
Vista aérea de Cutanda con el castillo encaramado en la cumbre del cerro que domina la población (Pedro Julve / Archivo Qualcina).
Publicado en: Pancrudo, n º 25, Teruel, 2021, pp. 58-64
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad
Si hay una batalla que cambió la Historia de Aragón, como ninguna antes lo había hecho ni lo haría posteriormente, esa fue la de Cutanda. Pero, pongámonos en antecedentes para baremar en su justa medida la importancia de este choque. Nos encontramos a principios del siglo XII, en el reinado de Alfonso I, monarca que haría honor como pocos a su apodo “El Batallador”. Si hacemos caso a lo afirmado en la Crónica de San Juan de la Peña “non ovo tan buen caballero que veynte nueve batallas venció”. Este soberano se convirtió en uno de los monarcas aragoneses que mayor impulso proporcionó al proceso reconquistador, sentando las bases de un reino que, desde los Pirineos, se proyectaba hacia el Valle del Ebro y el Sistema Ibérico.
Su primer gran éxito militar llegó en diciembre de 1118, cuando consiguió apoderarse de Zaragoza tras muchos meses de asedio. La conquista de la capital del Ebro marcó un antes y un después para el Reino de Aragón, que medio siglo antes todavía seguía siendo un pequeño estado pirenaico. Y, por otro lado, también significó la ruptura del equilibrio de fuerzas vigente en el Noreste peninsular.
Además de Zaragoza, durante esta campaña también fueron muchas otras las plazas que cambiaron de manos. Tan sólo algunas de las grandes plazas andalusíes, como por ejemplo Calatayud, siguieron presentando resistencia. Tras someter los enclaves ubicados más al Norte, caso de Tudela, Alfonso I puso sus miras sobre la urbe bilbilitana a comienzos del año 1120. Con la llegada de la primavera las huestes aragonesas, auxiliadas por un cuantioso contingente ultrapirenaico, dieron comienzo a su asedio.
Tras la pérdida de Zaragoza, los dirigentes almorávides tardaron mucho tiempo en reaccionar. Sólo un año después de su pérdida, durante el invierno de 1119-1120, iniciaron los preparativos militares para la campaña destinada a tratar de recuperarla. El segundo emir almorávide, Ali ibn Yusuf, ordenó a su hermano Ibrahim ibn Yusuf, gobernador de Sevilla, reunir un poderoso ejército y marchar al frente de él hacia el Norte.
La situación en la frontera aragonesa estaba deteriorándose a ritmo vertiginoso, pues ninguna ciudad era capaz de contener al ejército de Alfonso I, que en el último año había conquistado numerosas plazas fronterizas. Sólo la llegada de un cuantioso ejército procedente del Sur podía cambiar el curso de los acontecimientos y revertir la delicada situación. Las fuentes coetáneas a los hechos no proporcionan información acerca del objetivo último de la fuerza expedicionaria almorávide: si pretendía reconquistar Zaragoza, o bien presentar batalla al ejército de Alfonso I. En último extremo, terminaría dándose el segundo de estos supuestos.
Al contingente inicial que partió de Sevilla se le sumaron en ruta tropas procedentes de Granada, Murcia, Valencia, Lérida y Molina de Aragón. Junto a los soldados regulares, también lo hicieron muchos voluntarios animados por la llamada a la guerra santa; no en vano, Abu Ali al-Sadafi, destacado ulema nacido en las proximidades de Zaragoza y que había realizado un largo periplo por Oriente y el Norte de África, predicó la yihad y se integró en la expedición, pese a su avanzada edad (en torno a 60 años). Según Ibn Idari, los efectivos reunidos alcanzaban los 5.000 jinetes y los 10.000 infantes.
Cuando Alfonso I fue informado de que el ejército almorávide ascendía por el valle del Alfambra hacia el Norte, se encontraba acampado ante los muros de Calatayud. Sin pérdida de tiempo, el soberano aragonés decidió salir a su encuentro, eligiendo como punto para su intercepción Cutanda y la fecha el 17 de junio de 1120. El choque se saldó con una clara victoria cristiana, en la que el ejército almorávide resultó completamente destruido.
