan buen caballero que veynte nueve batallas venció”, lo que demuestra la vocación militar que presidió la vida de este soberano.
Desde su ascenso al trono, su principal prioridad fue la conquista de los territorios musulmanes ubicados al Sur, concentrando el grueso de sus ofensivas en torno a dos frentes. En primer lugar, el espacio oriental del Reino, buscando la salida al mar a la altura de Tortosa. En segundo, tratando de apoderarse de las plazas que prestaban cobertura a Zaragoza, con el fin último de apoderarse de esta ciudad, la más importante dentro de su radio inmediato de acción y principal obstáculo que se interponía en su avance hacia el Sur.
Finalmente, en 1118, el soberano aragonés pudo acometer el ataque sobre Zaragoza, cuya capitulación se producía en el mes de diciembre, después de muchos meses de asedio. La captura de la plaza musulmana más importante del Norte peninsular marcó un antes y un después para el Reino de Aragón, que hasta ese momento se encontraba confinado a la actual provincia de Huesca y el territorio de las Cinco Villas.
La caída de Zaragoza arrastró consigo la de muchas otras plazas de su entorno, además de algunas tan sumamente alejadas de ella como Alcalá de la Selva y Gúdar, enclaves ubicados en las serranías turolenses orientales. La victoria cristiana también tuvo como consecuencia el desmoronamiento de la frontera musulmana al Sur del Ebro, precipitando la capitulación de las plazas que dependían de ella. Alfonso I puso a continuación sus miras sobre el estratégico enclave de Calatayud, al cual puso sitio durante la primavera del año 1120.
La reacción almorávide tras la pérdida de Zaragoza, se demoró por espacio de más de un año. Fue durante el invierno de 1119-1120 cuando Alí ibn Yusuf, segundo emir almorávide, ordenó a su hermano Ibrahim ibn Yusuf, gobernador de Sevilla, reunir un poderoso ejército destinado a tratar de revertir la situación en el frente Nordeste, que se deterioraba con rapidez tras la pérdida de Zaragoza. Además de las tropas sevillanas, en el camino de la fuerza expedicionaria almorávide hacia el Norte se le fueron sumando contingentes militares procedentes de Lérida, Granada, Murcia, Valencia y Molina de Aragón, así como numerosos voluntarios, hasta completar un total de 5.000 jinetes y cerca de 10.000 infantes, según Ibn Idari.
No sabemos con seguridad si el objetivo de la fuerza expedicionaria almorávide era la recuperación de Zaragoza o derrotar al ejército de Alfonso I, que se encontraba en aquel momento sitiando Calatayud, y de este modo impedir que pudiera continuar ampliando sus conquistas. Pero lo más probable es que el principal destino del ejército reunido fuera la capital del Ebro, cuya reciente conquista y abundante población islámica quizás podría facilitar la reocupación almorávide.
Tan pronto El Batallador tuvo noticias del avance del ejército sarraceno, tomó la decisión de levantar el asedio de Calatayud y salir al encuentro del enemigo para tratar de interceptarlo. Según Ibn Idari, los efectivos que acompañaban al soberano aragonés ascendían a 12.000 jinetes. No obstante, esta cifra se encuentra claramente sobredimensionada, siendo en todo caso menos de una cuarta parte de esa cantidad, además de un número indeterminado de infantes difícil de precisar.
Lo que sí que parece claro es que los almorávides gozaban de una clara superioridad numérica, probablemente de entre 3 a 1 o incluso 5 a 1. Esa disparidad de fuerzas fue la que pudo llevar a Alfonso I a tratar de aprovechar el factor sorpresa para derrotar al enemigo, pues en condiciones normales habría tenido muchas dificultades para hacerlo. Una importante incógnita que quedaba por resolver al inicio de las investigaciones, era si el enfrentamiento, acecido el 17 de junio de 1120, fue una batalla campal al uso o un ataque por sorpresa sobre el campamento musulmán, sin dar tiempo a que los almorávides pudieran formar sus líneas.
