El Castillo de Alcalá de la Selva

Fachada meridional del Castillo

Publicado en: Verde Teruel, n º 46, Teruel, 2018, pp. 72-78

Javier Ibáñez González  & José F. Casabona Sebastián

 

El Castillo de Alcalá se asienta sobre la cumbre de un espolón de fácil defensa, desde el que se ejerce un excelente control visual del corredor del río Alcalá y sus barrancos adyacentes. En sus proximidades, confluyen numerosos caminos que articulan las difíciles comunicaciones interiores de la Sierra de Gúdar.

Esta estratégica posición explica la reiterada ocupación de este emplazamiento durante los últimos 2.300 años, pese a las incomodidades asociadas a su abrupta topografía. Lo que ha dado lugar a un complejo edificio, en el que podemos encontrar estructuras de un hisn andalusí, una fortaleza conventual ocupada por monjes guerreros, un castillo señorial de uno de los linajes más importantes de Aragón y de un cuartel militar carlista, todas ellas conviviendo de forma intrínsecamente coherente. Un auténtico palimpsesto reescrito en sucesivos "lenguajes poliorcéticos".

 

Remotos orígenes ibero-romanos.

Gracias a las sucesivas excavaciones arqueológicas realizadas en la fortaleza entre los años 1992 y 2015, conocemos la existencia de unas primeras fases de ocupación durante época ibérica, que se prolongaron durante época altoimperial romana. La alteración de estos niveles generada por la construcción de los sucesivos castillos, impide saber tanto si nos encontramos ante dos fases diferenciadas de ocupación, como la superficie que ocupaban y su funcionalidad.

 

Al-Kalaat, hisn andalusí.

Sobre las ruinas del viejo asentamiento romano se construyó, más de siete siglos después, la fortaleza islámica que da nombre al municipio (al-Kalaat, el castillo). Aunque desconocemos el momento exacto de su instalación, sabemos que ya existía en el siglo XI. Se trataría de un hisn desde el que se administraría un distrito rural con límites difíciles de precisar, pero cuya área de influencia debía superar el actual municipio de Alcalá. Su relevancia también podría estar asociada con el control de un tramo de un camino de entidad, que cruzaba la Sierra de Gúdar con dirección al Levante.

El castillo andalusí era sensiblemente más grande que el edificio actual, ocupando toda la cumbre del espolón. Estaba bien adaptado a las irregularidades del terreno; y se dividía en dos amplios espacios, separados por un foso de casi 7 metros de anchura, tallado en la dura piedra caliza, y que actualmente se encuentra enmascarado por estructuras posteriores.

Al Este del foso, bajo el castillo actual, había una plataforma en la que se conservan muy pocas construcciones de ese momento, destacando un pequeño e interesante aljibe; tiene planta de tendencia ovalada y parece estar aprovechando una cavidad previa, forrándola con una cuidada sillería de esquinas achaflanadas, en cuya trabazón presenta múltiples engatillados. Adosados al cortado rocoso que delimita por el Sur esta plataforma, se han recuperado distintas estructuras asociadas al castillo islámico; se trata de muros, bancos corridos y pilares realizados con “tapial” de yesos rosáceo y blanco, a los que se suman pavimentos de este mismo material.

Las excavaciones arqueológicas realizadas al Oeste del foso han sido limitadas, por lo que sólo conocemos una estructura de este momento: el monumental aljibe excavado en la roca. Situado delante de la actual puerta de acceso al Castillo, es la única estructura que se puede visitar en estos momentos del castillo andalusí. Tiene planta rectangular y unas apreciables dimensiones, especialmente si se tiene en cuenta la durísima caliza en la que está tallado: 7,5 m. de largo, 3,6 m. de ancho y 7,8 m. de profundo (aunque actualmente se encuentra parcialmente colmatado). Las inevitables grietas de sus paredes rocosas se sellaron con mortero de cal, mientras que las oquedades mayores se taparon con muros de ladrillo, material que no se documenta en ninguna otra parte del conjunto. A falta de la realización de nuevas intervenciones arqueológicas, se puede apuntar la posibilidad de que tanto este sector, como la parte media de la ladera meridional, pudieran estar ocupadas por viviendas u otras dependencias secundarias asociadas.

 

El Castillo de la Selva Mayor, fortaleza conventual.

El castillo andalusí fue ocupado en 1118 por Alfonso I, y perdido a su muerte. Poco más de medio siglo después, fue definitivamente reconquistado por Alfonso II, quien en 1174 se lo entregó a los monjes de la Gran Selva, para su repoblación y "destruccionem sarracenorum". El convento de la Gran Selva había sido fundado por fray Gerardo de Corbie apenas un siglo antes (en 1079), en las cercanías de Burdeos; estaba formado por pacíficos frailes benedictinos, pero que en tierras turolenses se transformaron en monjes guerreros que participaban activamente en la defensa de esta posición y en la conquista de nuevos territorios.

