
Ladera occidental del Cerro del Castillo de Alfambra.
Publicado en: Al-Arba, n º 19, Teruel, 2017, pp. 16-18.
Javier Ibáñez González & Rubén Saez Abad
Hay lugares que, a causa de sus especiales características, han sido reiteradamente ocupados por el hombre en distintas etapas de la Historia y por distintas culturas. Y por ello atesoran en su subsuelo un importante "libro de Historia" en forma de restos arqueológicos, que nos informan acerca de cómo vivieron esas gentes. Si hay un lugar en la provincia de Teruel que destaca entre todos ellos, dada su prolongada ocupación en el tiempo, ese el Cerro del Castillo de Alfambra (fig. 1ª), en el que se conservan evidencias de 4.500 años de ocupación, correspondientes a las últimas 180 generaciones de alfambrinos.
Los indicios más antiguos detectados en el Cerro del Castillo corresponden al Calcolítico o Eneolítico final, con una datación por C-14 calibrado del 2.530 a. C. Es muy escasa la información acerca de este primer asentamiento, cuyos pobladores se organizaban en grupos de agricultores itinerantes y vivían en abrigos o precarias cabañas, ocupadas pocos años hasta el agotamiento de las tierras circundantes. Cuando esto sucedía, se trasladaban a otro espacio, que roturaban con fuego. Su primitiva tecnología agrícola, basada en palos cavadores, hoces de madera con dientes de sílex y hachas de piedra, sólo les permitía cultivar los suelos más ligeros ocupados por arbustos fáciles de quemar. Tenían grandes problemas para trabajar los suelos húmedos y pesados cercanos a los lechos fluviales o los ocupados por bosques, cuyos tocones eran difíciles de arrancar. Así pues, no cultivarían la vega del Alfambra, sino los llanos y laderas circundantes. Las evidencias eneolíticas del Castillo de Alfambra son muy tardías y un tanto anómalas. Normalmente los agricultores itinerantes se asentaban cerca de los campos de labor en lugares sin grandes posibilidades defensivas. Sin embargo, los primeros habitantes del Cerro del Castillo parecían buscar una posición fácilmente defendible.
Unos pocos años después se produjo una importante transformación, coincidiendo con el Bronce Antiguo. Los antiguos agricultores itinerantes crearon los primeros poblados estables fortificados. Esta importante variación está asociada a cambios económicos, sociales y culturales. Las antiguas rozas cultivadas temporalmente dejaron paso a campos de labor estables, trabajados con los primeros y muy toscos arados. Todavía el control del agua sería precario, lo que dificultó el acceso a los espacios más fértiles, como la vega. Las cabañas fueron sustituidas por las primeras casas, más cómodas y con espacios interiores definidos. La elección de puntos de fácil defensa reforzados por murallas, así como la presencia de armas (hachas de bronce), revelan su temor frente a agresiones externas. Posiblemente, la creación de estos primeros asentamientos estables respondiera a la necesidad de protegerse y asegurar el control del territorio explotado.
En Alfambra hay un yacimiento muy temprano de este periodo: la Muela del Sabucar, datada el 2459 a.C. (solo 60 años después de los agricultores itinerantes detectados en el Cerro del Castillo), abandonado en torno al 2100 a.C. También es posible que en esas fechas existiera otro poblado, muy cercano al anterior, en Cabigordo, del que poco se sabe. Algo debió suceder hacia el año 2100 a.C., cuando se abandona La Muela del Sabucar. Y esta desaparición fue violenta, como lo indican los niveles de incendio.
Inmediatamente después surgió la segunda generación de asentamientos estables, representada en este caso por la Peña Dorada. Este poblado se encontraba bien defendido. Aparte del excepcional enclave elegido para su instalación (fig. 2ª), contaba con una muralla perimetral de 1,5 a 1,7 m. de espesor en la parte más desprotegida del espolón y una empalizada de troncos de madera en otros puntos. Pese a ello, hacia el 1900 a.C. la Peña Dorada fue también destruida violentamente. Quizás debió correr la misma suerte el asentamiento coetáneo de Las Cuevas.