Ya fuera de un modo o de otro, las fuentes coinciden en señalar la victoria del Batallador y las cuantiosas bajas sufridas por el ejército almorávide. Según la Chronique de Saint-Maixent éstas alcanzarían las 15.000, número que incrementa hasta las 20.000 al-Maqqari. Con independencia del grado de exageración de ambas fuentes, lo que sí es seguro es que el ejército musulmán quedó casi completamente destruido. En la batalla perecieron importantes personajes, como Abu Alí al-Sadafi, Abu Abd Allah al-Farra y Abu Alí al Hasayn.
Las consecuencias de la batalla de Cutanda no se hicieron esperar, cayendo en un corto espacio de tiempo en poder cristiano los valles del Jalón y del Jiloca, cuyos principales enclaves eran las plazas de Calatayud y Daroca. También el triunfo logrado en Cutanda puso fin al aura de invencibilidad almorávide, que durante las últimas décadas se había hecho sentir especialmente sobre el Reino de Castilla. A lo largo de la siguiente década los musulmanes cosecharían una derrota tras otra a manos de las huestes cristianas, hasta el punto de que Alfonso I pudo lanzar una expedición de gran calado, en la que llegó a alcanzar las inmediaciones de la ciudad de Granada. Tras unos meses operando por territorio enemigo regresó de nuevo a Aragón llevando consigo varios miles de hombres con los que repoblar los últimos territorios conquistados.
Dada la enorme trascendencia que tuvo la batalla de Cutanda para la Historia del Reino de Aragón, durante los últimos años un equipo interdisciplinar está investigando este acontecimiento bélico, con el fin de localizar el lugar exacto donde se produjo el enfrentamiento de aquel 17 de junio de 1120 y tratar de determinar cómo se desarrolló. Para ello, se han efectuado prospecciones intensivas y sondeos arqueológicos. Sin embargo, dada la enorme extensión (varios cientos de hectáreas) del espacio susceptible de haber sido el escenario bélico, también se están aplicando nuevas tecnologías que permitan localizar posibles evidencias. En este sentido, el proyecto Batalla de Cutanda supone un completo ensayo de tecnologías de vanguardia.
Entre los recursos puestos en marcha destaca la prospección geofísica, con distintos tipos de magnetómetros, gradiómetros y georradar. Algunos de los más avanzados equipos han sido desplegados sobre el terreno por el Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros nº 12 de Zaragoza. También se han empleado cámaras de alta resolución y multiespectrales montadas en drones y capaces de detectar variaciones de temperatura y humedad no visibles para el ojo humano. Y la tecnología LIDAR, con el objeto de detectar micro-indicios en el relieve, que puedan estar relacionados con este episodio bélico.
Tanta importancia como la propia identificación del campo de batalla la tiene reconstruir el camino seguido por los ejércitos durante su aproximación al escenario donde habría de tener lugar la batalla. Cuestiones logísticas y organizativas pueden resultar decisivas a la hora de determinar el lugar donde se produce un enfrentamiento, por lo que la identificación de la red de caminos existente a principios del siglo XII quizás arroje luz sobre el lugar exacto donde tuvo lugar el combate.
Secularmente las comunicaciones entre Teruel (lugar en el que confluyen los caminos del levante y Sur Peninsular) y Zaragoza, han discurrido por el Alto y Medio Jiloca para luego ascender a Campo Romanos y, desde allí, descender al Campo de Cariñena. Las campañas de Abderramán III contra los tuyibíes corroboran que éste era el camino utilizado en el primer tercio del siglo X.
Sin embargo, Cutanda se localiza junto al barranco de la Cerradilla, en la margen derecha del río Pancrudo, a más de 2 horas de distancia andando de dicho trazado, no tratándose, evidentemente, de un lugar de paso dentro de esa ruta. Y tampoco se encuentra próximo al camino que unía Calatayud, de donde partió el ejército alfonsino. Esta aparente discordancia entre la red viaria "tradicional" y la ubicación de Cutanda, sembró dudas en algunos autores sobre si la batalla tuvo realmente lugar en sus proximidades, o si bien fue en otro sitio más cercano a esos caminos, otorgándole ese nombre por su pertenencia a ese iqlim o por ser el enclave de cierta relevancia más próximo.
