
Cuevas de Troya-Románica. Los derrumbes hacen desaconsejable la visita al interior de las cavidades, en tanto no se adopten medidas de seguridad.
Publicado en: Al-Arba, n º 24, Teruel, 2022, pp. 10-13
Rubén Sáez Abad & Javier Ibáñez González
Hace aproximadamente un milenio, las cuevas artificiales excavadas en la roca constituían el lugar de habitación más característico de las comunidades campesinas hispanomusulmanas que se asentaban en el curso inferior del río Alfambra. Se pueden contar por decenas las cavidades que jalonan las dos orillas del río Rojo (wadi al-Hamra), y que pueden ser fechadas en ese momento. No obstante, resultan mucho más abundantes en la margen izquierda que en la derecha, dadas las peculiares características que presenta la orografía de la primera, donde abundan los farallones rocosos.
Estas cavidades se organizan siempre en pequeñas agrupaciones compuestas por varias cuevas o incluso por varias decenas de ellas. Las hallamos en las localidades de Tortajada, Villalba Baja, Cuevas Labradas, Peralejos, Alfambra u Orrios. En algunos casos, el papel de este fenómeno habitacional resultó tan relevante, que incluso llegó a dar nombre a la aldea de repoblación aragonesa que se terminó instalando junto al mismo, y que posteriormente dio lugar al actual término municipal. Éste es el caso de Cuevas Labradas, topónimo que proviene de uno de estos conjuntos de cavidades artificiales, que todavía hoy en día se pueden apreciar desde la carretera en las inmediaciones de la localidad.
En muchos de los casos, estos asentamientos de carácter troglodítico se situaban al pie de las posiciones fortificadas que protegían el territorio, como es el caso de los conjuntos de Villalba Baja o de Troya-Románica, al que nos referiremos con posterioridad. En ambos lugares, las cuevas se localizan al amparo de ambas estratégicas fortificaciones, que resultaban claves para la protección del camino que surcaba el Valle del Alfambra desde Tirwal (Teruel) hasta el Altiplano Turolense.
Los conjuntos de cuevas podían ser de dos tipos, a tenor de su funcionalidad. En el primero primaba el carácter habitacional, lo que hacía que se situaran muy cerca de los espacios de vega que podían ser irrigados y puestos en explotación agrícola. En cuanto a los segundas, se situaban sobre espolones o cerros testigo de fácil defensa, lo que hacía que las cuevas pasaran a adquirir un carácter eminentemente defensivo. Éste se lo otorgaba, en primer lugar, su posición en altura, lo que dificultaba sobremanera cualquier ataque que se pudiera llevar a cabo sobre estos auténticos nidos de águilas. Y en segundo, la presencia de elementos propiamente de carácter defensivo. Así, por ejemplo, en el conjunto de la Cueva de los Moros de Peralejos, una de las cuevas presenta una ventana sobre la puerta de entrada, de modo que los defensores podían arrojar objetos pesados sobre un hipotético atacante. A ello se le suma la presencia de dos aspilleras en sus laterales, estratégicamente dispuestas, y a través de las cuales sería posible disparar sobre un eventual enemigo.
Sin embargo, es necesario apuntar que este fenómeno de hábitat troglodítico del Valle del Alfambra no resulta exclusivo dentro de nuestra provincia, dado que encontramos ejemplos de él en otros territorios turolenses. Tal es el caso de las hoces del río Mijares, en la parte meridional de Rubielos de Mora. E incluso algunos autores consideran que las Cuevas del Siete, situadas en la propia ciudad de Teruel, también podrían tener un origen andalusí.
Para que este poblamiento pudiera ser posible se requería de una serie de condiciones. La primera de ellas, que existieran una serie de escarpes rocosos próximos a la vega y que constituía el principal espacio agrícola del valle. También que los estratos a excavar estuvieran formados por roca de escasa dureza, como para facilitar que pudieran ser llevada a cabo la excavación de las galerías y cuevas por medio del empleo de picos de hierro. Por el contrario, el nivel de techo tenía que ser coherente y estar poco fracturado, de modo que no se produjeran derrumbes o desprendimientos que provocaran algún accidente. Ambas características las reúnen numerosos puntos en los niveles del Mioceno Superior – Plioceno del Bajo Alfambra, en los que se alternan los niveles de margas, calizas y yesos.
