
Frente principal de las Cuevas de Villalba Baja.
Publicado en: Verde Teruel, n º 55, Teruel, 2021, pp. 60-67
Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad
Hace mil años, las cuevas artificiales constituían el lugar de habitación dominante entre las comunidades campesinas hispanomusulmanas asentadas en el curso inferior del río Alfambra. Decenas de estas cavidades, formando pequeñas agrupaciones, jalonan ambas orillas del río Rojo (wadi al-Hamra), siendo más abundantes en la margen izquierda que en la derecha.
Alguno de estos núcleos fue tan característico, como para dar nombre a la aldea de repoblación aragonesa que se asentó cerca del mismo y, por ende, al actual término municipal; éste fue el caso de Cuevas Labradas, topónimo que proviene de uno de estos conjuntos de cavidades artificiales.
Para que este peculiar sistema de poblamiento fuera posible, se necesitaba la existencia de escarpes próximos a la vega, formados por rocas cuya dureza fuera lo suficientemente baja como para poder excavar fácilmente galerías y salas con un pico de hierro; pero cuyo nivel de techo fuera coherente y poco fracturado, de forma que no se produjeran derrumbes o desprendimientos. Estas características las reúnen, en muchos puntos, los niveles del Mioceno Superior – Plioceno del Bajo Alfambra, formados por la alternancia de margas, calizas y yesos.
También hay interesantes ejemplos de este tipo de cuevas en otras zonas de la provincia, como en las hoces del río Mijares, en la parte meridional de Rubielos de Mora. Algunos autores consideran que las Cuevas del Siete, situadas en la ciudad de Teruel, también se podrían remontar a este momento.
Enclaves fortificados.
Con frecuencia, estos asentamientos troglodíticos se encontraban al pie de las posiciones fortificadas que defendían este territorio; éstas se situaban sobre espolones o cerros testigo de fácil defensa, en ocasiones protegidas por fosos tallados en la roca, alguno de ellos de gran profundidad.
En otros casos, las propias cuevas tenían un carácter eminentemente defensivo, por su posición en altura e incluso por la presencia de auténticas aspilleras, destinadas a defender la entrada.
La función de estas posiciones fortificadas no sólo era la de albergar a los habitantes de las cuevas en caso de peligro. También debía estar en relación con el importante camino, descrito por al-Idrisi (1099-1165), que, pasando por Cutanda, comunicaba Valencia con Zaragoza en nueve jornadas. Este vial había relegado a un segundo plano a la ruta del Alto Jiloca.
En la primera quincena de junio de 1120, hace 900 años, los habitantes de estos asentamientos fueron testigos del tránsito de un poderoso ejército almorávide, que, procedente del Valle del Guadalquivir, pretendía derrotar a Alfonso I de Aragón y reconquistar Zaragoza. Al ya de por sí importante contingente militar, se le habían sumado tropas de todo al-Ándalus, además de gran número de voluntarios, animados por el ulema al-Sadafi, que acompañaba a la expedición predicando la yihad (Guerra Santa). Pocos días después, el ejército almorávide fue totalmente destruido por El Batallador en los campos de Cutanda, pereciendo miles de sus componentes.
La repoblación aragonesa.
Estos asentamientos troglodíticos no fueron del agrado de los repobladores cristianos que, en las últimas décadas del siglo XII y en los primeros años del XIII, se instalaron en estas tierras. Por ello, y con independencia de que inicialmente pudieran llegar a habitar las cuevas, pronto construyeron sus aldeas al aire libre, sobre suaves elevaciones situadas sobre las tierras de labor.
Tras su abandono, las cavidades pasaron a destinarse a otros fines; las más cercanas a los pueblos se utilizaron como bodegas y corrales de ganado; las más alejadas, como lugar de refugio o habitación temporal de pastores y su ganado. No obstante, algunas fueron reocupadas como lugar de vivienda (Las Cuevas del Siete en Teruel y alguna cueva en Villalba Baja), generalmente adosando delante de las mismas un edificio.
Durante la Guerra Civil se usaron como refugio antiaéreo o como lugar de habitación de las familias que habían huido de sus casas o de los soldados que estaban defendiendo posiciones cercanas. Por ello, estas viejas cavidades, no sólo nos aportan información sobre las remotas comunidades hispanomusulmanas, que las excavaron y habitaron hace un milenio; también nos cuentan historias de las gentes que crearon y vivieron en los pueblos actuales, y que las siguieron aprovechando; e incluso de nuestros abuelos, en los terribles días de 1936-39.
Los principales conjuntos.
Los cuatro principales conjuntos de cuevas artificiales del valle bajo y medio del Alfambra se localizan en Villalba Baja, Cuevas Labradas, Peralejos y Alfambra.
Las Cuevas de Villalba Baja.
Se encuentran situadas en el tramo final de una barranquera, junto al casco urbano; estaban articuladas por una estrecha franja de terreno elevada sobre el cauce del barranco, que facilitaba el acceso.
Las cavidades originales debían estar formadas por una sala principal, con puerta al exterior, y unas salas anexas más reducidas, abiertas a la principal. Posteriormente, se fueron ampliando, incorporando galerías y uniendo varias cuevas.
El asentamiento se encontraba al pie de un cerro, en cuya cumbre había un pequeño castillo, construido con muros encofrados de piedra y mortero de yeso y aislado de la muela contigua mediante un foso. Esta fortaleza estaba formada por una torre y, posiblemente, por un reducido recinto que aprovechaba el escalonamiento natural de la parte superior de la ladera.
La Peña de los Moros (Cuevas Labradas).
A una hora de distancia andando desde Villalba Baja, en la margen opuesta del río, se encuentra la Peña de los Moros. En la escarpada vertiente que da al curso fluvial se sitúa el interesante conjunto de cuevas artificiales que da nombre al pueblo.
Su marcado carácter defensivo queda patente por lo inaccesible de la posición, en la parte media de un escarpe rocoso. La presencia de éstas y de otras cavidades artificiales del Alfambra, ya fue documentada por Juan Cabré en 1909-10, que pensaba erróneamente que eran neolíticas. Recalcó la “dificultad inmensa (para) poder penetrar en ellas; alcanzan sin aberturas alturas considerables y es de toda imposibilidad su acceso; el corte del acantilado es casi vertical y bañado (...) por el Alfambra”. Aun así, consiguió entrar en algunas, elaborando las primeras planimetrías y secciones.
Desde hace unos años, nuevos desplomes en la pared rocosa dificultan aún más el acceso, por lo que deberemos conformarnos con contemplarlas desde el camino o la carretera.
Las Cuevas de los Moros (Peralejos).
A una hora de distancia andando de las anteriores, en la misma margen del río, se encuentran las Cuevas de los Moros de Peralejos. También se ubican en altura, aunque su acceso no es tan complicado como el de las cavidades de la Peña de los Moros de Cuevas Labradas.
Alguna de estas cuevas tiene dos plantas de altura y un sistema de aspilleras que protege la puerta de entrada, un elemento que resulta sumamente interesante e infrecuente dentro de este tipo de cuevas.
Cuevas de Troya-Románica (Alfambra).
Junto a la confluencia del barranco de la Pólvora en el río Alfambra, a tan sólo media hora andando de las Cuevas de los Moros de Peralejos, se encuentran las Cuevas de Troya-Románica. Horadan el escarpe rocoso de un espolón, en cuya cumbre se asienta un pequeño castillo, también andalusí, protegido mediante un monumental foso tallado en la roca.
Algunas de las cavidades tienen dos o tres plantas y se comunican entre sí mediante toscas escaleras. La visita al interior de las mismas no se encuentra exenta de peligro, por lo que se desaconseja en tanto no se habiliten las correspondientes medidas de seguridad.
En otros puntos del valle del Alfambra y sus barrancos aledaños se tiene constancia de otras cavidades artificiales, que también podrían estar vinculadas con este interesante fenómeno del poblamiento troglodítico andalusí.