No obstante, el geógrafo al-Idrisi (1100-1165/66) indicó explícitamente que el camino entre Valencia y Zaragoza pasaba por Cutanda, lo que zanja la citada discordancia, pero implica asumir un importante cambio en la red de caminos respecto a la existente en tiempos de Abderramán III. Se trata de un factor importante a considerar, habida cuenta de que el trazado de las vías de comunicación tiende a permanecer estable a lo largo del tiempo, con pequeñas variaciones y ajustes que suelen responder a la necesidad de un tránsito más cómodo por las mismas. Y que las modificaciones sustanciales en la red viaria suelen responder a importantes cambios demográficos, geopolíticos, económicos y/o medioambientales o a la construcción de importantes infraestructuras (puentes, vados, etc.).
¿Qué motivos pueden explicar este significativo cambio?. A nuestro juicio, pudo obedecer a la concatenación de varios factores, algunos de índole geopolítica, otros de carácter ambiental:
1º) El auge, posiblemente ya durante el propio Califato, de un camino que, partiendo a la altura de Campo Romanos del que unía Zaragoza y Valencia, se adentraba por los altiplanos y las serranías turolenses hasta alcanzar la costa castellonense, comunicando esta zona directamente con la capital del Ebro, sin pasar por Sagunto. La existencia de ese camino se hizo especialmente patente tras el descubrimiento del puente andalusí de Linares de Mora, estructura ligada a un vial de entidad. Debía salir desde las proximidades de Cuencabuena con dirección a Cutanda y de allí a Pancrudo y Alfambra, desde donde ascendería por el Portichuelo de la Escorihuela para dirigirse a Alcalá de la Selva, Linares de Mora, Puertomingalvo, San Juan de Peñagolosa y Vistabella del Maestrazgo. A partir de la disgregación política del Califato, este camino pudo adquirir una mayor relevancia, al ser una alternativa a las comunicaciones entre el valle medio del Ebro y la costa Levantina, especialmente durante el reinado de al-Muqtadir en la taifa de Zaragoza, dada la gran proyección de este monarca hacia el Sistema Ibérico y la costa levantina. Ésta quedó plasmada en la anexión de la taifa de Tortosa y en sus intentos de control sobre la taifa de Valencia. En ese contexto, el vial también permitía evitar el Alto Jiloca y Teruel, controlados por la taifa de Albarracín. El dominio zaragozano sobre una parte significativa de ese camino se mantuvo durante toda la dinastía hudí e incluso durante el efímero periodo de control almorávide, como lo demuestra el hecho de que Alcalá de la Selva cayera en manos del rey Alfonso I el Batallador de forma simultánea a la conquista de la ciudad de Zaragoza. Y además de Alcalá, otras posiciones como Galve, Jarque, Pitarque y Morella, que podrían reflejar la existencia de otros ejes viarios poco conocidos, sobre los que se sustentaba el dominio zaragozano de este territorio tan alejado.
2º) La aparición de problemas en el Alto Jiloca, que pudieron propiciar el declive temporal del tramo del camino que discurría por ese territorio. Uno de los más importantes pudo estar en relación con el encharcamiento de buena parte de la cabecera del Alto Jiloca (lagunas del Cañizar) por la surgencia de la Fuente de Cella, de la que mana una media de 2,4 m3/seg. El origen de este manantial es posterior a la construcción del Acueducto de Albarracín a Cella (siglo I d.C.), ya que, de otra forma, hubiera carecido de sentido semejante obra de ingeniería; y anterior a 1195, fecha en la que se documenta la existencia de la Acequia Madre en el documento de donación de las granjas de Villar del Salz por Alfonso II al Monasterio de Piedra. La inexistencia de sistemas de drenaje en una cuenca que, por entonces, debía ser prácticamente endorreica, pudo ocasionar problemas a las redes de comunicación que discurrieran por ese territorio.
¿Y qué camino pudo ser empleado en sustitución del que dicurría por el Alto Jiloca?. La respuesta ya la aportaron hace más de un cuarto de siglo tanto Antonio Ubieto Arteta como Antonio Gargallo Moya: tomar el que podríamos denominar como "Camino del Alfambra".