Pero, este tipo de asentamientos en cueva no resultaron del agrado de los repobladores cristianos, que ocuparon el territorio tras la conquista cristiana efectuada entre las últimas décadas del siglo XII y los primeros años del XIII. Aunque quizás pudieron llegar a habitar estos conjuntos de cuevas de forma ocasional, mostraron su preferencia por la creación de aldeas con construcciones al aire libre. Para ello, eligieron como lugar de instalación de estos asentamientos repobladores primigenios las pequeñas elevaciones que se situaban sobre las tierras de labor de la vega.
Eso no fue óbice para que, tras el abandono de su función habitacional, las cuevas pudieran ser destinadas a otros fines secundarios, que se verían condicionados por la ubicación en la que se localizaran. Así, algunas que se localizaban en las mismas poblaciones o muy cerca de ellas, se emplearon como bodegas o como corrales para guardar el ganado. Otras, alejadas de los nuevos centros poblacionales, se emplearían como refugio temporal para los pastores y el ganado. Eso no impidió que algunas fueran reocupadas como vivienda. Pero, para ello, caso de las Cuevas del Siete de Teruel o de alguna de las presentes en Villalba Baja, se les adosaron construcciones delante de las cavidades para mejorar su habitabilidad.
Las cuevas del Valle del Alfambra también serían ocupadas nuevamente en los convulsos años que se prolongó la Guerra Civil. Fueron empleadas, tanto como refugio antiaéreo frente a los bombardeos de la aviación, así como lugar de habitación para las familias que habían escapado de sus casas o para los soldados que se encontraban combatiendo en las posiciones cercanas. En alguna cueva de Villalba Baja todavía se pueden apreciar grabados en la roca y que pueden ser fechados en el marco de esta conflagración, habiendo sido hallada también munición de este conflicto en la reciente excavación de una cueva andalusí realizada en la localidad de Peralejos.
Así pues, estas viejas cavidades andalusíes resultan de la máxima importancia, no sólo para entender el poblamiento de este territorio hace un milenio. También para entender la historia de las gentes que crearon y vivieron en los pueblos actuales. Y, por último, la de nuestros abuelos, que las volvieron a utilizar durante la Guerra Civil.
El conjunto de cuevas de Troya-Románica.
De entre los numerosos conjuntos de cuevas andalusíes presentes en el Valle del Alfambra, uno de los más interesantes y espectaculares es el de Troya-Románica. Se localiza en la parte meridional del término municipal de Alfambra, justo en el límite con Peralejos, en la margen derecha del barranco de la Pólvora y muy cerca de la confluencia de ese barranco con el río Alfambra. El enclave posee un importante control visual de todo el territorio circundante, lo que le lleva a ocupar un papel geoestratégico de primer nivel.
El conjunto se sitúa al amparo del Castillejo de Troya-Románica, fortificación ubicada en un espolón que sobresale de la amplia muela homónima y que queda aislado de ella por la presencia de un potente foso, tallado en un nivel de piedra caliza y con sus paredes ligeramente atalauzadas. Este foso se encuentra en la actualidad parcialmente colmatado. También presenta un murallón de cierta consideración excavado en la cantera y que tiene un pequeño vano excavado en su parte central con forma de arco. Su apariencia es muy similar al de muchos presentes en las cuevas del Valle del Alfambra.