La trascendencia de lo acaecido en Cutanda fue enorme, al salvar Zaragoza de ser reconquistada de nuevo y precipitarse la caída de otras plazas. Si hacemos caso a Zurita, Calatayud se rindió tan sólo una semana después, el 24 de junio. Pero, no sólo cambiaría de manos la urbe bilbilitana, pues también lo harían otras muchas de los valles del Jalón y del Jiloca. Más dificultades entraña saber cuándo capituló Daroca, aunque debió hacerlo entre el verano del 1120 y junio de 1122.
La batalla de Cutanda también marcó un punto de inflexión para el poder almorávide en la Península. Esto le permitió al Batallador recorrer territorio andaluz con total impunidad durante los años 1125 y 1126, acampando incluso ante los muros de Granada. Tras varios meses de correrías por los dominios enemigos, el ejército aragonés regresó al valle del Ebro acompañado por un cuantioso grupo de mozárabes (cristianos que vivían en territorio islámico).
Tomando en consideración la importancia que la Batalla de Cutanda revistió para el Reino de Aragón, un equipo multidisciplinar lleva varios años trabajando en la localización y estudio del escenario donde ésta se produjo. Para ello han recurrido, tanto a las fuentes históricas, como a la realización de trabajos arqueológicos en busca de restos de la contienda.
En cuanto a las fuentes históricas, disponemos tanto de cristianas como musulmanas, lo que nos da la versión de los hechos de los dos bandos. No obstante, todas resultan muy parcas, en cuanto a la información que proporcionan, limitándose en algunos casos a poco mas que mencionar la batalla. La fuente cristiana que parece más fidedigna, dada su cercanía temporal a los hechos, es la Chronique de Saint-Maixent (finalizada hacia 1141). Relata que el rey de Aragón Alfonso I contó con la ayuda del conde Guillermo de Poitiers en el enfrentamiento. Señala también que en la batalla fue derrotado Ibrahim ibn Yusuf y otros cuatro reyes musulmanes, muriendo 15.000 musulmanes y siendo capturados numerosos prisioneros y 2.000 camellos, además de otras bestias “sin número”. Otras fuentes de interés para nuestro estudio son el Manuscrito del Fuero General de Navarra (entre 1205 y 1209), los Anales Toledanos I (anterior a 1219), los Annales Compostellani (escritos antes de 1248), la Crónica de los Estados peninsulares (hacia 1305) y la Crónica de San Juan de la Peña (1369-1372).
En cuanto a las fuentes musulmanas, ayudan a complementar lo afirmado por las cristianas. La obra más interesante es El Bayan, de Ibn Idari. Este autor señala que el ejército almorávide agrupaba contingentes militares procedentes de Lérida, Granada, Murcia, Molina y de otras tierras cercanas, así como voluntarios de todo al-Ándalus. El mando de esta fuerza, que sumaba unos 5.000 jinetes y cerca de 10.000 infantes, lo ostentaba Ibrahim ibn Yusuf. Según Ibn Idari, Alfonso I recibió la ayuda de Imad al-Dawla, el destronado rey hudí de Zaragoza. Esto le permitió reunir al soberano aragonés un ejército de 12.000 jinetes y gran cantidad de infantes. También aportan información, acerca de la batalla, el Muyam al-Buldan (entre 1225 y 1229) de Yaqut al-Hamawi, al-Athir y al-Maqqari (1590-1631).
Dada la disparidad, en cuanto a la cifra de combatientes aportada por las diferentes fuentes, se hace necesario expurgarlas. Ibn Idari señala que los efectivos que acompañaban al soberano aragonés ascendían a 12.000 jinetes, cifra claramente sobredimensionada. Sí que parece verídico que el conde Guillermo de Poitiers marchara acompañado por 600 jinetes, a los que habría que sumar un número ligeramente superior del Batallador, además de un número indeterminado de infantes. Así pues, los almorávides contaban con una superioridad de 3 a 1 o incluso de 5 a 1.