La solución a los problemas surgidos en el Alto Jiloca era lógica: aprovechar que, a tan sólo 30 kilómetros de Teruel, ascendiendo por el valle del Alfambra (por el que seguro que también discurría algún camino de rango inferior), se encontraba el ya mencionado vial que unía Zaragoza con la costa castellonense y que confluía en Campo Romanos con el antiguo trazado entre Zaragoza y Valencia. Según nuestras estimaciones, esta opción suponía alargar el trayecto poco más de 3 horas respecto al camino del Alto Jiloca, lo que equivalía apenas un 5% en el cómputo total entre las dos urbes.
El hecho de que este cambio en la red viaria sea determinante para explicar donde tuvo lugar el enfrentamiento entre los ejércitos almorávide y aragonés, nos obligó a plantearnos un estudio detallado de cual pudo ser el nuevo trazado, lo que, además nos podría aportar concreción sobre el emplazamiento exacto de la batalla y algunas circunstancias relevantes de la misma. Para dicho estudio, combinamos dos metodologías de trabajo que podían aportar información complementaria:
- La prospección arqueológica y recomprobación de los yacimientos arqueológicos previamente conocidos.
- El estudio de la relación existente entre la red tradicional de caminos y los parcelarios agrícolas. Este tipo de análisis permite descartar los caminos o tramos de los mismos realizados con posterioridad al establecimiento del sistema parcelario y determinar aquellos que son coetáneos o anteriores al mismo. Obviamente, la exclusiva aplicación de esta metodología no identifica el itinerario seguido por el ejército almorávide, pero sí que permite una buena aproximación a la red viaria establecida en el momento de organizar el espacio agrícola de los sectores estudiados. Dado que la organización de la mayor parte del mismo se asocia a la repoblación aragonesa del territorio, la determinación de estos caminos permite establecer la red viaria existente menos de un siglo después de la batalla. Si tenemos en cuenta la previsible tendencia a reaprovechar los caminos y las redes de riego durante el proceso repoblador (siempre que se considerasen adecuados a los nuevos criterios de explotación), es posible que gran parte de las trazas antiguas identificadas, existieran ya en el momento del tránsito del ejército almorávide. Otro factor que ha podido contribuir al mantenimiento de la red de caminos hasta fechas recientes es la inercia que genera el hecho de que éstos son los ejes más estables en la definición de los límites de propiedad dentro del mundo rural tradicional, correspondiendo la mayor parte de los cambios a los siglos XIX y XX, siendo éstos fáciles de identificar en la mayor parte de los casos.
Para todo ello, ha sido especialmente relevante la información proporcionada por la cartografía histórica (en especial la catastral, pero también la militar) y las distintas series disponibles de fotografía aérea (destacando los conocidos como "Vuelos Americanos" A y B), complementados con el correspondiente trabajo de campo. La conjunción de toda esta información ha permitido elaborar una detallada propuesta sobre la parte final del hipotético trayecto realizado por el ejército comandado por Ibrahim ibn Yusuf, entre la zona de Teruel y el entorno de Cutanda.
La antepenúltima etapa del viaje (hacia el 14 de junio de 1120) debió iniciarse en Tirwal (Teruel), fortificación situada en el barrio de la Judería de la actual ciudad, o en la cercana partida de Villavieja; discurrió durante todo su trazado por la vega del Alfambra y concluyó en el castillo de Alfambra, hisn desde el que se controlaba un amplio distrito rural. La penúltima etapa (15 de junio) partió del castillo de Alfambra, abandonando el trazado del río para adentrarse por los llanos de Perales y Rillo; en la zona de El Collado (Rillo), penetró en la cuenca del río Pancrudo, concluyendo en el castillo de Pancrudo. La última etapa (16 de junio) discurrió desde esta última posición hasta el castillo de Cutanda, existiendo varios tramos con trazados alternativos. Lo más seguro es que ascendieran por el Puerto Mínguez (Portalrubio) para evitar el Angosto de Villagarda (Torre los Negros-Alpeñés), en el que podían ser fácil presa de una emboscada. El último tramo pudo desarrollarse por el antiguo camino de Barrachina a Cutanda, o bien continuar por el río Pancrudo hasta el Camino del Prado o el del Villarejo. Es posible que, al llegar a Cutanda, se establecieran en lo que resultó ser su último campamento en Las Celadas, campos de secano situados al Sur del casco urbano, a los que nos referiremos poco más adelante.
