El castillo de Aliaga

El peñasco sobre el que se alza el Castillo, visto desde el Este, con el caserío a sus pies (R. Loscos / Archivo Qualcina).

Publicado en: Verde Teruel, n º 56, Teruel, 2021, pp. 81-84

José F. Casabona, Javier Ibáñez & Rubén Sáez

 

En Aliaga, el hombre se alió con la geología para configurar un conjunto defensivo excepcional, prácticamente inexpugnable. En época andalusí, albergó un hisn (castillo rural), que, con la conquista de Zaragoza, pasó a manos de Alfonso I; éste se lo entregó a Lope Johanes de Tarazona. Pero al morir El Batallador, la frontera se derrumbó y la posición fue recuperada por los almorávides.

 Tras la reconquista definitiva por Alfonso II, Sancho de Tarazona donó la fortaleza, la villa y la iglesia a la Orden del Hospital (1163). Pocos años después, en 1180, los sanjuanistas establecieron en Aliaga el centro de su encomienda en las sierras turolenses. Y en noviembre de 1216, concedieron fueros a los pobladores de Aliaga, en los que el servicio militar ocupaba un lugar destacado.

La primigenia aldea de Aliaga debía situarse dentro del recinto exterior del Castillo, junto a la primitiva iglesia. En el siglo XV la villa se extendió fuera de la muralla, trasladándose también la parroquial, dedicada a San Juan. No obstante, en el siglo XVI aún había una capilla en el Castillo, bajo la advocación de Santa María.

Fue probablemente a principios del siglo XIII, cuando el Castillo de Aliaga fue objeto de una importante remodelación, convirtiéndose en una fortaleza de carácter conventual.

Durante la Guerra de los Dos Pedros, el Castillo fue puesto en estado de defensa, aunque finalmente no fue atacado, al situarse muy a retaguardia. Sí que lo sería un siglo después, por los soldados castellanos del duque de Híjar (1462), partidario del Príncipe de Viana en su enfrentamiento contra Juan II. No obstante, las fuerzas de ocupación lo evacuaron al año siguiente. El de Híjar acabó reconciliándose con el monarca y éste le otorgó el título de conde de Aliaga, con el consentimiento del prior sanjuanista, lo que demuestra la debilidad de la Orden. En 1487 Fernando el Católico lo elevó al rango de ducado, título ostentado hoy por Luis Martínez de Irujo, XIXº duque de Aliaga.

Pese a la aparente titularidad nobiliar, el Castillo permaneció bajo dominio sanjuanista. En 1535 mantenía un arsenal compuesto por 22 picas, 24 lanzas, 12 paveses, 6 escopetas, 8 ballestas de acero y 3 de madera.

Hoy en día, sus construcciones están ocultas bajo varios metros de escombros, pese a lo cual es posible hacerse una idea de su organización espacial. Con una superficie próxima a los 4.000 m2, el Castillo está coronado por un peñasco de más de 30 m. de altura, en el que se asentó la torre del homenaje. A su amparo, en los flancos occidental y meridional, se dispusieron una serie de edificios y recintos concéntricos.

Buena parte del recinto exterior resulta visible hoy en día. Destacan una quincena de cubos semicilíndricos de mampostería, de unos tres metros de diámetro, por delante de los cuales se sitúa un foso. La densidad de este tipo de estructuras en el flanco Noroccidental resulta excepcional y sin parangón en territorio turolense.

Entre tanta torreta, destaca un potente torreón rectangular, de unos 8 por 7 metros de planta. Aparentemente más antiguo que el resto, sus muros de tapial calicostrado fueron revestidos posteriormente con piedra para otorgarle mayor solidez y prestancia. Su posición, en el expuesto ángulo de giro del recinto exterior, le otorga una especial relevancia.

El resto de las construcciones se debieron agrupar concéntricamente en torno a la peña donde se situaba la torre del homenaje. Este espacio hasta las murallas perimetrales, estaría ocupado por la antigua aldea de Aliaga. Dado el marcado declive topográfico existente desde la peña, las construcciones más próximas a ésta se encontrarían en una posición más relevante, lo que le daría al conjunto una peculiar apariencia escalonada.

Al igual que otras fortalezas conventuales turolenses, el Castillo de Aliaga contó con capilla y diversas dependencias monásticas (sala capitular, refectorio, dormitorios, estancias del comendador) y al menos un aljibe, construcciones seguramente adosadas a la peña

Tras varios siglos de inactividad militar, el Castillo recuperó protagonismo durante las Guerras Carlistas. Durante la Primera, un contingente rebelde al mando de Francisco Macarulla, se hizo fuerte en su interior. La fortaleza, como recoge la prensa del momento, se había reforzado con nuevas obras, por lo que el refugio de las tropas allí no fue improvisado. Sus muros se encontraban artillados con dos obuses y dos cañones.

Para doblegar la resistencia del Castillo de Aliaga fue necesario el traslado de un poderoso ejército y de un tren de artillería de consideración, cuyo desplazamiento obligó a modificar los caminos existentes. El ejército isabelino estuvo encabezado por Leopoldo O’Donnell, acompañado por el marqués de Novaliches o el duque de Ahumada, que recibió por esta acción la placa de la Orden Militar de San Fernando.

Las baterías reales arrojaron sobre la fortaleza más de 3.000 proyectiles, que debieron ocasionar cuantiosos daños, aunque los intentos de minado fracasaron. Ante el incesante bombardeo, Macarulla capituló el 16 de abril de 1840. El Castillo sirvió después de acuartelamiento para las tropas del Ejército del Centro, antes de continuar contra las últimas posiciones carlistas aragonesas.

De la fortaleza medieval ha sobrevivido su perímetro exterior, cubriendo los escombros las sucesivas subdivisiones internas. En él se superponen el acuartelamiento liberal, la fortificación carlista y la fortaleza conventual. Sólo a través de la arqueología y el estudio documental se podrá avanzar más en el conocimiento de esta fortificación excepcional.

La fusión de las construcciones con la roca natural dan forma a un auténtico nido de águilas (R. Loscos / Archivo Qualcina).
La cumbre del nido de águilas (R. Loscos / Archivo Qualcina).
La aldea primigenia de Aliaga se situaba en un recinto contiguo a la fortaleza. Vista desde el Sur.
Recinto Noroccidental, formado por cubos de muralla semicirculares, delante del cual estaba el foso.
Detalle del recinto meridional, también formado por cubos semicirculares y un antemural.
El Castillo y el intrincado paisaje que lo rodea. Detalle de las vistas de Aliaga, su castillo e inmediaciones, realizadas por Manfredo Fanti hacia 1840, modificado.
“Vista del Castillo de Aliaga tomada desde el camino de Teruel” (Damaso Calbo y Rochina de Castroene, 1845, Historia de Cabrera y de la Guerra Civil en Aragón, Valencia y Murcia, Madrid).
Grabado, un tanto idealizado, del Castillo de Aliaga. A. Ronchi, editor, 1874.

0 Comentarios

Enviar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *