
Vista aérea del núcleo medieval del castillo, antes del inicio de los trabajos. A la izquierda, entre la torre y la sala, se define el recinto de la umbría y un aljibe excavado bajo la torre. (Fotografía: Pedro Julve - Qualcina).
Publicado en: Verde Teruel, n º 47, Teruel, 2018, pp. 72-79
José F. Casabona Sebastián (ARACATUR)
A pesar del imponente emplazamiento del castillo de Castellote, visible desde cualquiera de los caminos que se dirigen a la población, no se llega a valorar fácilmente su magnitud, ni la inicial, ni la que alcanzó en su momento de mayor volumen, durante las Guerras Carlistas (1833-1840). Hoy se yergue como un elemento solitario de caliza blanca, pero siempre ha estado perfectamente integrado con su entorno defensivo: el recinto de la villa y, ya en el siglo XIX, su prolongación hacia el fuerte de San Cristóbal.
A falta de verificar la existencia de una posible ocupación islámica, el origen de Castellote y su castillo hay que situarlo en el avance aragonés, ya de una manera consolidada, en la frontera meridional del reino a mediados del siglo XII. En estos momentos pasará al control del noble Español de Castellot, que ostentará la tenencia de un amplio entorno; pasará después, por decisión real, a la Orden del Santo Redentor; y hacia 1196 estará incorporado a la del Temple.
Bajo el dominio templario se consolidó como una de las grandes encomiendas, dotada, según se documenta en 1285, con un fuerte arsenal y grandes medios para la explotación del dominio (asnos, bueyes, trece cautivos, ganados –ovejas, cabras, alguna vaca…), además de acopio para el abastecimiento de la Orden en sus campañas de Ultramar y el propio mantenimiento conventual. Entre las aportaciones para el maestre, se singularizan 100 quesos.
Al menos 8 caballeros disponían de cotas de malla, además de un numeroso equipo para la tropa, que sería considerable (se enumeran treinta y un escudos, ballestas, cascos de hierro, lanzas…). No cabe duda de que el castillo era el único edificio capaz de albergar y proteger a los frailes soldado y sus bienes.
En el proceso contra los templarios, los freyres de Castellote pusieron el castillo en estado de defensa y acopiaron alimentos; según Zurita, llegaron a realizar cabalgadas por el término de La Ginebrosa, matando a algunos hombres. Durante la defensa, además del equipamiento inventariado en 1285, contaron con dos algarradas, máquinas con las que devolvían los proyectiles lanzados por el ejército sitiador, lo que les permitió resistir incluso después de la caída de Cantavieja (12 de agosto). El 2 de noviembre de 1308 se rendirán tras nueve meses de asedio, dirigido por Bernaldo Tarín. Zurita señala: el castillo de Castellot que era muy fuerte y en tierra áspera y de montaña, y fue de los que más resistieron y perseveraron en defenderse. Serán llevados presos a La Ginebrosa, una de las últimas poblaciones incorporadas a la Orden y donde evidentemente contarían con menos simpatizantes.
Gracias a la publicación del Cartulario de Castellote, hay más datos sobre el castillo en sus primeros siglos de existencia. Así, ya en 1250 existía una torre entre el castillo y el campanario de San Pedro, de la que nada se ha conservado; al tiempo, se habla de casas en la parte de la umbría, mejor defendida pero más incómoda e insana, cuyo núcleo debía ser el pequeño recinto bajo la Torre del Homenaje. A través de la misma documentación conocemos la existencia de una capilla en el interior del castillo, con culto consolidado y rentas adscritas: Santa María del Castillo, diferenciada de las dos parroquiales medievales de San Miguel y San Pedro y que podría tratarse del cuerpo adosado a la sala que presenta una orientación canónica.
Podemos suponer que el castillo se construiría tras la incorporación al Temple, aunque falta un estudio a fondo de los paramentos y estratigrafías para definir posibles fases intermedias. Es durante el siglo XIII el centro de la encomienda, casa conventual de frailes y sirvientes, así como espacio de almacenaje de las importantes reservas, en un momento en que la población de la solana todavía se está consolidando. Los vasallos, en ocasiones aparecen obligados expresamente al pago de las rentas en especie, en el interior de la fortaleza.
El castillo pasó a los hospitalarios o sanjuanistas, también conocidos como Orden de Malta; y suponemos que estaría en buen estado durante los enfrentamientos bélicos de mediados del siglo XIV, pues no se documentan obras específicas cuando D. Juan Fernández de Heredia, en 1360, ordene reconstruir la muralla de la población, eliminando las casas que quedaran al exterior de la misma.