Los freires se instalaron en el castillo andalusí, ocupándolo durante décadas con limitadas transformaciones. Pero en la primera mitad del siglo XIII, posiblemente tras la conquista del Reino de Valencia, los monjes acometieron una completa renovación del edificio. La nueva traza debió ajustarse a las necesidades de una fortaleza conventual, en la que se combinaban las funciones y necesidades de un castillo con las de una pequeña congregación religiosa (capilla, sala capitular, dormitorios de los freires, cocina, archivo, etc.) y su personal de servicio. También desempeñaría las funciones de sede de una encomienda, con almacenes para guardar los productos de las rentas señoriales y, posiblemente, de las eclesiásticas.

El nuevo conjunto no se adaptó a las irregularidades del terreno, sino que intentó sobreponerse a ellas, imponiendo su rotunda y compacta volumetría, de forma que los antiguos desniveles interiores de este espacio (de más de 3 m.) no trascendían al exterior. El muro perimetral tenía 1,6 m. de anchura y estaba realizado con sillarejo de piedra caliza en los paramentos exteriores y mampostería en los interiores, trabados con mortero de cal y con relleno interior de cal y canto.

El edificio constaba de un estrecho y alargado patio central, delimitado al Norte y el Sur por sendas alas, en las que debían situarse distintas dependencias conventuales. Poco sabemos del ala septentrional, que tenía dos plantas, más una estancia subterránea en su extremo occidental, esta última con excelentes revestimientos de yeso en suelo y paredes.

El ala meridional tenía tres plantas, al aprovechar el desnivel del terreno. La inferior, semisubterránea, estaba dividida en tres estancias, destacando la amplia sala central. Estaban cubiertas con un peculiar forjado, sustentado mediante un sistema de jabalcones (vigas “en ángulo”, oblicuas al muro).

En la parte suroriental del conjunto, que es la que mira a la Villa, se levantó un potente torreón de 12,8 m. de ancho. Debía ser el elemento más representativo del conjunto, por lo que no sólo sobresalía 3 metros de la alineación de la fachada meridional, sino que también lo debía hacer en altura, posiblemente con una cierta rotundidad. Contaba con una planta semisubterránea, comunicada con las estancias del ala meridional, y con una escalera interior desde la que se accedía a la planta baja.

En la ladera Sur, a los pies del castillo, se situaba la primigenia aldea de Alcalá. Estaba protegida por una sólida muralla, cuyo flanco oriental aprovechaba un afloramiento rocoso que parte en dos la ladera. Unas décadas después, se amplió el recinto y se construyó una iglesia de traza románica. Esta última data de finales del siglo XII o primeras décadas del XIII y estaba dedicada a San Simón y San Judas; tenía tres tramos, coro alto y su cabecera estuvo integrada en el nuevo recinto amurallado. En ella se guardaba una reliquia de Santa Cristina (patrona de Alcalá), depositada en un relicario con forma de brazo. Tras la construcción de la actual iglesia parroquial (finales del siglo XVI - principios del XVII) este edificio se utilizó como cementerio, transformándose después en escuela. En la actualidad, podemos contemplar su portada, situada junto a la subida al Castillo.

 

La fortaleza de los Fernández de Heredia, castillo señorial.

Las fuentes documentales indican que el castillo conventual de los monjes de la Selva Mayor fue “cremado et destruydo” por los castellanos durante la Guerra de los Dos Pedros; las excavaciones arqueológicas en el Castillo han corroborado su arrasamiento, con importantes niveles de destrucción. Esta circunstancia favoreció la venta del señorío a la poderosa familia de los Fernández de Heredia (1375). Doscientos años después de su llegada, los frailes abandonaron definitivamente el territorio en el que se habían transformado en monjes guerreros. Nunca más desempeñaron actividades bélicas a lo largo de su dilatada historia.

Los nuevos señores reconstruyeron la fortificación, reutilizando muchas estructuras, aunque cambiando la traza general del edificio y reduciendo su tamaño. A fin de cuentas, las necesidades de espacio de la nueva fortaleza eran sustancialmente menores; había muchos menos productos que almacenar, dado el proceso de monetización de las rentas señoriales y la cercanía del Castillo de Mora, verdadero corazón del señorío de los Fernández de Heredia en tierras turolenses. Además, debía albergar a un número de personas sensiblemente inferior; de hecho, sólo debía residir el alcaide y, en caso de necesidad, una pequeña guarnición; los señores y su comitiva sólo estarían allí de forma excepcional.

