El castillo de Valderrobres

Conjunto monumental.

Publicado en: Verde Teruel, n º 49, Teruel, 2019, pp. 56-64

M. Siruana

 

A modo de historia

En 1175, tras la reconquista de los territorios de la Peña Aznar Lagaya, que ocupaba las actuales localidades de Valderrobres, Beceite, Fuentespalda y Torre del Compte, el rey Alfonso II donó Valderrobres a Pedro Torroja, obispo de Zaragoza, y a su Cabildo Metropolitano, quienes inmediatamente los subinfeudaron a Fortún Roberto, entonces canónigo de la catedral cesaraugustana; si bien el obispado se reservaba la potestad de recuperar esas tierras en determinadas circunstancias. En ese documento de donación ya se hablaba de la necesidad de construir un castillo, edificándose una pequeña fortaleza de la que quedan unos pocos vestigios.

La herencia de Fortún Roberto acabó recayendo en la familia Oteyza, cuyo último miembro fue Pedro López de Oteyza, que murió sin descendencia, provocando un litigio entre la monarquía y el obispado de Zaragoza, que se saldó en 1307 con la renuncia del rey a sus derechos y el reconocimiento definitivo de la propiedad del obispo de Zaragoza, que se convirtió definitivamente en señor feudal de este territorio y poco después, por obra del ya arzobispo Pedro López de Luna, se impulsó la construcción de la iglesia y del castillo, pero las obras quedaron interrumpidas.

A partir de 1390, el arzobispo García Fernández de Heredia dio un nuevo empuje a las obras transformando el primitivo castillo en un palacio residencial y concluyendo la iglesia, salvo la torre, que fue terminada durante la prelatura de Dalmacio de Mur y Cervellón, que también puso punto final a las obras que quedaron inconclusas, puesto que la iglesia debía haberse prolongado al menos un tramo más y la zona más alta del castillo quedó inacabada.

En realidad la mayor parte del castillo se construyó gracias a la voluntad de García Fernández de Heredia, quien permaneció en Valderrobres durante largas temporadas. Dalmacio de Mur y Cervellón también se sintió atraído por este pueblo y se preocupó por engrandecer el edificio, si bien nunca llegó a concluirlo. Sus sucesores lo dejaron de lado, como así lo demuestra un documento notarial del 1532 que describe algunas de las carencias y desperfectos que se habían producido. De todas maneras, poco después, el arzobispo Hernando de Aragón volvió a interesarse por el palacio, mandando realizar el distribuidor de la planta noble y el muro que contiene el patio de armas, donde quedó esculpido su escudo, lo cual no evitó que la torre del homenaje acabara viniéndose abajo en 1617, arrastrando en su caída el citado distribuidor. En 1656 el castillo acogió al arzobispo y virrey de Aragón, Juan Cebrián que, aquejado de gota, se hacía trasladar en litera hasta la iglesia arciprestal, en la que durante tres meses se celebró el sínodo diocesano cesaraugustano.

A partir de esa época los arzobispos dejaron de prestar atención al castillo y, con las desamortizaciones iniciadas en el siglo XIX, el monumento pasó a propiedad del estado, lo que derivó en su abandono y deterioro progresivo, provocando el hundimiento de sus tejados y algunos muros. Esporádicamente, en momentos convulsos, como los conflictos carlistas, fue utilizado como fuerte, refugio o cárcel.

Avanzado el siglo XX, sólo permanecían cubiertas las caballerizas y la sala de mozos de cuadra, gracias a que habían sido construidas con bóvedas de cañón que resistieron tanto las inclemencias del tiempo como los sucesivos derrumbes. El resto de plantas se habían venido abajo, provocando amontonamientos de escombros y tierra, que fueron el espacio perfecto para la proliferación de todo tipo de vegetación y hábitat de animales. Esporádicamente las caballerizas servían como refugio de gitanos y vagabundos que encontraban en ellas un lugar para vivir bastante acogedor.

Durante la década de 1980 el castillo comenzó a ser restaurado en sucesivas fases, partiendo de un proyecto de obras que contemplaba la reconstrucción total e incluso se barajó la posibilidad de convertirlo en parador nacional, pero sólo se recuperó aproximadamente el cincuenta por ciento de su volumen arquitectónico, lo que facilitó su conversión en lugar habitual de acontecimientos culturales y visitas turísticas.

