La muralla de Teruel: Una historia en blanco y negro

Grabado de Palomino, en Bernardo Espinalt (1779), Atlante Español, Reyno de Aragón, parte I, Madrid.

Publicado en: Verde Teruel, n º 51, Teruel, 2020, pp. 78-84

Javier Ibáñez González & Rubén Sáez Abad

 

Ya desde sus orígenes, las murallas se convirtieron en un factor clave para entender el devenir de la villa/ciudad de Teruel. De hecho, el recinto fortificado puede considerarse como el principal leitmotiv de su origen.

La incorporación de Teruel al Reino de Aragón se produjo en un momento indeterminado hace 850 años, entre el 19 de diciembre de 1168 y el 1 de mayo de 1169. Sin embargo, en ese primer momento no se le concedió una gran relevancia a este acontecimiento, que no debió entrañar gran dificultad bélica, quedando adscrito el territorio a la villa de Daroca.

Tan sólo un año y medio después la situación geopolítica peninsular dio un vuelco conquista que se produjo en el mes de agosto de 1171. A causa del extremo peligro que este cambio de manos acarreaba para toda la frontera meridional del Reino, Alfonso II decidió otorgar a la posición de Teruel un papel clave en su defensa. La presencia en tierras levantinas de un poderoso califato en plena expansión suponía una latente amenaza para el territorio turolense recién ocupado y prácticamente despoblado. En este contexto, el monarca aragonés concedió la tenencia de Teruel a Berenguer de Entenza (octubre de 1171), lo que implicaba la presencia de una posición fortificada protegida por gentes de armas.

Además de fortificar la plaza fronteriza de Teruel, Alfonso II también decidió recurrir a las órdenes militares para garantizar la protección del extremo Sur del Reino. En ese contexto, se enmarca la entrega en 1174 del castillo de Alcalá de la Selva a los monjes de la Selva Mayor. Ese mismo año también hacía su entrada en tierras turolenses la Orden de Monte Gaudio, tras recibir de Alfonso II el castillo de Alfambra, así como otras posiciones fronterizas, entre las que se encontraban Perales, Camañas, Celadas, etc.

Pero el paso más trascendente para Teruel se dio tan sólo seis años después, con la creación en este emplazamiento de una villa de repoblación, a la que se dotará de un ventajoso fuero, "para ensalzamiento de la Santa Cristiandad y para la destrucción de los enemigos de la Cruz de Cristo". De este modo, Teruel pasará a convertirse en el centro neurálgico de un amplio territorio, constituido tanto por tierras ya incorporadas al Reino, como por otros territorios asignados para su conquista y que todavía permanecían en poder musulmán. Con ello se pretendía estimular la conquista de nuevos espacios por parte de los turolenses recién asentados y hacer avanzar el proceso reconquistador.

El principal objetivo de Alfonso II, con la fundación de la villa de Teruel, era el de crear una plaza fuerte capaz de asegurar la defensa de la frontera meridional de Aragón y de servir de punta de lanza para continuar con la expansión hacia el Sur. Por todo ello, resulta imposible desvincular el origen de Teruel de la creación de su sistema defensivo.

 

Setecientos años dando forma a Teruel.

Desde los orígenes de Teruel, la muralla se convirtió en el factor más determinante de su traza urbana, al definir el perímetro exterior de la villa. Ambos elementos estaban estrechamente asociados, no pudiéndose comprenderse el uno sin el otro. Los portales constituían el paradigma de esta interrelación, al constituir el nexo de unión de la villa con el exterior. En su emplazamiento se compatibilizaron las necesidades defensivas con la organización de los viales y la red de caminos. Paralelamente, los portales se emplearon como grandes estructuras de prestigio, en las que quedaba en evidencia la pujanza de la nueva villa, al mismo tiempo que mostraba su preeminencia sobre el territorio que dependía de ella.