Para explicar la victoria de las armas aragonesas, pese a la clara desventaja numérica, suponemos que Alfonso I pudo recurrir al factor sorpresa, atacando el campamento musulmán sin que los almorávides tuvieran tiempo de formar sus líneas. O, ya bien, fue capaz de imponer a sus contendientes un campo de batalla especialmente favorable para su caballería pesada, pero que contara con unas reducidas dimensiones que impidieran a los almorávides envolverla por sus flancos. Ya sucediera de un modo o de otro, las fuerzas cristianas lograron la victoria. Según la Chronique de Saint-Maixent los caídos en el bando almorávide alcanzaron los 15.000, número que al-Maqqari incrementa hasta las 20.000. En la batalla también perecieron importantes personajes, como Abu Abd Allah al-Farra, Abu Ali al Hasayn o el propio al-Sadafi.
Dada la parquedad de las fuentes documentales, los trabajos arqueológicos se antojan claves para desentrañar lo sucedido. Identificar un campo de batalla resulta complicado, por tratarse de un hecho de suma intensidad, pero corta duración en el tiempo. Por lo tanto, deja escasas huellas materiales. Éstas se reducen a equipamiento militar de diferente consideración, a restos de los campamentos utilizados (pero sólo en el caso de que hayan sido saqueados o hayan tenido muy larga duración, pues los temporales dejan un registro muy limitado) y a restos humanos de los combatientes caídos en la batalla (abundantes en el caso de inhumación y más reducidos en el de incineración). A todos estos inconvenientes hay que sumar los llamados “procesos postdeposicionales”, que son los que afectan al depósito arqueológico ya formado y que, en el caso de Cutanda son especialmente acusados, dada la intensa antropización del espacio donde se pudo producir el choque.
En el caso que nos ocupa, a la escasez de evidencias arqueológicas que pueden dejar los campos de batalla, se suma lo limitado de las fuentes históricas. Si bien hoy en día Cutanda es un barrio pedáneo de Calamocha, a principios del siglo XII era un iqlim (distrito rural musulmán). Regía un territorio de entre 150 y 300 km2, lo que amplía considerablemente el espacio donde se pudo producir la batalla, pues pudo ser en cualquier lugar de esta demarcación.
El equipo investigador del Proyecto Batalla de Cutanda lleva varios años tratando de localizar el lugar exacto donde se produjo el choque. En sus trabajos han recurrido a prospecciones arqueológicas intensivas y a la realización de sondeos arqueológicos. Pero, dada la enorme extensión del terreno a estudiar, también se han utilizado tecnologías de teledetección para intentar acotar el espacio de búsqueda.
Entre los recursos utilizados destaca la prospección geofísica (magnetómetros, gradiómetros y georradar), algunos de ellos desplegados por el Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros nº 12 de Zaragoza. También se han empleado cámaras de alta resolución y multiespectrales montadas en drones y capaces de detectar variaciones de temperatura y humedad no visibles para el ojo humano. Y, por último, la tecnología LIDAR, buscando detectar micro-depresiones en el relieve asociadas a hipotéticas fosas.
Otra línea de trabajo seguida para la búsqueda del campo de batalla es la vinculada con el estudio de la red de caminos existente a principios del siglo XII, que también pudo contribuir a condicionar el lugar donde se produjo el enfrentamiento. A ella nos referiremos en el artículo dedicado al “Camino de los almorávides”.