A lo largo de todo este tiempo no estuvo definida la titularidad del edificio y la propia Iglesia Católica intentó inscribirlo a su nombre. En 2016 se aclaró que el monumento era propiedad del Estado Español, que en 2018 lo cedió al Ayuntamiento que es quien se había encargado de protegerlo y cuidarlo durante todo ese tiempo. Por su parte el Ayuntamiento entregó la gestión a la Fundación Valderrobres Patrimonial Asunción Tomás Foz, que ha iniciado el proceso para su completa restauración y que lo oferta para el disfrute de visitantes, junto a la iglesia parroquial y el centro museístico.

La restauración del castillo y su entorno es un proyecto impulsado por la Fundación y cuyo coste final superará los 1,5 millones de euros. Para ello cuenta con la colaboración básica e imprescindible del Ayuntamiento, quien emprendió la primera fase de las obras adquiriendo los corrales del lado norte y creando una zona de esparcimiento debidamente urbanizada, a la vez que ha dignificado y dado una salida peatonal a la calle de Huesca. La segunda fase, también ejecutada, la ha llevado a cabo la Fundación y ha consistido en la delimitación del patio de armas con la mejora de sus accesos y medidas de seguridad. La tercera fase, en ejecución, también a cargo de la Fundación, permitirá que los visitantes puedan acceder al camino de ronda y a las almenas, desde donde podrán contemplar unas vistas espectaculares. El resto de la restauración abarcará la recuperación de las antiguas despensas y salas anejas a la cocina, la zona sureste, donde estaban situadas las bodegas, la habitación del arzobispo, el salón de los leones y la cámara dorada, la limpieza y rejuntado de todas las fachadas y una instalación eléctrica de carácter monumental. Las obras se llevarán a cabo con las aportaciones económicas de la Fundación, que ha comprometido 500.000 €, el Ministerio de Fomento (a través del 1,5 % Cultural) que subvencionará hasta un máximo de 491.000 €, el FITE que aportará algo más de 157.000 € y el Ayuntamiento y las aportaciones particulares, entre las que destacan los 100.000 € donados por la Fundación Universitaria Iberoamericana. El plazo previsto de ejecución estará finalizado antes de que acabe el año 2021.

 

El monumento

El castillo de Valderrobres forma una pareja indisoluble con la iglesia parroquial. Ambos monumentos fueron edificados al mismo tiempo y durante las mismas fases constructivas y además estaban unidos a través de un primer pasadizo construido durante la prelatura de Pedro López de Luna, que permitía acceder desde la planta baja del castillo a la escalera de caracol que unía el interior del templo con el tejado. Con la ampliación de García Fernández de Heredia se abrió un nuevo pasadizo que discurría sobre el anterior y lo bloqueaba y que comunicaba las habitaciones privadas del arzobispo con la tribuna construida sobre la capilla lateral del templo y de ésta con el interior de la iglesia.

El conjunto castillo-iglesia preside majestuosamente la localidad de Valderrobres. Al recinto del castillo se accede a través de dos puertas, la principal, situada en la calle Bonaire, frente a los pies de la iglesia y la secundaria, ubicada bajo el pasadizo de unión con el templo. Atravesando estas puertas se llega al patio de armas que se sostiene sobre un montículo rodeado de un muro contraterrero, que originalmente estaba amurallado en todo su perímetro y del que se conservan algunos vestigios.

El castillo es un edificio de planta poligonal irregular y tiene la particularidad de que está edificado en el lugar que ocupaba la cúspide de una colina rocosa, de modo que sus constructores utilizaron la montaña como cantera y, a la vez que vaciaban lo que sería el espacio interior, pudieron construir los muros perimetrales, ganando superficie en cada una de sus tres plantas, por lo que la baja tiene forma de L, la primera planta es una U y la última una O, en cuyo centro emerge la parte más alta de la colina rocosa, que no acabó de recortarse para concluir los patines que ya disponían de los mechinales adecuados.

A la zona cubierta del castillo se entra a través de la puerta que se abrió en su planta baja y que da acceso al recibidor, que es el lugar donde se descabalgaba. Desde él, a la izquierda, se accede a las caballerizas y luego a la estancia de los mozos de cuadra, que son las dos únicas salas que conservan su techo original, formado por una bóveda de cañón apuntado que, dada su fuerte consistencia, pudo resistir los sucesivos derrumbes provocados por el paso de los siglos. En las caballerizas quedan incisiones en la pared donde se encajaban los engarces para amarrar a los caballos y en ambas salas permanecen intactas las ventanas abocinadas originales. El suelo se restauró a partir de su disposición encachada original. Actualmente la sala de caballerizas acoge exposiciones temporales y en la sala de mozos se proyecta una audiovisual que explica el monumento.

