
El Fuero de Teruel refleja el “espíritu de frontera” en el que estaba inmersa la sociedad turolense en las primeras décadas del siglo XIII. (Fuente: Fuero de Teruel, Ms. 802, fol. LXv, Biblioteca Nacional de España).
Publicado en: Aragón es otra historia, n º 3, Zaragoza, 2022, pp. 14-19
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad (ARCATUR)
El siglo XIII es la compleja centuria en la que se consolida Teruel, que por entonces era una villa de repoblación creada apenas unas décadas antes. Y además, se fragua el mudéjar turolense, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, erigiéndose las torres de San Pedro y de Santa María de Mediavilla (actual Catedral). También se realiza la magnífica techumbre decorada de este último templo, auténtico speculum mundi del Teruel medieval.
Las Bodas de Isabel de Segura han contribuido a popularizar esta etapa de nuestra Historia. El éxito de esta fiesta radica, tanto en su naturaleza lúdica y participativa, como en su carácter envolvente y sensitivo. Pero, pese al rigor que los organizadores intentan imprimirle, es inevitable que la fiesta ofrezca una visión idealizada de este lejano periodo. A fin de cuentas, no se trata tanto de reconstruir un hecho histórico, como de ambientar una tradición, cerrada en el fondo, pero abierta en las formas.
Por eso, no está de más aportar unas breves pinceladas sobre el contexto histórico en el que se sitúa su trama argumental. Y para ello, queremos aprovechar la “proximidad” que nos da la Arqueología; no en vano, esta Ciencia Histórica, centrada en el estudio de las evidencias materiales dejadas por las sucesivas culturas, también goza de especial popularidad por su carácter visual e intuitivo.
La información arqueológica disponible para este periodo es muy limitada, en especial por la difícil concreción cronológica asociada a los fósiles directores (materiales de referencia) empleados, lo que dificulta mucho precisar con una exactitud de décadas la datación de los restos descubiertos. No obstante, creemos que es suficiente para aportar una visión general.
La fundación de Teruel.
Hacia el año 1169, las tropas de Alfonso II conquistaron Tirwal, una antigua posición andalusí que estaba en manos del reino taifa de Valencia. Se trataba de un espacio muy escasamente poblado, en el corazón de la parte meridional del Sistema Ibérico. Allí estableció una posición militar (1171) para asegurar el control del territorio.
Pero poco tiempo después la situación cambió radicalmente. El califato almorávide se anexionó la taifa de valencia. De esta forma, la parte meridional del Reino de Aragón pasó a estar en contacto con un peligroso vecino, que controlaba todo el territorio musulmán peninsular y el Norte de África (Marruecos, Argelia, Túnez y parte de Libia); este extenso imperio, además de ser mucho más rigorista en la aplicación de las leyes coránicas, estaba combatiendo con éxito a los estados cristianos.
En estas circunstancias, el monarca aragonés decidió fundar en Teruel una villa que sirviera de plaza fuerte, sobre la que pivotar la defensa de la frontera (1177). Para complementar esta medida, además decidió distribuir muchos territorios fronterizos entre ordenes militares, nobleza laica y el obispado de Zaragoza, para que se hicieran cargo de su defensa.
La fundación de una nueva villa no era una cuestión sencilla; Alfonso I había fracasado al tratar de fundar una ciudad en Cella (1127) y Ramón Berenguer IV al repoblar la villa de Alcañiz; el propio Alfonso II fracasó, años después, en Camarón (1194). El problema radicaba en que era necesario atraer un número suficiente de personas procedentes de otros territorios cristianos (Norte de Aragón, Navarra y Sur de Francia), que estuvieran dispuestas a correr los importantes riesgos de vivir en una zona de guerra y, a la vez, de acometer el notable esfuerzo de crear un nuevo núcleo de población, prácticamente de la nada. Por ello, les concedió un ventajoso Fuero, que durante cuatro siglos fue el principal texto legal que rigió la vida de los turolenses.
Durante las primeras décadas de existencia de la nueva villa, fue necesario levantar un recinto amurallado de más de 2 km. de perímetro, esencial para su supervivencia. Una antiquísima tradición turolense (ya recogida en el siglo XIV), narra cómo durante su construcción, los turolenses fueron continuamente hostigados por los sarracenos, hasta el punto de que los cadáveres de los caídos se utilizaron para cimentar la muralla, y su sangre para amasar el mortero. Se conservan muy escasos restos de ese primer recinto amurallado, construido con un zócalo de mampostería recrecido con tapial, similar al conservado junto a la Torre de la Bombardera; las torres eran semicirculares, como la Torre Sur de San Esteban (que actualmente sólo se puede ver desde un patio interior) o la torre descubierta cerca del Portal de San Miguel (visible en el Centro de Interpretación de la Muralla). La Torre Norte de San Esteban (frente a la Estación de Autobuses), data también de este momento, pero su paramento exterior fue forrado con mampostería regularizada en el siglo XV
