
Vista Noroeste del edificio, en la que se aprecian las dos fases históricas y la asociada a la rehabilitación; el muro septentrional (izquierda) está perforado por cuatro aspilleras y el occidental (derecha) por una. Su robusta apariencia y las “torretas” perfiladas durante el proceso de restauración, refuerzan la falsa imagen de que nos encontramos delante de un castillo.
Publicado en:Castillos de Aragón, n º 43, Zaragoza, 2022, pp. 31-36
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad
Unos orígenes marcados por las confusiones.
En la parte más alta del casco urbano de El Castellar se levanta un sólido edificio de sillería; ocupa el extremo septentrional del alargado Cerro del Castillo, posición que se alza dominante sobre el actual caserío de la población. En numerosas publicaciones, esta construcción aparece identificada como parte del “antiguo castillo” [1].
Esta atribución se encuentra muy asentada, incluso entre los propios habitantes del municipio. Pero en realidad, este edificio no es el Castillo, sino la antigua Iglesia de El Castellar, que ejerció durante cuatro centurias las funciones de parroquial. Esta confusión se ha debido tanto a la robusta imagen del edificio, como a la inexistencia de otros restos visibles que se pudieran relacionar con el topónimo con el que se conoce el municipio. Por otra parte, durante la Guerra de los Dos Pedros, o en un momento inmediatamente posterior, en la iglesia se incorporaron algunos elementos de carácter defensivo, como aspilleras, lo que todavía contribuyó más a acrecentar esta errónea identificación. La rehabilitación del edificio, que era identificado y concebido como una fortaleza por parte de sus propietarios y por los responsables de la obra, terminó de agregar elementos que incrementaron aún más el error, como la prolongación de los muros en tres de sus esquinas, otorgándoles una apariencia que recuerda al de unas pequeñas torretas.
Pero esta confusión entre la antigua iglesia y el castillo no es ni la única, ni la más grave equivocación que nos podemos encontrar cuando se trata de recabar información histórica sobre este municipio. Un error muy ampliamente difundido [2], es el de confundir El Castellar con otro enclave homónimo situado muy cerca del río Ebro, aguas arriba de Zaragoza, que fue fortificado por el rey Sancho Ramírez el año 1091. Con su erección, el monarca aragonés pretendía establecer una posición defensiva avanzada desde la que poder hostilizar a la ciudad de Sarakusta. Obviamente, El Castellar turolense, situado a cuatro jornadas a caballo de Zaragoza, nada tiene que ver con dicha fortaleza, erigida en las cercanías de la capital del Ebro.
Partiendo de toda esta serie de premisas, vamos a tratar de arrojar algo de luz acerca de El Castellar turolense y los diferentes elementos que integran su conjunto fortificado.
Ocupaciones previas del emplazamiento.
El Cerro del Castillo de El Castellar se encuentra delimitado por escarpes y laderas de pronunciada pendiente, lo que hace del emplazamiento una posición de fácil defensa. A lo que hay que añadir su acusado valor estratégico, en el espacio que separa el barranco del Cárcavo del río Castellar, controlando uno de los caminos que unían el Altiplano de Cedrillas-Monteagudo con la Depresión de Sarrión, a través de las hoyas de Mora. Estas excelentes condiciones han favorecido que el enclave haya sido ocupado reiteradamente a lo largo del tiempo. Las evidencias más antiguas datan de la Edad del Bronce, momento en el que se construyó un pequeño poblado en la parte meridional del cerro.