Por esas fechas o poco antes debió surgir el primer poblado estable del Cerro del Castillo. Este asentamiento prolongó su existencia durante el Bronce Medio. La considerable extensión que ocupa, 3.500 m2, respecto a los de su entorno 800 a 1.000 m2, señala la posibilidad de que fuera el centro político y económico de un territorio relativamente amplio. El Bronce Medio finalizó hacia el 1500 a.C. también de forma violenta. No sabemos lo que pasó en el Cerro del Castillo, pero posiblemente su fin fue muy similar.
Tras el Bronce Medio vino el Bronce Tardío (1500 a 1200 a.C.), periodo que se caracteriza por una baja densidad de poblamiento. Tras el arrasamiento de los poblados del Bronce Medio, la gente parece desaparecer del territorio. Son reocupadas cuevas situadas en parajes recónditos, muy difíciles de detectar si no se conocía bien el territorio. En nuestro caso, el vacío de información se prolonga también durante el Bronce Final (1200 a 750 a.C.).
Durante la Primera Edad del Hierro (750 a 500-450 a.C.) se produjo una nueva ocupación en el Cerro del Castillo. A diferencia de la mayoría de los asentamientos de este momento, que suelen ser pequeños y se sitúan en posiciones con grandes posibilidades defensivas (caso del yacimiento de Buen Vecino), el poblamiento en esta época del Cerro del Castillo resulta excepcionalmente grande. Desbordó ampliamente la cumbre y se prolongó por la ladera occidental (fig. 3ª), hasta llegar casi a la base. Sería un asentamiento de considerables dimensiones, posiblemente el centro rector de un amplio territorio.
Llegamos así a Época Ibérica, momento igualmente representado en el Cerro del Castillo. Desconocemos todavía si el poblado ibérico radicado en este enclave fue continuación del de la Primera Edad del Hierro o desapareció y el lugar fue reocupado posteriormente. La Época Ibérica es un momento de profundos cambios sociales, políticos, culturales, económicos y paisajísticos. A lo largo del Ibérico Pleno (siglos V a III a.C.), surgen las ciudades-estado propiamente dichas, el territorio se integra en circuitos comerciales suprapeninsulares y se implanta el uso del lenguaje escrito y de la moneda. También se generalizó el uso de metales, anteriormente muy restringido. Se superaron muchas de las limitaciones tecnológicas vinculadas a la producción agrícola. Fue posible cultivar las tierras más fértiles, gracias a los arados con reja de hierro (tirados por una yunta de bueyes), a herramientas más especializadas y a mejores técnicas hidráulicas (tanto de riego como de drenaje).
Todavía no se ha realizado un estudio detallado del poblado ibérico del Cerro del Castillo. Tendría una superficie superior a la de un poblado convencional, pero inferior a la de una ciudad. Su desaparición se produjo en un momento no precisado anterior al cambio de Era, para desplazarse la población a algún asentamiento en el llano cercano. Tampoco tenemos información de época tardoimperial romana y visigoda, algo normal habida cuenta de los pocos enclaves conocidos de estas etapas en las tierras altas de la provincia.
Llegamos así al periodo islámico, en el que el Cerro del Castillo vuelve a desempeñar un papel destacado, controlando nuevamente un amplio territorio. Su importancia se pudo incrementar, al cambiar la red de comunicaciones que unían Zaragoza con el Levante y el Sur de la Península. Hasta fechas avanzadas del siglo X el camino empleado discurría por la cuenca alta del río Jiloca. Sin embargo, antes de finales del siglo X el camino principal abandonó ese territorio para empezar a discurrir por el valle del Alfambra y desde allí a la cabecera del río Pancrudo y a Cutanda. Al-Udri, al referirse al camino hacia Daroca, menciona un enclave conocido como Garad.s, que sería la siguiente etapa tras Teruel y cuya ubicación algunos autores sitúan en el término de Alfambra.
A este importante camino habría que sumarle otro de gran trascendencia en determinados momentos históricos. Partía de Alfambra hacia El Portichuelo de Escorihuela y desde allí, pasando por Cedrillas, cruzaba la Sierra de Gúdar por Alcalá, Linares (donde se encuentran los restos de un importante puente califal), Puertomingalvo y se dirigía a la Plana castellonense.