Gracias a la información obtenida cruzando todos estos datos, pudimos justificar la presencia del ejército almorávide en el entorno de Cutanda. Ahora se hacía necesario estudiar las tácticas de combate de ambos ejércitos, con el fin de tratar de localizar el punto más idóneo para que se produjera el choque. El ejército aragonés, cuya fuerza se basaba en la carga de la caballería pesada, necesitaba de una superficie llana para su ejecución. Sin embargo, al operar en inferioridad numérica, el espacio debía ser estrecho, pues si era muy amplio los almorávides podrían flanquearlo. Teniendo en cuenta el resultado de la batalla, lo lógico es pensar que el terreno favoreció al ejército aragonés, con lo que el espacio de búsqueda queda reducido a tan sólo unos pocos lugares que reúnen esas especiales características.
Los trabajos arqueológicos realizados en la partida de Las Celadas, terreno ubicado al Sur del casco urbano de Cutanda, han resultado sumamente fructíferos. Se han hallado varios miles de fragmentos de cerámica islámica dispersos en una extensión de aproximadamente 20 ha. Las prospecciones se complementaron con la realización de 104 sondeos arqueológicos destinados a proporcionar información adicional. Para justificar la presencia de este abundante material, se han valorado todas las hipótesis que se han considerado factibles no vinculadas con la Batalla:
- Presencia de un asentamiento de grandes dimensiones que hubiera sido arrasado por labores agrícolas. Los sondeos arqueológicos no han revelado ninguna evidencia de él (construcciones, suelos) o de restos de su desmantelamiento (escombros, materiales reutilizados, etc.).
- Destrucción de testares asociados a varios alfares dispersos. Tampoco se han identificado restos de alfares, ni de testares o de una presencia significativa de cerámicas con alteraciones en su cocción.
- Abonado de los campos mediante fiemo doméstico. Esta práctica no se documenta en este periodo en ningún territorio cercano y el espacio no resulta apropiado para ella.
Tras descartarse todas las anteriores hipótesis, dada su escasa probabilidad, se buscó una explicación a la concentración de material cerámico como resultado de un acontecimiento excepcional, tal y como habría sido la Batalla de Cutanda. En el supuesto de que respondiera a ella, también se analizaron varias alternativas:
- Escenario de una batalla “convencional” entre dos ejércitos. Explicación poco probable, pues en los enfrentamientos campales el grueso de la impedimenta quedaba en el campamento y sólo se trasladaban unos pocos recipientes para refrescar a la tropa. Además, no se han detectado restos humanos asociados al enfrentamiento.
- Escenario de una batalla derivada de una emboscada al ejército almorávide en tránsito, ya cerca de Cutanda. Eso explicaría la presencia de abundante material cerámico, pero, dado que el tren logístico solía concentrarse en el centro de la columna, parece improbable tanta dispersión. Se mantiene también el problema de la ausencia de restos humanos
- Las Celadas como último campamento del ejército almorávide, atacado por el ejército aragonés mientras los almorávides estaban acampados. Esto explicaría la abundancia de material cerámico y su amplia dispersión, pero no la ausencia de restos humanos, lo que le resta verosimilitud.
- Las Celadas como campamento almorávide, saqueado por el ejército aragonés después de la batalla. Ésta habría tenido lugar en un emplazamiento todavía no descubierto, pero no excesivamente alejado. La abundancia de material cerámico quedaría justificada y también la ausencia de puntas de flecha y de restos humanos, pues no sería el escenario principal del combate. Esta hipótesis es la más compatible con los restos descubiertos hasta la fecha.
Todavía son muchas las incógnitas que quedan por despejar en torno a la Batalla de Cutanda. Sin embargo, cada vez estamos más cerca de lograr nuestro objetivo: determinar qué sucedió el 17 de junio de 1120 y que tanta importancia tuvo para el devenir del Reino de Aragón.

Prospección geofísica realizada por soldados del Regimiento de Pontoneros y Especialidades nº 12 de Zaragoza.

Prospección geofísica realizada con georradar en el espacio de Las Celadas.

Recreación de la batalla (Tamara López)

Campos de Las Celadas, al Sur del casco urbano de Cutanda, lugar donde las tropas almorávides acamparon antes de que tuviera lugar la batalla.




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