En este mismo emplazamiento se instaló un asentamiento andalusí, que debió extenderse también por la parte central y septentrional del espolón. Datado en torno a los siglos XI-XII, su entidad es difícil de precisar sin estudios más detallados. No obstante, es posible que a este momento se remonte la actual articulación de la cumbre, con dos sectores bien diferenciados, separados entre sí por un foso de 6 m. de anchura tallado en la roca. Según se desprende de la dispersión de materiales, el grueso del asentamiento andalusí se emplazó en el sector meridional, que es el más extenso (casi 0,4 ha.) y el más alto (1.275 a 1.280 m.s.n.m). Al otro lado del foso, en el sector septentrional (0,2 ha. y de 1.270 a 1.274 m.s.n.m.), las potenciales evidencias visibles de ocupación andalusí son más escasas, no sabemos si debido a que el asentamiento no se prolongaba por este sector (como parece sugerir la presencia del foso) o a la desaparición de los indicios, debido a las intensas intervenciones posteriores. No obstante, es en ese sector y en la parte central del enclave, donde se concentra la presencia de entalladuras, cazoletas y canalillos tallados en la cantera arenisca, cuya cronología resulta difícil de precisar. Algunas parecen corresponder al anclaje de elementos lígneos, como jambas o pequeños postes de sección circular, cuadrada o rectangular, con esquinas redondeadas.
El Castellar bajomedieval.
Pese a que este territorio pudo conquistarse en fechas muy avanzadas del siglo XII, la repoblación aragonesa debió retrasarse bastante en el tiempo, no existiendo citas fiables a El Castellar hasta el último cuarto del siglo XIII. Con anterioridad a esa fecha, encontramos referencias a una aldea situada en el alfoz de la Villa de Teruel conocida como Agucinto de Castello, cuya repoblación fue autorizada por el rey Jaime I el 29-11-1257, siendo encomendada esta misión a Domingo Escolar de Teruel. Aunque los vínculos entre la misma y El Castellar son muy débiles (tan sólo el parecido toponímico y el hecho de que ambas aldeas pertenecieran a la misma villa, sin que se haya encontrado ninguna otra probable relación de Agucinto de Castello con otra población), no puede descartarse su identificación.
De un modo o de otro, ya desde sus orígenes El Castellar aparece ligado a la Villa de Teruel, formando parte de su Comunidad de Aldeas. El núcleo de población primigenio debió llegar a ocupar la mayor parte de la cumbre del Cerro del Castillo, así como la parte alta de sus laderas (el “Barrio Alto”).
En el monedaje de 1342, El Castellar ya contaba con 110 vecinos fiscales, por lo que su población no debía ser inferior a los 275 habitantes. Se trataba de una cifra muy elevada para la época y que suponía cinco veces la población con la que cuenta en la actualidad. Sin embargo, diversos funestos acontecimientos acaecidos durante las décadas siguientes, como la Peste Negra (1348), la Guerra de los Dos Pedros (1356-1369) y la profunda crisis económica subsiguiente, redujeron drásticamente la población de El Castellar. En el monedaje de 1385 el número de vecinos fiscales se había reducido hasta los 65 (más de 160 habitantes), lo que supone una pérdida de algo más del 40 %. Durante la centuria siguiente la población prácticamente se estancó, de modo que en 1495 contaba con 37 fuegos (en torno a 185 habitantes).
La antigua Iglesia de El Castellar.
Durante tres siglos y medio, el edificio que se suele confundir con el Castillo, ejerció las funciones de iglesia parroquial de El Castellar. El templo tenía una perfecta orientación canónica, con la cabecera orientada hacia el Este y los pies hacia el Oeste. Su planta absidial nos retrotrae a la tradición románica, bien representada en los escasos ejemplos conservados de iglesias de repoblación de las aldeas del territorio turolense (como los antiguos templos de Camañas y el Villarejo de Argente) y de la propia villa de Teruel (como lo demuestran los hallazgos arqueológicos realizados en las iglesias de San Martín, Santa María de Mediavilla y San Miguel).
Un aspecto a destacar es la buena factura de la fábrica de sillería trabada con mortero de cal del templo de El Castellar, que resulta muy superior a la habitual en las restantes iglesias de repoblación turolense. De especial calidad son las esquinas, que le otorgan una gran solidez al edificio; la sillería de los paramentos es algo más irregular en cuanto a la talla y el grosor, tratándose de ajustar a las hileras definidas por las esquinas. El ábside es la parte que muestra un aparejo más irregular, con las hiladas peor definidas, correspondiéndose, posiblemente, con la fase constructiva más antigua del edificio. En los pies del templo se construyó una sólida base de sillería escalonada, destinada a salvar el desnivel existente.