Las cuevas se localizan de forma vertical a lo largo de la cornisa rocosa, ocupando desde el lugar en el que se sitúa el Castillejo de Troya-Románica hasta un saliente de la cornisa. El acceso a estas cavidades se encuentra sobreelevado en relación al actual nivel del talud de tierra. No obstante, seguramente el desnivel durante el periodo andalusí resultaría bastante mayor que en la actualidad, habiéndose recrecido con el aporte de coluviones procedentes de la parte superior de la cornisa.
El acceso a alguna de las cuevas se realiza a través de pequeñas cornisas o de salientes que se sitúan en la parte baja y media de la ladera. También existen otros casos, en los que las entradas se efectúan mediante pasillos oblicuos respecto a la cornisa. Esta entrada suele dar paso, tras atravesar un pequeño pasillo, hasta una primera “sala”, desde la cual se accede a otras, localizadas normalmente en un nivel superior. La única forma de acceder a estos niveles dispuestos más arriba es a través de galerías con escaleras talladas de forma tosca en la roca. En estos pisos superiores, las estancias suelen presentar pequeñas ventanas, que adoptan diferentes formas, estando documentadas cuadradas, circulares y también ovaladas.
En el interior de las estancias se observa la existencia de unos pequeños pozos o excavaciones en el suelo de la sala. Se desconoce cuál sería su función original, aunque en fechas posteriores se emplearon como hogar. Las paredes de las cuevas presentan en algunos sectores una densa capa de hollín, mientras que en el resto también hay oscurecimientos y una pátina de uso. En algunas paredes hay pequeñas alacenas excavadas en la roca destinadas a poder colocar diferentes objetos en ellas.
En algunos sectores de las paredes de los pasillos y salas se puede ver todavía la huella de los picos con los que llevó a cabo la excavación. También es posible detectar la presencia de algún grabado antropomorfo de cronología no precisada, así como de cruces, a los que se suman grafitis, ya de cronología más reciente. Existen altas probabilidades de que el asentamiento se extendiera por la parte superior y media de esta ladera.
La presencia de materiales islámicos permite la datación del conjunto dentro del periodo andalusí, posiblemente en los siglos XI-XII. Dichos materiales han sido localizados en la ladera meridional, situada al pie de la cornisa, siendo inexistentes en la superficie del interior de las cuevas. A este momento corresponde la cerámica andalusí, de pastas reductoras en su mayor parte, aunque también las hay oxidantes con un carácter más esporádico, pertenecientes a ollas o recipientes de tamaño medio, con evidencias de raspado en fresco y algunas acanaladuras. Esta datación se refuerza por la presencia del yacimiento del Castillejo de Troya-Románica, situado sobre las mismas, y que cuenta con una importante ocupación en época andalusí.
Con posterioridad, este emplazamiento ha sido objeto de numerosas reocupaciones posteriores, asociadas al uso del espacio (pastos y zonas irrigadas próximas) o periodos de inestabilidad (Guerra Civil). Ligadas a estas ocupaciones se detecta la presencia de ollería vidriada y cantarería de diversas cronologías (Moderna, Contemporánea y posiblemente también Bajomedieval).
A tenor de lo afirmado anteriormente, se puede afirmar que el conjunto de cuevas andalusíes de Troya-Románica constituye un bien patrimonial excepcional, que necesita de ser puesto en valor para convertirlo en un recurso turístico para la localidad de Alfambra, contribuyendo a incrementar el número de turistas que visitan la localidad. Junto al propio Castillo de Alfambra y al de Malvecino, constituyen un recurso de primerísimo nivel para entender el poblamiento andalusí en el Valle del Alfambra.

Cuevas de Troya-Románica. A la izquierda de la imagen, cueva con tres niveles comunicados interiormente; el derrumbe de la roca que hacía de paramento exterior ha dejado al descubierto las cavidades.

El potente foso excavado en la roca del Castillejo de Troya-Románica.

Estructuras excavadas en el interior de una de las cuevas.

Escalera de comunicación entre la planta baja y la planta primera.




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