El camino descrito estaba jalonado por numerosos asentamientos y puntos fortificados, en los que se ha detectado la presencia de materiales arqueológicos que pueden corresponder a ese momento. En su mayor parte, se trataba de un territorio densamente poblado, con apreciables recursos agrícolas y suficiente suministro de agua, hechos de especial relevancia para el caso de un importante ejército en tránsito, con excepcionales necesidades logísticas.
Una vez justificada la presencia del ejército almorávide en el entorno de Cutanda, para establecer una hipótesis sobre el devenir de los acontecimientos, es necesario tomar como punto de partida las tácticas de combate propias de la caballería cristiana y de la musulmana.
Las tropas de Alfonso I necesitarían una superficie llana de unas ciertas dimensiones para poder poner en práctica su táctica habitual, consistente en una carga frontal de caballería contra las líneas musulmanas. Al contrario, los almorávides, dada su superioridad numérica, se inclinarían (en el caso de tener la posibilidad de elegir), por un lugar mucho más amplio donde poder ejecutar maniobras destinadas a desbordar a los cristianos por sus flancos. Dado que las fuerzas aragonesas fueron las vencedoras, es muy probable que lograran combatir en un lugar que resultara favorable a sus intereses y a sus tácticas de combate. La mayor parte del entorno de Cutanda resulta demasiado accidentado para una carga frontal de caballería, siendo pocos los espacios que reúnen las condiciones idóneas para la misma. En primera instancia, esto nos permite concentrar nuestros esfuerzos en los lugares que pueden reunir esos requisitos.
Los trabajos de campo realizados hasta la fecha, poco a poco han empezado a arrojar luz acerca de la batalla de Cutanda. Las prospecciones arqueológicas realizadas en Las Celadas (al Sur de Cutanda), han revelado la presencia de varios miles de fragmentos de cerámica islámica dispersa en una superficie de más de 20 ha. A partir de esta información se formularon dos grupos de hipótesis con los que tratar de explicar estos resultados, uno de ellos basado en su posible relación con la Batalla de Cutanda (grupo H-1) y otro buscando causas ajenas a la misma (grupo H-0).
Posteriormente, se han realizado un total de 104 sondeos arqueológicos, destinados a recomprobar las evidencias marcadas por la prospección geofísica y a tratar de corroborar los distintos grupos de hipótesis (H-0 y H-1). Los resultados han sido muy clarificadores. En las hipótesis alternativas (H-0), con las que se trataba de justificar los patrones de dispersión y la abundancia de materiales, se barajaron tres posibilidades:
- Presencia de un asentamiento de notables dimensiones, arrasado por labores agrícolas (H-0.a): pese a la densidad de sondeos realizados, no se ha encontrado ninguna evidencia de la presencia de un asentamiento (construcciones, suelos) o de restos de su desmantelamiento (escombros, materiales reutilizados, etc.), lo que nos permiten considerar esta hipótesis como muy poco probable.
- Desmantelamiento de testares asociados a varios alfares dispersos (H-0.b): tampoco se han identificado restos de alfares, ni de testares, pese a que estos últimos son especialmente visibles aun cuando se encuentren desmantelados. Además, tampoco se detecta la presencia significativa de cerámicas con alteraciones en su cocción, características de los testares. Es por ello, que esta hipótesis también resulta poco probable.
- Abonado de los campos mediante fiemo doméstico en época andalusí (H-0.c): no se ha conseguido documentar esta práctica en este periodo en ningún territorio cercano; además, la zona considerada tampoco reúne las características más habituales para este tipo de prácticas (huertos y espacios de cultivo intensivo), por lo que ésta explicación es muy poco probable.
La mayor parte de los escenarios vinculados con la Batalla de Cutanda (H-1) ofrecen igualmente resultados negativos; pero no todos:
- Escenario de una batalla "convencional" en la que se enfrentan dos ejércitos desplegados (H-1.a): Resulta muy complicado pensar que los patrones materiales descritos respondan al emplazamiento donde tuvo lugar la batalla. Hay que tener en cuenta que en los enfrentamientos campales casi toda la impedimenta quedaba en el campamento. Tampoco se detectó la presencia de armas rotas o amortizadas (puntas de flecha arrojadas), ni restos humanos de las miles de personas que, según las fuentes, fallecieron en el enfrentamiento. Por ello consideramos esta explicación como muy poco probable.