Durante seiscientos años, Teruel fue una villa/ciudad "encastillada" tras 2 km. de murallas, dentro de las cuales residían la mayor parte de sus habitantes. Tan sólo algunos barrios se extendieron extramuros, caso por ejemplo del Arrabal, aunque el grueso de la población habitaba dentro del recinto amurallado.

Durante la Guerra de los Dos Pedros las murallas de Teruel serían sometidas a su primera gran prueba de fuego, al ser asediadas por parte del poderoso ejército castellano de Pedro I. Las operaciones de sitio se prolongaron entre el 25 de abril de 1363 y el 3 de mayo, siendo batida la ciudad por un tren artillero compuesto por 24 piezas de artillería pesadas. Han sido numerosos los proyectiles de piedra que se han hallado en las excavaciones efectuadas dentro de la ciudad, alguno con más de 100 kilos de peso, que ayudan a corroborar lo afirmado por las fuentes escritas. Ante la dificultad de prolongar la resistencia durante más tiempo, la ciudad de Teruel se acabó rindiendo.

En el grabado de Palomino, incluido en el Atlante Español, Reyno de Aragón de Bernardo Espinalt (1779), la ciudad aparece representada como un denso y apiñado caserío, situado en lo alto de una amplia muela y rodeado de un sólido recinto amurallado, plagado de torres. A pesar de que se trata de una imagen bastante idealizada y que resulta poco fiel en sus detalles respecto a lo que en aquel momento era Teruel, sí que ayuda a evocar el espíritu de la ciudad justo en momento previo a la gran transformación que se operaría en la segunda mitad del siglo XVIII. En realidad, cuando tuvo lugar la publicación de esta obra, la ciudad y sus murallas ya se encontraban inmersas en un importante proceso de transformación.

 

El momento de la decadencia y su efímero apogeo.

En el Siglo de las Luces las murallas empezaron a considerarse como una barrera que dificultaba la expansión de la ciudad. La imagen idealizada de la ciudad medieval, reflejada en el grabado de Palomino, dejó paso al de una urbe abierta, que se "asomaba" desde la cumbre del cerro al entorno circundante a través de grandes rondas perimetrales; una ciudad "abierta", en contraposición a la ciudad "encastillada".

Tras la Guerra de Sucesión empezaron a acumularse grandes cantidades de escombros a los pies del recinto. Éstos sirvieron de base para la gran reforma urbana que sería acometida a comienzos del reinado de Carlos III. De este modo se creó la amplia ronda perimetral que cambió para siempre el aspecto de la ciudad y que condicionaría considerablemente los siglos venideros.

También dio comienzo la paulatina demolición de la muralla, vista ahora como un obstáculo inservible y obsoleto. En 1763-64 “se derribó el portal, sin puertas, que bajaba a San Francisco (...). Y también se derribó el Portal de Guadalaviar, que entraba a la ciudad, y unos torreones de la Cassa de la Gallega, contiguos a él para formarle mejor el portal, dar mejor entrada a ella y ensanche al Camino Real, que va por los Descalzos a Capuchinos y a Valencia” (“Libro Verde”, fol. 107). Simultáneamente, se construyó el muro del "Caidero de albellón de Capuchinos" (antecedente del paramento de sillería en el que se abre el ascensor que sube desde la estación de ferrocarril), que sustentaba una "plazuela crecida" que acabó dando origen al Óvalo. Este amplio, llano y luminoso paseo era la antítesis de las estrechas, empinadas y oscuras calles medievales, dominantes en el resto de la ciudad.

Sin embargo, el truculento siglo XIX supuso puntualmente un nuevo cambio de tendencia, en el que de nuevo las murallas recuperaron su anterior protagonismo. La invasión francesa de la Península por parte de las tropas de Napoleón marcará el punto de arranque de los conflictos que habrían de sucederse de forma casi ininterrumpida a lo largo de las siguientes décadas.