La iglesia poseía una sola nave y una cubierta a doble vertiente. La portada, con arco de medio punto de buena factura y cierre de tranca, se localiza en el muro meridional, no detectándose huellas de la presencia de ninguna otra puerta de acceso al templo. En el muro occidental, en la zona de los pies, se abría una aspillera a una cierta altura, que proporcionaría muy escasa luz al templo. Nada sabemos de los vanos existentes en la cabecera (que se encontraba muy arruinada en el momento de la rehabilitación del edificio).
En su interior, un arco triunfal debía marcar la separación del presbiterio respecto al resto de la nave, conservándose también bancos tallados en la roca junto a los muros laterales del lado de la Epístola. La parte principal de este edificio debió construirse en la segunda mitad del siglo XIII o incluso a principios del XIV. En las Rationes de 1280, la iglesia de El Castellar aportaba rentas al Arciprestazgo de Teruel.
En un momento posterior, posiblemente en las últimas décadas del siglo XIV o ya en el XV, se recreció el edificio, adelgazando el espesor de los muros y utilizando una sillería más tosca. También se le dotó de mayores capacidades defensivas disponiendo una fila de cuatro aspilleras en la fachada septentrional, definidas con sillares de mayor calidad que el resto de la fábrica de esa fase.
Desde el punto de vista poliorcético, las aspilleras se sitúan en el flanco más expuesto de la iglesia, siendo el sector septentrional del espolón el más accesible del Cerro del Castillo. Su planteamiento y disposición forzarían a un hipotético atacante a exponer su costado derecho frente al defensor, quedando en una posición muy expuesta frente a su fuego. No obstante, la elevada altura a la que se disponen las aspilleras también haría que quedaran amplios sectores a los pies de los muros del edificio sin poder ser batidos por el fuego defensor.
Para explicar el motivo de la incorporación de este tipo de elementos, es necesario tener en cuenta el contexto en el que se realizaron estas obras. Durante la segunda mitad del siglo XIV se produjo la Guerra de los Dos Pedros, que se saldó con la invasión castellana de considerables territorios del Sur de Aragón. También buena parte del siglo XV estuvo marcado por la inestabilidad y los conflictos de carácter dinástico, sucediéndose de forma continuada los ataques y las incursiones a lo largo del territorio turolense. Probablemente, en este momento ya no debían conservarse estructuras significativas de las antiguas fortificaciones andalusíes. La iglesia sería, con diferencia, el edificio más sólido y relevante de todo el núcleo de población. Y también el único con una cierta capacidad defensiva, en el caso de que la población fuera atacada y necesitara refugiarse en algún sitio.
No obstante, la incorporación de estos elementos defensivos no implicó el cambio de función del edificio. Todavía durante dos centurias la Iglesia siguió cumpliendo con su cometido religioso. Por ello, nos podríamos referir al antiguo templo de El Castellar como “iglesia fortificada”, pero en ningún caso de “castillo”.
Junto a la antigua iglesia y, posiblemente también en el interior de la misma, se encontraba el cementerio. Testimonio del mismo es la interesante colección de lápidas discoidales descubiertas hace casi cuatro décadas, cuando se llevaron a cabo las obras de rehabilitación del edificio. Actualmente se encuentran expuestas en la explanada que se extiende justo por delante de la ermita. Las más completas son de pie trapezoidal. Tres presentan cruces griegas ancoradas, dos de ellas grabadas y la tercera en bajorrelieve; otra presenta una cruz griega simple, grabada; las restantes se encuentran más incompletas y/o no presentan decoración conservada. Los rebajes realizados en algunas de ellas parecen obedecer a su posterior reutilización.
El traslado de la iglesia.
El siglo XVI fue una centuria de profundos cambios para El Castellar. La cumbre y las laderas del Cerro del Castillo debieron considerarse como un espacio estrecho e incómodo para vivir, produciéndose el paulatino traslado del caserío al emplazamiento que ocupa en la actualidad (“Barrio Nuevo”). El desplazamiento del núcleo de población desde su posición original hacia zonas más llanas y amplias a medida que fueron desapareciendo las posibles amenazas para la población, fue un hecho habitual en buena parte del territorio turolense. Así, se registra en otros municipios cercanos, como Cedrillas, Alcalá de la Selva y Gúdar.