Utilizaron tan sólo la mitad superior del espolón, dejando fuera el monumental aljibe islámico tallado en la roca. También rellenaron todas las estancias semisubterráneas con los escombros de la destrucción castellana, regularizando parcialmente la desigual topografía y creando un nivel de base más alto. Se construyó una nueva entrada en la parte occidental, flanqueada por sendas torres de planta cuadrada de mayor altura que los muros que cerraban la parte central.

En el flanco oriental se construyó una potente "torre del homenaje" de planta triangular y tres alturas; las dos inferiores se dividían en cuatro estancias abovedadas. Para ello, construyeron gruesos muros perimetrales (de 2,2 a 2,8 metros), capaces de soportar los empujes.

A la planta baja se accedía desde el patio. Por encima de ésta se encontraba la planta noble, sin que existiera comunicación entre ambas. Originalmente, a esta última se accedía por una puerta existente en la sala Norte, abierta al adarve de la muralla y sobreelevada respecto a éste, lo que reforzaba sus posibilidades defensivas; posteriormente se abrió una segunda puerta, adosando una escalera de madera a la fachada. En esta planta se encontraban las dos estancias principales del edificio: la cámara señorial, con una chimenea de cierto porte, ventana flanqueada por bancos “festejadores” y una alacena cerrada para guardar documentación; y la capilla, dedicada a Santa Bárbara, de la que sólo disponemos de referencias documentales tardías.

A la planta superior se accedía por una peculiar escalera de caracol situada en la estancia meridional. Dos terceras partes de este nivel estaban ocupados por una terraza, formada por el remate superior de losas que coronaba las bóvedas; el otro tercio estaba ocupado por una sala poligonal, cuyos muros estaban perforados por una galería de arquillos abocinados; la presencia de cerámicas del siglo XVI incorporadas en su fábrica, permiten proponer la construcción de este remate en esas fechas, en consonancia con modelos de la arquitectura civil del momento.

Con independencia de la función defensiva de la torre del homenaje y del portal flanqueado por torreones, estos elementos eran “estructuras de prestigio”, reflejo del poder y la preeminencia de los nuevos señores de Alcalá.

La fortaleza fue cayendo en desuso a lo largo de la Edad Moderna, no pudiéndose precisar hasta cuando se mantuvo habitada; en todo caso, el traslado del retablo de la capilla castral a la iglesia parroquial en 1722, refleja que en esas fechas ya estaba en decadencia.

 

La fortificación carlista, cuartel militar.

El 12 de septiembre de 1835 las tropas carlistas ocuparon Alcalá, instalándose en su castillo durante un lustro y transformando la antigua fortaleza en un cuartel y fortín militar. Las excavaciones arqueológicas y un amplio y completo repertorio cartográfico con numerosas anotaciones, elaborado entre 1835 y 1840 por Manfredo Fanti, Antonio Sánchez Ossorio y otros autores, ofrecen un completo panorama de las obras realizadas.

Las nuevas necesidades estratégicas obligaron a crear un amplio perímetro defensivo, que incluía el antiguo aljibe tallado en la roca, el espacio ocupado por la antigua aldea y otras posiciones avanzadas. También se intensifico el uso del espacio construido. Aprovecharon la considerable altura de los dos niveles inferiores de la "torre del homenaje" para crear dos nuevas plantas mediante forjados de vigas de madera y bovedillas de ladrillo y yeso. Las salas se compartimentaron mediante tabiques y se construyeron varias escaleras interiores. Es posible que de este momento date también el balcón de la fachada meridional, eliminando para ello los antiguos bancos de las dos ventanas. En la terraza se construyeron dos torrecillas flanqueando la parte superior de la fachada, destinadas a la vigilancia y control visual del entorno.

En la planta baja de la "torre del homenaje" se abrió una galería en ángulo, que comunicaba con un puente levadizo por el que se accedía a una construcción de nueva planta (“garitón avanzado”, según Antonio Sánchez Ossorio, 1840) creada junto a los restos de un “torreón bajo”, en el extremo occidental del Castillo; según Manfredo Fanti (1840) se trataba de una “falsa braga, obra nueva de un piso y que mira a la línea fortificada exterior del Castillo”. En parte de la fachada septentrional se situaba la “posición del blindaje y hornillos”.