Mucho debía haber cambiado la situación en el siglo XV, cuando la crisis militar de los hospitalarios es evidente. Así, en 1462, el Duque de Híjar, en el marco de las luchas por el poder entre el rey Juan II y el Príncipe de Viana, tomará los castillos de Aliaga y Castellote a los sanjuanistas, que serán recriminados por el rey, lo que obligará a la Orden a tomar algunas medidas al respecto. Se decide que al menos un fraile duerma en cada castillo, en ausencia del comendador, además de crear una hermandad para intentar recuperar las fortalezas; evidentemente la fuerza militar sanjuanista se ha reducido. En 1468, la asamblea de la Castellanía de Amposta, reunida en la zuda de Zaragoza, dictará las provisiones para la reparación general de las fortalezas en las que tenían que colaborar los vasallos en jornales y recursos, corriendo los maestros, la madera y la clavazón, por cuenta de los comendadores.
Todavía en 1499 los visitadores sanjuanistas se dirigen a los vecinos de Castellote, para que sigan el ejemplo de Aliaga en el mantenimiento de su castillo. Sin embargo, hemos de pensar en un progresivo abandono, tanto por la falta de conflictos, como por su posición abrupta, que entorpecería otros usos. Con la excepción de algunos castillos situados en el interior de los recintos urbanos, y que pasan a ser residencias de los comendadores, la mayor parte de las grandes fortalezas están semiabandonadas.
En 1535 los comendadores de Castellote residían en la población, en la plaza frente a las casas de la villa, seguramente en lo que hoy es el Torreón de la Cárcel y que sirve de Centro de Interpretación para la Orden del Temple.
Hay que esperar a las Guerras Carlistas (1833-1840) para que el castillo cobre nuevamente un desafortunado protagonismo, al convertirse en uno de los bastiones carlistas.
El castillo medieval.
En los sondeos arqueológicos realizados hasta la fecha, no existen evidencias de una ocupación anterior a la obra templaria. Ésta se ejecutaría a principios del siglo XIII, con un aparente proyecto unitario y dentro de la tradición de la arquitectura románica. Emplazado sobre el cortado rocoso del Barranco del Llovedor que lo delimita al Norte y por las elevadas pendientes del lado meridional sobre la población, presenta una posición inexpugnable y se confunde como parte de la roca natural.
El castillo se adapta a una plataforma estrecha y alargada formando un recinto superior, al que se adosan de forma escalonada varias construcciones. El extremo Oeste es ocupado por la Torre conocida como del Homenaje, realizada en sillería de caliza blanca con muros de gran espesor y que evidencia la pérdida de altura y restos de arcos de medio punto en el grosor del muro; debió estar cubierta mediante una bóveda de cañón apuntado. Se asienta sobre la roca natural, retallada y curiosamente, en la cantera se conserva una marca de cantero (una “A” tumbada) que aparece en los paramentos más antiguos de la sillería del castillo.
La parte Norte queda delimitada por la obra también de sillería de la gran sala rectangular con ventanas abocinadas de medio punto. Al igual que otras partes del castillo también ha perdido la que debió ser su planta superior, lo que aún dificulta más el análisis funcional de las estructuras conservadas. Tampoco sabemos cuál fue la cubierta, que en el momento de la reforma de las Guerras Carlistas ya debía haber desaparecido; poco aclara la línea de impostas, ni algunas ménsulas conservadas. En los trabajos de seguimiento arqueológico se ha documentado alguna conducción que vehiculizaría las aguas pluviales.
A esta construcción se le adosa una pequeña estructura rectangular que pudo ser la capilla.
Hacia el Este debía existir una torre, hoy desaparecida, pues así se cita en los planos del siglo XIX, como antigua, encargada de proteger el otro extremo del castillo, que vigilaba el camino de acceso a la población a través del pequeño collado que sirvió de acceso hasta la construcción del túnel, en el siglo XIX.
El frente hacia el pueblo se cierra con una impresionante muralla de mampostería, que se prolonga hasta el acceso del que restan los arranques de sillería muy cuidada, y del que se conserva el hueco y el sistema de cierre con tranca deslizante y un foso picado en la roca, por lo que se accedería a través de un puente levadizo.
Quedaba así delimitado un importante patio de armas en la parte superior, en el que se evidencian algunas estructuras excavadas en la roca, de difícil adscripción cronológica. A esta plaza se adosaba el aljibe, excavado en la roca y cubierto con bóveda de cañón muy bien conservado, con la boca de llenado tallada en piedra.
Bajo la torre principal, en el lado de la umbría, existe otro pequeño recinto, con un aljibe rectangular excavado en la roca, que se cubriría con madera, así como una pequeña necrópolis de tumbas de bañera excavadas. El acceso a este recinto se realizaba a través de un arco de medio punto, ahora restaurado, desde un espacio previo al acceso a la gran sala rectangular.