Pero, en el caso de El Castellar no sólo se produjo el traslado del caserío, sino que se acometieron importantes obras de urbanización, de cara a adecuar mejor el nuevo espacio que iba a ser ocupado. Se encauzó y cubrió parte del barranco del Cárcavo, construyendo sobre el mismo la Casa Consistorial (hacia 1570), lo que dio origen a una amplia plaza. Este alarde técnico y económico sólo tiene parangón en la zona en el caso de la villa de Mora de Rubielos y, en fechas sensiblemente más tardías, en Rubielos de Mora.
Es en ese mismo contexto, hacia finales del siglo XVI o principios del XVII, cuando se erigió la nueva iglesia parroquial: el actual templo de San Miguel [3]. La nueva construcción contaba con una mayor amplitud que la anterior Iglesia del Castillo, además de ofrecer la ventaja de situarse en el interior del nuevo caserío.
Ese periodo fue de especial apogeo para El Castellar. Cuando en marzo de 1611 el geógrafo portugués Juan Bautista Labaña pasó por sus proximidades, indicó que tenía 110 vecinos (entre 500 y 550 habitantes). Esta cifra equivale a diez u once veces la población actual, siendo sorprendentemente alta, sobre todo si se compara con los 1.200 vecinos (5.400 a 6.000 habitantes) que Labaña señala para la ciudad de Teruel.
Respecto a la vieja parroquial, tras la construcción de la Iglesia de San Miguel debió pasar a un segundo plano. En un primer momento pudo transformarse en ermita de Santa Bárbara. Pero en fechas avanzadas de la Edad Moderna se construyó una nueva ermita en sus proximidades; dotada con un amplio pórtico, seguía los modelos habituales para estos edificios en ese territorio. Ello debió conducir a la sustitución definitiva del viejo templo medieval.
No obstante, en 1749 se hicieron nuevas obras en la antigua parroquial, enlosándola, tal y como se indica de una inscripción, muy perdida, realizada en la jamba de la puerta de la iglesia: “AÑO 1749 SE EN / LOSO”. Durante la rehabilitación se recuperaron numerosas losas rectangulares y cuadradas de piedra arenisca, de muy buena factura, que deben corresponder a las indicadas en la citada inscripción; actualmente se encuentran colocadas delante de las lápidas discoidales, formando una pequeña explanada.
Es posible que este vetusto edificio volviera a ser utilizado durante la Primera Guerra Carlista, cuando se produjo la refortificación del Cerro del Castillo. Sin embargo, ahora lo debió hacer ya con una función exclusivamente militar, dada la eminente posición que ocupaba con respecto al caserío que se extendía a sus pies. Esto motivaría que sufriera afecciones de consideración, al igual que sucedió con muchos otros castillos turolenses, que corrieron idéntica suerte durante este conflicto armado.
A mediados de los años 80 del siglo pasado se acometió la rehabilitación de este edificio con fines residenciales.
El posible emplazamiento del “verdadero” castillo de El Castellar.
El topónimo El Castellar parece sugerir la existencia de una antigua posición fortificada de entidad. Resulta sumamente improbable que dicha estructura fuera se filiación cristiana, y más si tenemos en cuenta la vinculación de la aldea con la Villa de Teruel. Por ello, la hipótesis más razonable es que este nombre obedezca a estructuras asociadas al asentamiento andalusí detectado; el foso excavado en la cantera, que parte en dos la cumbre del Cerro del Castillo, formaría parte de este sistema defensivo.