Además de la muralla, se definió el trazado de las calles, se erigieron las primeras iglesias y, cómo no, cada vecino tuvo que edificar su propia casa, en la parcela que previamente le habían asignado. También se organizó el espacio agrícola del entorno de Teruel, distribuyendo lotes de tierras para su cultivo a los nuevos pobladores.
Se crearon las milicias concejiles, en las que participaban todos los vecinos, en función de su capacidad económica para adquirir armas y mantener una montura. Este pequeño ejército se dedicaba a atacar las cercanas posiciones almohades, saqueándolas y tomando prisioneros, por los que cobraban un rescate o los vendían como esclavos. De esta forma, se creo una economía de guerra, de la que salieron más beneficiados los vecinos más activos y mejor dotados para la milicia, sentándose las bases de las futuras oligarquías urbanas.
Las primeras décadas del siglo XIII: una realidad hostil.
El Teruel de principios del siglo XIII, heredero de esa primera generación de turolenses, era muy distinto al que percibimos durante las “fiestas medievales”. En gran medida, era aún un núcleo de población en construcción. Una primera dificultad, a la que nos tenemos que enfrentar para comprenderlo, es la ausencia de hitos y escenarios de referencia que nos permita visualizarlo. En ese momento, no existía ninguno de los edificios que estamos acostumbrados a ver. Ni tan siquiera la Torre de San Pedro, la más antigua de las estructuras mudéjares, que fue construida tres décadas después de la fecha en la que se suelen situar las Bodas.
Las únicas estructuras visibles de aquel periodo son las descubiertas en sucesivas intervenciones arqueológicas, como la portada abierta en la zona de los pies de Santa María de Mediavilla (la actual Catedral); esa pequeña puerta, situada frente al Altar Mayor, debía tener una gran importancia litúrgica, aunque no debía ser el acceso principal al templo. También se conservan los restos de tres iglesias de traza románica y planta absidial: San Martín, San Miguel y Santa María de Mediavilla; pero, los restos de las dos primeras no se encuentran accesibles al público y los de la tercera están, en gran medida, ocultos bajo el pavimento.
Durante las décadas transcurridas desde su fundación, la Villa había ampliado el territorio, reconquistado hasta la zona de Rubielos-Sarrión. Pero, a pesar de que cada vez se encontraba a mayor distancia el territorio en manos de los hispanomusulmanes, aún subsistía el “espíritu de frontera” o “de extremadura”” que marcó el origen de Teruel, por lo que una parte significativa de la economía se basaba en las frecuentes expediciones de saqueo.
La Villa era un espacio totalmente cerrado por la muralla, sin la salida a las grandes rondas que ahora circundan la ciudad. No debía ser un lugar oscuro, por la baja altura de la mayor parte de los edificios. Sus calles eran sensiblemente más estrechas e irregulares que las actuales; y no tenemos constancia de que en esas fechas alguna de ellas estuviera pavimentada. Valga como ejemplo la Plaza del Mercado (actual Plaza del Torico o Carlos Castel); los sondeos realizados hace unos años en la misma, indican que se encontraba cubierta por una costra de tierra que contenía astillas de hueso, carbones, trocitos de cerámica y, seguramente, abundante materia orgánica de todo tipo; no en vano, el Fuero de Teruel, cuyo corpus legal en esas fechas aún era objeto de modificaciones, prohibía arrojar agua e inmundicias a la calle; y recordemos que, con frecuencia, una prohibición responde a una cierta asiduidad en un acto. Incluso en la centuria siguiente, las basuras penetraban en los aljibes que abastecían de agua potable a la población.
De todas formas, tampoco debemos extrañarnos. Buena parte de los desechos y escombros generados, en ese y otros periodos, no llegaron a salir nunca del casco urbano; fueron depositados en su interior, donde buenamente se pudo. Y, lo que entonces fue una auténtica maldición, a la larga ha contribuido a la conservación de los restos arqueológicos, sepultados por niveles de escombros y basuras que en ocasiones superan los dos metros.
Pero vayamos a las casas. Los escasos espacios domésticos estudiados demuestran la extrema precariedad de ese periodo. El Fuero prohibía expresamente las cubiertas de paja, que posiblemente proliferaron en la época fundacional. El uso del yeso era aún muy limitado; se detecta la presencia de zócalos de mampostería trabada con tierra, posiblemente recrecidos con tapial; la poca estabilidad de algunas de estas estructuras nos hace pensar que muchas casas tenían una sola planta y un posible altillo bajo la cubierta. En cuanto a los suelos, eran de tierra o arcilla y, con frecuencia, su superficie era ligeramente cóncava. Hasta décadas después no empezaron a generalizarse los suelos de yeso.