La restauración ha dejado a la vista el sistema de escaleras enladrilladas realizado durante la ocupación militar del siglo XIX. Sin embargo, en época medieval pudo funcionar un sistema de rampas que permitiera el acceso de los animales de carga para facilitar el almacenamiento de víveres; la anchura de los vanos (la salida al recinto de la umbría, por ejemplo) parece confirmar este extremo.
Como hemos visto, el nivel de deterioro de las construcciones originales dificulta una interpretación de los diversos espacios, más allá del carácter de la torre principal, que a la función militar une el valor simbólico de reflejo del poder. La gran sala podría asociarse con el refectorio conventual por sus características; pero tampoco sería desdeñable que éste se situara en la segunda planta, sirviendo la inferior como espacio para almacenaje del castillo, que como hemos visto custodiaba recursos en abundancia.
La recogida de aguas de este edificio, y de otros hoy desaparecidos, son los que servirían para el llenado del aljibe adosado a la plaza de armas. Sin duda, adosadas al alzado de la muralla meridional de ésta, existirían otras edificaciones hoy desaparecidas. El desarrollo hacia el Este aparece muy modificado, pero junto a dependencias de tipo funcional, la torre desaparecida no sólo dominaría el camino hacia Castellote sino también el acceso al propio castillo a través de una larga rampa que se desarrollaría desde este camino, antes de la iglesia de San Pedro, de la que se conserva su cimentación.
En la actualidad éstos son los elementos de que disponemos para definir la primitiva obra del castillo, constatando las evidentes relaciones tipológicas y de formas constructivas con las fortalezas templarias de otras grandes encomiendas militares, como la de Monzón en Huesca o Miravet en Tarragona.
El castillo carlista.
Con la Primera Guerra Carlista, los viejos castillos recuperan su uso. Los que rodean el núcleo del Maestrazgo turolense van a tener un papel fundamental. En el caso de Castellote, conocemos los planos de las reformas realizadas sobre el núcleo medieval, así como algunas fuentes gráficas de carácter periodístico poco fiables. Sin embargo, carecemos de información planimétrica sobre el fuerte de San Cristóbal, que sin embargo se aprecia en la fotografía aérea actual. Esta obra superaba en superficie, aunque no en robustez, al castillo medieval.
Se lograba así rodear por completo el acceso a la villa, al tiempo que dominar la Depresión de Mas de las Matas y el cauce del río Guadalope. Los restos de este fuerte se conservan a nivel de cimentación. En ellos se distingue un muro en zigzag que cubre el frente Norte, asociado a otras estructuras trasversales; y un fortín en el extremo oriental del cerro, cuya finalidad era la de defender ese punto, menos escarpado. De este último se distingue con claridad una planta cuadrangular, así como unos torreones semicirculares en dirección a la población.
Todo estaba ejecutado en mampostería de piedra caliza trabada con cal y unos muros de 50/60 cm., que evidentemente no estaban pensados para una defensa contra la artillería traída por Espartero, que constaba de 19 cañones. Las defensas se prolongaban hasta la ermita de San Marcos en el pueblo, que también fue fortificada. Ante los primeros ataques, la parte del pueblo fue abandonada por los carlistas y la defensa se concentró en las alturas.
Volviendo al núcleo principal, gracias al plano del ejército asaltante podemos ver la implantación de la fortificación sobre los restos medievales, configurando un cuartel con los servicios necesarios para un contingente militar de importancia.
El torreón antiguo, la Torre del Homenaje, fue subdividido mediante un muro de adobes y se le adosó la casa para el Gobernador, evidencia del nivel de implantación de la administración carlista en la zona. La cisterna medieval se mantuvo como el elemento fundamental para la reserva de agua. De la cuadra, junto a la gran sala, hemos podido localizar durante las excavaciones arqueológicas el emplazamiento del pesebre. No era de grandes dimensiones y probablemente serviría para las caballerías destinadas al aprovisionamiento del castillo. Los cuarteles (dormitorios) subdividieron la gran sala medieval, dotándola también de un pasillo de ronda aspillerado y garitones en las esquinas; mientras que otro grupo de estancias se destinaron a cubrir las necesidades cuarteleras, tanto de seguridad, como las propias de un colectivo amplio: el horno, que la arqueología ha confirmado, la fragua, los cuerpos de guardia, retenes…. Todo con paramentos aspillerados de mampostería de piedra caliza, en muchos casos rellena de tierra, para absorber el impacto de la artillería. Los suelos eran de ladrillo bizcochado y yeso, con el que también se revocaron las paredes. Hacia los cortados del Norte se adosaron las letrinas, una necesidad higiénica fundamental para un contingente numeroso, acuartelado en un espacio pequeño.