Dicha fortificación se localizaría en parte meridional del Cerro del Castillo, zona en la que se concentran los materiales islámicos. Y en la que, además, Cristóbal Guitart [4] indica la detección de estructuras correspondientes a “los cimientos de largos muros, de piedra, pudiendo así identificarse la planta, muy alargada y estrecha, de longitud superior a los 100 metros”. En la actualidad, en ese punto existe una construcción cilíndrica realizada en los años 80 del siglo XX, según testimonio oral de los propietarios, hecho que queda patente en su inexistencia en la fotografía aérea anterior a esas fechas; y que, por tanto, nada tiene que ver con las hipotéticas fortificaciones andalusíes [5].
No obstante, todavía son muchas las incógnitas que quedan acerca de esta enigmática fortificación, que posiblemente dio nombre al municipio. Esperamos que futuras intervenciones arqueológicas ayuden a arrojar luz sobre ella.
[1] No existe ninguna publicación monográfica sobre el Bien. El error de identificación es recurrente, incluso en los propios inventarios patrimoniales. En el inventario de castillos del IPCE realizado en 1968 ya figura el Castillo de El Castellar (p. 153, nº 031); aunque, dadas las características del documento, no se puede asegurar totalmente a que estructura se referían, la única visible en esas fechas eran los restos de la Ermita de Santa Bárbara. Sebastián no menciona el edificio (Sebastián, S., 1975, Inventario artístico de Teruel y su provincia, Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid). Guitart si que acierta parcialmente con la atribución, indicando que el edificio es la antigua ermita de Santa Bárbara, aunque no lo vincula con la antigua iglesia parroquial (Guitart, C., 1988, Castillos de Aragón III, Mira, Zaragoza, pp. 175-176). Benito considera este edificio como uno de los torreones de la fortaleza, señalando la existencia de un segundo torreón, que se correspondería con una estructura cilíndrica situada al Sur, a la que ya nos referiremos (Benito, F., 1991, Inventario arquitectónico. Teruel, tomo I, DGA, Zaragoza, p. 234). En el Inventario del Patrimonio Medieval de la Comarca de Gúdar-Javalambre (2009-10, dirigido por J. Ibáñez), posteriormente incorporado en el Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés, se identifica el edificio como la antigua iglesia parroquial de El Castellar.
[2] En el que ya cae Madoz (1847), Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España, Madrid.
[3] Sebastián se refiere exclusivamente a la “construcción barroca de finales del siglo XVIII” (1975, op. cit, p. 142); Benito (1991, op. cit, p. 234) recoge esta misma información. Sin embargo, en el Inventario del Patrimonio Medieval de la Comarca de Gúdar-Javalambre (Ibáñez, J., dir., 2009-10), incorporado en el SIPCA, ya se indica que el grueso de la fábrica es gótico-renacentista, correspondiendo los elementos barrocos a una reforma del edificio.
[4] Guitárt, 1988, op. cit, p. 176.
[5] Tanto Guitart (1988, op cit) como Benito (1991, op cit), consideran, erróneamente, que dicha estructura cilíndrica formaba parte del “castillo”. En la Serie B del Vuelo Americano (1956-57) se aprecian claramente los bloque rocosos existentes por debajo de la actual construcción cilíndrica, sin que se detecte ningún indicio de la misma.

Situación del Cerro del Castillo, en la parte oriental del casco urbano. La errónea identificación del Castillo trasciende al propio mapa topográfico.

Principales hitos mencionados en el texto: Antigua iglesia y parte septentrional del Cerro del Castillo (1); foso (2); parte meridional del cerro del Castillo (3); río Castellar (4); barranco del Cárcavo (5); Barrio Alto (6); Barrio Nuevo (7); actual iglesia (8); Casa Consistorial y Plaza Mayor (9).

Ortofotografía del Castillo.

Vista aérea del casco urbano de El Castellar, presidido por el Cerro del Castillo (Pedro Julve / Archivo Qualcina).

Vista Sureste del edificio de la antigua Iglesia de El Castellar en 1960, antes de su rehabilitación (Archivo López Segura. Instituto de Estudios Turolenses).

Vista Sureste del edificio de la antigua iglesia de El Castellar, tras la rehabilitación de los años 80.

Colección de estelas discoidales, situadas junto a las losas recuperadas del siglo XVIII.




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