La comida se cocinaba en unos hogares de límites inestables y seguramente carentes de un sistema efectivo de evacuación de humos; éstos saldrían por un simple agujero en la cubierta. En el interior de la vivienda se debía percibir el mismo intemporal olor a humo que impregna nuestras ropas en las haimas de la “fiesta medieval”. Es sintomática la cantidad de carbones que, junto con otros desechos domésticos, aparecen en la costra de tierra verdosa (por la abundancia de materia orgánica) que se empleaba como suelo de la vivienda.
Evidentemente, las condiciones de vida serían algo mejores para las escasas familias más pudientes. Pero no así para la tropa alojada en el Castillo Menor. En un pequeño barracón descubierto en las excavaciones arqueológicas, en unas parcelas de la Calle Comadre, pudimos observar como, periódicamente, se nivelaban los rellenos de basuras (carbones, cenizas, huesos de animales y algún recipiente roto) y se vertía un nuevo suelo de mortero de yeso y cal, lo que dio lugar a una peculiar sucesión de niveles de suelos y basuras. Los hogares cambiaban de posición y el nivel de suelo iba ganando cota, por lo que la cubierta debía ser muy precaria y se debía sustituir frecuentemente.
Tampoco debemos considerar la cerámica decorada de Teruel como referente de esa época, ya que se generalizó en la segunda mitad de la centuria. El ajuar doméstico estaba formado, fundamentalmente, por ollas sin vidriar, panzudas y con acanaladuras en el exterior. Otros objetos, de madera, textil o cuero, no se suelen conservar en el registro arqueológico, aunque sí aparecen referenciados en el documental.
En suma, en las primeras décadas del siglo XIII la vida de la mayor parte de los turolenses de debía ser corta y dura, desarrollándose en un escenario que para nosotros sería hostil e irreconocible.
La segunda mitad del siglo XIII: una realidad más cercana.
Algunos aspectos del panorama descrito fueron cambiando a lo largo de las siguientes décadas. En tiempos de los nietos de los fundadores de la Villa, los turolenses participaron muy activamente en la conquista del Reino de Valencia. Muchos de ellos se trasladaron a vivir a las cálidas y fértiles tierras del Levante, iniciando en ese territorio una nueva vida.
Los que se quedaron, fueron testigos de la profunda transformación de Teruel. La conquista del Reino de Valencia contribuyó al florecimiento económico de la Villa; cesaron los antiguos ingresos por saqueo del territorio enemigo, que ya se encontraba muy lejos de Teruel. Se debió intensificar la explotación agrícola, hasta el punto de que, en las centurias siguientes, las tierras turolenses exportaban grandes cantidades de grano para alimentar a la gran urbe levantina. Pero, fue la ganadería la que tuvo un mayor desarrollo; los privilegios concedidos a los turolenses por su participación en la conquista de Valencia, les permitió aprovechar los pastos de invierno del Levante; la trashumancia facilitó que se multiplicaran el número de cabezas de ganado. Y la abundante lana generada se convirtió en el principal producto de exportación.
Otro producto relevante, y que dejó una importante huella en el registro arqueológico, fue la cerámica decorada de Teruel, producida en decenas de hornos alfareros; además de atender a la creciente demanda local, la cerámica de Teruel se vendió en todo el Reino de Aragón, en Valencia (compitiendo duramente con los alfares locales), en Cataluña y en zonas limítrofes del Reino de Castilla. Y todo, ello pese a los elevados costes de transporte, al tratarse de un producto frágil y pesado.
Además, Teruel también se benefició del importante trasiego comercial entre Valencia y Zaragoza.
Unos años después, los bisnietos de los fundadores vieron cómo se creaban en Teruel los barrios mudéjar y judío. Estas minorías religiosas, organizadas de acuerdo a sus propias leyes y costumbres (salvo en su relación con la mayoría cristiana), construyeron sus propios templos (mezquitas y sinagogas) y dejaron su impronta en la Villa.
En este periodo se realizaron las primeras construcciones mudéjares, los campanarios de San Pedro y de Santa María de Mediavilla. Las construcciones con rasgos mudéjares, que reflejan el gusto cristiano por la arquitectura islámica, debieron ser más frecuentes de lo que habitualmente se piensa. El paisaje urbano turolense se fue poblando de campanarios mudéjares, adosados a iglesias que poseían bellas techumbres pintadas. En la construcción de los edificios de viviendas se fue introduciendo cada vez más el yeso, tanto en muros como en suelos. Pero aún faltaban varias décadas para que se empezasen a solucionar los problemas de suministro de agua y para que se construyeran las primeras redes de saneamiento. En suma, una realidad mucho menos hostil y más próxima a la imagen que solemos tener del Teruel Medieval.