Acceso a dos de las Cuevas de Villalba Baja.

Sala principal de una de las Cuevas de Villalba Baja.

Sala anexa a una de las salas principales de las Cuevas de Villalba Baja.

Adaptación postmedieval de uno de los espacios de las Cuevas de Villalba Baja.

Las Cuevas de Villalba Baja fueron objeto de sucesivas ampliaciones, como esta galería, que une varias cavidades.

Repisas en el interior de una de las Cuevas de Villalba Baja, realizadas para adaptarla como casa durante la Edad Moderna.

Inscripción de la Guerra Civil en una de las Cuevas de Villalba Baja, momento en el que las cuevas fueron utilizadas como refugio.

El Castillo de Villalba Baja, aislado por un foso de la muela contigua.

Peña de los Moros (Cuevas Labradas), según fotografía y croquis realizado por Juan Cabré en 1909-10 (Catálogo artístico-monumental de la provincia de Teruel, fol. 78).

Interior de la sala superior y vano de acceso a la inferior, en una de las Cuevas de los Moros, de Peralejos.

Foso excavado en la roca, en el Castillo de Troya-Románica (Alfambra).

Cuevas de Troya-Románica. Los derrumbes hacen desaconsejable la visita al interior de las cavidades, en tanto no se adopten medidas de seguridad.




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