La larga rampa de acceso se cubrió con un parapeto aspillerado para la fusilería, que fue reproducido en los grabados de prensa de la época.
El castillo ya se había defendido en 1835 del ejército de Madrid; pero en 1840, tras el Abrazo de Vergara (1839) y la concentración de efectivos en el Maestrazgo, la derrota era inevitable.
Castellote fue defendido por el carlista Pedro Marco. En el viejo núcleo templario se llegó a luchar a la bayoneta. El ejército de Espartero se vio obligado a disparar hasta 3.404 proyectiles, que debieron arrasar el fuerte de San Cristóbal y las defensas para fusilería, pero que encontraron serias dificultades con los paramentos de sillería maciza medieval y los dobles muros rellenos de tierra con los que se habían completado. El ataque se completó con una mina en la base de la Torre del Homenaje que obligó a los defensores a rendirse. El general Espartero ordenó, tras la toma, el derribo de las defensas.
Junto a los restos de la munición de artillería, otros hallazgos arqueológicos aportan luz sobre el sitio y su final: restos de tinajas del tipo “Calanda”, destinadas al almacenamiento de líquidos, fragmentos de herramientas de zapadores, algún botón, restos informes de hierro…y grandes cantidades de escombro.
Así siguió el castillo hasta las obras de consolidación del año 2010.
ALGO DE BIBLIOGRAFIA
-Sobre la arquitectura del castillo puede verse:
CASABONA, J. F. (2011) “Novedades arqueológicas sobre el castillo de Castellote”, Revista Baylias, 7, Centro de Estudios del Maestrazgo, págs. 87-102
FUGUET, J. (2014) “Nuevas aportaciones al estudio de los castillos del Temple y del Hospital de la Corona de Aragón”. Castelos das Ordens Militares. Atas do e encontró internacional de Palmela. Lisboa, págs. 11-28
GORDILLO, J. L. (1974), Castillos templarios arruinados en el sur de la Corona de Aragón. Valencia, Ed. Prometeo. Gordillo fue propietario del castillo de Castellote.
GUITART, C. (1976), Castillos de Aragón I, Zaragoza, Librería General, págs. 184-185.
-Aspectos históricos y obras generales:
FOREY, A. J. (1973) The templars in the Corona de Aragón, Londres
IBAÑEZ, E.J. LOCOS, R.M. (2011) “Las tierras de Castellote antes de los Templarios”: Arqueología y poblamiento” Revista Baylias, 7 Centro de Estudios del Maestrazgo., págs.. 7-28
IBÁÑEZ, E.J. (Coord) CASABONA, J.F., SAENZ, R (2017) Guía de los castillos de las Ordenes Militares en Aragón, Arcatur-Qualcina, Teruel.
LEDESMA, M. L. (1994), Las Ordenes Militares en Aragón, Zaragoza , CAI,
MIRET I SANS, J. (1910), Les cases de templers y hospitalers en Catalunya, Barcelona. Reeditado con introducción de J. M. Sans i Travé en 2006 (Lérida, Pagès editors). Este mismo autor realizó la publicación del inventario de los bienes de las encomiendas templarias (1911-12) “Inventari de les cases del Temple de la Corona d´Aragó de 1289” Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, vol. VI, págs. 61-75. Sans i Travé , ha realizado también una revisión del documento del inventario 1289: SANS I TRAVE, J. (2002), “Armes queviures i bestiar d´algunes comandes del Temple a Catlunya, Aragó i València segons uns inventaris de 1289 (primera part)” Sacra Militia. Revista di Storia degli Ordini Militari, Any III, págs. 47-88.
ORTEGA, J. M. (2011) “Una inestable frontera feudal: El caso de Castellote” Revista Baylias, 7 Centro de Estudios del Maestrazgo, págs. 29-46.
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El sito del castillo durante las Guerras carlistas:
GUALLAR PEREZ, M. (1979) “La primera guerra carlista en la provincia de Teruel”, Teruel, números 61-62, I.E.T. Teruel, págs. 47-92.

El castillo desde el pueblo. A la izquierda la parroquial de San Miguel, a la derecha, junto a la rampa de subida la cimentación de la iglesia de San Pedro. La rampa ha perdido los parapetos aspillerados de la primera guerra carlista.

Vista bajo los cortados del barranco del Llovedor.

El núcleo medieval desde los restos del fuerte de San Cristóbal; en primer plano el muro de unión quedaba así cerrado el camino de acceso al pueblo y al resto del Maestrazgo, pues no existía el túnel.

Plano del estado de la adecuación del castillo durante la primera guerra carlista, no se incluye el fuerte de San Cristóbal (Servicio Geográfico del Ejército).

Extremo oriental del conjunto medieval, antes de la restauración.

Aljibe abovedado, excavado en la roca.

La sala medieval, una vez restaurado el acceso y las aspilleras carlistas.

Salida hacia Seno, a través del arco de medio punto restaurado. Al fondo las tumbas




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