Torre Sur de San Esteban, una de las pocas torres conservadas de la muralla existente en el siglo XIII.

Lienzo de muralla contiguo a la Bombardera. La muralla que protegía la villa en el siglo XIII era de tapial, con zócalo de mampostería.

La puerta de los pies del templo de Santa María de Mediavilla (actual Catedral) ya existía a principios del siglo XIII.

El horno más antiguo que apareció en las excavaciones arqueológicas de la Nevera data de principios del siglo XIII y es anterior a la cerámica decorada de Teruel.

Vivienda de las primeras décadas del siglo XIII en Callizo Carcasés nº 2 (La Iglesuela del Cid). Se trata de un ejemplo muy ilustrativo, gracias a las escasas alteraciones ocasionadas por las construcciones posteriores. (M. Mar Ibáñez – Qualcina).

Hogar (depresión central con piedras calcinadas), en Callizo Carcasés nº 2 (La Iglesuela del Cid). En esta estructura, similar a las existentes en la capital en esas fechas, el humo salía de la vivienda a través de un agujero abierto en el techo. (Rosa Loscos – Qualcina).

La techumbre de Santa María de Mediavilla fue realizada medio siglo después de la fecha en la que se suele situar la tradición de los Amantes. Ya refleja una sociedad más avanzada, que había dejado atrás los viejos tiempos en los que Teruel era una posición fronteriza frente a los almohades.

La fortaleza andalusí se situaba en la parte central y meridional de la cumbre del Cerro del Castillo. La construcción cilíndrica marca la posición en la que pudo situarse el antiguo castillo.





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