El Camino de los Almorávides

Mapa del Camino de los Almorávides.

Publicado en: Pancrudo, n º 25, Teruel, 2021, pp. 52-57

Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

En junio de 1120 un gran ejército almorávide cruzó las tierras de Teruel camino de Zaragoza o al encuentro de las tropas de Alfonso I de Aragón. El día 17 de dicho mes, la expedición acabó de forma dramática, en las inmediaciones de Cutanda.

En otro de los artículos de la presente revista, nos hemos referido a las distintas estrategias de trabajo seguidas para estudiar las huellas arqueológicas dejadas por la trascendental Batalla de Cutanda. Uno de los temas de investigación ha sido el análisis del camino que pudo seguir la expedición comandada por Ibrahim ibn Yusuf, centrándonos en las últimas jornadas de viaje. Esa ruta es lo que hemos venido denominando como el “Camino de los Almorávides”. Dicho itinerario, que debió discurrir por la red de caminos utilizada en aquella época y que, sin duda, estuvo supeditado a las grandes necesidades logísticas del importante contingente movilizado, condicionó el lugar donde se produjo este trascendental choque.

Tradicionalmente, las comunicaciones entre Teruel y Zaragoza habían discurrido por el Alto y Medio Jiloca. Desde allí se ascendía a Campo Romanos, para posteriormente descender al Campo de Cariñena. Sin embargo, Cutanda se localiza en la margen derecha del río Pancrudo, a más de 2 horas de distancia andando de dicho trazado, lo que la sitúa fuera de esta ruta. Esta discordancia entre la red viaria “tradicional” y la ubicación de Cutanda, ha llevado a sembrar numerosas dudas en torno a la ubicación de la batalla.

Sin embargo, el geógrafo al-Idrisi (1100-1165/66), coetáneo a los acontecimientos, indica que el camino entre Valencia y Zaragoza pasaba por Cutanda. Esto obliga a pensar que, tiempo antes, se había producido un cambio en la red de caminos previa, y que fue la que utilizó Abderraman III en el año 935 en su campaña contra la capital del Ebro. El sustituto del camino tradicional entre Zaragoza y Valencia reaprovecharía parte del trazado de un antiguo vial andalusí. Éste partía del Camino de Zaragoza, y a la altura de Cuencabuena se adentraba por los altiplanos y las serranías turolenses, hasta alcanzar la costa castellonense.

Dicha vía discurría por Cutanda, Pancrudo y Alfambra, ascendiendo por el Portichuelo de Escorihuela, para pasar por Alcalá de la Selva, Linares de Mora y Puertomingalvo, antes de adentrarse en tierras castellonenses. El nuevo camino de Zaragoza a Valencia abandonaba este vial en Alfambra, desde donde se dirigía hacia Teruel, enlazando nuevamente con el trazado tradicional. Este “Camino del Alfambra-Pancrudo” tan sólo alargaba el trayecto entre Valencia y Zaragoza en poco más de tres horas andando, incremento que resultaba más que asumible.

Antonio Gargallo, siguiendo a Antonio Ubieto Arteta, ya planteó la alternativa del “Camino del Alfambra” entre Zaragoza y Valencia, como respuesta a la presencia de posibles problemas en el Alto Jiloca. Quizás estos problemas se vincularían con el encharcamiento de buena parte de esa zona por la surgencia de la Fuente de Cella, de la que mana una media de 2,4 m3/seg. La ausencia de un sistema de drenaje natural daría lugar a las lagunas del Cañizar y de Alba-Torrelacárcel, o bien incrementaría su superficie previa. Con ello se dificultaría el tránsito, además de mermar los espacios agrícolas y aumentar el riesgo de enfermedades.

La importancia de este cambio en la red viaria pudo condicionar notablemente el lugar donde se produjo la Batalla de Cutanda. Esto nos llevó a estudiar el hipotético trazado del “Camino del Alfambra-Pancrudo”, al que, como ya hemos indicado anteriormente, nos referimos como “Camino de los Almorávides”.

El hipotético trazado del antiguo camino andalusí se ha identificado a partir del análisis de las trazas más antiguas conservadas de la red viaria y del estudio de los yacimientos islámicos existentes en este territorio. La detección de los tramos más antiguos de la red viaria se estableció a partir de la relación de éstos con los sistemas parcelarios agrícolas. Las divisiones parcelarias más antiguas en este territorio se asocian al proceso de repoblación aragonesa, en un momento avanzado del siglo XII o ya en el XIII, aunque es posible que algunas trazas las heredaran de época islámica (el propio perímetro exterior de los sistemas parcelarios).