Volviendo sobre nuestros pasos, desde el recibidor, subiendo unas escaleras, se entra en la llamada Sala Capitular, que está rodeada por un banco de piedra y que posiblemente se utilizaba como sala de espera. Originalmente estaba separada de la escalera por un muro y una puerta, de la que quedan señales. Desde ella se puede acceder a la zona de la bodega o subir por la escalinata que nos conduce a la planta noble.

Al llegar a la primera planta se encuentra un distribuidor porticado que fue construido en el siglo XVI. Desde él se accede a las estancias nobles de la planta, a la cocina, a la sala auxiliar y a las despensas. En un extremo también queda una necesaria o retrete, ubicada entre la cocina y la sala auxiliar.

La cocina es una sala irregular que está rematada por una cúpula sobre trompas que servía para facilitar la salida de los humos del fogón central. Contaba con un horno, un desagüe y dos pasaplatos para servir la comida al Salón de las Chimeneas.

Frente a la cocina estaba situada una sala auxiliar que se utilizaba para guardar los utensilios de cocina, para preparar la comida y como fregadero, según se deduce del desagüe situado en la esquina del banco. En esta sala aún pueden apreciarse algunos de los restos de lo que fue la primera construcción del castillo.

Al salir de la sala auxiliar, a la izquierda, hay un pasillo tallado sobre el suelo original y que conduce hasta las despensas, situadas detrás de la sala auxiliar. El elemento más destacado de esta sala es la nevera, pozo de algo menos de dos metros de profundidad, que se usaba para almacenar la nieve prensada para poderla utilizar como hielo.

Volviendo al distribuidor, podemos acceder al Salón de las Chimeneas, que es la estancia más grande del castillo. Dispone de tres enormes chimeneas y cinco ventanas festejadoras (con banco lateral). También es evidente la presencia del escudo del arzobispo García Fernández de Heredia, muchas veces repetido y que corona la sala. Desde este salón se accedía a la zona privada del arzobispo.

La primera sala privada es el llamado Salón Sur, que era utilizada como despacho y sala de estar. Según se desprende de las huellas de los muros, en origen, contaba con un zaguán, tuvo los techos rebajados y estaba dividida en tres partes. La principal sería la central, que abarcaría la primera ventana y la chimenea. Esta sala daba paso al dormitorio del obispo, la sala de los leones y la torre. Actualmente una puerta cerrada impide el paso pero, tras la restauración, el recorrido permitirá visualizar todas las salas nobles al completo.

Si regresamos al distribuidor, subiendo unas escaleras, podremos acceder al patio de la segunda planta. Aquí es donde mejor se puede ver lo que queda de la vieja fortaleza defensiva. La cúspide de la roca natural en torno a la que estaba construida aún sobresale en el centro, mientras que en la parte trasera conserva las saeteras para defenderse de los posibles atacantes. A esta primera etapa constructiva pertenece también la necesaria. El resto fue construido en el siglo XV por el arzobispo Dalmau de Mur. La zona de roca natural se convirtió en esta época en un patio similar a un claustro, del que quedan vestigios de columnas y puertas. Al lado del patio, sobre la sala auxiliar y la despensa, había una sala conocida con el nombre de olivera, que era el lugar donde se almacena el aceite. Aún conserva un escudo del arzobispo que la mandó construir. Las ménsulas que son visibles en el muro occidental nunca acabaron de servir para sustentar un techo y la ventana festejadora que daba a ellas nunca debió acoger una sala.

A través de dos puertas situadas al sur, se puede acceder a una escalera que conducía a las galerías altas y otra que permitía bajar a las salas privadas. Sobre las salas privadas había una falsa o cielo raso, descrito en el documento notarial del siglo XVI y bien visible a través de los restos arqueológicos que se conservan. Desde esa falsa se accedía a las galerías o golfas, que son dos alas muy ventiladas gracias a las diversas ventanas que se abrían en ellas. Actualmente son dos grandes salas diáfanas pero, tal como se deduce de las marcas que quedan en los muros, ambas estaban compartimentadas y servían como graneros y ocasionalmente como habitaciones para el servicio.