- Escenario de una batalla derivada de una emboscada al ejército almorávide en tránsito, cuando ya se encontraba muy próximo a llegar a Cutanda (H-1.b): El ataque contra una columna en marcha, sí que justificaría una enorme dispersión de los recipientes que llevaba consigo. No obstante, para las tropas almorávides habría sido muy fácil transformar una columna de marcha en una columna de combate, dado que Las Celadas cuentan con espacios abiertos donde poder maniobrar. Esto se veía dificultado en lugares con orografía mucho más complicada o en valles estrechos, pero no aquí. En todo caso, también se deberían haber encontrado numerosos proyectiles arrojados en medio del combate y una cantidad significativa de restos humanos. Por lo cual, consideramos que es una explicación poco probable.
- Las Celadas como campamento almorávide (al amparo del castillo) y escenario principal de la batalla (ataque del ejército aragonés al ejército almorávide acampado, H-1.c): En la Edad Media resultaba habitual que, cuando un ejército se encontraba en inferioridad numérica, se recurriera a alguna estratagema para lograr la victoria. Quizás una opción para El Batallador fuese, dada la limitada distancia existente entre Calatayud y Cutanda, llevar a cabo un ataque por sorpresa contra el campamento. En ese caso, bastaría con que las tropas cristianas partieran de Calatayud el día anterior y durante la noche completaran el último tramo del recorrido, para caer al amanecer por sorpresa sobre el campamento almorávide. Esto explicaría la abundancia de material cerámico y la ausencia de restos de armamento, dado que los musulmanes no dispondrían de tiempo para organizar una defensa activa de sus instalaciones. Sin embargo, dado que éste sería el principal escenario del enfrentamiento, seguiría sin explicarse la ausencia de restos humanos, lo que le resta verosimilitud a esta hipótesis.
- Las Celadas como campamento almorávide (al amparo del castillo), saqueado por el ejército aragonés tras la batalla (H-1.d); ésta habría tenido lugar en un emplazamiento todavía no descubierto, pero no excesivamente alejado. La abundancia de material cerámico quedaría justificada por la presencia del campamento; y la ausencia de puntas de flecha y de restos humanos también, ya que no sería un escenario de enfrentamientos intensos, por ser reducido el grupo de soldados a cargo de su defensa y porque éstos pudieron huir o rendirse tras el desastroso resultado de la batalla. Es por ello que esta hipótesis es, de todas las consideradas, la única compatible con los restos descubiertos. Y, por tanto, la más probable, a falta de que en el futuro se pueda plantear cual quier otra opción.
Todavía son muchas las incógnitas que quedan por despejar en torno a la batalla de Cutanda. No obstante, de corroborarse la hipótesis H-1.d, podríamos estar cerca del escenario bélico; y sabríamos que el enfrentamiento se circunscribió a una batalla campal, en la que el campamento (instalado en Las Celadas) desempeñó un papel muy secundario. Es por ello que cada vez estamos más cerca de lograr nuestro objetivo: determinar cómo se desarrollaron los acontecimientos de aquel lejano 17 de junio de 1120, que tanta trascendencia tuvieron en el posterior desarrollo del Reino de Aragón.

Prospección geofísica realizada por los militares del Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros nº 12 de Zaragoza.

Ortofotografía de los sondeos arqueológicos realizados en el cerro del Calvario.

Cutanda y su castillo vistos desde el Norte. Créditos: Tamara López.

Potente muro de sillería, de más de 2 m. de espesor, del Castillo de Cutanda.

Aljibe del Castillo de Alfambra, antepenúltima etapa de los almorávides (14 de junio de 1120).

Campos de Las Celadas, al Sur del casco urbano de Cutanda.

Estatua de Alfonso I el Batallador, en Calatayud, plaza conquistada tras la Batalla de Cutanda.

Distintas escenas de la recreación de la Batalla. Créditos: Tamara López.

Distintas escenas de la recreación de la Batalla. Créditos: Tamara López.




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