Estas primeras parcelaciones, destinadas a repartir lotes de tierras entre los repobladores, se centraron inicialmente en los espacios de mayor potencialidad agrícola. En las centurias siguientes, se fueron transformando poco a poco y se crearon nuevos sistemas parcelarios en áreas periféricas, hasta completar, ya en el siglo XIX, las divisiones que han perdurado hasta nuestros días. La relación existente entre los caminos y los distintos parcelarios que atraviesan, permite determinar cuáles son los viales más antiguos, los que ya existían o fueron creados durante la repoblación aragonesa, tan sólo unas décadas después del periodo hispanomusulmán.

En torno a un camino andalusí, de la entidad del estudiado, resulta previsible una mayor concentración de yacimientos arqueológicos islámicos. Una parte de los mismos se correspondería a núcleos de población y otra a fortificaciones destinadas a asegurar el control de camino, convergiendo en un mismo enclave ambas funciones en numerosas ocasiones. Además, lo previsible es que el camino discurriera por las proximidades de los centros rectores del territorio, los husun o “castillos rurales”.

También se han tomado en consideración aspectos de índole logística, dadas las considerables necesidades del numeroso ejército almorávide y los limitados excedentes agrícolas de las comunidades campesinas hispanomusulmanas situadas junto al camino. Estas circunstancias debieron obligar a la articulación de una red de puntos de avituallamiento a lo largo del camino, concentrándose en ellos los suministros procedentes también de otras zonas próximas.

Si damos por buenas las cifras de Ibn Idari (5.000 jinetes y 10.000 infantes), el ejército almorávide y sus monturas consumirían diariamente de 15 a 22,5 toneladas diarias de cereal, 50 de pasto de calidad (o de heno) y unos 200 m3 de agua, a lo que habría que agregar cantidades inferiores de otros alimentos y un importante volumen de leña. Aunque probablemente la expedición llevaría consigo avituallamiento para varias jornadas, necesariamente debió ir reponiendo alimentos durante el trayecto. También sería necesario para las cabalgaduras y animales de tiro. Dado su elevado número, podrían ser insuficientes los pastos contiguos al camino y a las zonas de acampada para completar su alimentación

El suministro de agua debió ser crucial a lo largo de todo el recorrido, dada la dificultad que acarreaba el traslado de la gran cantidad de líquidos necesarios para los soldados y sus monturas. La presencia de camellos, referida por la Chronique de Saint-Maixent, reduciría el volumen de las necesidades inmediatas y permitiría espaciar las zonas de abrevada.

En el territorio estudiado, en el que no existían ciudades, ni grandes asentamientos, estos recursos debieron centralizarse en los husun o “castillos rurales”, que ejercían de centros políticos, militares y administrativos del territorio. El ejército almorávide debió acampar al final de cada jornada al amparo de uno de estos castillos, tras haber recorrido un trayecto de entre 30 y 40 km. El papel de estas fortalezas debió ser todavía más importante conforme se iban aproximando al territorio en el que operaban las tropas aragonesas.

La conjunción del estudio de los caminos antiguos (existentes, al menos, en el momento de la repoblación aragonesa), sumados a los trabajos vinculados con la logística, permiten proponer, con alto grado de fiabilidad, el hipotético trazado del camino andalusí. De este modo, ha sido posible reconstruir las tres últimas etapas recorridas por el ejército almorávide.

 

De Teruel a Alfambra.

El punto de partida de la antepenúltima etapa del ejército almorávide (hacia 14 de junio de 1120) fue Teruel (Tirwal). Este tramo inicial recorre el fértil valle del río Alfambra, pasando junto a diversos enclaves andalusíes, algunos de los cuales ocupan posiciones de fácil defensa (Castillejos de Tortajada, Turretallada o el Castillo de Villalba Baja). Pero los asentamientos más curiosos y característicos, son los conjuntos de cuevas artificiales de ese periodo, conservados en Villalba Baja, Cuevas Labradas, Peralejos y Alfambra.

Al llegar al Azud de Peralejos, la ruta entra en el antiguo territorio del Castillo de Alfambra, cuya parte meridional estaba protegida por la fortaleza de Troya-Románica, dotada de un espectacular foso; y a cuyos pies también se conserva un conjunto de cuevas artificiales islámicas. El ejército almorávide debió acampar al final de esa jornada junto al Castillo de Alfambra, que conserva interesantes estructuras de época islámica.

 

De Alfambra a Pancrudo.

La siguiente jornada, en la que la expedición se dirigió al Castillo de Pancrudo, se corresponde con la más variada desde el punto de vista paisajístico. Se inicia en una fértil y relativamente ancha vega, desciende hasta el llano y seco Altiplano. Y, tras cambiar de cuenca hidrográfica (pasando de la del Turia, a la del Ebro), acaba en un valle abrupto y complejo, rodeado de cañadas y altas lomas. En este recorrido, se contemplan varios trazados posibles. El más lógico para el viejo camino andalusí, se mantiene en la vega del Alfambra hasta Orrios, para luego ascender hasta Perales de Alfambra por el barranco de la Cañada. Sin embargo, este último punto sería peligroso para un ejército en tránsito, al ser muy propicio para emboscadas. Por ello, es muy probable que evitaran esa estrecha cañada, siguiendo un recorrido parecido al de la actual carretera.