Desde la galería del fondo y a través del cielo raso situado sobre la cocina, se sube hasta el paso de ronda, camino almenado que rodeaba la parte más visible del castillo y que le confiere su aspecto peculiar. En las esquinas había unas torretas de vigilancia a las que primitivamente se accedía por medio de una escalera de madera. Las vistas desde allí son espectaculares.

La torre del homenaje, descrita en el documento notarial del siglo XVI y hundida en el año 1617, estaba situada sobre la cocina, tenía 3 tres plantas de altura, acababa en terraza y sobresalía varios metros por encima de las almenas del castillo, que tendría un aspecto bastante diferente al que presenta en la actualidad.

Al regresar sobre nuestros pasos hasta el patio, se toma la escalera de servicio, que permitía bajar hasta una puerta, luego tapiada, y que servía para el acceso de la servidumbre y el movimiento de las mercancías.

En la escalera antes descrita, a la altura de la primera planta hay una puerta que permitía el acceso directo a la zona privada del castillo. En primer lugar se entraba en el Salón de los Leones, llamado así porque en sus esquinas estaban colocadas las figuras de cuatro leones (dos de los cuales se pueden ver en la iglesia), esta sala conserva una ventana festejadora y desde ella se podía acceder al dormitorio del arzobispo, al segundo pasadizo que conducía a la tribuna de la iglesia y a una sala situada dentro de la torre del homenaje, conocida como sala dorada.

Regresando a la escalera se desciende hasta la planta baja de la torre, en cuyo suelo hay una apertura que da acceso a una sala subterránea cubierta con bóveda de cañón, que se utilizaba como mazmorra y que durante años se asoció a una leyenda y se la conoció con el nombre de pozo de la Mano Peluda. Era la llamada cárcel de los capellanes, inhóspito lugar donde el arzobispo encerraba al clero díscolo o delincuente.

Junto a esta sala está el primer pasadizo que comunicaba el castillo con la iglesia, que fue construido en la primera mitad del siglo XIV, pero que más tarde quedó anulado cuando García Fernández de Heredia construyó otro sobre él en la primera planta, a partir de entonces pudo haberse utilizado como prisión. Actualmente el pasadizo se ha recuperado y permite recorrer el camino primitivo que unía ambos edificios, hasta llegar a la tribuna de la iglesia 

La sala más inferior es la antigua bodega. En su interior había al menos tres grandes toneles de vino de unos cinco mil litros. Su suelo original era de tierra batida y es posible que contuviera un lagar. En esta sala también son visibles algunos restos de la primitiva fase constructiva del monumento, modificados en la prelatura de García Fernández de Heredia.

 

La iglesia, el museo y el torreón de la muralla

Quien visita el castillo adquiere una entrada que le permite acceder a la iglesia y al centro museístico y en un futuro también al antiguo torreón de la muralla, situado en la calle del Codo, que completará la oferta turístico cultural de Valderrobres.

La iglesia es un magnífico ejemplo del gótico meridional. Es un templo de una sola nave, con capillas laterales y radiales entre los contrafuertes. Destaca por su austeridad y líneas góticas muy puras, en las que sobresalen tres magníficos rosetones, en especial el de la fachada. También destaca la enorme portada formada por once arquivoltas, con capiteles decorados con la historia de Noé y la lucha entre la virtud y el vicio. Otras figuras y escenas religiosas completan la composición. Toda la cornisa del templo está decorada con infinidad de canecillos y gárgolas, de los que algunos son de gran calidad y significado. Dentro del templo domina la austeridad, pero son dignas de mención las claves de bóveda y la tracería de la tribuna, a la que se accede por una escalera de caracol.

El centro museístico con sus paneles y maquetas, tiene dos plantas dedicadas a poner en contexto los tres grandes estilos artísticos de la comarca: gótico, renacimiento y barroco, proponiendo rutas culturales. Se completa con una sala dedicada a la gran soprano Elvira de Hidalgo y otras dedicadas a la escuela antigua, a la indumentaria antigua y a la temática navideña ambientada en hermosos dioramas que reproducen espacios naturales y urbanos de la localidad.

El torreón, como el resto de la muralla, es coetáneo del castillo, estaba situado junto a uno de los siete portales de la localidad y durante años fue utilizado como vivienda. Ahora, ya propiedad del Ayuntamiento, se usará como espacio museístico complementario.

Fachada castillo.
Salón Chimeneas.
Sala Capitular.
Mazmorra.
Galería Oeste.
Escudo Dalmacio Mur.
Distribuidor Hernando Aragón.
Escalera.
Detalle de ventana.
Fachada iglesia.

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