Este nuevo camino entre Teruel y Zaragoza estaba jalonado por enclaves defensivos, destinados a controlar el importante vial, además de las preciadas vegas. Se sitúan en ambos márgenes del río, sobre cerros y espolones de fácil defensa, en las inmediaciones de Tortajada, Villalba Baja, Cuevas Labradas, Peralejos y Alfambra, además de por Torre los Negros, Barrachina, Cutanda y Navarrete del Río (estos últimos integrados en el municipio de Calamocha). Están a una distancia de entre 2,5 y 4 km. entre sí y forman una compacta red de fortificaciones. En lo que al término municipal de Alfambra se refiere, destaca el castillo de Troya-Románica y su espectacular foso (fig. 4ª), la torre de La Umbría-Buen Vecino, reocupada en época bajomedieval; y, como no, el Castillo de Alfambra, principal punto defensivo de la red. En él se asentaba un hisn o castillo rural islámico, posiblemente la cabeza de un iqlim o distrito rural. Su función sería tanto militar y administrativa como económica y demográfica, controlando buena parte del valle del Alfambra, desde las actuales Villalba Baja o Cuevas Labradas hasta los estrechos de los Alcamines y los llanos de Rillo y Fuentes Calientes, y desde Sierra Palomera a la Sierra del Pobo.
En el año 1120 este camino y el Cerro del Castillo fueron testigos de un importante episodio histórico. Sería el tránsito del ejército almorávide comandado por Ibrahim ibn Yúsuf, que se enfrentó con el ejército aragonés de Alfonso I el Batallador en las proximidades de Cutanda. En la primera quincena de junio del año 1120 ese ejército debió de pasar junto a Tirwal, el Teruel islámico. Y su siguiente parada sería el hisn de Alfambra, lugar de paso y punto de avituallamiento obligado. Es posible que en esta posición se incorporasen nuevos refuerzos al ejército almorávide, pues las tropas leridanas y las de Molina de Aragón tuvieron que hacerlo en un punto no precisado entre Alfambra y Cutanda. El resto es de sobra conocido: el día 17 de junio de 1120, Alfonso I el Batallador consiguió derrotar a este poderoso ejército en la Batalla de Cutanda, en la que fallecieron, según las distintas fuentes documentales conservadas, entre 15.000 y 20.000 musulmanes. Tras ella, los almorávides ya no volvieron a intentar recuperar Zaragoza, que permaneció como capital del Reino de Aragón.
La prematura muerte de Alfonso I en Fraga, y el posterior derrumbe de parte de la frontera aragonesa, supuso un significativo retraso en la conquista cristiana de Alfambra, que se demoró hasta el año 1169, ya en tiempos de Alfonso II. Se inicia así un nuevo episodio en el que el Castillo pasará sucesivamente a la Orden de Monte Gaudio, al Temple y al Hospital. La importancia de esta etapa a nivel arqueológico, es indudable. El Castillo, sede de orden y luego de encomienda, dispuso de unas importantes instalaciones: torre del homenaje, iglesia o capilla, sala capitular, archivo, patio, refectorio, dormitorios, caballerizas, cocinas, dependencias para los peones, almacenes, graneros, bodega, aljibe e incluso otras instalaciones como lagar, horno, herrería.
Después de este episodio vendría el abandono del Castillo, ya en el siglo XVI, el paulatino desplazamiento del pueblo hacia la base del cerro, la ruina y el abandono de la Iglesia Alta, la construcción del nuevo templo...
Poco es aún lo que sabemos del castillo. En realidad, sólo se ha excavado entre un 2 y un 5 % del yacimiento. El Cerro del castillo de Alfambra atesora en sus entrañas una valiosa información, que en años venideros nos deparará importantes sorpresas.

El cerro de la Peña Dorada, visto desde la orilla opuesta del río Alfambra.

Estructuras de la Primera Edad del Hierro conservadas en la ladera occidental del Cerro del Castillo de Alfambra.




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