La parte central también fue objeto de una intensa renovación, reconstruyéndose  sendos cuarteles adosados a los muros septentrional y meridional y dividiendo en dos el antiguo patio. Adosada al muro septentrional del cuartel Norte se levantó una torre semicircular “obra nueva a nivel de los cuarteles” a la que se accedía mediante una escalera de mano por la que también se llegaba al segundo piso del cuartel (Fanti). En el cuartel meridional había un horno de pan.

La refortificación también afectó a las torres que flanquean la puerta de entrada y al antiguo torreón del castillo de la Selva Mayor. Estas estructuras son descritas por Manfredi como “torreones antiguos, sólidos, de tres pisos y coronados de unas azoteas aspilleradas de nueva construcción”.

Delante de la puerta del recinto se levantó una empalizada que rodeaba el gran aljibe y un “tambor semicónico (de) obra nueva”. En el extremo opuesto del espolón, fuera ya del recinto, se dispuso un “garitón avanzado” (Sánchez Ossorio). El sistema se completó con una serie de defensas contiguas a la iglesia parroquial.

En abril de 1840, la posición, al mando Juan Pertegaz, recibió el refuerzo de las tropas carlistas acantonadas en Linares. Mientras tanto, O’Donnell, capitán general de Aragón, Valencia y Murcia, avanzaba con los preparativos del asalto, que se habían visto dificultados por el temporal de agua y nieve, que retrasó el traslado de las piezas artilleras de mayor calibre. El día 28 de ese mes se produjo un primer ataque liberal, en el que se conquistaron las posiciones avanzadas del pueblo; a partir de ese momento se inició un intenso bombardeo, que culminó el día 30 con el asalto final; éste se produjo atravesando la empalizada, tomando el baluarte de “el Bonete” e iniciando los zapadores trabajos de mina; finalmente la posición se rindió tras una defensa considerada heroica por los propios sitiadores, capturándose 95 prisioneros, 2 piezas de artillería y abundantes pertrechos. Hubo 40 bajas en el ejército liberal. Los restos del bombardeo quedaron patentes en las balas de cañón incrustadas en los muros.

Tras este episodio bélico, el Castillo tuvo unas obras de adecuación menores, documentadas en el acceso, perdiendo progresivamente su función militar, para acoger durante varias décadas el cementerio municipal.

 

Visita al Castillo.

Tras siglo y medio de abandono, en 1991 se inició el proceso de restauración del Castillo, realizándose sucesivas intervenciones, la última de las cuales data de 2014-15. En la actualidad, el castillo es visitable, pudiéndose consultar el horario en la Oficina Municipal de Turismo (teléfono 978 801 226) y en www.gudarjavalambre.es o www.alcaladelaselva.org.

 

Otros ejemplos de arquitectura fortificada y edificios de la Gran Selva conservados en Alcalá.

El Castillo de Alcalá fue la única fortaleza construida por los monjes de la Selva Mayor en España. Pero en Alcalá de la Selva existen otros dos edificios, en este caso ya religiosos, asociados a estos monjes de origen francés. Ya nos hemos referido a la antigua iglesia románica de San Simón y San Judas, situada en el camino de acceso al Castillo.

El segundo edificio se encuentra a escasa distancia de la villa, junto a la actual carretera que conduce a Mora de Rubielos. Se trata del Santuario de la Virgen de la Vega, cuya fase más antigua pertenece a los tiempos de los freires de la Selva. Asentado sobre las ruinas de una villa romana altoimperial, el primitivo santuario tenía una planta y unas dimensiones parecidas a las de la antigua iglesia de Alcalá y data de fechas avanzadas del siglo XIII o de inicios del XIV. Buena parte de las estructuras descubiertas en las excavaciones arqueológicas de 2009, se conservan visibles gracias a un pavimento de cristal transitable.

También es interesante resaltar que en el municipio se conservan seis masías fortificadas (masadas del Humilladero, Carrascal, Fuesas, Tarín, Torreta y Capellanía). Aunque las estructuras fortificadas de la mayoría de ellas son algo posteriores a la presencia de los freires de la Selva Mayor en Alcalá, constituyen una tipología constructiva muy característica, albergando la mayor densidad de este tipo de arquitectura fortificada de toda la comarca de Gúdar-Javalambre.

Vista septentrional del Castillo.
Paramento de sillería del aljibe islámico.
Planta inferior del Castillo. Fases constructivas.
Restos arqueológicos de la fortaleza islámica y del castillo de la Selva Mayor, en la zona del patio.
Planta baja de la "torre del homenaje" del castillo de los Fernández de Heredia.
Sala de la chimenea, antes de la restauración.
Balcón de la fachada meridional.
Torrecilla meridional de la terraza, asociada a la fortificación carlista.

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