Tras la desaparición de buena parte de las murallas con que contaba Teruel en el pasado, el edificio del Seminario se terminó convirtiendo en el principal baluarte defensivo de la ciudad tras su ocupación por las tropas galas. Por este motivo, las fuerzas de ocupación decidieron acometer un proyecto de fortificación de este edificio para transformarlo en el principal centro defensivo de la ciudad. Se conserva un interesante plano fechado en el año 1811 donde se recogen todas las obras acometidas para mejorar las capacidades defensivas del edificio, así como de su entorno más inmediato, con el fin de adaptarlo a las nuevas necesidades que venía imponiendo la guerra de sitio.

Para ello se creó una amplia plaza de armas que permitía la unión del edificio propiamente dicho con el Portal de Daroca y la torre de San Martín, que se convertían de este modo en elementos defensivos de primer nivel dentro del dispositivo creado. Un muro aspillerado rodeaba esa plaza de armas por la cota que daba a la calle que unía ambos elementos defensivos. Y éste continuaba con un trazado en diagonal, cerrando la plaza por el sector que resultaba más accesible. De este modo, el edificio del Seminario quedaba como principal reducto del conjunto, rodeado por un recinto exterior destinado a impedir la aproximación de cualquier hipotético asaltante hasta sus muros.

La Guerra de la Independencia primero, y las Guerras Carlistas después, terminaron por demostrar que Teruel no podía renunciar definitivamente a sus defensas. Con el inició de primer enfrentamiento carlista, hacia 1838 se acometió un nuevo proceso de fortificación de la ciudad. Sin embargo, este nuevo proyecto no incidía tanto en la vetusta muralla, como en la gran ronda perimetral iniciada siete décadas antes y que carecía de cualquier tipo de protección. En el límite de las nuevas rondas exteriores se construyeron cerca de 1,2 km. de parapetos de artillería y fusilería, así como algún baluarte defensivo adicional en los puntos especialmente vulnerables.

Durante la Tercera Guerra Carlista las murallas recién creadas serían sometidas a una nueva prueba de fuego, consiguiendo su guarnición repeler con éxito sendos ataques por parte de dos ejércitos carlistas el 3 de julio y el 4 de agosto de 1873. Y todo ello, a pesar de que esta última ofensiva estuvo protagonizada por un ejército compuesto por más de 10.000 hombres. Pero esta refortificación tuvo un carácter efímero, a tenor de la técnica y materiales empleados en su construcción. Tras las Guerras Carlistas, el sistema defensivo turolense prosiguió su lento, pero inexorable, declive.

Durante la Guerra Civil, y en concreto en la Batalla de Teruel, la muralla volvería a desempeñar una función militar, siendo instalados en algunas de sus torres puestos de tirador, tal y como ha quedado en evidencia con el descubrimiento de munición en las excavaciones efectuadas recientemente en algunos de los sectores del trazado. Sin embargo, los avances obrados en la tecnología militar, especialmente en la artillería y con la presencia de la aviación, hicieron que el viejo recinto tan sólo tuviera un papel secundario. No así el edificio del Seminario, que se convirtió en el último de los reductos defensivos de la guarnición nacional acantonada dentro de la ciudad, capacidades defensivas excepcionales que ya habían detectado los ingenieros galos durante su breve ocupación de la ciudad.

Pese a los múltiples avatares sufridos por la muralla, la encontraremos en muchas de las fotografías de las últimas décadas del siglo XIX y del siglo XX. En la mayoría de los casos, aparece como "protagonista secundaria", como el muro que define la franja más alta de un caserío escalonado por la ladera de la muela. Sólo algunas estructuras constituyen el objeto principal de las fotografías más antiguas: las torres de Ambeles, San Esteban y la Bombardera y los Portales de Daroca y de San Miguel. A esta selecta nómina se le sumaron mucho más tardíamente otros elementos que, no siendo menos destacados, estaban escondidos entre el caserío, como las torres del Rincón, la Unión y Comadre y la torre oculta de San Esteban.