A partir de Perales, la ruta discurre por una zona llana, en la que el agua escasea. En este espacio resulta más complicado establecer cuál pudo ser el antiguo trazado andalusí. Lo más probable es que discurriera hacia Fuentes Calientes, localidad junto a la que se encuentra uno de los escasos espacios irrigados del Altiplano, pasando posteriormente al pie de la fortificación islámica de La Atalaya. Otra opción, es que se dirigiera hacia el enclave andalusí de la ermita de la Virgen de la Rosa (Rillo). En todo caso, ambos ramales acaban confluyendo en El Collado, en un antiguo camino que conserva las huellas de rodadas de carros y que llega hasta Pancrudo. A los pies de la fortaleza de dicha localidad, el ejército almorávide debió instalar su penúltimo campamento.

El Castillo de Pancrudo se localiza en la parte más alta de una amplia loma, sobre las primeras hoces del río Pancrudo. El resto de la cumbre debía estar ocupado por la primigenia aldea bajomedieval de Pancrudo. Su traslado, hasta el actual emplazamiento en la base del cerro, no debió producirse hasta la Edad Moderna. Entre el Castillo y la aldea existía una depresión, actualmente casi colmatada, que debió actuar como foso. También serviría para la extracción de piedra.

A falta de excavaciones arqueológicas, es muy poco lo que sabemos de la fortificación andalusí, más allá de la presencia de materiales de dicha cronología en su superficie. Tampoco resulta muy abundante la información documental disponible sobre la fortificación cristiana. Aparece citada en 1344, en la lista de castillos que las aldeas de Daroca mantenían a sus expensas, en el contexto de las crecientes tensiones con el Reino de Castilla. Pocos años antes, se tiene constancia de la presencia en Pancrudo de los reyes Alfonso IV (30-8-1328) y Pedro IV (11-8-1332). Probablemente se alojarían en la fortaleza, al ser el edificio de mayor prestancia y que reunía mejores condiciones de seguridad de toda la población.

Aunque resultado aventurado adelantar más acerca de su estructura, sin haber realizado excavaciones, sí que es posible identificar algunos elementos. Así, se aprecian dos torres (una en el flanco septentrional y otra en el oriental), un muro perimetral y diversas estructuras interiores. Algunas de estas estancias fueron exhumadas por las trincheras excavadas durante la Guerra Civil.

 

De Pancrudo a Cutanda.

Para el trayecto entre Pancrudo y Cutanda también hay múltiples recorridos. El más lógico para el camino andalusí es por Alpeñés y por el Angosto de Villagarda. Pero, lo más probable es que el ejército almorávide evitase el tránsito por este último estrecho, ascendiendo por Puerto Mínguez, tránsito tampoco exento de peligros. Ambos ramales confluyen en la salida del Angosto, donde se localiza la estratégica posición de Villagarda. Se trata de un antiguo poblado ibérico, que debía estar defendido por una potente muralla ciclópea y que fue reocupado en época islámica. Sobre este emplazamiento se asentó posteriormente la aldea cristiana de Villagarda, de la que subsisten las ruinas de su antigua iglesia parroquial, transformada en ermita.

A partir de este punto, el camino discurre por la vega del río Pancrudo, pasando junto a distintos enclaves andalusíes situados en la margen derecha del curso fluvial, en los términos municipales de Torre los Negros y Barrachina. Junto al casco urbano de esta última localidad, el camino se divide, con un ramal que va directamente hacia Cutanda y otro que continua por la vega pasando junto a una extensa alquería y al pie del también islámico Castillico de Cervera.

Llegamos así a Cutanda, un olvidado rincón de la provincia de Teruel, punto final de nuestro camino. Allí instalaron su último campamento en el paraje de Las Celadas. La intención de los almorávides debía ser la de proseguir hasta Zaragoza o bien la de encontrar al ejército de Alfonso I para presentarle batalla. Esto último fue lo que terminó sucediendo, truncándose definitivamente su viaje. La expedición almorávide sería aniquilada en tierras de Cutanda.

Cuevas de Villalba Baja, de época islámica, pero ampliadas en fechas posteriores.
Base de una de las torres del Castillo de Pancrudo.
Ermita de Villagarda (Torre los Negros).
Castillo de Alfambra. Torre andalusí de sillería.
Castillo de Cutanda.

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