Una buena muestra de estas imágenes históricas de la muralla la podemos encontrar en la exposición "La muralla de Teruel: Historia en blanco y negro", organizada dentro de los actos conmemorativos del 850 aniversario de la incorporación de Teruel al Reino de Aragón, y que podemos ver en las dependencias anexas al tramo de muralla del Portal de San Miguel.

 

De olvidada a un recurso turístico de primer nivel.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX se inició un paulatino cambio de tendencia en la forma en la que eran vistas y tratadas las vetustas murallas. De muros inservibles pasaron a convertirse en "Monumentos Nacionales" (DECRETO de 22 de abril de 1949 sobre protección de los castillos españoles), lo que favoreció que se llevaran a cabo las primeras restauraciones. En este marco se sitúa la efectuada en los años 60 en la Torre de la Bombardera, que resultó muy poco afortunada sobre todo si tenemos en cuenta el aspecto previo que tenía este elemento defensivo. Y también la realizada en los 80 en el Torreón de Ambeles, con mucho mejor criterio.

Pero el cambio de tendencia fue muy lento, y en los años 90, e incluso en el propio siglo XXI, hemos sido testigos de la lamentable desaparición de estructuras relevantes de la muralla. El último episodio del que tenemos constancia se produjo a finales de septiembre de 2012 con el derrumbe accidental del lienzo de calle Comadre, estructura que podría remontarse a la época fundacional de Teruel.

No obstante, aunque lenta, la transformación ha sido inexorable, hasta el punto de que casi nadie cuestiona hoy en día que es necesario invertir en la conservación de las murallas. Y en los próximos años se acentuará esta tendencia, conforme se vayan visibilizando los positivos efectos turísticos de la puesta en valor de las estructuras conservadas; esto es, cuando apreciemos que, además de un interés cultural, las murallas tienen un valor como recurso turístico de primer orden; una tendencia que tampoco está exenta de riesgos, pero que, a la larga, puede ser la forma más segura de garantizar su conservación.

Pero aún queda mucho por hacer. Cierto es que en los últimos años se han acometido múltiples restauraciones (torre y muralla del Rincón, Portal de Daroca, antemural del Mirador/Sede de la DGA, lienzo contiguo al Portal de Guadalaviar...). En los próximos meses se completará la restauración de la Torre de la Bombardera, continuación de la intervención realizada en el tramo del Portal de San Miguel.

Pero aún es mucho lo que queda por hacer. Está pendiente de efectuarse un estudio global del recinto, en el que se identifiquen todos los tramos que aún subsisten de los sucesivos sistemas defensivos, pues la nómina parece ser más amplia de lo que a primera vista parece, así como estudiar cuál es su estado de conservación. También parece urgente la intervención en otros puntos del recinto, como la Torre de la Unión, gravemente deteriorada, y en el lienzo de muralla de tapial anexo a la Torre de la Bombardera.

En definitiva, en estos últimos años el declive de la muralla se ha revertido en muchos de sus tramos y su transformación en recurso turístico-cultural ya se ha iniciado. El espacio expositivo de las murallas de Teruel recibió un total de 7.943 visitantes en el año 2018, sin contar las decenas de miles de turistas que tan sólo las vieron por el exterior. Esto demuestra el interés que tienen entre las personas que visitan la ciudad, que reservan un tiempo (y casi 8.000 pagan una entrada) para recorrerlas. Pero aún resta un largo camino por recorrer para recuperar suficientemente la estructura que propició la creación de la villa de Teruel y sin la cual no se podría entender lo que somos.

Torreón de Ambeles - Archivo López Segura (IET).
Torre de San Esteban - Fototeca Universidad de Sevilla.
Torre oculta de San Esteban - Archivo Qualcina.
Muralla en la zona de la Morería y Portal de Daroca.
Portal de San Miguel y Torre del Agua.
Torre de la Unión - Archivo Qualcina.
Portal de Daroca - Juan Cabré (IPCE).
Torre de la Bombardera - Archivo López Segura (IET).
Torre y muralla del Rincón - Archivo Qualcina.

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